Entrevista a Boris Cyrulnik

"Me hice psiquiatra para entender lo que sucedió en mi infancia"

Gema Salgado

El neurólogo, psiquiatra y psicoanalista Boris Cyrulnik es autor de numerosas obras de éxito en torno al concepto de resiliencia.

Su historia personal condujo a Boris Cyrulnik a interesarse por el estudio de la mente humana y a acuñar el concepto de resiliencia, la capacidad de recuperarse de un trauma. Su primera infancia transcurrió en Burdeos, hasta que sus padres fueron deportados a Auschwitz.

Con cinco años perdió a su familia y empezó su periplo por varios centros de acogida, escapando varias veces de la deportación y la muerte, hasta que fue adoptado por una familia con la que recuperó el mundo de los afectos. Luego se convirtió en un psiquiatra famoso.

–¿Eligió el campo de la psiquiatría debido a su infancia traumática?
–Cuando comprendemos lo que nos ha pasado, tomamos posesión de ello; cuando entendemos lo que ha pasado por la cabeza de nuestro agresor, o de la sociedad, tomamos posesión de nuestra identidad y podemos volver a encontrar un espacio de libertad. Por eso vemos como Chile, por ejemplo, se especializa en la construcción de edificios contra los terremotos, o que los italianos se especializan en erupciones volcánicas. De la misma manera, muchas personas que han tenido dificultades psicológicas se interesan por la psicología o la psiquiatría, ya que eso les permite entender los conflictos vividos.

–¿Solo es posible superar el trauma si los demás nos ayudan?
–Yo creo que no podemos vivir solos. Superar un trauma depende, en parte, del apego y del tipo de relación afectiva que tenía la persona antes de vivir dicho episodio; depende de la estructura del trauma y, sobre todo, del apoyo familiar y cultural de la persona después del acontecimiento. Si contamos con estos tres factores, la posibilidad de resiliencia, o de recuperación, es muy elevada. Pero si después del trauma no recibimos ayuda, la resiliencia disminuye.

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–¿Es necesario regresar a los orígenes, completar la propia historia, si se ha vivido una infancia sin padres?
–Hace cuarenta años yo hubiera respondido que lo más importante es mirar hacia adelante, no volver la vista atrás. Es lo que yo hice y, probablemente, lo que debe hacerse para tener un cierto desarrollo… Pero hoy pienso distinto. Creo que nuestra identidad, es decir, la representación que hacemos de nosotros mismos, depende de lo que hemos hecho solos, pero también de nuestra familia y cultura de procedencia; por tanto, necesitamos recurrir a esos orígenes si queremos tener una identidad completa.

De adulto no podía volver a Burdeos porque ese lugar me recordaba la guerra, era una ciudad prohibida.

Mis clases universitarias y las amistades que hice en esa ciudad me obligaron a ir cada cierto tiempo, pero el sentimiento negativo persistía… Pero, en 2008, visitar la casa de la persona que me albergó por un tiempo arriesgando su vida; la sinagoga en la que fui retenido y de la que escapé, evitando ser deportado a los campos de exterminio y escribir sobre ello en primera persona me hizo ver la belleza de la ciudad significó el final de la guerra sesenta años después.

Pero antes de interrogarnos sobre nuestro pasado y completar nuestra identidad hay que repararse a uno mismo.

–Usted comenta que el sentido del humor le ayudó a desdramatizar los momentos más duros de su infancia. ¿La risa es el mejor antídoto contra las penas?
–Cuando tenía unos seis años y medio, fui arrestado por agentes de la Gestapo que llevaban gafas de sol en plena noche, el cuello de la camisa levantado y sombrero, como en las películas malas. Me apuntaban con una pistola. Yo encontré aquella situación absurda y me dije que los adultos no eran personas serias.

Este humor me ayudó a establecer distancia entre el agresor y yo, incluso me permitió que no quedara traumatizado por el arresto.

Yo era consciente de que estaba condenado a muerte, pero el significado de la muerte para un niño de seis años y medio no es el mismo que para un niño de diez o para un adulto.

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–Cuando usted era solo un niño tuvo el valor de esconderse y escapar para evitar la deportación. Tuvo mucha suerte…
–Sí, he tenido mucha suerte. Creo que si la provoqué fue, probablemente, porque los años en que viví con mi madre ella me dio una gran confianza en mí mismo. También es cierto que, sino la hubiera buscado, la suerte no me hubiera sonreído.

–Supongo que el hecho de evitar la muerte en varias ocasiones le ha hecho más fuerte.
–Creo que si no presenté síndrome psicotraumático fue porque logré escaparme y porque de aquel día de enero de1944 guardo el recuerdo de haber realizado una hazaña. Cada vez que volvía a pensar en lo sucedido, me decía: “No te preocupes, todo irá bien, siempre hay una solución”. Por eso me convertí en un buen escalador, podía subir donde quisiera solo con decirme: “Si puedes escalar, podrás cambiar tu suerte. La libertad está al final de tu esfuerzo”.

–¿Cómo logró recuperar el pasado de una forma hilada si era tan pequeño y estuvo en tantos lugares y con diferentes personas?
–Antes de 1980, cuando relataba mis recuerdos, la gente se reía y no me creía. Por eso opté por no dar explicaciones, por silenciar mi pasado. Pero el cambio cultural que apareció en aquella década permitió hablar de la persecución de los judíos libremente.

Tras la publicación de mi primer libro, aparecí en televisión y eso hizo que la gente que me recordaba, quienes me habían ayudado a esconderme, quisieran ponerse en contacto conmigo.

En ese momento pude conocer su testimonio y comprender todavía mejor lo que me había pasado. Pero eso fue treinta años después de que hubiera ocurrido.

–El mensaje positivo de su historia es que incluso en las peores circunstancias podemos sobreponermos y combatir la injusticia. ¿Qué es necesario para que esto ocurra?
–El afecto. Ahora sabemos que los recién nacidos que no reciben afecto no tienen ninguna oportunidad de desarrollarse, que el afecto juega un papel esencial en la inteligencia. Cuando comencé medicina, nos decían que solo contaba la mentalidad científica y que había que eliminar las emociones. Ahora se ha descubierto que el afecto es la fuente biológica de la memoria.

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–¿Qué ha aprendido de las experiencias vividas?
–Me hice psiquiatra porque pensaba que eso me ayudaría a entender lo que sucedió en mi infancia, pero comprobé que los totalitarios suelen ser personas equilibradas, no son enfermos mentales, son buenos alumnos, integrados en el sistema, pero sumisos a una sola representación del hombre, a un jefe totalitario.

El problema es cultural, no psiquiátrico.

Son los periodistas, los escritores, los cineastas, los filósofos, los psicólogos… quienes pueden influir para que las personas se pregunten si puede existir una única representación humana. La respuesta es que no. No hay un solo hombre que pueda dar una teoría filosófica o religiosa que represente a toda la condición humana. Así que solo podemos encontrar soluciones parciales y hacerlo mediante el debate, el encuentro. Aunque no sea perfecto, al menos no será totalitario.

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