Danza circular de los derviches: en qué consiste y qué se celebra

En esta danza tradicional en honor a Rumi, los bailarines giran en un suave trance que atrapa a la audiencia: una experiencia mística que se celebra anualmente.

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Cada mes de diciembre, desde quién sabe cuándo, diversas cofradías de derviches giróvagos se reunirán en la ciudad turca de Konya para celebrar, justo el día 17, la denominada Noche de bodas en honor a Jalal Al-Din Rumi (1207- 1273), que culmina toda una semana dedicada a recordar la figura y el legado del gran poeta y maestro sufí.

Aunque pueda resultar sorprendente para la mentalidad occidental, esta ceremonia festeja la fecha de su muerte, que significó su unión definitiva con Alá. Él dejó escrito que "nuestra muerte es nuestro matrimonio con la eternidad".

Todavía hoy su obra despierta el interés de numerosas personas de todo el mundo y puede equipararse, tanto por su calidad literaria como por su alcance espiritual, a la de Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz.

Un guía espiritual: Rumi como ejemplo del misticismo islámico

Mevlana, "Nuestro Guía", es el sobrenombre con el que se conoce a Rumi desde que se convirtió, tras conocer al sufí errante Semsi Tebrizi, en uno de los más relevantes poetas y ejemplos vivientes del misticismo islámico.

Los discípulos de Mevlana se llaman a sí mismos mevlevís, que significa "los que siguen al guía".

Se cree que sus primeros seguidores asesinaron a su compañero Semsi Tebrizi, celosos de la influencia que como mentor espiritual ejercía sobre Rumi, quien hasta conocerle, tres años antes, había sido un estudioso de gran reputación.

El suceso provocó tal sacudida en Mevlana que se retiró un tiempo de la vida mundana, periodo tras el cual escribió El Masnavi, su gran obra poética.

Algunos historiadores indican que Rumi dejó escritas las estrictas y complejas normas del ritual mevleví, la danza cósmica que parece situar a la persona en un plano intermedio entre la existencia terrenal y la celeste.

La orden de Gálata: cómo es una semâ auténtica

Otros sostienen, que es materialmente imposible que Rumi viera nunca bailar a los derviches. Sea como fuere, las cofradías (tariqas) siguen vivas ocho siglos después.

En la actualidad es fácil asistir a espectáculos para turistas en diversas zonas de Turquía si uno se deja llevar por el exotismo de unas túnicas blancas reproducidas en alguna octavilla de publicidad.

Suelen ser imitaciones de las verdaderas ceremonias, y las protagonizan bailarines que dominan la técnica del giro continuo y músicos de buen nivel (en Turquía abundan), que conocen muy bien los instrumentos y el repertorio tradicionales.

Pero, en la práctica, vivir la experiencia mística de la semâ con verdaderos derviches no es tan difícil. Basta con acercarse a la calle lstiklal, una de las más animadas de Estambul, y buscar en una de sus esquinas, entre todo su alboroto, el número 15 de la empinada calle de Galip Dede.

Aquí se encuentra el lugar de reunión de los Derviches Mevlevi de Gálata, cofradía que desde 1999 trabaja por conservar y dignificar el legado de Rumi.

Un descuidado jardín es la antesala perfecta para despojarse de todas las preocupaciones y prepararse para vivir un momento que, según cada persona, puede llegar a ser único.

De repente, sentimos que el rumor continuo de las calles de Estambul ha desaparecido y sólo se respira paz, espiritualidad y recogimiento. Una vez dentro de la casa de los derviches, el mundo cambia, las normas son otras.

Mientras el cantante recita lánguidamente los versos de Rumi y los músicos desgranan melodías repetitivas que atraviesan el cuerpo, los derviches inician su ritual de desaparición corporal para alcanzar una nueva vida espiritual, saludando a sus maestros y al entorno que los recibe.

Aparecen cubiertos con un pesado manto negro (hirka, representa la tumba) que oculta la falda, la camisa y el chaleco blancos (tennüre, la mortaja) y tocados con un esbelto sombrero cilíndrico (sikka, la lápida).

Y entonces, de repente, como dirigidos por una mano invisible, empiezan a girar sin descanso sobre dos ejes imaginarios, el suyo propio y el que los une a sus compañeros, acaso como los planetas del sistema solar o los electrones dentro de los átomos.

Con su vestimenta blanca, el bonete, los brazos estirados, la palma de la mano derecha abierta hacia el cielo para recibir a Dios y la de la izquierda hacia el suelo, en realidad no son ellos quienes giran, sino todo aquello que los envuelve.

Expectantes ante su intento de conexión con la divinidad para realizar su función de transmisores, el crujido de la madera pisada y el rumor del continuo volar de sus faldas llega a silenciar la respiración de los asistentes, acaso temerosos de interrumpir su momento de trance y perder su conexión.

Al acabar la semâ, el jardín se convierte en una mezcla de curiosos que no acaban de entender lo que han visto, mevlevís que comentan sus sensaciones y creyentes que se saludan, hablan y se despiden.

Mientras el sol cae al otro lado del Bósforo, los gatos buscan un agujero donde dormir tranquilos. Y en un rincón, como ausentes de todo pero vigilantes, las tumbas de los antiguos maestros de la tariqa, tumbas sencillas en las que sólo destaca el característico sombrero de los derviches y a las que las raíces de árboles centenarios han levantado la tapa como para recordarnos que de cada muerte nace otra vida. O, como dejó escrito Rumi, "nuestra muerte es nuestro matrimonio con la eternidad".

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