Entrevista a Carl Honoré

"No podemos encerrar a los niños en una jaula dorada"

Periodista y autor del best-seller "Elogio de la lentitud", dedicó su obra "Bajo presión" a los efectos de la cultura de la prisa en las relaciones padres-hijos.

Para solucionar un problema (médico, familiar, económico... ) existe una premisa básica: se ha de tener un diagnóstico acertado; de lo contrario se corre el riesgo no solo de no solucionarlo, sino de empeorarlo a pesar de los esfuerzos.

En este sentido, leer a Carl Honoré supone el encuentro con un magnífico ejercicio de diagnosis social.

Hace años tuve el honor de entrevistarlo con motivo de la publicación de su obra Elogio de la lentitud. Y, cuando recomendaba su lectura a un amigo, siempre añadía: merece la pena porque, además de ser el trabajo de un buen periodista, es el análisis de un gran diagnosticador.

Con motivo de la publicación de Bajo presión, también por RBA, me reafirmé en aquella opinión. Y eso que me acerqué al libro con cierto espíritu crítico: ser padre de tres adolescentes y profesor de instituto deja una impronta profunda: cuando leo algo sobre educación no busco filosofías trascendentales, sino argumentos para comprender y mejorar mi realidad cotidiana. Justamente eso nos ofrece Honoré: argumentos para un diagnóstico y propuestas desde una reflexión personal.

Inmersos en la cultura de la prisa, los padres se ven abocados también a sufrir una cultura del pánico, que puede convertir a sus hijos, paradójicamente, al tiempo en víctimas y tiranos.

Por ello, si quien lee a Honoré espera diagnósticos y respuestas, quedará encantado: encontrará muchas y muy buenas. Si lo que busca son soluciones obtendrá buenas pistas, pero con un mensaje claro: no existen las recetas mágicas y cada cual habrá de trabajar para encontrar, dentro de sí, la mejor para él.

De la exigencia al miedo: los efectos de la presión

–¿Vivimos Bajo presión, como afirma el título de su libro? ¿Es realmente hiperexigente nuestra sociedad?
–He peleado mucho con las editoriales y conmigo mismo para encontrar el título ideal, y posiblemente no sea éste, ya que puede sonar a libro de autoayuda, algo que no es. La hiperexigencia creo que es general, aunque en diversos grados. Nos hallamos en un momento único en la historia de la infancia en donde existe la profesionalización familiar: los padres taxi que llevan a sus hijos de una actividad extraescolar a la siguiente.

Estos conceptos se enmarcan dentro de un cuadro más amplio: una sociedad que se alimenta del pánico y vive bajo el ruido del perfeccionismo. En ella impera una cultura que emerge del consumismo y se nutre de la cultura del management: deseamos niños perfectos de los que ser padres perfectos para redondear el retrato. Este panorama se refleja mucho más en las clases medias. De hecho, la idea de profesionalizar la paternidad salió originalmente de estas clases, pero afectará a todos porque las posiciones de este sector son las que dictan el tono general. Aunque haya muchos niños que tienen más déficit de atención que exceso.

–Los padres tienen miedo por los hijos (no saber dónde están, que se accidenten) y de sí mismos (no estar a la altura). ¿Es importante el miedo?
–Sí. Creo que el miedo es el motor de muchas cosas. Y el consumismo no es ajeno a él: nos venden, mediante la publicidad, una falsa idea de la felicidad y nos la creemos.

–Si vivimos con estos miedos, ¿no corremos el riesgo de educar a nuestros hijos de una forma paranoica?
–Es una de las grandes paradojas; toda esta cultura de la paternidad tiene teóricamente como objetivo formar niños creativos, autosuficientes, que sepan correr riesgos y manejar la incertidumbre. Pero el efecto que conseguimos es todo lo contrario: a los chicos que están saliendo de esta fábrica educativa, a la niñez del siglo XXI, le cuesta superar el miedo. Son niños que nunca han tenido la oportunidad de aprender esta lección básica, porque intentamos siempre eliminar el riesgo de sus vidas, lo cual es antinatural, ya que el riesgo existe y es uno de los obstáculos que los chicos tienen que aprender a manejar y entender cómo abordarlo. Si los encerramos en una jaula dorada, evitando el peligro durante doce o trece años, cuando salgan van a tener muchos problemas.

La segunda parte del problema es que los niños sienten y viven el miedo que tienen los padres, y eso lo he experimentado en primera persona: ahora mi hijo va solo al colegio caminando, pero lograrlo fue dar un gran salto; estaba contaminado por la cultura del pánico; en el colegio estaba rodeado de campañas de seguridad, que le indicaban que los adultos desconocidos eran pederastas potenciales y que el tráfico lo iba a matar. Y a esa visión contribuimos también las familias y los medios de comunicación.

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–¿Qué ocurre cuando los hijos detectan nuestros miedos?
–Los niños son inteligentes y buscan el camino más fácil para lograr sus deseos -como dominar a la familia-. Algunos aprovechan esta situación de pánico de los mayores y acaban sin saber aceptar los límites ni las críticas, porque en casa, a causa de esos miedos, no se les han puesto límites. De ahí que alguno no se adapte bien a la escuela, que es un mundo que se organiza a base de compromisos, de fronteras, de reglas.

–El miedo al fracaso también parece importante. ¿El afán de perfección lleva a los padres a intervenir en exceso?
–Sí, y no tanto en función de lo que los hijos necesitan, sino a partir de un plan preconcebido de cómo tiene que ser un niño que triunfe. Muchas familias buscan "niños alfa", o sea, perfectos. Y, en ese cometido, profesionalizarse es uno de los ingredientes principales, lo que significa la pérdida de confianza de los padres.

Todos tenemos una voz interior y conocemos a nuestros hijos mejor que nadie. Hemos de encontrar nuestra forma concreta de educarlos, de organizar el hogar, pero eso no es lo que hacemos. Tenemos la idea de que, en algún lugar, existe una receta mágica para educar un niño ideal. Así que el ejercicio de la paternidad se convierte en un híbrido entre el desarrollo de un producto y un deporte de competición; ha dejado de ser simplemente "algo que ocurre". La mujer se queda embarazada y algunos padres corren a la librería en busca de un libro sobre Cómo tener un niño prodigio.

Recuperar el instinto de aprendizaje

–Pinta las cosas oscuras...
–Son oscuras, pero soy optimista. Estoy convencido de que podemos superar esa falta de control sobre nuestras vidas. Pero hay que trabajar... y no esperar demasiado.

–¿La escuela también colabora en este mundo hiperexigente? ¿Dónde estamos y hacia dónde deberíamos ir?
–Debemos buscar el equilibrio. Los sistemas de evaluación numérica, por ejemplo, con los exámenes tradicionales tienen su función y los números pueden llegar a ser útiles, pero no deberían ser la única medida del alumno. No todo consiste en conseguir las mejores notas. Hay otras formas de evaluar, más "impresionistas", generadas por profesores más implicados en la vida de los alumnos y que permiten indicaciones donde el rendimiento del alumno no queda limitado a una cifra.

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–Si se trata de buscar una excelencia que no esté solo basada en las calificaciones numéricas, ¿cuál debería ser el objetivo de la educación?
–Tendría que cultivar la pasión por el aprendizaje, sobre todo en este mundo donde muchas cosas cambian constantemente, como el mercado laboral. La forma básica de realizarse del ser humano consiste en aprender, y una de las tragedias de la escuela moderna es que básicamente sofoca el instinto del aprendizaje por sí mismo. Se aprende solo para sacar buenas notas. Se necesita generar creatividad, provocar curiosidad, pasión por conocer .. . Hay colegios en que esto se nota, y los niños se ven vivos, pero en la mayoría recuerdan a obreros en una fábrica.

–Entonces también habría que crear materias nuevas. Hay alumnos a los que les interesa la historia, la literatura o las matemáticas, y alumnos a los que no. ¿Qué podemos hacer con los que no están interesados?
–Creo que, en términos generales, si una materia está bien planteada puede ser interesante. Como es obvio, siempre habrá chicos que no la sigan. Un sistema alternativo es darle mayor libertad al colegio y al maestro para definir el programa de estudios; este es un hilo universal en todos los centros de mayor éxito. Y eso es lo que se ha perdido. El establecimiento de un programa de estudios homogéneo absorbe mucho de ese espíritu de libertad y aprendizaje porque alumnos y profesores se obsesionan con las notas y se pierde ese algo mágico y trascendental del aprendizaje puro, cuando maestro y alumno se olvidan de lo accesorio y se centran en el aprendizaje.

–¿Y esa presión parece afectar también al mal llamado "tiempo libre"?
–Esa me parece una de las raíces de nuestros males: nuestra relación malsana y neurótica con el tiempo. Seguimos con la teoría puritana que opina que no hacer nada "útil" equivale a perder el tiempo. Vemos el tiempo como un recurso limitado del que hay que exprimir hasta la última gota de productividad. Si caminas por la calle con tu hija de seis años y ve una araña, se para, la observa, le da un nombre... y eso es lo que necesita su cerebro: realizar un ejercicio mental creativo. Pero nosotros, en vez de consentirlo, la arrastramos hasta la próxima actividad organizada porque no tenemos margen para detenernos. El problema es que despreciamos todo aquello que no valga dinero y que no pueda incluirse en un currículum impecable.

"Tememos a las horas vacías -'¡el tiempo es oro!'- y esa es una idea profundamente contraria a la niñez."

–En Bajo presión narra cómo un padre amenaza con una pistola al entrenador porque su hijo de seis años no juega el tiempo que él considera apropiado. ¿Nos estamos implicando demasiado en las actividades extraescolares de nuestros hijos?
El problema es que este caso no es algo aislado o anecdótico, sino más común de lo que se piensa, aunque no sea con ese grado de violencia. En las actividades deportivas, por ejemplo, la pregunta final es: "¿Has ganado?" y no: "¿Te lo has pasado bien?". Lo mismo que en la escuela, parece interesarnos más la cantidad que la calidad. El problema no son las actividades extraescolares, sino cómo las abordamos.

Existen dos estilos básicos de ocupar el tiempo libre: a uno podemos llamarlo organizado, al otro, informal. Muchos padres, obsesionados por tener hijos que sean los mejores en algo, que destaquen sobre sus compañeros, eligen el estilo organizado. Sin negar los valores que puedan tener ciertas actividades en la educación, yo considero que el niño ha de disfrutar de un tiempo realmente libre, que ti mismo debe aprender a organizar y gestionar de un modo informal.

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¿A qué deberían jugar los niños?

–Suponemos que eso no implica dejar que los niños pasen horas jugando con una consola o el ordenador, ni siquiera a juegos considerados pedagógicos...
Lo que educa realmente no son los juguetes sino el juego. Las nuevas tecnologías son magníficas para el desarrollo, pero trabajar en multiáreas y manejar gran cantidad de datos no sirve de mucho si se carece de recursos para elaborarlos. Habituados a estímulos constantes, muchos de esos niños luego no son capaces de concentrarse más de diez minutos en una sola cosa.

Para muchos padres no es suficiente que su hijo juegue con un palo o una piedra: tiene que tener un fantástico juguete que promete el desarrollo de no sé cuántas habilidades cognitivas y que quizá uno de sus vecinos ya posee. El niño posiblemente se beneficia mucho más con lo sencillo, pero padecemos cierta arrogancia; existe la idea de que el mundo ha cambiado y que todo lo que había antes ya no sirve para nada. Eso es absurdo: los niños siguen teniendo las mismas necesidades básicas para su desarrollo.

El juego es una actividad importantísima en el crecimiento del niño, a ser posible en la naturaleza y asumiendo ciertos riesgos. Podemos estimular a una rata incesantemente en un laboratorio: nunca tendrá un cerebro más versátil que una que haya crecido libre en la naturaleza.

Volvemos de nuevo al riesgo y al miedo a correrlo...
–La obsesión por la seguridad puede resultar inmovilizadora . Nuestros hijos deberían disfrutar de una exposición sensata al riesgo. A veces tropezarán, otras las cosas no saldrán bien; pero es que es imposible la pretensión de que un chico sea constantemente feliz . Asumir la frustración es también una parte importante de lo que enseña el juego.

–Para finalizar, me gustaría que nos comentara una propuesta de su libro: que un remedio infalible para mejorar muchas cosas con nuestros hijos es "cenar en casa".
–Lo que más necesitan nuestros hijos de nosotros es tiempo; tiempo y ánimos. Y parece que hay muchas familias dispuestas a llevarlos a un montón de sitios, a proporcionarles actividades y a comprarles cosas, pero no a compartir su tiempo. Cenar en casa significa que cada día se ha de tener un tiempo dedicado a la vida familiar, a estar juntos, a escucharse mutuamente. Y paciencia, que es un bien cada vez más escaso en nuestra cultura de la prisa.

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