Interiorización

Encuentra la calma también en la ciudad

Daniel Bonet

Relajarse en la ciudad es todo un arte. Requiere tanto atemperar la actividad mental como ser receptivo a la belleza de las almas de quienes habitan en ella.

A la mayoría de personas les gusta el campo y también la ciudad. Aunque es cierto que algunos se consideran eminentemente urbanos y otros prefieren vivir en un entorno rural o incluso alejado de la civilización.

La palabra naturaleza hace referencia a esa porción del universo en que vivimos. Pero también señala la índole particular del ser humano, que aúna lo natural o biológico con una necesidad de plasmar en la materia su potencial anímico, transformando la naturaleza en cultura e historia. De ahí que necesitemos no perder el contacto con nuestro origen natural, mientras vamos desarrollando una tecnología cada vez más sofisticada.

El necesario equilibrio entre ambas tendencias es lo que hace que una civilización (palabra que deriva del latin civitas, ciudad) no implique a la postre una vuelta al "caos", que justamente quiere evitar al apartarse de lo natural en estado puro. El respeto a la naturaleza, sin hacer mal uso de ella, es lo que asegura nuestra continuidad como especie.

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Hay muchos tipos de ciudades, grandes y pequeñas, que guardan su alma o que quizá la han vendido al mejor postor. Para los griegos, las medidas de la ciudad (polis) ideal no debían sobrepasar los límites que abarca la voz humana.

Estamos obviamente lejos de tales concepciones, pues las ciudades tienden a crecer indiscriminadamente y sufren una notable contaminación. ¿Podemos llevar en tales circunstancias una vida relativamente tranquila?

Depende por un lado de factores externos –que vivamos en barrios menos ruidosos– pero especialmente de una actitud personal. La calma es un estado de ánimo que puede cultivarse y nos permite hacer frente a lugares y situaciones conflictivos. Sin olvidar que existe una poética del paisaje urbano.

En primer lugar respecto a innumerables detalles que nos recuerdan la presencia de la naturaleza. Y también porque la mirada humana logra captar retazos de belleza incluso en la aridez de un entorno fabril o ante edificios que se apiñan desordenadamente. Determinadas películas, fotografías o poemas así lo sugieren.

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Encontrar refugio en la ciudad

Podemos disfrutar de muchos momentos de calma en la ciudad, todo depende de cómo estemos personalmente. Pero no hay que negar que en muchas ocasiones el estrés y el sentimiento de constante lucha por la existencia terminan por agotar nuestras reservas de buena disposición. Es entonces cuando conviene buscar refugio, sobre todo en sentido psicológico.

Lo más inmediato es la periódica vuelta al hogar, allí donde hallamos el arropamiento de la familia o del espacio personal. Al atravesar la puerta deberíamos dejar fuera los problemas laborales y el eco de los ruidos de la calle.

Como signo de tal cambio, es conveniente quitarse los zapatos en la entrada y calzar zapatillas, así como cambiar la ropa por otra más holgada. Se logra así una sensación de relajación y comodidad. El ambiente general de la casa debería sugerir tranquilidad, y evitar en lo posible el agobio de la presencia continua de aparatos electrónicos. Especialmente en el dormitorio, lugar dedicado al descanso, a la conversación con la pareja o a las últimas reflexiones personales antes de dormir.

La palabra hogar está emparentada con hoguera, en el sentido del fuego que en la cocina permite preparar los alimentos y caldear por extensión el resto de la casa. De manera que la calidez, en el sentido más físico del término, es algo que necesitamos para combatir el estrés. Por eso es agradable y reconfortante tomarse un plato de sopa o una infusión calientes. También un baño, que nos relaja disolviendo las preocupaciones mentales y las contracturas musculares. A menudo, en el trabajo, cuando nos sentimos agobiados, basta con acudir al lavabo y abrir el grifo del agua caliente para lavarnos suavemente las manos y la cara.

Las 5 puertas del cuerpo

Puesto que la tensión psíquica a menudo es debida a estímulos sensoriales inadecuados o excesivos, a través de los cinco sentidos también podemos favorecer la calma.

  • Vista: dejar las pantallas, táctiles o no, y contemplar el cielo, los árboles, las personas y animales, o bien pequeños objetos.
  • Oído: escuchar música relajada, el rumor del aire, el canto de los pájaros o, simplemente, un agradable silencio en el que descansamos.
  • Olfato: descubrir el olor de aquello que nos rodea si es agradable. Difundir aceites esenciales de plantas o quemar incienso.
  • Gusto: disfrutar sin prisas del sabor de la comida y la bebida. Explorar nuevas sensaciones culinarias.
  • Tacto: sentir la textura de los objetos, recibir o dar un masaje, abrazar a personas o animales.

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Volver a las raíces

El ser humano tiene tres zonas corporales bien delimitadas: cabeza, tórax y abdomen. Cada una con su respectivo centro energético y sus funciones correspondientes: pensamiento, emoción, vitalidad.

A diferencia de la vida en el campo, más acorde con el ritmo natural, vivir en las ciudades exige que nuestra conciencia trabaje especialmente a nivel mental. Además, con gran intensidad, lo que tiende a generar estrés. Por eso es conveniente volver en ocasiones la atención al centro vital del organismo, que está localizado a nivel del ombligo (a través del cordón umbilical recibíamos el alimento antes de nacer).

Ciertas técnicas de meditación utilizan la concentración en esa zona, algunas veces un poco por debajo del ombligo (es el caso del Hara japonés, centro de gravedad del cuerpo) o bien por encima (meditación Dhammakaya). Consiste esencialmente en sentarse de manera cómoda –pero manteniendo la espalda derecha– en el suelo encima de una manta o cojín, o en una silla.

El cuerpo está sin tensiones, vamos relajando las zonas que notamos contraídas. Las manos descansan sobre el regazo, la derecha sobre la izquierda. Los ojos, cerrados o entreabiertos. Inicialmente podemos realizar varias respiraciones amplias y profundas, para después hacerlo más pausadamente.

El objetivo es que la actividad mental y emocional se vaya apaciguando y, poco a poco, vaya bajando –como si cayera por su propio peso– hacia el abdomen. Las zonas superiores de la mente van quedando descansadas por así decirlo.

Podemos visualizar en la zona del ombligo una pequeña esfera luminosa llena de suave calidez que nos conforta y renueva energéticamente. Permanecemos sin demasiado esfuerzo de esta manera durante unos minutos (de 5 a 15) y volvemos luego progresivamente a la conciencia ordinaria. Esto puede practicarse de vez en cuando, pues nos hace sentir más enraizados en nuestro ser y a la vez más flexibles. Es la fortaleza del bambú, que resiste los embates del viento porque sabe moverse sin perder sus raíces.

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Fluir con la vida

Para mantenernos en equilibrio físico y anímico necesitamos recuperar periódicamente el contacto con el medio natural. Aunque también es cierto que "la naturaleza de la naturaleza" habita en nuestro interior debido a nuestra condición de seres a la vez materiales y espirituales.

Podemos construir ciudades que conserven una dimensión humana y también buscar nuestro propio oasis en medio de situaciones poco idílicas. También es posible cambiar de lugar en pos de rincones más afines a nuestros valores. Lo importante es mantener el interés por las personas y las cosas. No perder la capacidad de amar, de fluir con la corriente de la vida.

La calma que necesitamos, y con más razón viviendo en la ciudad, tiene relación con la paz interior, pues si no estamos en paz con nosotros mismos y el entorno se hace difícil disfrutar de todo lo bueno que la existencia nos depara.

Me parece oportuno incluir el mensaje de un amigo a modo de reflexión final: "Cuando estamos en paz se relativizan la prisa, la ansiedad, la agresividad, y entonces se pueden apreciar las maravillas de cualquier entorno. Estamos en paz, estamos abiertos, en calma, y con ese equipaje podemos abordar constructivamente los encuentros más diversos. La ciudad a su vez nos aporta elementos para ese diálogo. Hay en ella luz, calor humano, energía, recursos, arquitectura, espacios abiertos, cielo, situaciones variopintas que salen a nuestro encuentro, elecciones personales… Nuestro arte consiste en destilar calma, belleza y amor con todo esto".

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Lavanda como talismán

Llevar encima una botellita de aceite esencial de lavanda puede ser de utilidad, puesto que: combate el estrés. Si se está tenso, basta con olerlo para relajarse.

Más aún si realizamos un pequeño masaje aplicando unas gotas sobre las sienes, por encima del ombligo o en zonas contracturadas.

Se dice que contribuye a armonizar el campo energético o aura. Con un aerosol (varias gotas añadidas al agua), se aplica sobre uno mismo, otras personas o en el espacio que se desee limpiar energéticamente. Si se acude a lugares llenos de gente y poco ventilados o en época de epidemias de gripe, se aplica un poco en las fosas nasales (directamente o aspirando desde un pañuelo).

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