Cuentos de Jorge Bucay

En el taller del carpintero

Todos somos diferentes, y eso puede generar problemas de convivencia. Sin embargo, está en nosotros si queremos que nuestra diversidad suma o reste: ¿qué vas a hacer tú?

Jorge Bucay

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En un pequeño pueblo, existía una diminuta carpintería famosa por los muebles que allí se fabricaban.

Cierto día las herramientas decidieron reunirse en asamblea para dirimir las diferencias que había entre ellas. Una vez estuvieron todas reunidas, el martillo, en su calidad de jefe, tomó la palabra.

—Queridos compañeros, ya estamos constituidos en asamblea. ¿Cuál es el problema?

—Tienes que dimitir hoy mismo –exclamaron muchas voces.

—¿Cuál es la razón? –inquirió el martillo.

—¡Haces demasiado ruido y te pasas el día de aquí para allá a golpes con todo! –se oyó desde el fondo de la sala, al tiempo que las demás asentían con sus gestos.

El martillo se sintió triste y frustrado.

—Está bien, me iré si eso es lo que queréis. ¿Quién se propone para sucederme?

—Yo –se autoproclamó el tornillo.

—De eso nada –gritaron varias herramientas–. Te pasas el día dando vueltas y eso nos retrasa una barbaridad.

—Seré yo –exclamó la lija.

—¡Jamás! –protestó la mayoría–. Eres muy áspera y siempre tienes fricciones con todos los demás.

—¡Yo seré el próximo jefe! –anunció el metro–. Sabré tomar las medidas necesarias para ponerlo todo en orden...

—De ninguna manera –dijeron varios–. Siempre actúas midiéndolo todo como si tus medidas fueran las únicas válidas.

No eres raro, eres diferente

Claves para ser tú mismo

No eres raro, eres diferente

En esa discusión estaban enfrascados cuando entró el carpintero. Desplegó un plano y se puso a trabajar. Una por una utilizó con mimo todas las herramientas del taller, desde el serrucho hasta el alicate, cada una en el momento oportuno.

Después de unas horas de trabajo cuidadoso, los trozos de madera apilados en el suelo fueron convertidos en un precioso mueble, listo para servir al cliente. El carpintero se levantó, observó su trabajo con detenimiento y sonrió al ver lo bien que había quedado el mueble. Se quitó el delantal de trabajo, lo colgó y salió silbando de la carpintería cerrando la puerta tras de sí.

De inmediato, la asamblea volvió a reunirse y el alicate tomó la palabra:

—Queridos compañeros, es evidente que todos tenemos defectos, pero acabamos de ver que nuestras cualidades, puestas al servicio de una misma tarea, hacen posible que se puedan construir muebles tan maravillosos como este.

Son nuestras cualidades especiales y no nuestros defectos las que nos hacen necesarias y valiosas.

El martillo es fuerte, y eso nos permite sostener y acercar. El tornillo también une y da resistencia a lo que ha unido el martillo. La lija lima asperezas y pule la superficie. El metro aporta precisión y exactitud para seguir los planes de cada obra; y así podría continuar con cada una de vosotras.

Después de aquellas palabras, todas las herramientas se dieron cuenta de que solo el trabajo en equipo las hacía realmente útiles y que, en lugar de quejarse, debían poner el acento en la suma de sus virtudes si querían garantizar la posibilidad de conseguir el éxito.

Todos somos herramientas con las cuales cada carpintero puede hacer su mejor obra. El proyecto puesto sobre la mesa de trabajo señala como resultado final el bienestar de nuestra sociedad, que en realidad es el bienestar de todos y cada uno de sus miembros, sin exclusiones. La mejor manera de lograrlo, o quizá deba decir la única, es comenzando por aprender a trabajar con los demás, sabedores de que somos un gigantesco equipo, capaz de multiplicar fortalezas y de neutralizar debilidades

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