Frases para pensar

"Te lo tengo que decir"

Ferrán Ramón-Cortés

A veces utilizamos la sinceridad como excusa para quitarnos un peso de encima, sin tener en cuenta que nuestras palabras pueden herir.

Max no esperaba la visita de Ana, pero al verla venir desde su ventana del salón, pudo percibir que algo le sucedía. Estaba a punto de servirse su primer café de la mañana, así que inmediatamente fue a buscar una segunda taza para compartirlo con su amiga.

Tras saludarse, se dirigieron a la sala y, como Max sospechaba, Ana le contó que estaba inmersa en un conflicto importante.

–Max, perdona que me presente así, sin avisar, pero necesitaba hablar contigo... Mercedes, mi compañera de piso, me ha pedido que me marche.

–¿Sí? ¿Por qué?

–Pues no lo sé muy bien. Tuvimos una conversación a principios de esta semana acerca de su relación con Carlos y, al parecer, algo le sentó mal. Te aseguro que no lo entiendo, no hice más que ser absolutamente sincera con ella. Ella me preguntó mi opinión y yo me limité a decirle, simple y llanamente, lo que pensaba.

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Max la escuchaba con atención. Tras dar un sorbo a su humeante café, le preguntó:

–¿Puedes reproducirme cómo se desarrolló la conversación con tu compañera?

Ana se quedó pensativa unos instantes, luego añadió:

–Sí, puedo hacerlo, porque recuerdo perfectamente lo que le dije. Mis palabras exactas fueron: “Mercedes, no sé si te gustará lo que vas a escuchar, pero, créeme, te lo tengo que decir...”.

Max esbozó una sonrisa, que no era más que la confirmación de su sospecha. En seguida, y remarcando las palabras, le preguntó:

–Ana, ¿y por qué se lo tenías que decir?

–Porque yo soy muy sincera, ya me conoces. Digo siempre lo que pienso y creo que sería bueno que todos hiciéramos lo mismo...

Max se levantó y se dirigió al rincón de la sala donde tenía su biblioteca particular. Recorrió con la mirada las estanterías, cogió un volumen del escritor y ensayista francés André Maurois y buscó una página que tenía señalada. Sentándose de nuevo con el libro entre las manos, y sin más explicaciones, leyó en voz alta una cita del autor: –“La sinceridad no es decir todo lo que uno piensa. Es no decir jamás lo contrario de lo que uno piensa”.

Esgrimir la sinceridad como muestra de buena voluntad es una excusa para decir lo que queremos sin pensar en el otro. Dar nuestra opinión requiere empatía, valorar el efecto de nuestras palabras.

Ana se quedó pensativa. La cita –como quería Max– había tenido su efecto. El profesor se apresuró a darle sus explicaciones:

–Ana, la sinceridad no es una virtud personal, es una virtud interpersonal. Yo no escojo decirte algo sencillamente porque soy sincero, elijo decírtelo porque creo que te ayudará. Esta es la esencia: la sinceridad se basa en lo que el otro puede recibir y no en lo que yo necesito decir.

Ana no articulaba palabra. Había estado años utilizando la sinceridad como coartada para dirigirse a los demás y ahora estaba descubriendo sus límites.

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Max continuó con sus explicaciones:

–La expresión “Te lo tengo que decir” esconde un interés personal por parte de quien la utiliza, en el sentido de que lo que esta persona dice es más una descarga que un favor. En general, cuando “tenemos que decir” algo es porque queremos quitarnos de encima un peso, una angustia... En cambio, cuando simplemente “elegimos decirlo”, entonces quizás sí estemos pensando en el otro.

–Max, ¿sugieres entonces que hay muchas cosas que debemos callarnos? De ser así, con nuestro silencio difícilmente ayudaremos a los demás...

–De lo que estoy seguro, Ana, es de que herir en nombre de la sinceridad no ayuda en absoluto. Lo que de verdad debemos hacer es tantear al otro, ver hasta dónde puede aguantar, e ir paso a paso: decirle lo que esté preparado para recibir, sin ir más lejos ni caer en la trampa de decírselo todo simplemente para sacarnos un peso de encima.

–Pero, de alguna manera, con la expresión “Te lo tengo que decir”, ya estamos advirtiendo al otro de lo que le puede venir...

–Es una expresión que sugiere una disculpa, pero en realidad se trata de una disculpa falsa, porque está basada en una interpretación egoísta de la sinceridad.

Ana apuró ceremoniosamente su café. Realmente se daba cuenta de que sus “Te lo tengo que decir” estaban mucho más cerca de su necesidad de desfogarse que de su voluntad de ayudar a los demás. El enfoque que le acababa de enseñar Max daba un giro a su forma de entender la sinceridad.

Convencida de las explicaciones de su viejo amigo, y con la voluntad de no alargar más su visita improvisada, Ana se levantó para despedirse. Abrazó a Max y, con una gran sonrisa en los labios, le dijo:

Max, te lo tengo que decir..., eres único.

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Ser claros con lo que decimos

¿Cómo saber si realmente tienes que decir algo?

Hay que aprender a distinguir "lo que tenemos que decir" de "lo que queremos decir".

Cuando me lo "tengas que decir"...

  • ... piensa en si a mí me hará algún bien escucharlo, en si realmente yo habría elegido escucharlo.
  • ... reflexiona si, tras tu sinceridad, lo que estás haciendo es justificar tu necesidad de desahogo, de sacar algo que llevas dentro.
  • ... ten en cuenta que yo no voy a valorar tu sinceridad si con ella me haces daño.

Cuando me lo "quieras decir"...

  • ... te escucharé con toda mi atención, porque habrás elegido decírmelo pensando en mí y no en ti.
  • ... hazlo poco a poco y fíjate en mis reacciones. Para a tiempo si ves que me voy a romper.
  • ... apreciaré tu sinceridad, aun cuando alguna vez te equivoques, porque sabré que en el fondo querías de verdad ayudarme.

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