Entrevista

"La psicoterapia puede ser más útil que un fármaco"

Víctor Amat

La doctora Joana Moncrieff alerta de la ineficacia y el riesgo de los psicofármacos.

La doctora Joanna Moncrieff es una psiquiatra controvertida, que hace unos años empezó a mover conciencias con su obra The Myth of the Chemical Cure. Desde entonces ha analizado los estudios realizados sobre los diferentes tipos de psicofármacos y ha puesto en marcha otros donde investiga cómo estos medicamentos afectan a quienes los consumen.

Eso la ha llevado a exponer cómo a su juicio la industria farmacéutica influye en el pensamiento de médicos y pacientes para rentabilizar mejor sus productos. Profesora de Psiquiatría en el University College de Londres, ejerce también la práctica clínica. Es fundadora y presidenta de Critical Psychiatry Network, una entidad que agrupa a psiquiatras que cuestionan el modelo biologicista tradicional.

Su segundo libro Hablando claroes una introducción a los fármacos psiquiátricos, publicado por Ed. Herder. En él explica su visión acerca de los medicamentos psicoactivos y alienta a sus lectores a ejercer una opinión activa y crítica frente a la prescripción masiva de estos tratamientos. La Dra. Moncrieff es una mujer decidida, de mirada transparente, y una profesional comprometida con el bienestar de sus pacientes.

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—¿Cuándo empezó a disentir del resto de sus colegas?
—Cuando estudiaba Medicina, durante mi residencia de Psiquiatría, me daba cuenta de que resultaba contradictorio lo que me decían mis profesores y los libros que leía y lo que observaba en los pacientes. No veía a la gente curada, sino aturdida. Así que empecé a buscar artículos científicos e investigaciones sobre cómo afectaban los fármacos a las personas. Luego promoví algún estudio con el que empecé a emitir mis propias opiniones.

—¿Los psicofármacos no producen entonces los efectos que se les suelen atribuir?
—Al principio, al comparar los resultados con el efecto placebo, me sorprendí de que los resultados no fueran demasiado significativos. Los cambios en los pacientes no siempre eran los esperados. Por ello, empecé a pensar que los psicofármacos crean un estado diferente al que el paciente tiene. Hacen que experimente otra cosa, algo creado por el fármaco que no es la normalidad. Como consecuencia de esas observaciones, dejamos de centrarnos en la enfermedad para fijarnos en los efectos creados por el medicamento y nos dimos cuenta de que esos fármacos podrían ser perjudiciales.

—Los médicos dicen que estos productos proporcionan sustancias químicas de las que el cerebro carece. ¿Es realmente así?
—No. Muchos médicos dicen: "Toma este fármaco, puesto que tienes falta de serotonina", por ejemplo. Podemos presuponer entonces que ese fármaco reequilibrará la bioquímica cerebral. Pero no funciona así. Veamos, por ejemplo, el caso del alcohol. Es popularmente conocido que tomar un par de copas puede ayudar a desinhibirse y participar con más espontaneidad en una conversación. Tras tomar cierta cantidad de alcohol, una persona tímida puede sentirse mucho más interesante o distinta de lo que se imaginaba. Sin embargo, a nadie se le ocurriría argumentar que el alcohol cura la timidez. El alcohol crea un estado alterado que "tapa" la dificultad. Pero que puede generar problemas posteriores graves, ¿no cree?

—¿Estos fármacos pueden tener efectos indeseables, como en el caso del alcohol?
—Por supuesto. Los psicofármacos afectan de muy diversas maneras al sistema nervioso. En ocasiones, esa afectación es mejor que el trastorno que la persona padece, pero en otras no es tan eficaz. El psicofármaco crea un estado que se solapa con el anterior. La pastilla genera un estado alterado que tiene ventajas pero que también puede tener grandes inconvenientes. Algunos son peores que el propio trastorno que se pretende tratar.

—¿Significa eso que el paciente desconoce el impacto real de su tratamiento?
—Conviene decir que muchos pacientes, cuando dejan de tomar esos productos se dan cuenta de cuán alterado estaba su estado de conciencia mientras consumían el fármaco. Sienten entonces un tremendo efecto de carencia del producto que se confunde con una recaída. Esta recaída justifica de nuevo el tratamiento con el fármaco y se entra en un bucle que puede ser pernicioso: la persona se siente mal y se le prescribe un tratamiento que crea un estado alterado de conciencia, pero cuando deja de tomarlo tiene un empeoramiento que puede ser causado por la carencia del fármaco y esa recaída hace que se recurra de nuevo al fármaco, puede que hasta en mayor dosis.

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—¿Cuál es el origen de este enfoque terapéutico?
—La industria farmacéutica tuvo mala prensa cuando la gente empezó a hacerse adicta a algunos medicamentos. Por ello tuvo que buscar nuevas justificaciones que permitieran utilizar ese tipo de medicación. Así se creó la idea de que el cerebro carece de ciertas sustancias y de que, para subsanar el problema, había que consumirlas. Sin embargo, todo eso carece de fundamento, como demuestro en mi libro. No es cierto, por ejemplo, que una persona aquejada de depresión tenga un nivel más bajo de serotonina. No se ha demostrado que sea así. Lo que se ha demostrado, en cierto modo, es que tomando un antidepresivo que eleve la serotonina la persona experimenta un estado alterado de conciencia que se solapa con su depresión. Ese nuevo estado no puede llamarse "depresión", pero tampoco supone una recuperación completa e ideal. Tomar un antidepresivo no equilibra la serotonina, solo enmascara la depresión.

—Entonces, ¿no hay que tomar antidepresivos?
—No digo eso; en ocasiones el nuevo estado es más interesante que el anterior para el paciente. Por ejemplo, algunos tranquilizantes pueden ayudar puntualmente a sobrellevar ciertas situaciones. Pueden permitir que la persona enfrente el problema más eficientemente. ¿Por qué no tomarlos si son útiles? La cuestión es que el usuario de un producto como ese desconoce toda la información acerca de los efectos secundarios, el efecto rebote o, peor aún, no se le ha dicho nada acerca del efecto que causará la retirada del fármaco si se encuentra mejor, que en algunos casos será un síndrome de abstinencia puro y duro.

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—¿Estos fármacos pueden provocar, pues, lo que se llama adicción psicológica?
—Por supuesto. Ese es uno de sus peores efectos. Las personas que toman medicación, por definición, empiezan a desconfiar de sí mismas y de su capacidad para enfrentar situaciones sin ella. Algunos psicofármacos pueden convertirse en una falsa ayuda. Quien, por ejemplo, afronta una reunión o imparte una charla recurriendo a una pastilla puede llegar a la conclusión de que solo si consume ese producto puede superar bien tales pruebas. Muchos estudios muestran que una buena psicoterapia puede ser de más ayuda que un tratamiento con psicofármacos.

—¿Los antidepresivos no son así lo que nos promete la industria?
—Efectivamente, hay muchas explicaciones de por qué no existen demasiadas diferencias entre tomar un placebo y tomar un antidepresivo. Pero no existe un solo indicio de que estos productos reviertan la depresión. La depresión conlleva con frecuencia insomnio o dificultades para conciliar el sueño, a veces ansiedad e inquietud. Cualquier fármaco con propiedades sedativas mejorará este aspecto del problema. Muchas escalas sobre la depresión valoran con detalle la falta de sueño. Si el paciente duerme mejor, puntuará mejor en los problemas de sueño y desaparecerá de la lista de pacientes que padecen depresión. Eso nos hace pensar que las mínimas diferencias entre el placebo y el antidepresivo pueden deberse a las cualidades sedativas de las fórmulas utilizadas.

Emociones anuladas

—¿Los fármacos enmascaran el trastorno en ese caso?
—Cualquier fármaco que altere la conciencia o que cree un estado de intoxicación puede tamizar los sentimientos de depresión. Es difícil sentirte deprimido si estás fuertemente dopado. Algunos productos muy potentes, como los neurolépticos, aplanan las emociones y la persona se siente más indiferente hacia lo que le ocurre.

—Con los antidepresivos algunas personas se quejan de perder calidad de vida.
—Los antidepresivos tricíclicos pueden provocar ataques epilépticos y tienen fuertes efectos, como boca seca, visión borrosa, dificultad para orinar y estreñimiento. Causan aumento de peso, pérdida de la libido, disfunciones sexuales e impotencia, por ejemplo. Y los antidepresivos llamados isrs o inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (como el Prozac) pueden inducir pensamientos de suicidio e incluso llevar a cometerlo. En tratamientos con estos fármacos a niños y adolescentes se encontraron tasas más altas de comportamientos suicidas.

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Ofrecer otras vías

—¿Qué diría al posible usuario de un tratamiento así?
—Si a la persona que solicita ayuda para resolver sus dificultades se le diera la información pertinente cuando se le ofrece un tratamiento con antidepresivos, sería muy poco probable que eligiera tomarlos. El discurso médico ha hecho que la gente crea que su vida emocional está gobernada por fluctuaciones espontáneas de su bioquímica cerebral y que esos fármacos le ayudarán a corregirlas. Ahora bien, si a esas personas se les dijera que esos productos les harán sentirse aturdidas y con sensaciones desagradables pero que así se olvidarán de sus problemas por un rato, opino sinceramente que buscarían otros métodos para afrontar sus dificultades.

—Imaginemos un escenario sin tanta medicación. ¿Qué se puede hacer con alguien que padece una depresión moderada?
—Es importante contar con todas las personas implicadas (la familia, los médicos), pero lo crucial es encontrar lo que le sucede a esa persona. Cuando ponemos una etiqueta, por ejemplo "depresión", convertimos a la persona en un estereotipo, en un cliché. ¿Qué le pasa realmente? En eso consiste el trabajo esencial, en ayudar a un ser humano a ver qué tiene que mejorar o cambiar en su vida. Una pastilla no va a cambiarle la vida ni a devolverle ningún equilibrio bioquímico. Necesitamos actuar con la intención de hacer que la persona se responsabilice de su vida.

—¿Cómo son recibidas sus propuestas por sus colegas?
—Poco a poco voy dando a conocer los resultados de mi trabajo. Hay controversia, y las opiniones son diversas. Muchos están en desacuerdo conmigo. Algunos de mis compañeros psiquiatras se muestran interesados en privado, pero suelo ser ignorada. Afortunadamente hoy día cada vez más profesionales apuestan por nuestro enfoque y eso nos da esperanza.

—En el libro habla de dejar la medicación cuando no hay una mejoría evidente. ¿Usan en su centro algún enfoque especial para "desintoxicar" al paciente que ha sido tratado durante mucho tiempo?
—Cada persona tiene necesidades diferentes. Tenemos pacientes que han necesitado meses, incluso años. Nos adaptamos al tipo de problema que tienen y pueden ser tratados de manera puntual. Por ejemplo, los pacientes graves con esquizofrenia deben tratarse con mucha delicadeza al retirarles la medicación y hay que estar pendientes de su evolución por si necesitan apoyo farmacológico en un episodio de recaída. Sin embargo, es vital para nosotros estudiar cada caso para poder comprender qué causa el trastorno del paciente y ajustar el tratamiento.

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—¿Qué se encuentran al estudiar esos casos?
—Es increíble el número de jóvenes que visitamos que padecen trastornos graves por usar drogas como el cannabis, las anfetaminas y sus derivados. Muchos quedan atrapados en el trastorno como consecuencia de haber consumido sustancias psicoactivas. La cuestión es que son tratados con fármacos tan fuertes que pueden cronificar su situación. La medicación genera estados tan alterados que les impide hacer una vida normalizada. Tal vez esta nueva situación permita a sus familias gestionarlo mejor, pero vemos muy a menudo que estos casos empeoran con este tipo de tratamientos.

—¿Qué hay sobre los tratamientos naturales? ¿tienen experiencia tienen con ellos?
—Bueno, no tratamos a nuestros pacientes con un tratamiento específico. Lo principal es que aprendan a llevar una vida saludable. Una revista como Cuerpomente sin duda aporta información sobre cómo mejorar algunos aspectos de la salud. Una buena alimentación es vital, llevar una vida libre de estrés y hacer actividades que permitan mejorar la autoestima. Esto, claro, depende de cada caso, y no tenemos una recomendación estándar. Escuchamos al paciente y le alentamos a llevar una vida sana. Tener capacidades para gestionar la ansiedad se ha mostrado que ayuda, practicar ejercicio y, sobre todo, encontrar actividades donde uno se sienta útil.

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Niños hiperactivos

—Al hablar de psicofármacos los estimulantes son una parada obligatoria. ¿Cómo afectan a quien los consume?
—Hoy en día medicamentos como el rubifén o Medikinet son la principal indicación para trastornos como la hiperactividad y el déficit de atención. Y se está diagnosticando cada vez más el TDAH (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad) en adultos. Los tratamientos suelen ser estimulantes como las anfetaminas. Se suele decir que las anfetaminas corrigen un desequilibrio químico, pero no existen pruebas de que ese desequilibrio exista en los cerebros de las personas que presentan estos trastornos y, desde luego, no las hay acerca de que los estimulantes trabajen de esa manera. Su principal efecto es la activación cerebral. En dosis bajas, esta activación se manifiesta con un aumento de la capacidad de concentración. Pero en las entrevistas que les hacemos muchos niños dicen que cuando toman estos productos se sienten infelices y que preferirían estar como antes de tomarlos.

—Aun así, ¿resultan útiles estos tratamientos?
—Los estimulantes son mejores que el placebo en la capacidad de concentración, pero no en el resto de problemas que suelen manifestarse, como la conducta impulsiva, las escasas habilidades sociales y la agresividad (hay muchos estudios sobre el tema). El problema, a mi modo de ver, son las consecuencias dañinas de su uso.

—¿Es cierto que retrasan el crecimiento?
—Está demostrado ampliamente. Pero los laboratorios argumentan que es el trastorno el que retrasa el crecimiento, no la medicación. Ese razonamiento no se sostiene a tenor de los estudios realizados por la agencia estatal del Reino Unido. Si eso no fuese importante, hay que decir que los estimulantes pueden causar la muerte súbita en niños y que la presión arterial y el riesgo de enfermedad cardíaca aumentan en las personas que consumen anfetaminas. Si se toman en dosis altas pueden causar trastornos aún más graves, como la psicosis. Aunque lo más habitual es más sutil: cuadros depresivos, letargia e insomnio.

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—¿Tomar este tipo de fármaco puede derivar en el consumo de otras sustancias?
—En el Reino Unido se ha detenido a menores que venden a niños y otros jóvenes para un uso lúdico la medicación que se les prescribió para su trastorno: anfetaminas. Los chicos diagnosticados de TDAH tienen tasas más altas de abuso de sustancias más adelante comparados con los niños sin ese diagnóstico. En mi libro documento todos esos estudios y hay motivos para sospechar que no resulta nada bueno proporcionar a los niños y a los jóvenes este tipo de producto.

—¿En la hiperactividad infantil influyen también aspectos sociales y educativos?
—Sí. Y no creo que en España sea muy diferente que en Inglaterra. Los entornos escolares no parecen propicios para niños muy movidos, dispersos o con necesidades específicas. intentar controlarlos dándoles cierto tipo de anfetaminas no parece muy buena idea. La falta de flexibilidad del sistema educativo y la vida estresada de muchas familias son un potente caldo de cultivo para estos trastornos. Necesitaríamos grupos más reducidos y mayor variedad de enfoques educativos, sin duda alguna.

—¿Qué le parece la afirmación de que muchos críos se curan en septiembre, con el cambio de profesores?
—Es una visión ingeniosa pero no hay que olvidar que la industria presiona mucho, pues los tratamientos logran generar estados en los que los niños están quietos y atentos a las explicaciones. Debo decir, no obstante, que no hay evidencias de que la hiperactividad sea una enfermedad en el sentido estricto de la palabra. En muchos casos se está prescribiendo un tratamiento que no es necesario y que deja muchas secuelas.

—Pues parece que cada vez hay más trastornos que pueden diagnosticarse…
—Es otra estrategia de la industria farmacéutica: equiparar un síndrome, que no es más que una agrupación de síntomas, a una enfermedad. Un síndrome de ataque de pánico, por ejemplo, no es una enfermedad. En mi opinión tiene que ver con un complejo de inferioridad de los psiquiatras.

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—¿Cómo dice?
—Sí. En el inicio de la psiquiatría no existían los fármacos y los trastornos mentales se trataban de manera drástica y rudimentaria, con internamientos en centros cerrados y terapias de choque. Esto vinculaba la psiquiatría con una disciplina poco avanzada y casi policial. El diseño de estos fármacos y la creación de nuevos trastornos, para los que se ofrece un tratamiento, ha potenciado la percepción de la psiquiatría como una disciplina muy científica. Y ha disparado la autoestima de los psiquiatras.

—¿Qué podemos hacer frente a este poder de la industria y la visión imperante?
—Como titular periodístico podríamos decir que lo importante es saber que, frente a la industria farmacéutica y el lobby médico, el paciente tiene derechos. Sería ideal si los facultativos pudieran informar sobre las potentes drogas que prescriben y los efectos que cabe esperar de ellas.

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