Sencilla plenitud

Los 4 caminos para el éxito (el que te da la felicidad)

Daniel Bonet

Se pueden alcanzar grandes éxitos en la vida pero ser feliz cada día es quizá uno de los más deseables. Hay tantos caminos hacia el éxito como seres humanos.

El sentimiento de éxito o fracaso es fundamental en nuestras vidas. Una especie de juez invisible parece ir valorando aquello que hacemos o dejamos de hacer. Se trata de una sensación subjetiva acerca del valor personal, aunque la mayoría de las veces se basa en la opinión que los demás puedan tener de nosotros. También suele haber un componente de autocrítica.

El concepto de éxito tiene, como veremos, múltiples aspectos. El más simple y extendido es considerar que quien logra tener mucho dinero o reconocimiento social es alguien con éxito. Se juntan aquí otras valoraciones como la fama, el aplauso del público o la victoria, el lograr vencer a un competidor.

Desde esta óptica, el estereotipo de persona "ganadora", fijado en nuestro imaginario a través del cine y los anuncios televisivos, es el magnate de las finanzas, el actor de moda o el futbolista de élite. Estos parecen brillar en su lejano olimpo, mientras el común de las personas sueñan con acercarse a ellos, sea a través de un buen negocio o de un golpe de fortuna.

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El éxito que sí te acerca a la felicidad

Ralph Waldo Emerson define el tema con sencilla claridad:

"El éxito consiste en obtener lo que deseamos. La felicidad, en disfrutar lo que se obtiene".

En efecto, el deseo es el motor de nuestros actos a lo largo de la vida, desde el nacimiento a la muerte. Tener proyectos y legítimas ambiciones es algo bueno. Al igual que sentir satisfacción por haber alcanzado un objetivo, grande o pequeño.

El problema surge al decidir qué deseos son realmente importantes o nos convienen, también cuando la experiencia nos demuestra que no siempre basta con desear algo y trabajar para conseguirlo. Debemos tener en cuenta nuestras propias limitaciones, así como factores desconocidos que pueden obstaculizar el camino o bien allanarlo (suerte, fortuna).

Es bueno aceptar la vida tal como viene, con sus buenos y malos momentos. Porque la vida es lo que tenemos delante de nosotros y hay que asumirlo. Solo desde esa aceptación resulta factible luchar por aquello que se desea. Cultivar estas cuatro actitudes te ayudará a conseguirlo:

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1. Cuida las metas básicas

El Vedanta, uno de los sistemas de sabiduría más antiguos, resume así los deseos u objetivos en la vida del ser humano:

  1. Seguridad (Artha). Incluye desde las necesidades básicas como alimento y cobijo hasta el deseo de riqueza y fama. Todo lo que evite la sensación de inseguridad, de no tener suficiente protección.
  2. Placer (Kama). Buscar sensaciones placenteras y evitar las que desagradan. La gama de posibilidades es muy amplia: gastronómicas, eróticas, estéticas, lúdicas... A los instintos se unen aspectos psicológicos más elaborados. Nos aparta, aunque sea momentáneamente, del sufrimiento.
  3. Ética (Dharma). Aceptación de normas de conducta. No todos los deseos son legítimos, depende de la intención y circunstancias. No es correcto, por ejemplo, dañar a los demás para lograr nuestros objetivos. Tanto la ética laica como la moral religiosa incluyen este aspecto.
  4. Liberación (Moksha). Se refiere a la dimensión espiritual de la vida, al sentirse libre de las ataduras del ego y lograr un estado de paz interior. Estado de plenitud que no depende de la consecución de determinados deseos.

Vemos que los dos primeros niveles los compartimos con los animales, mientras que los dos últimos son de índole humana. A menudo el dinero y el placer no nos evitan la inseguridad y el miedo. No se trata de despreciar una vida próspera, sino de buscar la objetividad acerca de lo que nos puede hacer realmente felices y lo que son simples espejismos.

Todavía hoy, en la India, no es extraño que alguien que goza de elevado estatus al jubilarse se retire de la vida social. Puede hacerse incluso monje errante o construirse una cabaña en el jardín de su residencia y allí dedicarse a la vida espiritual preparándose su comida y lavándose la sencilla ropa. Lo que significa que todo lo que había hecho hasta entonces tiene un valor, pero ahora hay que concentrarse en el valor esencial.

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2. Evita la sensación de fracaso con expectativas realistas

Querer alcanzar el éxito nos estimula a sacar lo mejor de nosotros mismos, a buscar nuevos horizontes. Estudiar, aprender un oficio o practicar un deporte incluye necesariamente esa posibilidad de superación.

La cara menos agradable en la búsqueda del éxito es que psicológicamente caigamos en la trampa de creer que no alcanzar determinado objetivo supone automáticamente un fracaso.

Recuerdo el caso de un paciente que estaba deprimido. Al preguntarle sobre el motivo de su estado, confesó que era debido a que se consideraba poco inteligente. Se trataba de una persona que se expresaba con elocuencia, por lo que le hice notar mi extrañeza al respecto, a lo que respondió que se sentía infeliz al compararse con los grandes maestros de ajedrez…

Esto puede parecer exagerado, pero a menudo sentimos una sensación de fracaso porque no tomamos distancia ante determinadas expectativas. Querer dedicarse a algo que no se corresponde con nuestras aptitudes o empeñarse en imitar a otros es un error frecuente. No es oro todo lo que reluce, ni es éxito lo que a veces se vende como tal.

Cada uno de nosotros contempla la vida y actúa desde una determinada posición tanto personal como social. Es como un gran teatro en el que actúan diferentes personajes.

¿Pero acaso en una representación quien hace de mendigo debe ser considerado peor actor que el que hace de rey?

En el deporte, otra metáfora de la vida, la divisa olímpica "lo importante es participar" merece ser meditada. ¿Es un fracasado el atleta que no llega el primero a la meta? Si se ha esforzado y ha dado lo mejor de sí está claro que es un ganador.

Desde esta óptica, también cabría considerar que el invierno es un fracaso de estación, puesto que la vida se esconde y debemos abrigarnos. Pero, con una visión más amplia, podemos admirar su belleza y cualidades, además de reconocer que es la antesala de una nueva primavera.

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3. Aprende a estar aquí y ahora

Buscar el éxito y a la vez no considerarlo como lo más importante podría ser una equilibrada actitud. Como escribió Albert Camus: "El éxito es fácil de obtener, lo difícil es merecerlo". Cuantas veces un equipo juega mejor que el adversario, pero este vence tras un golpe de fortuna. Aunque esto sea teóricamente una derrota, en verdad no lo es.

La mayoría de deseos que tenemos, sean conscientes o inconscientes, a menudo no se cumplen. Esa parece ser la norma, por tanto, mejor no amargarse. Lo que esos deseos, locos o razonables, representan es la posibilidad de abrirse a la vida y participar activamente en ella, no de ser meros espectadores. Otra posibilidad es renunciar al incesante encadenamiento de deseos, en el sentido de saber que nunca nos llenarán por completo.

Más que la opinión de los demás, lo que importa es lo que pensamos de nosotros mismos, pues todo cambia pero el yo permanece. Estar en paz con uno mismo es importante. Como dice Swami Dayananda:

"Si la persona se siente a gusto siendo ella misma, quienquiera que sea ese yo, podemos decir que esa persona ha tenido éxito".

Se dice que el secreto del éxito consiste en estar en el lugar y momento adecuados. Para eso hay que estar preparados y cuando surge una oportunidad, aprovecharla. Eso es cierto, pero también que el estar aquí y ahora, sin necesidad de hacer algo especial, es ya un éxito.

Elisabeth Gilbert pone de relieve que en España, no solo al ver bailar flamenco sino en otras actividades, cuando alguien hace algo bien, está inspirado y lo disfruta, algún espectador exclama: ¡olé! Hay alegría y todo está bien en ese momento mágico. Siempre existe esa posibilidad de sencilla plenitud. Pero si no es así, nos da un consejo: "No te desanimes, haz tu trabajo. Si sale bien, ¡olé! Si no, lo intentaste. Pero sigue bailando…".

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4. Valora todos los éxitos, grandes y pequeños

Tenemos la mala costumbre de recordar los fracasos y, sin embargo, tendemos a olvidarnos de los numerosos éxitos que hemos tenido. Aprendemos a caminar, hablar o ir en bicicleta y esos momentos estuvieron llenos de felicidad, pero ahora los consideramos como hechos sin importancia. No somos capaces de sentir emoción al realizar tales acciones porque se ha vuelto algo mecánico, pero podemos volver a disfrutarlas como si fuera la primera vez.

En ese sentido, cada día hay muchos éxitos que celebrar: la salida del sol, la voz de tu madre o de tu hijo a través del teléfono, prepararle la comida a alguien, agradecer, perdonar, reír, amar…

Valorar como importantes solo los grandes proyectos aumenta la posibilidad de sentirse fracasado si algo falla. Es más razonable disfrutar de lo sencillo y diversificar los objetivos, tanto en cantidad como respecto al tiempo. De ese modo no postergamos los momentos felices a un hipotético futuro.

Un termómetro para medir si hemos tenido éxito a lo largo del día es recordar las veces que hemos reído. Disfrutar de la vida supone sentir momentos de alegría, cuantos más mejor. Pero también tristeza en un momento dado. Lo peor es la indiferencia.

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