Recuperar el equilibrio de la Tierra

Microorganismos regeneradores: una revolución ecológica que empieza en tu casa

Jesús García Blanca

Nuestro bienestar y el del planeta están indisolublemente ligados; cuidar de uno implica hacerlo de los dos. Siendo respetuosos con la naturaleza podremos vivir una nueva etapa de plenitud.

¿Podríamos dejar de respirar más allá de unos minutos? ¿Podríamos alimentarnos sin los frutos que nos ofrece la tierra? ¿Tendríamos la misma calidad de vida viviendo junto a un polígono industrial cuajado de fábricas contaminantes que en un pequeño pueblo en la montaña o junto al mar?

La respuesta a todas estas preguntas, negativa, nos está diciendo que la salud humana está enraizada con la del planeta y la de todos sus habitantes.

La interdependencia de los ecosistemas

Un viejo jefe indio lo expresaba así: “La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas”. El ecologismo moderno lo llama “interdependencia”, queriendo expresar que todo –seres vivos y entorno– está interconectado mediante una compleja red que nos define y condiciona.

Contemplándola desde nuestra perspectiva humana, esta red se extiende hacia abajo y hacia arriba, es decir, formamos parte de un ecosistema, pero nosotros también somos un ecosistema.

  • Si miramos hacia el exterior, hacia arriba, nos veremos como parte de una multitud de seres vivos que conformamos Gaia, la Madre Tierra, el ecosistema planetario.
  • Si miramos hacia nuestro interior, hacia abajo, veremos otra multitud de entidades vivas que nos conforman: células y microorganismos conviviendo en simbiosis.

El Kybalión, el libro que recoge las enseñanzas de la filosofía hermética, dice: “Como es arriba es abajo; como es abajo es arriba”.

Dentro de este ecosistema macro, los humanos vivimos junto a otros seres vivos, entre los que también tienen un papel determinante los microorganismos que conectan el mundo orgánico y el inorgánico posibilitando la vida.

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Las bacterias purifican el agua, reciclan productos de desecho y sustancias tóxicas, regeneran suelos y ecosistemas marinos y terrestres, posibilitan la utilización del nitrógeno por las plantas. De hecho, todos los gases de la atmósfera son producidos por el metabolismo de distintos tipos de bacterias.

En cuanto a los virus, su número es aún mayor que el de bacterias. Según el biólogo Máximo Sandín, han jugado un papel clave de transferencia de información genética entre especies a lo largo de la evolución. Actualmente, por ejemplo, son los responsables del mantenimiento del equilibrio entre diferentes especies del plancton marino y, por lo tanto, de la cadena alimentaria.

Posiblemente desempeñen una función similar en los suelos terrestres, en los que se unen a otra multitud de pequeños seres vivos: lombrices, termitas, hormigas y raíces de plantas que producen estructuras biogénicas, es decir, recursos para otros seres vivos.

La urgencia de revertir el impacto sobre el planeta

En esta compleja relación de interconexión, las condiciones del entorno influyen sobre nuestra salud, pero, a su vez, nuestro comportamiento determina la salud del planeta.

Llevamos demasiados años poniendo a prueba a la Tierra con pesticidas, hidrocarburos, metales pesados, contaminación electromagnética, ruidos, radiactividad, nanopartículas, cultivos transgénicos, industrialización acelerada...

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Es lo que las escrituras hinduistas llaman el Kali Yuga, un periodo de oscuridad que deberá colmarse antes de dar paso a un renacer de la luz. El manifiesto Última llamada ya alertaba sobre “la dinámica perversa de una civilización que si no crece, no funciona; y si crece, destruye las bases naturales que la hacen posible”.

Efectivamente, la crisis ecológica “determina todos los aspectos de la sociedad”, una sociedad que debe cambiar de modo radical sus modos de vida, producción y consumo, la organización territorial y el diseño de las ciudades, pero, por encima de todo, los valores que rigen nuestro modo de vida.

De eso se habló en la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra celebrada en 2010, durante la que se propuso la creación de un tribunal de justicia climática y la superación de un sistema que crea las desigualdades y los desequilibrios ecológicos que amenazan el planeta. Quizá esa fue la primera vez que en una cumbre internacional se daba prioridad a los derechos de la Tierra.

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Afortunadamente, la capacidad de Gaia para limpiarse, curarse, restituir las conexiones, cicatrizar las heridas que le infligimos y retomar los flujos de energía es mucho mayor de lo que sospechamos.

Desde que el filósofo y naturalista alemán Ernst Haeckel propusiera en 1869 el término ecología, muchos investigadores en distintos campos del conocimiento vienen ayudándonos a recuperar la sabiduría ancestral de los pueblos conectados con la Madre Tierra:

  • Kropotkin y su filosofía del apoyo mutuo;
  • Murray Bookchin y el concepto de ecología social, que propone nuevas relaciones sociales que integren a la humanidad en el ecosistema mediante un equilibrio dinámico;
  • Lynn Margulis y su teoría de la endosimbiosis –origen bacteriano de nuestras células–, autora que, junto con James Lovelock, también propuso la idea del planeta como un ser vivo.
  • Los trabajos de Wilhelm Reich sobre la energía vital cósmica en la que se encuentra inmersa la Tierra, como el resto de los planetas, estrellas y galaxias; ese océano que nos envuelve y alimenta es también el sostén de los procesos vitales sometidos a una pulsación constante. Y esta pulsación, este flujo que constituye el secreto de la vida, se produce en una ameba microscópica y en la formación de huracanes y tornados.

Una micro revolución que puedes empezar en casa

Autores más cercanos, como Arne Naess, Humberto Maturana o Fritjof Capra han ido mucho más allá de la mera preocupación por el medio ambiente haciendo propuestas radicales sobre el crecimiento, el consumo y los modos de vida respetuosos con la naturaleza.

La mezcla de microorganismos regeneradores (EM) creada por el doctor Higa tiene aplicaciones en el entorno y las actividades cotidianas.

Destaca, por su especial actualidad y significación, el trabajo del japonés Teruo Higa, quien en 1981 desarrolló una mezcla de microorganismos –bacterias acidolácticas, levaduras, hongos, bacterias fotosintéticas y actinomicetos– que denominó EM, por las siglas en inglés de Microorganismos Eficaces.

Estos microorganismos vienen mostrando sorprendentes propiedades regeneradoras a muchos niveles, como el control de plagas, el reciclaje de desechos orgánicos, la regeneración de suelos o la descontaminación de ríos, lagos, mares y océanos. También tiene aplicaciones médicas y una lista inacabable de usos domésticos.

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  • Revitalizar el agua. Los recipientes de cerámica con microorganismos integrados la limpian, disminuyen la cantidad de cloro y reducen la oxidación. Anillos y tubos de este material mejoran la calidad del agua de tanques, peceras y piscinas.
  • Reciclar residuos. Con la instalación de un cubo Bokashi en la cocina se transforman los residuos en alimentos fermentados para plantas y animales y en líquido para limpieza de los desagües de la casa.
  • Cuidar la limpieza. Se puede sustituir el cloro de las piscinas y los productos químicos de limpieza por productos EM.
  • Eliminar malos olores. Pulverizar con una solución de 30 cc de EM por litro de agua, incluyendo los lugares de uso de las mascotas, evita los malos olores y contribuye a la salud de perros, gatos y otros animales domésticos.
  • Protegerse de tóxicos. Mezclar la pintura con EM previene emanaciones tóxicas de materiales presentes en contrachapados, empapelados, colas de parquets y otros materiales.
  • Conservar la tierra. En medios rurales, pueden usarse en la limpieza de depósitos, estanques, fosas sépticas o cañerías; como fertilizantes y plaguicidas, o para la regeneración de zonas quemadas.

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