Cuentos para pensar

La paz de saberse en el lugar exacto

Jorge Bucay

El exceso de esfuerzo puede apartarnos de nuestra misión. Si nos fijamos bien en nuestro alrededor descubriremos que estamos exactamente donde debemos estar.

Cuentan que en un monasterio situado en un valle de alguna región de China había un monje en extremo dedicado.

Trabajaba duramente día a día para incorporar los preceptos de la vida Zen y las enseñanzas de sus maestros.

Se esforzaba de forma constante en mejorar: leía y releía las parábolas que le habían indicado sus maestros intentando comprender a fondo su significado, buscaba resolver los intrincados koan (esas historias paradójicas o crípticas de la tradición Zen) y cumplía al pie de la letra con los preceptos establecidos para la vida de un monje.

Sin embargo, si bien había avanzado en su camino de superación personal, el último escalón, el satori, la iluminación, se le escapaba.

No conseguía llegar a ese estado de paz que otros monjes le relataban y sobre el que tanto había leído.

Había oído hablar de un viejo y sabio maestro que vivía en un pequeño templo ubicado más arriba en la montaña, allí donde las nieves nunca se derriten, y, como no sabía qué más podía hacer, decidió emprender el viaje.

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Preparó entonces unas pocas cosas, un atuendo de abrigo que le sirviera para afrontar el frío de las cumbres, y partió.

Luego de una ardua travesía, divisó, perdido entre la blancura del lugar, el pequeño templo. Al llegar, el viejo maestro lo recibió con una taza de té caliente y le preguntó qué lo había llevado hasta allí.

El joven monje le contó entonces todos los esfuerzos que hacía y cómo la paz interior se le escapaba una y otra vez.

El maestro permaneció en silencio un largo rato. De pronto, por las ventanas del templo comenzó a verse caer una suave nevada.

“Ven conmigo”, propuso el maestro. Se levantó, salió del templo y caminó unos metros más hasta detenerse en plena ladera de la montaña.

“Mira bien los copos de nieve", le dijo el maestro haciendo un amplio gesto con el brazo para indicar los copos que caían lentamente a su alrededor.

“Míralos. ¡Qué sabios son! Cada uno cae exactamente en su lugar”. luego volvió a quedarse en silencio, y dicen que allí, viendo caer cada copo de nieve, el monje dedicado se sintió finalmente en paz.

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