Jorge-Bucay-Entrevista

Jorge Bucay

"Solo la educación puede arreglar este mundo"

Jorge Bucay, autor de más de veinte libros, cuenta su proyecto de desarrollo humano en Durango.

Josan Ruiz

Conocí a Jorge Bucay en 2005, cuando trabajábamos con otras personas de RBA en la gestación de la revista Mente Sana. Una mañana, para preparar mejor una reunión decisiva ante el consejo de administración de la empresa, Jorge me invitó a desayunar en su hotel.

Allí pude gozar de la cercanía y la calidez de este hombre inclasificable, cuya inteligencia parece tan extraordinaria como su apetito. Mientras engranábamos nuestros puntos de vista para la inminente reunión, improvisó sagaces consejos que en adelante me ahorrarían más de un disgusto. En otoño de 2015 Jorge Bucay estuvo en España para promocionar su libro Rumbo a una vida mejor y mi jefa me animó a entrevistarle.

Coincidió con una mañana muy ajetreada, así que solicité ser el primero en el desfile de periodistas a los que iba a atender ese día. ¡Petición concedida! Como si fuese ya una tradición entre nosotros, nos encontramos en su hotel de Barcelona y nos encaminamos hacia el bufet de los desayunos.

La década había sido hermosa para los dos y evocamos nuestras incertidumbres de antaño, felizmente resueltas. Tenía unas cuantas preguntas pero las aplacé, pues Jorge estaba deseoso de compartir la iniciativa que acababa de desarrollar en Durango.

Debacle en Durango

México es una sociedad muy tradicional, fundada hace 450 años, mucho tiempo para América. Y hace un lustro pasó quizá por el peor momento de su historia. Cuando los cárteles de la droga empezaron a llegar a México, se radicaron básicamente en el norte. Algunos venían de Colombia y otros se fueron formando en el país, lógicamente en lugares cercanos a la frontera con Estados Unidos, porque Estados Unidos es el mayor consumidor de droga del mundo y ahí está el negocio. El caso es que los cárteles empezaron a pelear por el dominio y el control, en una guerra sucia y cruel. Y en 2010 y 2011 esa lucha se centró en Durango.

En aquellas épocas Durango formaba parte del triángulo de la droga junto a otros dos estados. Hubo muertos del lado de los cárteles, del lado de las fuerzas de seguridad, del lado de las fuerzas armadas y del lado de la población civil, que había quedado en medio del fuego cruzado. En cierto modo, fue incluso peor que una guerra, pues desmantelaba toda la estructura social.

Cuando las fuerzas armadas son convocadas la debacle es casi total, pero la época dura pasa y el caos se controla por muchas razones. Porque las fuerzas armadas hacen su trabajo adecuadamente, porque la voluntad política consigue acercar su ayuda a la población marginal y también, creo, porque la delincuencia se repliega frente al rechazo de la población civil al estado de inseguridad en que vive.

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Una conferencia que atrae a 5.000 personas

–Entonces, en 2012, me invitan a dar una conferencia en Durango. Estaba prevista para entre 300 y 400 personas, lectores míos en general a los que les apetece que yo vaya. Así que alquilan un teatro de ese aforo, pero la convocatoria tiene tanto éxito que al final me encuentro en el centro oficial de convenciones delante de 5.000 personas.

Ante el drama que vive Durango y los graves problemas actuales –el mundo está hoy muy complicado, amigo–, problemas encabezados por la corrupción, la delincuencia y la crisis de valores, explico lo que vengo diciendo desde hace mucho: la situación actual solo se pueden solucionar apoyándose en la educación.

Ni leyes, ni armas, ni cárceles: eso podrá ser útil pero no alcanza. Destaco la importancia de las familias y digo que la escuela no puede sostener a la familia, sino que la familia tiene que sostener a la escuela. Por eso también es preciso educar mejor a las familias y que el futuro depende de eso. Termino la charla. A la mañana siguiente suena el teléfono y una señorita me dice que el gobernador de Durango me pide por favor que vaya a desayunar con él. "Cómo no", le digo.

Y así me encuentro con Jorge Herrera Caldera, que había hecho cosas muy buenas y es bastante querido por la población. Político de raza, empresario exitoso, buena persona. Me dice que nunca ha leído nada mío pero que su mujer sí. Estuvieron en la conferencia y quiere hacerme algunas preguntas. En sus años de gobernador ha impulsado mejoras respecto a la educación –presupuesto, becas, capacitación de maestros...– pero quizá no alcanza: "¿Qué más puedo hacer?".

Le agradezco la confianza, admito que no soy ningún experto, y le digo: "Aunque tengas el presupuesto de educación más alto de México, auméntalo. Pero no lo dediques solo a construir escuelas y al pago de maestros, sino a programas de formación que pongan el acento en la cohesión social y la capacitación de la gente. Hoy una persona estudia, como mucho, hasta la universidad. Hay que buscar formas de educar que lleguen a todo tipo de personas, sea cual sea su edad". Dice: "Me interesa. ¿Cómo se hace?". Respondo: "No sé, pero puedo pensarlo". Él insiste: "Te pido, por favor, que nos ayudes. Hazme un proyecto, dime algo".

Retomar un antiguo proyecto

–Ya en Argentina, empiezo a darle una vuelta a un proyecto que tenía de "formación de formadores", archivado porque nunca pude llevarlo a la práctica. Lo adapto medianamente a la situación que había visto en Durango y se lo envío. A la semana me telefonea el ministro de Educación de Durango. Están encantados con el proyecto... y ¡quieren que lo dirija yo! Les agradezco la confianza pero señalo que eso debe llevarlo adelante alguien que sepa realmente de educación y, sobre todo, que viva en Durango.

No es algo que pueda dirigirse por correo electrónico. Esa misma tarde me llama el gobernador: "Jorge, quiero pedirte formalmente que vengas a encargarte del proyecto". Contesto que esa tarea requiere al menos dos años. "Pues ven por dos años". Me ofrece una vivienda, secretaria, oficina y todo cuanto precise para llevarlo adelante.

Yo acepto, con dos condiciones: poder irme cuando lo desee y pagarme mi propio alojamiento así que en marzo de 2013 me mudo a Durango. El proyecto consiste en entrenar a jóvenes universitarios para que puedan impartir formación y talleres de desarrollo personal y humano, empezando por otros estudiantes y siguiendo con la población en general.

Tras hacer una encuesta, elijo a cinco jóvenes de la facultad pública de Psicología que procedían de familias de baja condición, a fin de que conozcan los barrios donde habrán de trabajar más adelante. Nuestra primera tarea fue preguntar a casi mil personas cuáles eran sus principales preocupaciones.

Pensaba encontrar lo habitual: la violencia, la drogadicción, la economía... pero la encuesta dice que las mayores preocupaciones son la disolución de su grupo familiar como estructura, la idea de que nunca iban a poder salir de ese lugar de opresión, la falta de apoyo que sienten por parte de la sociedad, la muerte de seres queridos en episodios violentos que no terminan de superar y la falta de perspectiva social en general.

Desarrollo humano para todos

Con esos resultados pienso: "Para ser coherente he de trabajar a partir de esto". Me reúno con el gobernador y le expongo que quiero organizar un grupo de universitarios para trabajar sobre esas cuestiones, no en el plano terapéutico sino en el educativo. El proyecto se llamaría "desarrollo humano para todos". "¿Y cuánto le costará eso al Estado?", pregunta él. "Si sale como yo pienso, nada". "¿Cómo nada?". Entonces le cuento mi plan: Voy a invitar a 50 universitarios para darles un entrenamiento y una diplomatura con Jorge Bucay.

Como serán alumnos de Humanidades, eso puede ser útil para su carrera, y también les va a servir humanamente. La diplomatura durará un año, será en un entorno universitario y no tendrán que pagar nada. Pero luego habrán de trabajar otro año impartiendo los talleres que yo les voy a enseñar a la población de Durango, que no pagará ni un centavo para asistir a ellos.

Por tanto, gratis para el Estado, gratis para los jóvenes y gratis para la universidad, si bien esta deberá aportar sus recursos físicos y el Estado, los logísticos. "Está hecho. ¿Cuándo empezamos?", dice el gobernador.

"Ya sabemos que ayudando te engrandeces. Pero lo hermoso es comprobarlo en la práctica."

Las 22 águilas de Durango

–Volví a la universidad y les dije a los cinco estudiantes que trajesen a personas interesadas en el proyecto. Así que ellos fueron los "apóstoles" y salieron a buscar a diez jóvenes cada uno. Se presentaron unas cuarenta personas de las carreras de trabajo social, Psicología, Medicina, Ciencias de la Comunicación... Las entrevisté una a una y elegí a 22, guiándome por mi intuición, no por el currículum, y dando prioridad a los becados.

–¿Y cuál fue el temario?

–Era libre para elegir y lo aproveché. A lo largo de 180 horas recibieron seminarios de: oratoria, teatro, danza, recreación, arte, risoterapia, tanatología, sexualidad, ventas, política, manejo de crisis y dinámicas grupales. Más cinco talleres que impartí yo. La diplomatura no tuvo un enfoque académico sino grupal. Yo estaba detrás todo el tiempo, pero no para reforzar lo que aprendían sino para fortalecer al grupo. Durante aquellos ocho meses se rieron, danzaron, se tocaron, se miraron, hablaron, actuaron... el grupo adquirió así una gran cohesión. Ellos mismos propusieron su nombre: "las Águilas de Durango".

–¡Muy mexicano!

–Sí, y el águila tiene una connotación muy importante en México. Mientras estudiaban yo ponía a punto talleres pensados para abordar los problemas prioritarios para la gente según la encuesta. Los talleres fueron: "desarrollo personal", "autoestima y calidad de vida", "duelo y pérdida", "pareja y familia" y "trabajo en equipo". Los alumnos deberían recibirlos y después aprender a impartirlos bajo mi supervisión, primero a sí mismos, luego a universitarios que no pertenecían al diplomado, a otras personas y por último, ya solos, a la población general. En noviembre de 2013 empezaron a ofrecer gratis lo que habían aprendido. El grupo adquirió una notable presencia en la ciudad.

–¿Continúan los 22?

–Bueno, dos recibieron una oferta de trabajo gracias a eso. Les dije: "Las águilas están para volar. ¡Andando!".

Un rito de paso

–¿Y te ha sido fácil compartir tus saberes y técnicas?

–La verdad es que nunca había compartido mis técnicas ni mi manera de trabajar, salvo con mi hijo, que las conoce mejor que yo. Sin embargo, con estos chicos lo compartí todo, les cedí mis herramientas físicas. Eso significa, por un lado, que pierdo exclusividad y, por otro, que ya no son solo mías. Ellos pueden usarlas o modificarlas. Así que esto funcionó para mí como un "rito de paso", como una despedida, como un legado de lo que desarrollé.

Ya hay quien siga con ello... para mí ha sido la guinda en el helado de mi carrera, al menos por ahora. El final feliz de la historia es estos chicos entrenando a otros chicos que entrenan a otros chicos, para que el proyecto no dependa de mí, ni del gobierno ni de la universidad. Ya han hecho los talleres más de tres mil personas. El primer resultado es que la sociedad comprende que la educación es importante y va más allá de lo que se aprende en la escuela.

Segundo, tiene conciencia de que un grupo de líderes está trabajando para ella. Tercero, y quizá el logro más sustancial, estos chicos dicen: "A mí este proyecto me salvó la vida". Creo que es verdad, porque sé de dónde vinieron, cómo estaban cuando los recibí... y lo que están haciendo ahora. Sabemos que ayudando te engrandeces. Pero lo hermoso es comprobarlo.

El cuarto resultado no se puede medir fácilmente, pero tengo algunos datos que me alientan. El 15% de los jóvenes que han hecho talleres con estos chicos han vuelto a estudiar. Y un 10-11% de los adultos encontraron trabajo. Me quedan seis meses de labor para encauzar el próximo curso, poner por escrito los programas de estudios y, sobre todo, hacer un acto público de gratitud a estos chicos, que se lo merecen todo.

"Cuando das la ayuda o la crítica poniéndote al mismo nivel del otro, se recibe de otra manera."

Conocerse mejor

–Siempre quise preguntarte qué te llevó de la Psiquiatría a la terapia gestalt.

–Yo creo que todos los médicos son hipocondríacos, y que tenemos un mecanismo, llamado formación reactiva, que nos lleva a estudiar aquello que desearíamos controlar. Dicen muchos que los abogados tienen una tendencia delictiva por el hecho de serlo, o los militares una tendencia violenta que controlan siendo militares. Seguro que cuando elegí la Psiquiatría había allí un componente de miedo a la locura. Pero creo, además, que es así en todos los que eligen la Psiquiatría.

Trabajé diez años como médico psiquiatra y en ellos aprendí a darme cuenta de que no estaba tan loco como creía. Me parece que por eso dejé de atender a pacientes psiquiátricos y me dediqué a atender a pacientes neuróticos. Hice ocho años de terapia y parece que empecé a sentirme menos neurótico. Y entonces empecé a trabajar con gente sana. Y esto es lo que hago ahora. Quizá no porque esté más sano, sino porque ya no tengo miedo.

Probar con uno mismo

–¿Cuándo sentiste que lo que habías aprendido en ti mismo podría ser útil a otros?

– Eso lo supe siempre, me parece. Yo tengo una formación muy disciplinada. Estudié Medicina, hice Psiquiatría, estudié psicoanálisis y psicodrama; empecé después a estudiar Psicología, un poco guiado, un poco por mi cuenta. Y muchas otras cosas: un poquito de antropología, un poquito de filosofía, un poquito... en esta historia de entrenarme con todas esas herramientas que a mí me resultaban útiles y después, en esa idea de compartir, siempre pensaba que tenía que enseñar, mostrar, lo que a mí me había servido.

Nunca en la vida hice un ejercicio terapéutico sin haberlo probado antes. Nunca hice un "ensueño" sin habérmelo diagnosticado a mí. Nunca propuse un ejercicio de "silla vacía" –por hablar de gestalt– sin habérmelo administrado. Es decir, nunca exploré algo primero en un paciente. Así es fácil aprender, porque si te sirve a ti, quizá le sirva a otros.

Apoyar al otro

–Me inspiras siempre una sensación de complicidad. A veces te veo como un compinche de la otra persona: apoyándola, muy de su parte...

–Gracias, me ayuda que lo veas así. Yo así lo siento. ¿Alguna vez estuviste en una sesión de grupo o viste trabajar a un terapeuta grupal? A menudo ocurre que el terapeuta, que necesita mostrarle al paciente que algo que está diciendo no es cierto, recurre, con la mejor intención, a un mecanismo que no es el mejor. Pregunta al grupo: "¿Ustedes creen lo que está diciendo?". Yo siempre he odiado esa conducta. Y la odio porque no es leal.

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