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Pablo Heimplatz/ Unsplash

Crecer caminando

Caminatas redentoras o cómo crecer paso a paso

La experiencia de un viaje a pie suele ser indeleble. Es difícil hallar una forma más fecunda de relacionarse con el paisaje, otros seres humanos y uno mismo.

Sergi Ramis

El plan es maravilloso por su sencillez. Solo hay que poner un pie delante del otro. Y repetir la acción. Como los seres humanos estamos preparados para caminar –uno de los rasgos que nos distinguen en nuestra evolución es habernos alzado sobre las extremidades posteriores–, lo vivimos como algo tan natural que no hay ni por qué pensar en ello.

En la práctica, desplazarse a pie es un medio de locomoción caído en desuso, desprestigiado socialmente e incluso asociado a pobreza de recursos. En la última década, en la que los profesionales de la sanidad han comenzado a incidir en que un buen paseo diario de una hora de duración es el mejor ansiolítico, un remedio al insomnio, a los dolores articulares, a la incipiente obesidad o a los problemas cardiovasculares, se ha hecho hincapié en los efectos beneficiosos que para la salud física tiene caminar.

Sin embargo, ¿qué hay de los cambios profundos que experimenta nuestra psique al caminar de forma prolongada?

Beneficios de caminar

Cuando nos enfrentamos a un problema de difícil solución, a un escollo en la vida, echamos a andar. Algo ya descubierto por Aristóteles y su escuela de peripatéticos, quienes hace miles de años experimentaron que, puestos en marcha, activamos también los circuitos de nuestra creatividad, se afina la agudeza mental y crece la capacidad para resolver dilemas.

El escritor Patrick Leigh Fermor, sospechoso de ser andarín por haber cubierto a pie el viaje desde Rotterdam a Estambul en 1933, contestaba ante las grandes cuestiones de la condición humana: solvitur ambulando ("eso se resuelve andando").

Su obra 'El tiempo de los regalos' narra ese viaje, que culmina en 'El último tramo' (ambas editadas por RBA). Caminar, sobre todo caminar largamente, enciende el interruptor para reflexionar sin obstáculos. Establecemos diálogo con nosotros mismos, a menudo el más difícil de mantener.

El paso hipnótico favorece el contacto con lo esencial, aparta las telarañas de la cabeza y ayuda a tomar decisiones. También a valorar lo que es importante y lo que no. Porque, conforme se hace el esfuerzo físico de andar sobre la tierra y bajo el cielo, nos damos cuenta de nuestra pequeñez y de cuánta vida puede latir en un sendero o en la cuneta.

Al tiempo que hacemos ejercicio recuperamos frescura mental. Andar es bueno para el cuerpo, pero el beneficio psicológico y hasta espiritual puede ser aún más notable. Tomemos como ejemplo aficiones que viven un auge sensacional, el trekking y el running.

De hecho, son meras formas de caminar. La primera, por la montaña, durante jornadas encadenadas. La segunda, corriendo, que sería una forma de caminar deprisa. A los miles de practicantes que les consagran parte de su tiempo libre no se les oye tanto hablar de los beneficios físicos, de que hayan perdido kilos o estén más morenos, como de que eso les relaja y conforta, pues les proporciona momentos de soledad y claridad idóneos para cavilar en sus cosas.

Confluencia de mundos

Aunque caminar es un gesto natural entre nosotros, hemos perdido práctica: se prefiere tomar el ascensor, ir en metro hasta el puesto de trabajo o realizar las vacaciones en automóvil. Pero cuando se decide afrontar una marcha larga, en varias horas (o jornadas, si se dispone de unos días libres) yendo a pie nos descubrimos a nosotros mismos meditando.

Y es que el acto repetido y poco exigente nos sitúa en el camino de la introspección. Las endorfinas que genera el movimiento y las sensaciones intensas de contacto con la naturaleza van mutando en un viaje interior en el que el tiempo parece dilatarse, como el paisaje, y escuchamos mejor a nuestro cuerpo.

La mente se vacía de lo accesorio y aparecen las reflexiones con enjundia. Notar los elementos (la lluvia, el sol, el frío, la nieve, el viento...) y los aromas es la primera fase.

Pero después, sin que estos aspectos sensoriales desaparezcan, lo que vamos escuchando es el mecanismo interior de nuestra mente. Se empiezan a medir las distancias en vivencias y recuerdos, no en kilómetros u horas. En el viaje a pie las preocupaciones iniciales son relativas al cuerpo (¿aguantaré bien?, ¿tendré lesiones o agujetas?, ¿pasaré frío?). Al cabo de pocos días, la mente y el estado de ánimo son más relevantes que el hecho de que llueva o brille el sol.

Caminando recordamos cosas que no sabíamos que habíamos olvidado. Y acabamos preguntándonos por el origen de los problemas y no por la solución, lo que suele desembocar en resultados más lúcidos. El viajero a pie es, por necesidad, frugal. Va con lo justo, cada cosa que lleve encima debe ser más valiosa que su propio peso.

Busca la esencia, y suele ser correspondido por otras personas con simpatía, despierta la bondad intrínseca de la mayoría de la gente, pues no inspira desconfianza sino ternura. El viejo axioma: "¿Quieres compañía? Viaja solo".

Al caminar se activan los circuitos de la creatividad, se afina la agudeza mental y crece la capacidad para resolver dilemas.

La terapia del buen caminar

Meditar en la naturaleza

La terapia del buen caminar

Caminatas redentoras

Porque uno de los descubrimientos maravillosos de caminar no es solo la reflexión constante, la mutación imperceptible pero cierta. También puede serlo el efecto causado sobre los demás. En noviembre de 1974 el cineasta Werner Herzog recibió en Múnich la noticia de que su amiga, la escritora Lotte Eisner, de 78 años, estaba a punto de morir de cáncer.

Herzog partió a pie para llegar a París tres semanas después, con la convicción de que su marcha tendría un efecto beneficioso en la salud de Lotte. "Además – escribió– tenía ganas de estar a solas conmigo mismo". Fue una larga andadura hacia el oeste, sin mapas, atravesando bosques nevados y campos anegados de lluvia, en un paisaje gélido.

Hay docenas de ejemplos de viajes a pie para ganarse la redención propia o ajena, más allá de las creencias religiosas (por cierto, Lotte Eisner vivió nueve años más). Rachel Joyce idea una experiencia muy similar en su novela 'El insólito peregrinaje de Harold Fry' (Ed. Salamandra), donde el punto de partida es idéntico al de Herzog, aunque la escritora británica no aluda a ello.

Sin embargo, con su conmovedor texto el lector vive cómo cambia no solo la existencia del protagonista al emprender una larga caminata. También lo hace la vida de quien le está esperando en el otro extremo del país y de todas las personas que encuentra a su paso, que están pendientes del viaje. Una especie de redención al por mayor.

Caminar es una fuente de enseñanza

No siempre se dispone de varias semanas para emprender un largo viaje a pie. O no estamos en disposición de desplazarnos a remotas montañas plenas de misterios.

No importa, caminar es un acto consciente que se puede realizar en nuestro entorno más inmediato, buscando senderos o incluso parques y zonas ajardinadas. O, ¿por qué no?, en el mismo ambiente urbano, donde basta levantar la cabeza para descubrir edificios maravillosos frente a los que habíamos pasado miles de veces sin fijarnos, las nubes acolchando el cielo o el sol untando de atardecer el final de un día.

Pero hay que saber hallar tiempo en la agenda para ello, de la misma manera que lo hacemos para otras cosas. ¿Qué sé yo que no me haya enseñado el caminar? Prácticamente nada.

Deambulando por este bello mundo he aprendido valores de solidaridad, hospitalidad, austeridad, tenacidad, esfuerzo… que de otra manera hubiera sido imposible aprehender.

Desplazándose a pie se cambia, lo queramos o no. Nos transformamos. La sapiencia posterior consiste en interpretar ese cambio y usarlo como una buena herramienta.

Avanzar en la sencillez

Afrontar un viaje a pie implica desprenderse del máximo de posesiones terrenas –pues pesan–, lo que lleva también a soltar lastres mentales. Puede aparecer una clarividencia insospechada para interpretar la trayectoria vital y enfocar lo que resta de vida, una reflexión que se aplaza a menudo.

El equipaje habla de nuestros miedos y deseos: si tememos más al frío, al hambre, a los imprevistos..., si deseamos plasmar los recuerdos con fotografías o con apuntes en un cuaderno, si llevamos dispositivos electrónicos o dejamos al azar la posibilidad de distraernos. Ya hemos comenzado con la primera reflexión profunda acerca de nosotros mismos.

Sentirse bien paso a paso

El filósofo Soren Kierkegaard caminaba para sentirse bien. Así se lo recomendaba a su sobrina, la escritora Henriette Lund: "No pierdas tu deseo de caminar: cada día yo camino en un estado de bienestar y me libero de toda enfermedad. Camino metido en mis mejores pensamientos y, que yo sepa, no hay pensamiento tan oneroso que uno no pueda alejarse de él".

En Indonesia, quien camina largamente está makan angin: "comiendo viento", lo que se considera de buen augurio. Los bosquimanos del desierto sudafricano, rastreadores sin igual, aseguran que "cuando morimos el viento borra nuestras pisadas, y ese es nuestro fin".

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