Entrevista a Lisa Appignanesi

"Lo que para los hombres se ha considerado normal, en las mujeres se ha llamado desviación o enfermedad"

Elisabet Riera

Escritora y ensayista. Miembro de la Fundación Sigmund Freud de Londres. Es autora de una docena de obras, como Las mujeres de Freud y su último libro: Locas, malas y tristes.

La historia de las enfermedades mentales mantiene una relación muy especial con las mujeres. Ellas han sido protagonistas y, a la vez, prisioneras de diagnósticos que en cada época han servido como eficaz control social.

En la nuestra, las más sintomáticas son las que tienen que ver con la imagen, como la anorexia. Appignanesi aborda el tema en su último libro, todavía inédito en España.

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Entrevista con Lisa Appignanesi

Su libro Mad, Bad and Sad (Locas, Malas y Tristes; Virago Press) es, entre otras cosas, una excelente revisión de la historia de la psiquiatría y de la enfermedad mental. Pero ¿por qué creyó necesario hacer esa revisión desde una perspectiva femenina?
Aunque no solo comento los casos de las mujeres, decidí centrarme en ellas por varias razones. Una es, simplemente, que existen muchos casos fascinantes: no solo los recogidos por los psiquiatras, sino también los que las mismas mujeres elaboraban desde su punto de vista, transmitiéndonos un sentido de sus propias vidas más allá de su existencia como casos. La segunda razón, y la más importante, es que los doctores de la mente, particularmente en esa época que va a caballo entre los siglos XIX y XX, impulsaron nuestro conocimiento de la mente humana investigando en las mujeres: no tenemos más que pensar en Sigmund Freud. Lo que para los hombres era considerado “normal” (por ejemplo, dejarse llevar por el deseo) podía considerarse bastante a menudo como una desviación o una forma de enfermedad de las mujeres. Por último, también quería comprobar si había llegado a buen puerto esa promesa hecha por el movimiento feminista de que, cuando las mujeres se convirtieran en médicos y psiquiatras, dejarían de ser clasificadas tan a menudo como “locas” y “tristes”.

¿Y ha mejorado en algo la situación en este tiempo?
En algunos países, existe una proporción equitativa entre hombres y mujeres ejerciendo las profesiones de la salud, e incluso a veces hay más mujeres. Esto ha llevado a una mayor comprensión de ciertos aspectos de las enfermedades femeninas, pero, a la vez, al centrarnos solo en los problemas de las mujeres, muchas de nuestras experiencias ordinarias se presentan ahora como problemáticas. Así que es un panorama mixto.

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En el pasado, a quienes sufrían enfermedades mentales se los llamaba sencillamente “locos” o, si eran mujeres, “brujas”. Hoy el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (el DSM) describe más de 350 desórdenes mentales. ¿Qué ha cambiado esencialmente?
Han cambiado muchas cosas, en parte debido a la secularización de la esfera pública: las visiones que antes podían considerarse formas de posesión “mística” o “demoníaca” son ahora casos de estudio para los doctores de la mente. También, a lo largo de los últimos doscientos años, la especialidad psiquiátrica no ha dejado de crecer y, con ella, han prosperado las categorías diagnósticas, así como la industria farmacéutica, que se ha desplazado hacia el ámbito de lo mental, adueñándose a menudo de él. Tanto es así que todo un abanico de emociones y comportamientos se han clasificado como enfermedades en lugar de considerarse tal vez excentricidades de carácter o tics, o simplemente estados anímicos. Por ejemplo, la tristeza se ha convertido en depresión, y la timidez, en fobia social.

¿Cómo moldea la industria farmacéutica nuestra idea de lo que es estar cuerdo y perturbado?
Las farmacéuticas, al prometernos la cura milagrosa, nos han hecho menos tolerantes con nuestros altibajos, tristezas y carencias, de modo que lo que deseamos son dosis rápidas de felicidad, que podemos regular con pastillas. Pero en los ensayos clínicos, aparte de que se minimizan los efectos secundarios, los placebos funcionan casi tan bien como los antidepresivos SSRI, lo que sugiere que lo que nos ayuda realmente es la atención del médico y la esperanza de una mejoría.

Pero, además, usted sostiene que cada época tiene su desorden mental característico...
Cuando estaba investigando, me di cuenta de que cada época tiene sus propias normas fijas sobre cómo comportarse ante la locura. Aquí entra en juego una mezcla de fuerzas sociales, de diagnósticos preferidos y de mera mímesis. Y, a menudo, lo que se considera desorden refleja el orden de la época. Hoy, con nuestro énfasis en la felicidad, la depresión se ha convertido en la más común de las enfermedades. También, como vivimos una época en la que el cuerpo y su apariencia son tan importantes, nos encontramos con una gran cantidad de desequilibrios emocionales y mentales vinculados al cuerpo, como las dismorfias, la anorexia y la bulimia.

El culto al cuerpo característico de nuestra época genera desórdenes sintomáticos, como la anorexia y la bulimia, que sufren especialmente las mujeres.

Usted vincula los desórdenes “femeninos”, como la anorexia, con la idea de pureza. ¿Por qué?
La pureza es una idea dominante en nuestra cultura que ha alcanzado esa importancia a partir del deseo de librarse de su contrario, la impureza. Durante mucho tiempo, la anorexia ha estado vinculada a la idea de no dejar que nada impuro entre en el cuerpo (Freud habría dicho el deseo, el sexo, la penetración), lo que incluye también la comida. Las anoréxicas sufren una necesidad irrefrenable de controlar ya sea su paso a una feminidad con una capacidad maternal totalmente desarrollada, ya sea la ingestión de comida, todavía vinculada con lo que la madre provee.

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Vincula la anorexia a la existencia de problemas con la madre. ¿Podría explicar esta relación?
Cada caso es diferente, pero controlar el cuerpo y lo que entre en él es también una forma de distanciamiento de la madre, que era la que regulaba inicialmente el cuerpo del niño y sus necesidades. Otros problemas relacionados con esto se traducen en el deseo de retrasar el momento de convertirse en una mujer con capacidad sexual y maternal, ya sea por miedo a usurpar el papel de la madre, o a convertirse en lo que la madre es o representa. Además, la madre transmite también algunas imposiciones culturales: ser delgada para ser bella.

“Nuestra época puede necesitar curas más amplias y distintas de las que ofrece la terapia, ya sea verbal o farmacéutica”, dice en su libro. ¿Cuáles son?
Algunos neurólogos afirman ahora que los efectos de los antidepresivos pueden ser emulados realizando actividades en grupo, como correr acompañados o participar en grupos de lectura o en proyectos creativos. Llevamos vidas demasiado a menudo aisladas, o trabajamos en lugares donde se nos exige competir. Hacer cosas con los demás, prestar atención a tareas en común, puede satisfacer necesidades diarias muy simples, y darnos un sentido de por qué estamos aquí.

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