Mancuso

Estrategias vegetales

"Las plantas son seres sensibles e inteligentes"

Stefano Mancuso es un pionero en investigar la neurobiología vegetal. Estudia las facultades de las plantas para reconocer su entorno y cumplir sus metas.

Tomás Mata

No he podido dejar de preguntar a Stefano Mancuso por aquel libro leído en la juventud, La vida secreta de las plantas, con el que muchos empezamos a hablar a las plantas de casa, a ponerles música y hasta a abrazar a los árboles. Se ríe y da sus explicaciones en un inglés con agradable acento italiano: aquel libro contenía muchos disparates pero también algún capítulo muy acertado. A lo largo de la conversación, cada vez que intento llevarle a terrenos dudosamente científicos se escapa; eso sí, con una suave amabilidad.

Mancuso es ingeniero agrónomo doctorado en Biofísica y se dedica a investigar en serio el comportamiento inteligente de las plantas. Dirige el Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal, en la Universidad de Florencia, con colaboradores en otros países, como el nuestro.

Él y su equipo han realizado algunos descubrimientos asombrosos que causaron polémica y expectación hace unos años cuando se publicaron titulares como «Las plantas tienen neuronas, son seres inteligentes».

Las plantas se mueven y trasladan muy eficazmente

Sus investigaciones continúan y obligan a reconsiderar la visión que tenemos de las plantas: son seres más vivos de lo que solemos pensar. Sus hallazgos y los de otros científicos los ha resumido en su libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, escrito junto a Alessandra Viola y editado por Galaxia Gutenberg. Mancuso acompaña sus conferencias con vídeos sorprendentes (ver en internet los de TED o Redes/RTVE), como el de una planta de judía que persigue a cámara rápida un soporte vertical colocado a más de un metro de ella.

–Ayer habló en el Real Jardín Botánico de Madrid. ¿Cómo reacciona el público cuando les muestra que las plantas son seres inteligentes?

–Bien. La visión sobre las plantas como simples organismos está cambiando. Hace una década, cuando afirmabas que las plantas tienen sensibilidad o que se comunican, algunos científicos abandonaban la sala. Hoy se quedan. Nos hemos sentido muy cómodos pensando que somos los seres más evolucionados y que animales y plantas son seres inferiores a nuestro servicio. Pero el propio Darwin demostró que no existen organismos más o menos evolucionados, que todos los organismos que hoy habitan la Tierra están en el extremo de su rama evolutiva, de lo contrario se habrían extinguido. Él escribió un libro sobre el movimiento de las plantas y las consideraba los seres vivos más extraordinarios. Vistas a cámara rápida, en su lapso de tiempo, las plantas se mueven y trasladan muy eficazmente.

Sus raíces tienen sensores que se comunican

–¿Ha descubierto el cerebro de las plantas?

–No, las plantas no tienen cerebro, al menos similar al de los animales. Aunque la primera cosa que deberíamos plantearnos es si en los humanos el cerebro es el único centro de producción de la inteligencia, ya que por sí solo, sin la información que llega del resto del cuerpo, es incapaz de producir nada.

Lo que hemos descubierto es que en cada punta de las raíces de la planta existe una zona (de décimas de milímetro, hasta los dos milímetros, por ejemplo en el maíz) con células que tienen la función de comunicar señales mediante impulsos eléctricos, muy parecida a la de las neuronas. Esta punta o ápice radical explora el suelo en busca de agua, oxígeno y sustancias nutrientes, y toma las decisiones sobre qué dirección seguir, qué roca o sustancia tóxica esquivar. Pero cada ápice ha de tener en cuenta las necesidades globales de la planta. No trabaja solo sino en red, coordinando sus decisiones con otros millones de ápices que constituyen el aparato radical de la planta. Se trata de un sistema multicelular interconectado que se ocupa del tratamiento de información muy compleja que determina su conducta. Una especie de internet viviente.

Toman decisiones muy sofisticadas

–Pero de ahí a afirmar que las plantas son inteligentes...

–Si definimos la inteligencia como la capacidad para dar respuesta a problemas, es difícil trazar una divisoria. ¿Los primates son inteligentes? ¿Los gatos? ¿Las abejas? ¿Y las amebas, capaces de salir de un laberinto o de prever fenómenos repetitivos?

Decimos sin problemas que tenemos teléfonos inteligentes, edificios inteligentes, ciudades inteligentes (como aquí, en Barcelona) y los japoneses utilizan retretes inteligentes, que te analizan y adaptan sus funciones a tus gustos y necesidades (música, temperatura...). Pero a las plantas, que toman decisiones muchísimo más sofisticadas y son capaces de elaborar productos químicos específicos ante circunstancias concretas, nos cuesta reconocerles ningún tipo de inteligencia.

Pueden vivir perfectamente sin nosotros

–Su libro da la sensación de ser el alegato de un abogado de las plantas. ¿Cuándo sintió «la llamada» para salir en su defensa?

–No hubo una llamada como tal. A mí me gustan las plantas, me gustan los árboles –algunos de mis mejores amigos son árboles–. Fue más bien un proceso al ir trabajando con plantas. En cierto momento, viendo las evidencias que se acumulaban, tuve cierto sentimiento de misión, que esos conocimientos sobre el comportamiento de las plantas merecían ser divulgados.

Pero las plantas no necesitan un abogado defensor: pueden vivir perfectamente sin nosotros. De hecho, si mañana las plantas desaparecieran, la vida humana duraría unas pocas semanas, acaso unos meses, no más. Si por el contrario fuésemos nosotros quienes desapareciésemos, las plantas volverían a adueñarse de todo el territorio y, en poco más de un siglo, todos los signos de nuestra milenaria civilización quedarían cubiertos de verde. El problema es nuestro, pues en términos biológicos los seres humanos tenemos una importancia muy relativa.

El poder sanador de los árboles

Naturaleza curativa

El poder sanador de los árboles

Captan las vibraciones del aire y del suelo

–¿Entonces a las plantas les da igual si les hablamos?

–Las plantas no tienen oído externo, pero todas las células de la planta captan las vibraciones del aire y del suelo (la tierra es un conductor excelente) a través de sus canales mecanosensibles. Escuchan con todo su cuerpo, como si estuvieran cubiertas de millones de pequeñas orejas, algo parecido a como sentimos en nuestro cuerpo los tonos graves en una discoteca, si bien en ellas este mecanismo es mucho más refinado.

En nuestro laboratorio hemos colaborado durante cinco años en el cultivo de unas viñas con música. Los resultados fueron sorprendentes: las viñas con música crecieron mejor y produjeron uvas de más calidad. Además, la música desorientaba a los insectos y los mantenía alejados. Pero no es el tipo de música lo que condiciona su crecimiento, sino las frecuencias sonoras con las que está compuesta. Sobre todo las bajas (de 100 a 500 Hz) favorecen la germinación, el crecimiento y la prolongación de las raíces, mientras que las altas tienen un efecto inhibidor.

Muchos dirán que las plantas crecen mejor cuando se les habla y quizá sea así en algunos casos, pero no existe evidencia científica.

Cuando intentamos experimentar eso en nuestro laboratorio, la conclusión fue que las mujeres tienden a matar a las plantas por darles mucha agua y los hombres por dejarlas secar.

Son capaces de alertar a otras plantas de un peligro

–¿Y las plantas no dicen nada?

–Las plantas se comunican de un modo muy sofisticado, apenas sabemos descifrar su lenguaje. Por un lado está demostrado que las puntas de las raíces emiten sonidos, una especie de clic, aunque no está claro cómo se produce ese fenómeno. Muestran un comportamiento organizado, típico de los enjambres, lo que presupone que los ápices radicales de cada planta individual poseen alguna forma de comunicación entre sí y con otras plantas para explorar el terreno de forma eficaz y optimizar el crecimiento.

También sabemos que las plantas se comunican mediante los más de tres mil compuestos orgánicos volátiles que producen. Conocemos bien al menos uno, que transmite un mensaje muy claro en distintas especies: «Tengo problemas». Estos compuestos advierten en tiempo real de un peligro a las plantas de los alrededores y estas pueden reaccionar, por ejemplo, produciendo moléculas químicas capaces de hacer sus hojas indigeribles o incluso venenosas para un insecto agresor. Uno de los ejemplos más conocidos es el del tomate, que cuando recibe el ataque de insectos emite grandes cantidades de un compuesto volátil capaces de alertar a otras plantas situadas a cientos de metros.

Poseen quince sentidos más que nosotros

–Si huelen, ¿también ven?

–Las plantas poseen cinco sentidos muy parecidos a los nuestros, en mi libro mostramos bastantes evidencias. Pero poseen al menos otros quince sentidos más de los que nosotros carecemos. Por ejemplo, pueden encontrar agua a gran distancia, saber su cantidad y localización. O detectar la gravedad y los campos electromagnéticos.

Hay plantas capaces de percibir mínimas partículas de metales tóxicos, como el mercurio, en el aire de esta habitación. Si hoy comemos atún probablemente estaremos ingiriendo mercurio sin que notemos nada en nuestro organismo, al menos a corto plazo. Las plantas son excelentes biosensores, han desarrollado una extrema sensibilidad para analizar todo lo que ocurre en su medio y tienen la inteligencia y los mecanismos para reaccionar rápidamente.

Manipulan a los insectos

–¿Qué otras pruebas hay de la inteligencia de las plantas?

–Por ejemplo, son capaces de manipular a otras especies y a los animales. Hay cientos de ejemplos, pero uno muy interesante es el realizado con los Citrus, el género de los naranjos y limoneros. Los insectos polinizadores son atraídos por el sabor del néctar, que contiene azúcares con los que se alimentan, pero también contiene sustancias como la cafeína. Aunque la cafeína tiene cierto sabor amargo y en altas dosis es un repelente, cuando los insectos vienen cargados de polen, el árbol percibe su presencia y la segrega en una dosis que potencia la respuesta de las neuronas asociadas al aprendizaje olfativo y a la memoria y les hace recordar mejor el «buen» sabor del néctar de las flores con esta sustancia.

En nuestro laboratorio y en algunos otros se han realizado experimentos que demuestran que las plantas duermen, memorizan, cuidan de sus hijos, tienen su propia personalidad y toman decisiones.

Las que nos alimentan logran multiplicarse mucho más

–¿Ahora tampoco voy a poder comer vegetales?

–No te preocupes. Los frutos son «paquetes regalo» que las plantas ofrecen con la intención de que los animales las transporten o ayuden a reproducir sus semillas. Es una especie de intercambio en la que las dos partes ganan. Algunas plantas han sido domesticadas por los humanos, nos alimentan pero así logran multiplicarse mucho más que muchas otras de su género.

–Sí, a veces tengo la sensación de que las tomateras me ponen a trabajar cada año para ellas en el huerto…

–A cambio te darán unos buenos tomates, si lo haces bien y tienes suerte. Eso es lo que afirma mi amigo, el escritor Michael Pollan [véase su libro La botánica del deseo, Ed. Mugaritz]. Según él, se da una coevolución entre plantas y humanos, y algunas plantas utilizan a los humanos para extenderse por el planeta, algunas con mucho éxito, como el trigo, el arroz o el maíz.

Su estrategia es la resistencia pasiva y una gran atención

–¿Pero qué ocurre cuando consumo partes de la planta que no son sus semillas?

–Aunque las plantas sean muy sensibles con respecto a todo lo que pasa en su medio, eso no significa que sufran. El dolor es un mecanismo muy eficaz en la estrategia de supervivencia de los animales, basada en el movimiento constante para obtener lo que necesitan. El dolor provoca en el animal la respuesta de huida, pero la estrategia de las plantas es la contraria: la inmovilidad. Para ello han desarrollado una resistencia pasiva al ataque de los depredadores y una gran atención a todo lo que ocurre a su alrededor. Su cuerpo está construido a partir de una estructura modular, en la que cada parte es importante, pero ninguna del todo indispensable. Son divisibles, no «individuos» (indivisibles) como los animales.

La manera más adecuada de pensar en un árbol, un cactus o un arbusto consiste no en compararlos con un ser humano u otro animal, sino en imaginarlos como una colonia.

En las plantas, las funciones no van ligadas a los órganos. Eso significa que las plantas respiran sin tener pulmones, se alimentan sin tener boca ni estómago, se mantienen erguidas sin tener esqueleto y son capaces de tomar decisiones sin tener un cerebro localizado. Gracias a esta fisiología tan particular, pueden escindirse porciones amplias de la planta sin amenazar su supervivencia: algunas pueden ser depredadas hasta el 90 o 95% y volver a crecer a partir del pequeño núcleo superviviente.

Son el 99,7% de la biomasa del planeta y los animales solo el 0,3%

–¿Los vegetarianos pueden estar entonces tranquilos?

–Si comes carne destruyes muchas más plantas: las miles y miles que consume cada herbívoro. Un rebaño que pace puede devorar un prado entero en una tarde, pero a los pocos días este se ha regenerado por completo, su fisiología y estrategia de supervivencia son completamente diferentes. Gracias a ello, las plantas han conseguido ser el 99,7% de la biomasa del planeta, los animales somos tan solo el 0,3%.

–Si las plantas son mayoría, ¿por qué nos empeñamos en crear especies artificialmente, como las transgénicas?

–Solo conocemos el 5 o 10% de las plantas del planeta. De vez en cuando hacemos estimaciones sobre cuántas especies existen, pero digamos que no conocemos ni la mitad. Cada día muchas de estas plantas desaparecen y no tenemos la posibilidad de estudiarlas. ¿Quién sabe lo que tienen que puede ser interesante para nosotros?

La creación de especies transgénicas tiene que ver con la estupidez humana. Nos gusta el camino más fácil y transformar una planta no es en realidad tan complicado. El problema real es la ética: no tenemos derecho a hacer lo que hacemos ni ninguna necesidad de hacerlo, porque podemos tomar lo que necesitamos de las plantas que ya conocemos, pero, por si acaso, tenemos el 90% de las plantas que nunca hemos estudiado. Y podemos tener todos los alimentos, toda la energía, las medicinas, para miles de años en este planeta.

Un ejemplo más. Se invierten muchos recursos en desarrollar energías como la nuclear y ninguno, por ejemplo, en aprovechar o reproducir artificialmente mecanismos como la fotosíntesis, que es la única e inagotable fuente para transformar la energía solar en azúcares. Esta puede ser la mejor manera de tener toda la energía que precisamos. No necesitamos lo nuclear, solo el sol y las plantas.

Necesitamos dar derechos a las plantas pero para sobrevivir nosotros

–¿Las plantas tienen derechos?

–En este momento las plantas no tienen absolutamente ningún derecho. Hemos de comenzar a hablar sobre ello y estoy convencido de que en el futuro los tendrán. Les daremos derechos, aunque no los necesitan, dado que pueden vivir muy bien sin nosotros. Necesitamos dar derechos a las plantas pero para sobrevivir nosotros mismos.

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