Atravesar el duelo

Afrontar las pérdidas en la vida: ¿cómo hacerlo bien?

María Gonzalo

La vida no solo nos da: también nos quita. Afrontar las pérdidas que depara forma parte del proceso de convertirse en persona y nos hermana al resto de la humanidad.

Cuando perdemos algo vital como un ser querido, una relación estable o el trabajo, puede que el mundo se nos desmorone, pero conviene recordar que, a pesar del dolor, la vida nos está ofreciendo la posibilidad de transformarnos, ampliar límites y salir fortalecidos.

Casi todos tenemos un antes y un después en nuestras vidas; para algunas personas el vacío empieza con la muerte de la pareja, un hijo, un hermano o un ser inmensamente querido. Otras viven su después al recibir un diagnóstico médico inquietante o cuando se viene abajo su economía y con ella la sensación de seguridad que sentían. Las hay que conocen el desespero cuando pierden el amor de la persona que aman o se sienten abandonadas.

Sea cual sea el motivo, la pérdida que resulta más dolorosa para cada uno es también el punto de partida de un nuevo comienzo, el embrión de algo que, pasado el tiempo de incertidumbre y tristeza, puede llegar a convertirnos en seres más libres y auténticos. Con los años, las pérdidas grandes suelen desvelar el verdadero sentido de nuestra vida.

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El duelo es personal

No es posible establecer qué duele más: la crisis que supone para algunas personas perder un trabajo y quedarse sin el estatus a que estaban acostumbradas puede equipararse al vacío que sienten otras ante la muerte de un ser querido, la pérdida de su salud o la ruptura de su matrimonio.

No tiene sentido establecer un "barómetro del dolor", porque cada duelo es único y guarda relación con nuestra historia personal y nuestra capacidad de afrontar la adversidad. Eso sí, la pérdida más dolorosa es la que nunca, ni por asomo, elegiríamos.

Pero, cuando sucede, es la que probablemente nos impulse a dejar atrás miedos ancestrales que nos parecían imposibles de afrontar, la que, por pura supervivencia, nos lleva a cambiar por completo nuestra visión de la vida y seguramente de la muerte. La que nos ayuda a crecer, a madurar, a ser más conscientes de lo bueno que tenemos alrededor.

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Cómo afrontar el dolor de la pérdida

Al principio, cuando la herida es muy reciente y nos sentimos desgarrados, de poco o nada suelen servir las palabras de consuelo, por acertadas y bien intencionadas que sean. Es difícil aceptar y comprender sin haberlo experimentado que de eso tan terrible y doloroso pueda nacer algo positivo, como lograr más entereza y más capacidad de amar y disfrutar de la vida. Pero lo cierto es que suele ser así.

"Para avanzar hay que dejar cosas atrás; para renovarse, hay que despedirse", asegura Elisabeth Lukas, autora, entre otros libros, de Ganar o Perder y discípula del psiquiatra Viktor Frankl, uno de los ejemplos históricos de superación personal al sobrevivir con dignidad a cuatro campos de concentración nazis.

Frankl solía preguntar a los pacientes que le hablaban de la voluntad de acabar con sus vidas si tenían algún motivo para no suicidarse. Generalmente aludían a un ser querido o a la necesidad de concluir algún trabajo. "Si es así –respondía el psiquiatra–, dedíquese a engrandecer este motivo y volverá a sentir ilusión por vivir".

"Desde que nacemos hasta que morimos –dice Lukas– el dolor se alterna con la alegría y el fracaso sucede al éxito con la misma intermitencia que las mareas bañan las costas. Lo que la pleamar del destino arrastra hacia nosotros, nos lo vuelve a arrebatar la bajamar de la transitoriedad. Todo llega pero nada se queda. Hasta las crisis, resueltas o no, pasan, y si al llegar se antojan abrumadoras, con el tiempo parecen despreciablemente pequeñas".

Elisabeth Kübler­Ross, un referente en el tema de las pérdidas y la muerte, destaca el crecimiento que supone trascender el sufrimiento: "No se puede crecer psíquicamente sentado en un jardín donde nos sirven manjares en una bandeja de plata. Se crece cuando se está enfermo o cuando hay que hacer frente a una pérdida dolorosa. Se crece si, en vez de esconder la cabeza en la arena, se acepta el sufrimiento intentando comprenderlo. Descubrir lo bueno en lo malo es una de las lecciones más provechosas".

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Prepararse para el adiós

Todos tendremos que dejar aquí no solo a nuestros seres queridos, también nuestra casa, nuestra música favorita, aquel cuadro que tanto nos gusta, nuestra profesión, el placer de los paseos primaverales, el confort de sentirse arropado por el calor del hogar en las noches de invierno… Todo, porque la vida es un regalo que disfrutamos durante un tiempo limitado.

La pérdida que resulta más dolorosa es el embrión de algo que, con los años, suele desvelar el sentido de nuestra vida.

¿Existe alguna forma de suavizar la angustia de esa pérdida a la que todos estamos abocados? Dice Elisabeth Kübler-Ross que el miedo a la muerte se diluye si aprendemos a amar la vida, si damos las gracias por cada nuevo día, si vemos en cada cambio la oportunidad de descubrir algo maravilloso y nuevo, si sentimos la profunda convicción de que es mejor querer, aunque a veces eso duela.

Permitirse el silencio

Cuando la existencia duele es bueno dar largos paseos por la naturaleza, sin prisas y en silencio. Los árboles, las nubes, el sol, el agua y el viento son terapéuticos. También va bien estar callado y sin hacer nada en casa.

La quietud y el silencio nos conectan con nuestra fortaleza y nos ayudan a recordar lo valiosos y extraordinarios que realmente somos. Es más fácil escucharse y sintonizar con la esperanza, la confianza, la paciencia y el amor centrándose en uno mismo, porque es en nuestro interior –y no fuera– donde de verdad se encuentran.

La transformación lenta y profunda que se emprende durante la travesía de cualquier duelo personal requiere llevar una vida pausada y sencilla.

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Amor para curar la herida

¿Pero cómo se llega a obtener esa visión, esa serena fortaleza, cuando el punto de partida frecuente son los altibajos feroces, la nostalgia o la rabia desgarrada, el dolor en el pecho, las noches en blanco y el cansancio infinito?

Cuando nuestra realidad se rompe, probablemente el único valor seguro es el amor. "El amor hacia nosotros mismos y a los demás facilita que adoptemos una actitud positiva ante lo que nos sucede. Cualquier pequeño gesto de cariño, por pequeño que sea, parece actuar como un bálsamo cuando atravesamos una situación realmente complicada. El ingrediente principal, el que nos permite encontrar un motivo para seguir viviendo y remontar cualquier crisis, siempre es el amor", afirma Álex Rovira en La Buena Crisis.

Muchos terapeutas y casi todos los maestros espirituales, así como la mayoría de las personas que han atravesado una gran crisis y han podido trascender el dolor, consideran el amor como la herramienta más útil para renacer. Este amor del que hablan está muy asociado a la gratitud, esa emoción honda y sincera que nos permite recobrar la paz.

"Saber vivir –afirma Elisabeth Lukas– es abandonar lo amado conservando el amor". Cuando alguien pierde el trabajo y es capaz de agradecer todo lo que este trabajo le ha dado durante el tiempo que lo ha tenido, se encuentra emocional y psíquicamente en un buen punto de partida para empezar a desarrollar otra actividad que puede resultarle a medio plazo más estimulante y, quizá, también más rentable.

Cuando se agradece a la vida los años que se han podido compartir con el ser querido que ha partido se está en el comienzo de una gran transformación, tan profunda como la de la oruga al convertirse en mariposa.

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Terapia para superar el duelo

Sabemos que es duro avanzar cargando demasiado peso en la espalda. Los duelos severos suelen ser un buen periodo, precisamente, para eliminar lo que ya no sirve. Generalmente, la herida que produce la pérdida reabre otras heridas que no estaban del todo curadas y el peso de todas esas emociones juntas suele ser inmenso.

Cuando una persona se encuentra en este punto, de la mano de la humildad puede hacer grandes cosas como, por ejemplo, pedir ayuda terapéutica. Hay muchas terapias que pueden facilitar el camino hasta nuestro inconsciente y despertar la fuerza vital. Desde la humildad también es posible pedir perdón y deshacer los malentendidos que impiden andar ligero y perdonarse a uno mismo.

Atreverse a sentir

De esa forma es factible desprenderse de la culpa, la vanidad y el orgullo, tres pesos pesados. Pero para soltar lastre es preciso estar dispuesto a sentir y darle un espacio en nuestro corazón al miedo, el dolor, la rabia y la tristeza. Si no lo hacemos, si los ocultamos o rechazamos, estas emociones crecen. En cambio, si las aceptamos o las acogemos con cariño, se desvanecen.

"Al soltar –explica Kübler­Ross–, nos liberamos de los esquemas mentales que determinan cómo deben salir las cosas y aceptamos lo que la vida nos presenta. Aceptamos que realmente ignoramos cómo deben ser las cosas. Los moribundos aprenden esto cuando contemplan su vida en retrospectiva. Ven que las situaciones 'malas' a menudo los condujeron a algo mejor, y que lo que creían que era bueno no era necesariamente lo óptimo para ellos".

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