Entrevista a Natalia Eres, oncóloga integrativa

Tratamiento integral

"Lo terapéutico no solo está en manos de la medicina"

La doctora Natàlia Eres reflexiona sobre el significado de la enfermedad y la manera más eficaz de tratarla a través de una aproximación holística.

Claudina Navarro

En unos tiempos en que muchos médicos pasan más tiempo mirando a la pantalla del ordenador que a los ojos de la persona que tiene delante, la doctora Natàlia Eres es una rara avis, aunque quizá represente la esperanza y el futuro de la medicina, si el desarrollo de los tratamientos integrativos, que ella practica y defiende, sigue al ritmo de los últimos años.

Una médica integrativa como Eres no es solo una persona con conocimientos sobre el funcionamiento del cuerpo, una técnica, sino alguien con una mirada compleja sobre la salud y la enfermedad, que recurre sin prejuicios a todos los medios para curar y que, sobre todo, acompaña al enfermo.

Entrevista a Natàlia Eres, oncóloga integrativa

—¿Qué te llevó a practicar la medicina integrativa?

—Cuando salí de la facultad ya me apetecía hacer medicina no convencional. Había estado un año enferma y sabía lo que significaba seguir un tratamiento exclusivamente con fármacos. Salí de la facultad y escogí oncología al mismo tiempo que estudiaba medicina natural de manera autodidacta y en los primeros postgrados y másteres universitarios en acupuntura y homeopatía.

—¿Cómo fue tu experiencia en los hospitales públicos?

—Cuando acabé la especialidad en oncología en Vall d’Hebron, uno de mis primeros trabajos fue en un hospital en una ciudad cercana a Barcelona. Por todo lo que viví allí –vi cómo era un hospital, la alimentación que se daba, los pocos recursos, el estrés que se producía en el enfermo dentro de un sistema que también estaba enfermo– y porque además vi cómo moría de cáncer la compañera de un colega, decidí dejar el hospital y la oncología y dedicarme a la acupuntura.

"En los hospitales, los enfermos viven el estrés de un sistema a su vez enfermo"

—Pero volviste a la oncología.

—Surgió la posibilidad de organizar un pequeño congreso de medicinas no convencionales en el colegio de médicos de Barcelona, y trajimos gente del Instituto Karolinska de Estocolmo, del Hospital Homeopático de Londres y otros especialistas muy interesantes. A raíz de estas jornadas me hicieron una entrevista en el diario La Vanguardia, donde me presentaron como especialista en oncología, y mi pequeña consulta de acupuntura, donde me las prometía muy felices, se llenó de enfermos oncológicos.

—Debía ser tu destino.

—Existía una necesidad. Todo me llevó a armar de nuevo una pequeña unidad de medicina integrativa, de la que se estaba empezando a hablar poco a poco en Estados Unidos y en Canadá. Tenía que volver a empezar y establecer algo mucho más complejo para la atención de personas con una patología muy grave, profunda, siguiendo un tratamiento complejo (el convencional) y con unas familias muy tocadas por las circunstancias.

Me di cuenta de que lo que resultaba terapéutico no solo estaba en manos de la medicina. Estaba en manos de lo que llamamos lo antropológico: la relajación, la salud emocional, la alimentación…. Empecé a ver que muchas cosas se abordaban mejor desde la salud que desde la medicina. Incorporé a los tratamientos la nutrición, la relajación, etc.

"La alimentación, la relajación o las emociones tiene un impacto en la evolución de la enfermedad"

—Hoy este enfoque empieza a ser algo más normal.

—Todos estos factores tenían un impacto muy positivo en el enfermo y hace 20 años la medicina les daba la espalda. En los 10 últimos años esto ha empezado a cambiar. Kabat-Zinn ha llevado el mindfulness a todos los ámbitos, incluido el sanitario. Han aparecido estudios sobre fitoterapia.

Pero todo esto tan positivo procede de la ciencia, que es algo diferente a la medicina. No van siempre de la mano, aunque nos hagan creer lo contrario.

Por ejemplo, hace poco se han publicado estudios muy serios del impacto significativo del yoga y la meditación sobre la salud, pero esto no llega a la práctica de la medicina. O la contaminación ambiental, el efecto de los bisfenoles y otros contaminantes derivados del plástico… Esto tampoco llega a las consultas o llega parcialmente.

—¿Qué terapias utilizas que no use un médico convencional?

—Intentamos encajar nuestro tratamiento con el convencional para que este resulte lo menos tóxico y más eficaz posible. Más que terapias diseñamos programas para adaptarnos en función de si la persona está haciendo tratamiento preventivo o si está recibiendo quimio o radio, o la van a operar, para ser más eficientes, porque las terapias complementarias son muy blandas y si no las combinas estratégicamente hacen poquito.

Utilizamos desde vitamina C a altas dosis por vía endovenosa, hasta hipertermia, pasando por nutrición cetogénica, ayunos, acupuntura, fitoterapia y suplementación nutricional.

—Cuando el tratamiento ha ido bien, ¿cómo sabes si el protagonista de esa recuperación ha sido el tratamiento convencional o las terapias complementarias?

—Como no me importa el protagonismo, siempre le cedo ese papel a la quimioterapia… (risas). Lo que te puedo decir es que somos muy cuidadosos informando siempre de la evidencia científica que existe en cada una de las terapias que proponemos. Nos preocupamos de que entiendan que no hay panaceas. Damos toda la información y en algunas, es cierto, hay poca evidencia.

Ten en cuenta que se lo tienen que pagar de su bolsillo y algunos tratamientos no son baratos. Esto es algo que la sociedad penaliza mucho; se dice "encima de que están muy enfermos les sacan el dinero". Existe este estigma y hay que cuidar mucho este aspecto porque estas personas y sus familias se encuentran realmente en una situación muy vulnerable.

—Desde hace unos meses existen campañas en marcha contra las terapias complementarias, y esa es una de las críticas.

—Hay formatos controvertidos. Lo que antes era la relajación o atender las emociones o el estrés vital ahora se ha convertido en cosas como la bioneuroemoción, que tiene sus partes polémicas.

Detrás del informe contra las terapias complementarias de la Organización Médica Colegial hay cuestiones políticas, pero es cierto que tenemos que vigilar la información que damos. Tienes que preocuparte de que la persona entienda toda la información, porque igual está poniendo sus últimas esperanzas en determinado tratamiento, porque cree que le va a curar y está dispuesto a pagar todo el dinero que haga falta… Es muy delicado.

Pero el informe no se ha hecho con prudencia, ni con buena documentación, ni con legalidad… La situación es culpa de todos, del Colegio porque ha dejado hacer, y del marketing de la "neuroemoción" en internet, o de las empresas de productos naturales que han hecho publicidad con lenguaje pseudocientífico y han comercializado productos con el nombre "onco-nosequé" y que se vendían por internet…

No se puso el freno en un inicio, se ha dejado crecer sin orden ni concierto y hemos llegado a esta situación. Los resortes han fallado por todos los sitios, no ha pasado porque nadie tuviera mala fe.

—En tus charlas y artículos hablas a menudo del ser y de la conciencia. ¿Qué lugar ocupan estos aspectos en el tratamiento?

—El tema de la conciencia es el que más me ha fascinado en toda mi trayectoria. He hecho muchas prácticas personales, porque he visto muy claro que la enfermedad y su evolución tienen una parte muy enraizada en la conciencia. Para el médico típico, incluso dentro de los integrativos, el tema de la conciencia queda un poco lejos todavía. Pero ahí está.

—En la práctica, ¿estamos hablando de psicoterapia?

—Para mí es diferente. Yo me refiero a la percepción de lo holístico, de que todo está conectado y de que la naturaleza tiene un lenguaje único.

Los advaitas, que para mí son los estudiosos de la conciencia que mejor lo representan, hablan del pensamiento unificado. La naturaleza en su creación y en cada ser biológico tiende a la coherencia global. Lo vemos en el Universo. Es la lógica de la naturaleza.

—¿Cómo se aplica en una consulta?

—Ves patrones, que todo tiene una relación, y que una persona no enferma de una manera "porque sí", tiene que ver dónde vive, cómo se relaciona, qué ha hecho con la alimentación, cómo está la tierra donde vive…

Estamos dando los primeros pasos en la ciencia de la complejidad, que es lo que más se parece a la holística, el estudio de los sistemas complejos. La conciencia da una mirada unificadora a lo fragmentado.

"En la medicina holística, el terapeuta aprende a observar a la persona en toda su complejidad"

—¿Esta mirada en qué se traduce? ¿Quizá en un tratamiento muy individualizado?

—Digamos que la parte individualizada es un 30%; el resto es un patrón. Lo que hay que aprender es que el ojo del médico o del terapeuta tiene que estar adaptado a mirar la vida como algo complejo, y a eso se aprende.

Nuestro proyecto, que definimos como "medicina de la complejidad y oncología holística", incluye que el médico esté formado para que pueda mirar a la persona en toda su complejidad, que pueda ver que cada una es un sistema que acoge la enfermedad. El sistema está compuesto por lo afectivo, lo social, su hábitat, y además el propio terapeuta está incluido en el sistema.

Es una mirada nueva, la mirada de la complejidad, que ve cómo todo se relaciona y a la vez es capaz de ir a los detalles. Podemos detenernos a buscar la planta específica que no interaccione con el medicamento, y al tiempo saltamos a observar que la persona tiene una enfermedad que habla de la misma manera que esa persona se relaciona con su vida y su universo interior.

—¿Identificas patrones emocionales o de pensamiento relacionados con la enfermedad?

—Siempre hablamos de "los hábitos de vida saludables", pero lo que hay que cuidar sobre todo es la coherencia y nuestro pequeño hábitat. Puede haber alguien que cuide mucho su comida, pero que no cuide nada lo que piensa o no cuide cómo se relaciona. O que viva en el campo, pero esté rodeado de antenas móviles. Suceden cosas incoherentes.

Para conectar con la conciencia, con la coherencia, es necesario tiempo de calidad, presencia. Los humanos necesitamos mucho tiempo para percibir la vida y nuestro ser de una manera total, no solo a través del cerebro cognitivo, que va muy rápido.

—Pues vivimos aceleradamente…

—Estamos rodeados de tecnologías que están diseñadas a propósito para que seamos acelerados, porque si no, no salen los números. No importa cuánta gente muera, pero continuamos participando todos.

—Es contradictoria esta realidad y nuestra necesidad de presencia.

—Esa es la gracia, que somos contradictorios, paradójicos. Todo lo que hacemos en relación con la salud es para vivir más, para durar más, pero, en realidad, esto tampoco es lo más importante.

Lo más importante es poder vivir en un estado de máxima coherencia. Porque cuando te alimentas bien, pero además, percibes, sientes, das amor y lo recibes, te abres a una experiencia de la vida muy potente, que no es vivir como vivimos: fragmentados, sufriendo, desgastados.

Hablo de mí también. He experimentado esos momentos de coherencia, pero luego he seguido con mis fragmentaciones. Todo el mundo ha conocido el dolor de sentirse fragmentado.

—¿Esa coherencia de la que hablas tiene que ver con la trascendencia?

—Sí, de una trascendencia que no hace falta buscar muy lejos, pues es sencillamente la percepción de que estamos completos. Eso para mí es la salud: la sensación potente de que estás vivo, no notas sufrimiento, ni te sientes amenazado porque puedas enfermar… En un momento integrado no se percibe nada de eso, porque el cuerpo cuando está integrado funciona a la perfección. Esto es independiente de la muerte. El morir no tiene que ver con la enfermedad. El morir tiene que ver con la vida y es perfecto.

—¿Alcanzar esa coherencia es una misión personal?

—Dentro del pequeño universo que somos cada uno de nosotros, ese camino hacia la coherencia forma parte de nuestra participación en el universo. El universo es participativo. Nosotros participamos de la coherencia del universo, y esa coherencia universal participa de todos nosotros.

—¿Qué papel juegan las emociones?

—Insisto mucho en la importancia de las emociones, porque nos guían mucho, como cuando sentimos esa expansión del estar conectados, estar contentos, o de que las cosas salen fáciles, te apetece dar… Esa calidad de emociones nos habla de que estamos en coherencia y el cuerpo lo nota: todo fluye, te sientes bien. Es agradable cuando notamos eso.

—¿El desequilibrio emocional es la principal causa de enfermedad?

—Es un buen mensajero; más que una causa, informa de que algo no va bien y es ahí cuando deberíamos parar y poder respirar esa emoción y aceptarla, porque nos habla de algo. El camino hacia la coherencia es ir aceptando, incluyendo, nuestras partes incoherentes.

—La medicina integrativa aparece a menudo asociada al tratamiento oncológico, pero, ¿es ese su mejor terreno o sería más eficaz en etapas iniciales o en el cuidado preventivo?

—En las fases iniciales es donde es más eficaz porque cuando tenemos un estado de cáncer el proceso está muy dañado y va a ser más difícil, entre otras cosas porque el tratamiento que nos cura a la vez nos pone las cosas más difíciles.

—¿Eres de los médicos que da esperanza hasta el último momento?

—Me gusta dar presencia hasta el último momento. Si hay un poco de esperanza, ¿por qué no darla? Pero nunca doy falsas esperanzas. Se necesita madurez por parte del médico y del enfermo, y eso necesita tiempo y contacto. Se puede ser realista sin caer en la depresión.

—¿Ese tipo de acompañamiento puede producirse en la atención oncológica convencional?

—El acompañamiento depende de la persona, pero en la oncología convencional, con el entorno, el tiempo y las circunstancias es muy difícil hacerlo, aunque hay oncólogos con una gran calidad humana que consiguen hacerlo. Hay de todo, pero el sistema y la formación de la oncología convencional no favorece nada ese acompañamiento. Las enfermeras y otras personas en el entorno de los cuidados oncológicos ayudan a que ese proceso se haga mínimamente.

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