Encuentros con Max

No te lo dije para no herirte

Ferrán Ramón-Cortés

A veces, hacen más daño las palabras que silenciamos que las que decimos, pero hablar también requiere ser cuidadosos. ¿Cómo comunicarnos con asertividad?

Silvia y Max llevaban un buen rato disfrutando del primer café de la mañana.

A pesar de la premura con que Silvia le había pedido que se vieran, Max no tenía prisa por descubrir qué le pasaba. Cuando ella quisiera, ya se lo diría.

Después de media hora de animada charla, Silvia le dijo:
—Max, el viernes fue mi último día de trabajo.
—¿Qué ha ocurrido?
A mi jefe no le gusta cómo hago las cosas. Considera que soy demasiado agresiva con los clientes y, por lo que parece, ha tenido algunas quejas. Me invitó a marcharme…

—¿Y cómo estás ahora?
—Desconcertada
, la verdad, porque el despido me pilló desprevenida…
—¿Sabías lo que pensaba de ti?
—No, pero otros sí que lo sabían. Mi compañera Ruth me ha dicho que él se lo había comentado un par de veces, pero que ella no me lo había dicho para no herirme.

—¿Y cómo te sientes sabiendo esto?
—Pues mal. No puedo evitar pensar que me hubiera ayudado saberlo. Hubiera podido rectificar, hacer las cosas de otro modo y quizás hubiera reconducido la situación. Pero también lo entiendo…
—¿Qué es lo que entiendes?
—Que no me lo dijera… En el fondo, yo también funciono así, me callo según qué cosas para no herir a los demás…

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Max se levantó. Se dirigió ceremoniosamente a la cocina y volvió con su taza de café. La conversación iba a alargarse.
—Silvia, no podemos cambiar la situación, pero sí aprender de ella. Ahora has sentido en tu propia piel lo poco que te ha ayudado que alguien que te aprecia no te dijera algo que necesitabas saber. Seguro que no quieres que esto le pase a alguien a quien aprecias, que no pueda disponer de una información valiosa solo porque tú temes ofrecerla.

Silvia mostró el desconcierto en su rostro, así que Max se apresuró a añadir:
—Por ejemplo, si alguien de nuestro entorno tiene un comportamiento autodestructivo, optar por la pasividad y no decírselo no es una buena idea. No podemos cerrar los ojos cuando vemos que alguien a quien apreciamos camina hacia el precipicio.

Silvia se reconocía perfectamente en el comportamiento que Max describía.
—A menudo, como nos cuesta decirlo, cuando por fin hacemos acopio de valor y lo hacemos, caemos en el otro extremo: la agresividad. Decimos las cosas de forma violenta, haciéndole sentir mal.
—¿Y entonces?

A la hora de expresar algo que nos resulta incómodo conviene hacerlo desde el respeto y la consideración; sin juzgar y sopesando, en todo momento, la predisposición del otro a escucharnos.

—Entre la pasividad y la agresividad hay un camino: la asertividad. La capacidad de no dejar de decir las cosas, pero hacerlo de manera que ayudemos, que nuestro mensaje no hiera sino que mueva a ser escuchado. Que nuestro interlocutor no se cierre en banda sino todo lo contrario.
—¿Y cómo se consigue?
Debemos cuidar mucho la forma de decirlo, estando muy pendientes de que el otro no se sienta agredido.

Las palabras de Max estaban calando en Silvia, que le escuchaba con atención.

Cuando una persona se siente herida, deja de escuchar. Todo lo que digamos caerá en saco roto y no servirá para nada. Puede que nosotros nos quedemos tranquilos, puesto que se lo hemos dicho todo; pero al otro no le ayudará. Por eso hemos de ser especialmente sensibles a todos los signos que nos indiquen que estamos superando el nivel que el otro puede aguantar.

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—¿Y dónde encontramos estos signos?
—En la expresión, en la mirada, en la reacción a las preguntas... Sabrás captarlos, no lo dudes. Solamente se trata de observar al otro con atención.

Silvia estaba convencida. Las palabras de Max tenían todo el sentido del mundo. Pensando nuevamente en lo que le había ocurrido el viernes, le dijo a Max:
—Max, lo tengo clarísimo. Y tengo claro también que a Ruth le iría muy bien conocer tu teoría. ¿Qué tal si se la cuento?

Max, rápido en su reacción, le respondió:
¿Qué sientes ante la idea de contárselo?
—¡Uf! Me da miedo. No sé si lo entenderá…
—Pues debes saber que este miedo que sientes puede alejarte de la asertividad.
—¿Y qué hago, entonces? ¿Me lo callo?
—No, pero primero has de superar este miedo. Convencerte de que haces lo mejor para ella, y prever que puede tener una primera reacción negativa. Cuando te sientas preparada, será el momento de decírselo.

Silvia se despidió de Max. A la mañana siguiente, Max recibió un escueto mensaje. Decía: “He hablado con Ruth. No ha sido un camino de rosas; cuando nos despedíamos, me lo ha agradecido”.

Cómo decir lo que piensas sin hacer daño

  • Si ves que me comporto de un modo que me va a perjudicar, no dejes de decírmelo. Pero hazlo de modo que no me hiera y lo pueda percibir como una ayuda.
  • En el momento adecuado: cuando me veas preparado, no solo cuando hayas hecho acopio de valor para decírmelo.
  • En el tono adecuado: sin agresividad, sin reñirme, sin juzgarme.
  • Es muy posible que me muestre muy sensible, y necesito que lo seas tú en tu modo de hablarme.
  • Al ritmo adecuado: si hoy no puedo absorberlo todo, continuaremos mañana. Sin prisa.
  • Aceptándome en mi comportamiento: porque solo puedo cambiar si yo lo decido. Y solo lo decidiré si me siento aceptado.
  • Y siempre desde el cariño y el aprecio, no desde la censura o la intención de darme una lección.

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