Experiencia personal

La travesía del duelo (afrontar la muerte de un hijo)

Carlos Fresneda

La muerte de un ser querido es una de las experiencias más difíciles de la vida. ¿Se puede aceptar el dolor que nos produce y crecer a través de él? La respuesta a esta pregunta es una búsqueda personal, un camino que hay que recorrer y afrontar, porque solo así podemos encarar la pérdida y llenar el vacío que ha dejado la vida truncada, con la esperanza de mantener el recuerdo vivo sin sufrimiento.

El dolor, como el amor, es una experiencia personal e intransferible. No hay reglas escritas en piedra cuando pierdes a un ser querido. Cada cual tiene su manera de vivirlo y de aliviarlo, de callarlo o de compatirlo si hace falta. Porque "el dolor compartido es menos dolor", al menos eso pensaba yo al iniciar esta larga travesía, aunque ahora no estoy tan seguro…

Más de un año después de la muerte accidental de mi hijo Alberto (falleció junto a sus colegas Harry y Jack, golpeado por un tren cuando pintaba grafitis en Londres), todas las ideas preconcebidas sobre el duelo han ido cayendo como las hojas en otoño. Empezando por el impulso que me llevó a escribir Querido hijo (La Esfera de los Libros, 2019), a modo de carta de despedida, convencido como estaba de que duele contarlo, pero duele más "no contarlo".

Escribir fue una manera de mantener muy vivo su recuerdo, y también una terapia personal para ir superando una tras otra las consabidas cinco fases del duelo que acuñó Elisabeth Kübler-Ross en Sobre la muerte (Grijalbo, 1993): negación, rabia, negociación, depresión, aceptación. El libro fue también una manera de salir al encuentro de tantos padres que perdieron a sus hijos, y aprender de ellos y con ellos.

El duelo es un proceso personal lleno de altibajos

La total aceptación, pensé, llegaría al ver la carta convertida en libro y al ser capaz de hablar de la muerte de Aberto sin exteriorizar excesivamente la pena. Pero a lo largo del verano, después de una presentación especialmente emotiva, rodeado de familiares y amigos que añoraban a mi hijo, el dolor mordió. Afloraron finalmente las lágrimas que a lo largo de un año había reprimido. Y aprendí que el silencio, a partir de un cierto momento, puede ser también curativo.

Recordé el encuentro con Dulce Camacho, que creó la asociación Alaia Duelo después de perder a su hija Sara a los 18 años, la primera en advertirme que "desaprendiera" todo lo leído hasta entonces sobre la travesía del dolor. "El duelo es un camino muy personal", me dijo. "Cada proceso es único, aunque haya características comunes entre las personas que sufrimos una pérdida traumática. Y no es un proceso lineal, sino que está plagado de altibajos".

Escribir fue una manera de mantener muy vivo el recuerdo de mi hijo, y también una terapia personal para ir superando las cinco fases del duelo.

Me previno de paso Dulce contra esa insidiosa presión "para que te recuperes lo antes posible" y contra el sentimiento de "incomprensión y soledad" que puede generar. "La gente espera inútilmente que vuelvas a ser el de antes, y evita a toda costa hablar de tu pérdida, y se crean silencios y vacíos en las conversaciones que resultan difíciles de llenar".

Contra ese silencio letal ante la muerte que se ha impuesto en nuestra sociedad me rebelé desde el principio. Hemos pasado del luto asfixiante al olvido instantáneo, como si fuera tan fácil pasar de página. "Vivimos de espaldas a la muerte, hasta que nos toca de lleno y nos cambia la vida", escribe en La pérdida de un ser querido (La Esfera de los Libros, 2018) Vicente Prieto, otro de mis impagables compañeros de viaje.

"Con un hijo muere un proyecto vital, y es como si a un árbol le arrancas de repente una rama", me recordó Vicente Prieto, que habla de los "padres dolientes" como de una estirpe especial (hay quienes reclaman para nosotros el término de "huérfilos"). Cuando te fulmina el rayo, lo más normal es querer cambiar de hábitat, pero Vicente me previno contra ese impulso de "provocar grandes cambios, para dejar atrás rápidamente el dolor, los recuerdos y las circunstancia que estamos viviendo".

Conviene dedicar un tiempo al recuerdo, tener siempre cerca alguna foto, marcar los aniversarios. Pero recordar en exceso también puede ser contraproducente y lograr al final el efecto contrario… "El dolor es algo natural en el ser humano, pero tenemos que evitar el sufrimiento, porque no lleva a ninguna parte".

"Un hijo nunca muere"

En mi travesía personal encontré a una madre "doliente" que me dio una increíble lección. "Hay una buena noticia que quiero compartir, y es que un hijo nunca muere", escribe Mercè Castro en Volver a vivir (Ed. RBA, 2018), el libro que me ayudó a dar un giro en mi percepción del duelo y a descubrir que hay una fase que va más allá de la mera aceptación.

Hace más de veinte años que Mercè Castro perdió a Ignasi en un accidente de tráfico al que sobrevivieron milagrosamente sus padres y su hermano. Mirando hacia atrás, Mercè reconoce que escribir aquel libro –que arranca con el diario truncado de su propio hijo– le ayudó a recomponer las piezas: "No sé si lo escribí por miedo a olvidar, pero ahora me doy cuenta de que no. Es posible recordar con menos dolor, pero nunca olvidar".

"Nos toca cruzar un desierto, cada uno el suyo", es la visión que Mercè tiene del duelo. "Durante una etapa, bastante tenemos con sobrevivir. El tiempo no lo cura todo, el caos puede durar bastante más de un año. Pero en mi caso personal, sentí la necesidad de hacer algo útil con mi dolor, salir al encuentro de otros". "Lo único que sirve es no eludir el dolor", dice Mercè. "No conviene darle esquinazo, ni recrearse en él. Hay que dejarlo fluir. Y avanzar despacio, muy, muy despacio".

Mercè me ayudó a descubrir que hay un rayo de esperanza, y que esa sensación de conexión con tu hijo puede convertirse en una energía inexplicable, que te puedes levantar un día de la cama con la sensación de haberlo visto en sueños ("¿una visitación?"), y que ha sido capaz de transmitirte y devolverte la alegría de vivir.

"El tiempo no lo cura todo", dice Mercè Castro. "En mi caso personal, sentí la necesidad de hacer algo útil con mi dolor, salir al encuentro de los otros."

"De la muerte se habla poco, y de la muerte de un hijo aún menos", reconoce Mercè Castro, que ha compartido su experiencia con decenas de padres y las ha plasmado en otros dos libros, Palabras que consuelan y Dulces destellos de luz para afrontar el duelo (Plataforma Editorial, 2013 y 2017, respectivamente).

Su camino interior le ha llevado a aceptar la muerte "como un nuevo principio" y a mantener "una relación de amor incondicional" con su hijo. Ese "amor incondicional" fue sin duda el impulso que me llevó a escribirle una larga carta a mi propio hijo, no ya para mitigar el dolor o para ayudarme a hacer más llevadera la travesía, sino para conectar con él, esté donde esté, y llegar si es posible a otros padres y madres dolientes. Y avanzar con ellos hacia esa luz que nos está esperando al final del túnel.

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de cuerpomente?