Entrevista a Eduardo Punset

"Tenemos que aprender a desaprender"

El divulgador científico Eduardo Punset ha analizado las claves científicas que explican el amor y la felicidad. Fruto de este análisis explica las sorprendentes prestaciones de nuestro cerebro y da pistas para mejorar su rendimiento y explotar al máximo sus capacidades.

Beatriz Barco

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Eduardo Punset ha entrevistado a los científicos más importantes y es autor, entre otros, de El viaje a la felicidad o El viaje al amor (Destino). En sus libros explica que el poder mental de cada uno es más importante de lo que creemos. "Después de hurgar en la mente, he llegado a la conclusión de que es el único poder que existe, no hay otro poder comparable", nos explica.

–¿Por qué está tan seguro de eso?
Es el único que nos da la facultad de rediseñar nuestro propio cerebro.Y esto es algo que ni creíamos hasta hace poco, y que además va a revolucionar el mundo. Yo veo a la gente pesimista y les pregunto: “¿Por qué? Si usted tiene el poder para cambiar su mente y ser optimista…”.

–¿Realmente podemos cambiar nuestro cerebro?
–Una prueba de la enorme plasticidad del cerebro la tenemos en el famoso experimento de los taxistas de Londres. Se comprobó que su hipocampo –que es una zona del cerebro relacionada con la capacidad para recordar– era mayor en volumen porque tenían que estudiar tres años y hacer mucha más memoria que la media de los habitantes de Londres para hacer su trabajo. Está en nuestras manos modularnos. La gente todavía no se ha dado cuenta de lo que eso significa.

–¿Y por qué nos cuesta tanto darnos cuenta?
–Porque somos lo opuesto de los crustáceos. Ellos tienen el esqueleto por fuera y la carne por dentro, y nosotros, la carne por fuera y el esqueleto por dentro, de manera que estamos enormemente familiarizados con la carne. Por ejemplo, yo sé por qué se me pone la piel de gallina, también sé que si hago ejercicio salen músculos… La carne no tiene secretos. La vemos todo el día. Ahora bien, del cuello para arriba ocurre lo contrario. Tenemos la calavera, el esqueleto, que recubre la carne del cerebro. Está escondido, no sabemos nada, no hemos sabido nunca nada de él.

Es impresionante pensar cómo las personas han podido vivir millones de años sin saber lo que les pasaba por dentro. Sufriendo, sintiéndose culpables, trabajando como locos, enamorándose, desenamorándose, perdiendo la memoria, teniendo hijos… sin saber nunca por qué. Por eso, ese hurgar, por fin, en el cerebro, levantar la calavera, el esqueleto, y poder verlo gracias a las nuevas tecnologías, como las resonancias magnéticas, está ya transformando la vida.

–¿Y cómo la va a transformar?
–A mí me parece absolutamente impensable que, al descubrir por fin el cerebro, no podamos transformarlo de la misma manera en que nos arreglamos el pecho, la cadera, una arruga… Estamos, mediante corrientes electromagnéticas, disminuyendo la adicción a las drogas, y vamos a liberarnos de recuerdos que nos están acosando, que nos molestan. Vamos a encontrar la manera de aumentar la compasión, la generosidad, el altruismo… Una de las consecuencias de descubrir cómo funciona el cerebro será una gran reforma eductiva, a la que todavía hay muchas resistencias.

–¿Cómo cambiará o está cambiando la educación?
–Es inevitable que se produzca un cambio. Ya existe un consenso internacional sobre los dos principios básicos que presidirán esta gran reforma. El primero es que los maestros se ocuparán un poquito menos de destilar conocimientos académicos en la mente de los niños, y mucho más de enseñar, de aprender a gestionar la diversidad característica de un mundo cada vez más globalizado, en el que cada uno es de su madre y de su padre, de etnias distintas. No sabemos todavía gestionar esta diversidad.

–¿Y el segundo principio?
–Esta gran reforma educativa también vendrá marcada por la introducción del aprendizaje social y emocional. Vamos a aprender a gestionar lo que tienen en común personas tan diversas. Y lo que tienen en común son las emociones: la rabia, el desprecio, la sorpresa, la felicidad… Es impresionante, no se había hecho antes.

–¿Por qué es tan importante la educación de los niños?
–Porque, en el fondo, toda tu vida está supeditada a lo que hicieron contigo desde el vientre de tu madre hasta los siete años de edad. Te enseñan a escribir, hablar, soñar, imaginar, predecir… Lo que ahora hemos descubierto es que en estos siete años, o adquieres dos certezas o lo vas a pasar muy mal de mayor, en promedio… Vas a ser un adicto a algo, o no vas a encontrar trabajo, o vas a ser infeliz…

–¿Y qué certezas son esas que determinan nuestra felicidad?
–Te tienen que haber dado cierta autoestima, la suficiente para lidiar con el vecino o la vecina; porque, como yo digo, cuando entras en un ascensor, la gente es muy educada y te contesta los buenos días. Pero no te fíes. Unos te ayudarán, pero otros te manipularán… y tienes que tener seguridad en ti mismo para lidiar con ellos. Por otra parte, te tienen que haber tratado muy bien… Te tienen que haber cogido rápido de la cuna cuando berreabas, no te tienen que haber dejado solo a la salida de la escuela esperando a que te recojan… Te tienen que haber tratado tan bien que tienen que haberte quedado unas ganas locas de seguir profundizando en el conocimiento y en el amor del resto del mundo. Y eso lo ves en la escuela, en la empresa, en todas partes.

Hay gente que llega con desconfianza al mundo adulto, y luego están los privilegiados que llegan con este ánimo de seguir profundizando. Darle importancia a los primeros años es algo novedoso... No sabíamos nada… A mí me llaman de instituciones y me dicen: “Eduardo, haz una conferencia sobre el abismo generacional”. Y yo les digo: “¿De qué abismo me habláis? ¡Si lo que tenemos con los jóvenes es un denominador común, que es nuestra ignorancia supina sobre cómo funciona el cerebro!”. Y es en ese sentido con lo que se abre una era nueva.

–¿Y qué es lo que tenemos que aprender del cerebro?
–Primero, tenemos que aprender a desaprender. Tenemos que desaprender muchas ideas heredadas que no nos sirven para nada pero que aceptamos sin preguntarnos porqué. Tenemos que aprender a desconectar parcialmente del universo, de lo que nos rodea. Para ello es útil cambiar de entorno, dejar de ir a los bares donde íbamos, cambiar de compañero, cambiar de trabajo, de país, de lengua… esto nos sirve para desaprender, para ver las cosas desde otra perspectiva. Si no cambiamos de entorno, nos cuesta cambiar de opinión. Y es necesario que aprendamos a hacerlo. Afortunadamente existen las crisis, que nos obligan a cambiar, aunque no queramos. Nos permiten innovar.

–¿En qué tenemos que innovar?
–En muchas cosas. Por ejemplo, hay un pensamiento heredado que nos lleva a mirar solo lo que pasa en nuestro interior. En este sentido, yo sugiero que una de las pocas contribuciones positivas del comunismo es la idea contraria. Mis camaradas comunistas hablaban del error de mirarse siempre los intestinos. Hay que mirar al resto del mundo porque hay que transformarlo. Somos animales sociales y, por tanto, la manada, el sentimiento de pertenencia, es muy importante, aunque no nos demos cuenta de ello. Tenemos que recuperar ese interés por los demás, que es más ancestral que el interés por uno mismo. Ahora la ciencia lo está discutiendo.

–¿Es real, entonces, que el interés por el grupo es más ancestral que el interés por uno mismo?
–Sí. Nuestra capacidad para reflexionar sobre nosotros mismos es lo que denominamos conciencia. Y resulta que la conciencia es un invento muy reciente. Parece ser que el pensamiento reflexivo apareció en los primeros asentamientos agrarios o un poco antes, hace unos 20.000 años. Por tanto, la mayor parte de nuestra historia anterior, que ha durado cientos de miles de años, ha sido sin conciencia, basada en el pensamiento reflejo, en la reacción automática. La desconfianza que existe contra el inconsciente, contra la intuición, es absurda. La intuición es una fuente de conocimiento tan válida, por lo menos, como la razón.

–¿Nos irá mejor al fiarnos más de la intuición y las emociones?
–Siempre hemos ido a mejor. La humanidad ha sobrevivido gracias a un optimismo exacerbado. Hay una científica inglesa que trabaja en esos temas y me dice: “Eduardo, encuéntrame a alguien pesimista”, porque le cuesta mucho, en contra de la opinión más extendida. Incluso en tiempos de crisis, la gente piensa que serán los últimos en perder el puesto de trabajo, que sus hijos serán los últimos en ser echados de la escuela…Este optimismo atávico es lo que nos ha permitido sobrevivir.

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