Actitudes

¡El miedo puede ser útil! Aprende a relacionarte con él

Bet Font y Víctor Amat

El miedo nos protege, pero también nos indica lo que puede ser útil para nosotros.

Recordamos una tarde que pasamos mirando viejos álbumes de fotos con nuestros hijos. Fue bonito comentar con ellos las imágenes de su nacimiento o sus primeros días en casa, y nos permitió darnos cuenta de cómo había pasado el tiempo. Luego, cuando ya dormían, conversamos acerca de las emociones que los embarazos habían generado en nosotros.

Recordamos sobre todo cómo la ilusión de ser padres se veía a veces empañada por el temor que sentíamos ante tamaño proyecto. ¿Irían bien la gestación y el parto? ¿Seríamos unos buenos padres? Nos preguntábamos cómo educaríamos a nuestros hijos o qué impacto tendrían en nuestras vidas, si perderíamos nuestra libertad o incluso si eso afectaría a nuestra relación de pareja.

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Temer y desear

En aquellos momentos, en función de nuestras experiencias vitales, nuestra confianza podía estar más o menos fortalecida, pero el miedo que sentíamos era palpable, estaba ahí. Sin embargo, a pesar del temor y las reservas, disfrutamos del nacimiento de nuestros hijos y de nuestro día a día con ellos. Hoy son una parte maravillosa de nuestra vida.

No sentir temor frente a los avatares de la existencia, sus vaivenes y sus cambios, sería una imprudencia propia del iluso porque, para el ser humano, desear algo y a la vez temerlo constituye una experiencia cotidiana. Nuestros temores nos ayudan a valorar la vida e incluso a hacerla más interesante.

Pero cuando el miedo nos atenaza, bloqueándonos, o nos frena y nos hace sufrir, es cuando hay que ponerse manosa la obra para encontrar caminos más transitables en esa existencia.

Mantener el amor

Las personas somos seres sociales, es decir, precisamos de los demás para salir adelante de una manera sana. Al nacer carecemos de las habilidades necesarias para sobrevivir, de modo que desarrollamos otras que nos permitan pertenecer a una red que nos proteja y nos ayude a crecer.

Así, desde la más tierna infancia tratamos de generar vínculos duraderos y saludables a fin de poder proseguir con nuestra vida. Con el tiempo, y a medida que nos hacemos mayores, vamos aprendiendo cuáles son las normas que rigen nuestro entorno y ensayamos nuevos comportamientos para ser aceptados y queridos por nuestros allegados.

Esa vinculación sostiene la estructura del amor y luchamos por mantenerla viva a lo largo de la existencia. Si algo nos hace vulnerables es la posibilidad de perder el amor y el cuidado. El desasosiego que genera esa amenaza se convierte en una especie de pegamento relacional, un sentimiento que nos pone a salvo de perder a aquellos que queremos y nos cuidan.

Por eso nos esforzamos en ser merecedores del afecto y la confianza que nos brindan los demás y que nos hacen sentir valiosos de diferentes maneras: a través del amor de los hijos, los padres, los amigos, la pareja. Ese amor, junto con la validación y el reconocimiento social que nos pueden proporcionar nuestros propios logros, se convierte en el alimento que nos nutre emocionalmente y nos hace sentir bien.

De ahí que el dolor por la pérdida del amor –según sea su importancia– actúe como unas fauces que nos pueden morder poderosamente el corazón. Ese dolor nos devuelve la imagen del miedo, un miedo que puede ser paralizante si nos alejamos de nosotros mismos y de nuestros anhelos.

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El miedo saludable

  1. Afronta: da pasos prudentes y paulatinos para llevar a cabo las situaciones temidas. Tu confianza se verá reforzada con sentimientos de satisfacción.
  2. Acepta: que no todo está bajo tu control cuanto más intentas controlar todas las variables, más incontrolables se tornan. es más práctico legitimar tus sentimientos y reconciliarte paulatinamente con ellos, puesto que están ahí para señalarte qué cosas son importantes para ti.
  3. Solo o con ayuda: cuanto más te ayudan los demás a resolver situaciones que te atañen personalmente, más incapaz te sientes. afrontarlas sin buscar ayuda te hará sentir más capaz y autónomo.

Los límites de la prudencia

Otra cara del miedo es la que nos lleva a vivir la vida con cierta prudencia. Temer algo o a alguien puede ayudarnos a sobrevivir en una situación de peligro o una experiencia estresante. A lo largo de la historia, el miedo ha sido un arma de defensa que ha permitido al ser humano desarrollar habilidades extraordinarias para adaptarse a entornos difíciles y salvaguardarse de los peligros y la incertidumbre, lo que ha contribuido a la supervivencia de la especie.

La experiencia nos enseña que la prudencia, la duda o el miedo no tienen por qué ser malas compañías; la condición es que no nos paralicen o nos hagan sufrir demasiado. En ocasiones es importante ser comedido y mantener cierto recelo a fin de poder ocuparse de lo que puede ser importante para nosotros en cada momento.

Cuando evitamos totalmente aquello que tememos, tratando de borrarlo incluso del pensamiento, es cuando alimentamos el miedo y lo podemos convertir en un monstruo desmedido. El miedo no desaparece por el mero hecho de que no pensemos en él o procuremos distraernos con otra cosa.

Evitar nos protege temporalmente de la angustia que sentimos, pero perpetúa nuestro temor y afecta a la percepción que tenemos de nosotros mismos.

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Una mala inversión

Admitámoslo: para conseguir algo hay que realizarlo, nos guste o no. Raramente se aprende a conducir sin pasar por el miedo a hacerlo, y es imposible experimentar la felicidad del amor si nos paraliza el temor al fracaso. Nadie logró una cita sin correr el riesgo de ser rechazado.

Posponer los deseos y necesidades para ahorrarse el desasosiego o la incertidumbre que genera su búsqueda garantiza una vida poco rica. A veces lo que llamamos pereza no es más que evitar aquello que tememos. La parálisis del miedo se perpetúa en la inacción, en la excusa y en la duda sin fin. Pero cuanto más nos alejamos de aquello que queremos, más se daña la confianza en nosotros mismos.

Por eso conviene aprender a avanzar a pesar de la inquietud. La incertidumbre puede convertirse en la espoleta del miedo. Cuando el temor nos atenaza, solemos pensar y pensar, dándole vueltas a aquello que intentamos dominar en vano.

El mundo puede ser un buen lugar, aunque a veces duela, si se está dispuesto a explorarlo a través de la acción en vez de refugiarse en verdades tranquilizadoras de antemano. Para conocer el sabor de una fruta hay que probarla. Renunciar a una posibilidad por ahorrarse una experiencia desagradable supone una gestión ineficaz del miedo, puesto que las amenazas prosperan en la oscuridad de quien las niega.

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Crecer y avanzar pese al miedo

La armadura del miedo no crece. Nosotros, sí. De pequeños aprendemos que el temor puede protegernos pero, con el tiempo, nos damos cuenta de que la coraza que tan bien servía a nuestro tierno espíritu se ha vuelto pequeña y nos resulta tremendamente incómoda. Aquello que fue útil en el pasado ya no nos vale, incluso puede que no nos haga falta.

De repente nos sentimos despojados y vulnerables y nos preguntamos cómo seguir adelante. El cineasta Francis Ford Coppola afirmó que "la mejor manera de prever el futuro es inventarlo". Por eso visualizar una nueva vía para construir objetivos y retos puede ser un recurso para salir adelante pese al malestar.

Durante la vida solemos atravesar diferentes etapas antes de alcanzar cierta madurez de espíritu. El ciclo del crecimiento parece cumplir con diferentes procesos: deseamos, nos ponemos en marcha para alcanzar lo que queremos, nos acomodamos a esos logros y, con el tiempo, esos logros se nos quedan pequeños. Notamos que tenemos necesidad de seguir avanzando.

Puede que las dificultades nos venzan y extraigamos aprendizajes de todo eso; durante algún tiempo podemos estar instalados en crisis que nos enseñan a transformarnos y nos estimulan a movernos de nuevo.

Expectativas moderadas

También es importante poder rebajar las expectativas en esos momentos. Las expectativas de éxito, cuando hay temor, se convierten en exigencias que presionan justo en el sentido contrario al que se desea ir. Si queremos algo, el cerebro puede generar una imagen interna donde nos vemos a nosotros mismos lográndolo fácilmente o con total tranquilidad; de modo que cualquier resultado diferente al de esa imagen interna genera frustración. Por otro lado, es probable que esas emociones afecten a nuestro rendimiento.

¿Qué tal permitirse una fórmula del tipo: aunque salga regular, lo importante es avanzar? Puesto que es precisamente el afrontamiento y la experiencia lo que nos permitirá mejorar paso a paso.

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El coraje de ser uno mismo

Es inútil esperar a que el miedo desaparezca por sí solo: no suele marcharse así como así. Se trata de un malestar oportuno, en el sentido de que nos invita al reto paradójico de aprender a vivir con él para vivir sin él. Podemos quedarnos en casa pensando en nuestro miedo y esperando que mañana ocurra un milagro y nos sintamos bien... o podemos salir y ocuparnos.

Es decir, temer y vivir como vacuna contra el miedo. O como dijo Quevedo: "Siempre se ha de conservar el temor pero debemos aprender a no mostrarlo". Hacer las cosas que tememos acompañados del miedo nos sana.

"Lo haré, con miedo, pero lo haré", dice el aguerrido. La experiencia suele mostrar que no es tan fiero el león como lo pintan y que, a posteriori, los beneficios de hacer lo temido nos enriquecen y fortalecen. Ser valientes significa cuidar del amor y del temor, afrontar, incluso con miedo, las vicisitudes y retos de la vida.

Dejar de exigirnos ser otros para hallar la manera de ser nosotros, aunque más eficientes. El coraje no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de dejarse acompañar por él en la consecución de lo que es importante para uno mismo.

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