Entrevista a Edward Skidelsky

"Tenemos que preguntarnos para qué sirve la riqueza"

Eva Millet

Profesor de filosofía en la Universidad de Exeter (Reino Unido) y colaborador habitual en medios como New Statesman y Prospect. Escribió junto a su padre, economista, el libro "Cuánto es suficiente".

A partir de una pregunta, “¿Cuánto necesitamos ganar para gozar de una buena vida?”, el filósofo británico Edward Skidelsky y su padre, el prestigioso economista Robert Skidelsky, se plantearon escribir un libro para explicar cómo habíamos llegado a la situación de crisis actual. En ¿Cuánto es suficiente? (Crítica) unieron sus dos campos de conocimiento para reflexionar sobre los usos de la riqueza, la insaciabilidad humana y la naturaleza de la felicidad.

El debate sobre la riqueza ya estaba presente en la época clásica, y sigue siendo necesario hoy día para definir cómo ha de ser esa “vida buena” a la que aspiramos todos y escapar de un sistema dominado por la codicia.

Entrevista a Edward Skidelsy

¿Por qué empezó a reflexionar sobre cuánto es suficiente?
La crisis financiera hizo que me empezara a preocupar por esta cuestión, pero soy profesor de filosofía y también me influyó algo muy remoto que enseñaba en aquel momento: Aristóteles. Este filósofo ya hablaba de la insaciabilidad humana respecto al dinero y de cómo la adquisición de nuevos bienes tiene que ser gobernada por una meta, que es la vida buena. Más de tres siglos antes de nuestra era, Aristóteles ya creía que era un problema que la gente tendiera a acumular dinero por encima de esta meta. Así que me propuse aplicar estas enseñanzas a la vida actual.

¿Cree que la crisis ha sido provocada mayoritariamente por esta codicia que ya preocupaba a Aristóteles?
En cierto sentido, sí; pero siempre es peligroso culpar a los individuos. Existen unas estructuras muy poderosas que han fomentado la codicia, tanto en el mundo financiero como en la sociedad. En cierto modo, en los últimos 20-30 años, todos hemos sido especuladores. Creo que ha sido una fuerza cultural.

Pese a que la codicia, el afán excesivo de riquezas, es un pecado capital, ¿cómo es que es socialmente aceptada, incluso admirada?
La codicia ha sido bien vista desde los tiempos de Adam Smith y el nacimiento de la economía moderna, el capitalismo. Se la veía como el motor del crecimiento y era un precio aceptable a pagar si a cambio se mejoraban las condiciones de vida de la mayoría de las personas. El punto de vista que compartí con mi padre en nuestro libro conjunto era que la codicia fue aceptable mientras hubo mucha gente viviendo en la extrema pobreza. Pero hoy, en las sociedades modernas occidentales, esta pobreza absoluta ya no existe, aunque la codicia sigue siendo aceptada.

Salud, amistad, seguridad, independencia para ejecutar un plan de vida, respeto… Con estos bienes, tienes suficiente.

Es una paradoja…
Lo que ha sucedido es que en los últimos años las desigualdades sociales se han incrementado en occidente. Y esto ha aumentado la presión por la competitividad. Si existe un gran espacio entre ricos y pobres, la presión que estos tienen para mantenerse al ritmo de los más ricos es mucho más fuerte. Sin dinero para hacerlo, se han metido en deudas para financiar este consumo competitivo… Es el momento de empezar a cuestionar la acumulación; no tiene sentido en las condiciones actuales. Tenemos que preguntarnos para qué sirve la riqueza.

¿Dónde podemos trazar la línea que separa el confort de la codicia?
Es una pregunta difícil. Muchos dicen que esa línea depende del nivel general de cada sociedad y que ahora no tiene sentido decir “ya tenemos suficiente”. Sin embargo, yo creo que sí tiene sentido marcarnos unos límites. Los bienes que constituyen una buena vida son la salud, la amistad, la seguridad, el respeto, la independencia para poder ejecutar un plan de vida, el tiempo libre y la armonía con la naturaleza. Cuando tienes estos bienes, ya tienes suficiente. Y hoy, en la sociedad occidental, colectivamente tenemos suficiente para proporcionarlos a todos los ciudadanos.

El querer más parece ser algo innato en la naturaleza humana, pero ¿por qué esta necesidad suele estar centrada en poseer más bienes materiales?
Esta atracción por lo material ha sido creada especialmente por el sistema de mercado, que nos empuja hacia las posesiones porque en campos como la amistad o el tiempo libre no se puede hacer dinero. En este tipo de sociedades siempre habrá más presión a favor de los bienes que se pueden vender frente a los que no. Además, es una presión bastante difícil de resistir, porque en nuestra sociedad las personas se miden a sí mismas a través de lo material.

Y así se entra en el círculo vicioso de trabajar cada vez más para pagar cada vez más deudas... ¿Qué fue antes, la adicción al trabajo o a las posesiones?
Es complicado… Hay dos razones por las que la gente trabaja cada vez más y más horas. Una, para pagar lo que han gastado. La otra, por una creciente inseguridad en el mundo laboral, que hace que muchos crean que quedándose en el despacho más horas podrán conservar su trabajo.

¿La felicidad es solamente posible con dinero?
Bueno, hay que tener una cierta cantidad de dinero. De hecho, de las encuestas sobre este tema se deduce que en países con rentas medias inferiores a 15.000 dólares al año (11.300 euros) se tiende a ser infeliz, lo que es de esperar si no tienes vivienda adecuada, sanidad, escuelas… pero por encima de los aspectos básicos, no parece haber demasiada conexión entre dinero y felicidad. Las estadísticas sugieren que las ganancias que hemos visto en las tres o cuatro últimas décadas no han contribuido a mejorar nuestros índices de felicidad.

¿El hecho de que, pese a haber tenido más, nuestra felicidad no haya aumentado no debería hacernos reflexionar?
Lo que indica es que el aumento de los ingresos puede tener un efecto breve en el humor, pero no a largo plazo. El nivel de felicidad se refleja en aspectos muy básicos de la vida, como los que mencionaba antes: tener buenas relaciones familiares, seguridad, amistad, salud… Esas son las cosas que te dan bienestar, no poseer el último iPad. Eso quizá puede mejorar tu humor unos días pero, obviamente, no te hace feliz.

Un par de generaciones ya han crecido inmersas en este consumo desenfrenado: ¿será posible reorientarlas?
Parte del problema es que el ocio está cada vez más identificado con el consumo: no puedes pasarlo bien si no gastas dinero. Nos hemos vuelto poco creativos al utilizar nuestro tiempo libre y va a ser muy difícil reeducarnos en este aspecto. Es un proyecto a largo plazo, aunque se trata de cosas básicas: enseñar a disfrutar leyendo un libro o aprender a jugar sin juguetes… Cosas que cuestan poco dinero o no requieren gastar nada.
En Inglaterra este aspecto formaba parte de una formación clásica, pero hoy la educación se ha vuelto más y más utilitaria: se basa en capacitar a las personas solamente para el mercado laboral. Y para mí esa es la dirección errónea, porque el trabajo debería formar una parte cada vez más pequeña de la vida de la gente. La educación debería animar a la gente a aprender por el placer que implica aprender, lo que ha sido siempre –por lo menos en mi país– su esencia. Si te enseñan a amar los libros, eso es algo que te mantendrá feliz durante toda tu vida. pero la mayoría de mis estudiantes de filosofía no lee por placer…

La educación de hoy capacita a las personas para el mercado laboral, en lugar de contagiarles el placer de aprender.

En su libro defendió que la economía debería volver a impregnarse de un fin, de una utilidad humana. ¿La ha tenido alguna vez?
En el siglo XIX la mayoría de los grandes economistas eran también reformistas: John Stuart Mill, Alfred Marshall y John Maynard Keynes, por supuesto. Su objetivo no era un enriquecimiento infinito, sino elevar a las personas hasta un nivel que les permitiera disfrutar de las cosas agradables de la vida. La idea era adquirir un “estado estacionario” y a partir de allí, el crecimiento económico acababa. Pero esto se disipó en el siglo XX, a medida que la economía se separaba más y más de la filosofía. Los objetivos fueron la eficiencia y el crecimiento. El fin desapareció.

El crecimiento parece ser la única respuesta de los políticos. Pero ¿podemos permitirnos seguir creciendo de manera indefinida?
Es importante crecer, pero a largo plazo hay que replantear las políticas económicas, aunque en la actualidad el crecimiento es como un default, una opción por defecto, y la manera en que los países se miden internacionalmente. De todos modos, cada vez hay más gente interesada en calcular la riqueza de un país de otro modo, no solo con el PIB, midiendo aspectos concretos del bienestar, como la salud, la vivienda y la educación.

¿Sacaremos algo positivo de esta crisis, como un posible cambio de paradigma?
Esta situación ha forzado a las personas a volver a pensar. No creo que esté emergiendo una alternativa ideológica (como el comunismo y el fascismo en los años treinta), pero sí se está reflexionando sobre la versión del capitalismo que ha dominado en los últimos años. Y este puede ser un aspecto positivo. Cuando las cosas van bien, la gente no reflexiona sobre los problemas del sistema. La crisis está siendo un gran toque de atención, aunque en el proceso muchas vidas se han visto terriblemente afectadas.

Cuestionando la acumulación

En 1930, el economista John Maynard Keynes predijo que, en un siglo, los progresos tecnológicos nos permitirían vivir sin apenas trabajar, y que esto nos daría la felicidad. No seguimos este camino. En ¿Cuánto es suficiente? (Crítica), Robert y Edward Skidelsky definieron lo que es “una buena vida”, que se puede conseguir con justicia social y educación.

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