Entrevista con Robert Thurman

"Saber cómo funciona la mente es mucho más eficaz que un fármaco"

Mayra Paterson

Robert Thurman fue el primer occidental en convivir con monjes en el Tíbet. Charlamos con este experto en budismo sobre su historia y cómo ayuda la psicología budista a conocerse mejor.

El apellido Thurman trae resonancias cinematográficas, pero Robert Thurman se labró un nombre mucho antes que la actriz, su hija Uma. A principios de los sesenta, este norteamericano apasionado viajó a la India para ahondar en el budismo tibetano con los monjes exiliados. A su regreso a Estados Unidos, además de traducir numerosos textos y convertirse en una autoridad en cultura y lengua tibetanas, contribuyó a difundir la causa de este pueblo frente a China.

Robert Thurman, un budista pionero

En 1987, Robert Thurman fundó la Casa del Tíbet de Nueva York junto a Richard Gere y Philip Glass. Hoy ocupa la primera cátedra de Estudios Budistas indo-tibetanos de Estados Unidos en la Universidad de Columbia y es autor de varios libros, entre ellos La vida infinita (Ed. La Llave) o El libro tibetano de los muertos (Ed.Kairós)

Vive en las afueras de Nueva York, en una casa en el bosque que empezó a construir él mismo hace 40 años, pues no quería hipotecas. Es padre de cuatro hijos de su mujer actual, Nena von Schlebrügge, y de una hija de un matrimonio anterior.

–¿Quién era Robert Thurman antes de viajar a la India?
–Era un neoyorkino un poco rebelde. Con 17 años abandoné los estudios eintenté unirme al ejército revolucionario
de Fidel Castro
, aunque por suerte no me admitieron: ¡me habrían matado el primer día! Me fui un año a México y luego regresé a Estados Unidos para estudiar lengua inglesa: quería ser escritor. Estando aún en la universidad me casé y tuve a mi primera hija. Pero un día tuve un accidente y perdí un ojo.

Aquello dio un vuelco a mi vida. Sentí que tenía que buscar respuesta a las preguntas que me habían inquietado a raíz de mis lecturas: Hesse, Nietzsche, Wittgenstein, Jung, freud, Erickson… también algunos textos budistas. Fue entonces cuando decidí viajar a la India: tenía la sensación de que allí podría hallar respuestas.

–¿Qué le atrajo del budismo en aquella primera época?
– Me resultaba alentadora la afirmación de que podemos llegar a comprender la realidad y de que esa comprensión nos libera de cierto tipo de sufrimiento. En la cultura de la que yo venía, desde la religión se te pedía una fe ciega, algo que nunca tuve, y desde la ciencia se te decía que podías investigar una pequeña parcela de la realidad, pero que nunca podrías llegar a comprenderlo todo. Yo no me conformaba con estas ideas. Además, veía a mi alrededor mucha infelicidad. Y no quería ir por el mismo camino.

"Me resultaba alentadora la afirmación de que podemos llegar a comprender la realidad y de que eso nos libera de sufrimiento"

El budismo me abría la posibilidad de comprenderme mejor a mí mismo, de comprender mejor el mundo y de contribuir a mejorarlo. Me atrajo también que fuera un sistema muy lógico y a la vez espiritual.

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El primer monje occidental en la India

–Fue el primer occidental en hacerse monje tibetano. ¿Por qué eligió ese camino?
–En cuanto empecé a estudiar los textos y la lengua tibetanos descubrí mi vocación. Me sentí como si hubiera regresado a casa tras haber vagado perdido durante años, y quería profundizar. No había opción de ir al Tíbet, porque estaba bajo el control de los chinos, así que me fui al sur de la India. Allí los monjes vivían refugiados y no se podían permitir acoger a un occidental como yo, pero al final el Dalai Lama me ofreció la posibilidad de quedarme y vivir como monje.

"Me sentí como si hubiera regresado a casa tras haber vagado perdido durante años, y quería profundizar."

Por consejo de mi primer maestro no me llegué a ordenar oficialmente. En la tradición tibetana, si te haces monje, es para siempre. Quizá algún día quieras irte o tengas que hacerlo, me advirtió. Y así fue. Dejé el monasterio tres años después...

–¿Qué recuerdos destacaría de aquella etapa?
–De lo que mejor recuerdo guardo es de la amistad que nació con el Dalai Lama y de nuestras charlas. Yo estudiaba con sus maestros, teníamos una edad similar, y nos reuníamos para conversar sobre filosofía, ciencia, historia, política… también fue para mí maravilloso poder estudiar medicina tibetana.

–¿Qué le llevó a regresar a estados Unidos?
–Se juntaron varios motivos. Yo no tenía un monasterio realmente: en aquella época, en el sur de la India, los monasterios tibetanos se estaban formando. Hoy es posible ir allí y cursar estudios oficiales, pero hace medio siglo era diferente. Además, era muy difícil conseguir un visado de residente. Y, siendo yo norteamericano, los tibetanos se preguntaban por qué no les ayudaba a difundir su situación frente a China o a obtener fondos para los refugiados.

El regreso a EE.UU. en los convulsos años 60

–¿Cuándo decidió dejar también la vida de monje?
–En Estados Unidos, si quería seguir profundizando y al mismo tiempo ayudar a los tibetanos, la mejor opción era trabajar como académico. Si hubiera intentado entrar en la universidad americana con la cabeza rapada y una túnica me habrían tomado por loco. De hecho, mi hija Uma, cuando vio una foto mía de aquella época y con aquella guisa me dijo: "¡Papá, te parecías a Henry Miller travestido!".

También era la época de las protestas por la guerra del Vietnam y del movimiento de derechos civiles… y había muchos problemas con las drogas. Yo sentía que tenía que hacer algo, que tenía que ayudar.

"Cuando mi hija Uma vio una foto de aquella época me dijo: '¡Papá, te parecías a Henry Miller travestido!'"

–Poco después se enamoró y se casó.
–Sí, me enamoré... ¡Perdí el oremus por Nena!

–¿Cómo ayuda el budismo a lidiar con el amor romántico y la vida en pareja?
–El misticismo tibetano, el tantra, te enseña que las mujeres son inteligentes. Eso me permitió estar más abierto y aprender de mi mujer más sobre la vida, ¡y resultó que mi mujer es especialmente inteligente y sabía mucho de la vida!

Seguí ahondando con la familia, aprendiendo, por ejemplo, a no considerar a mis hijos de mi propiedad. En el budismo tibetano, debido al karma, los hijos tienen su propia vida anterior y su propio destino. Tú los acompañas sin intentar oprimirlos, dándoles libertad para que puedan seguir su camino. Intentas ser menos egoísta, aunque no siempre lo consigues...

"En el budismo tibetano, tú acompañas a tus hijos sin oprimirlos, dándoles libertad para que puedan seguir su camino."

Psicología budista para una vida más feliz

–¿Puede ayudar el budismo a afrontar los problemas psicológicos?
–Sí, de hecho la tradición oriental le lleva varios miles de años de ventaja a la psicología moderna. Esta, además, se ha dejado atrapar por un exceso de cientifismo y materialismo. La neurociencia y la neurofarmacología, por ejemplo, identifican la mente con el cerebro y arraiga la idea de que con fármacos, la estimulación de zonas del cerebro u otros medios algún día se logrará controlar la mente. incluso se cree que la iluminación está en el cerebro y que podrá controlarse.

En cambio, la psicología budista propone controlar la mente utilizando la mente. Y creo que los buenos psicoterapeutas saben que ese es el camino: que escuchando a las personas y conociendo su historia se les puede ayudar a reinterpretar sus experiencias y a sentirse mejor, más integradas.

Los fármacos pueden ayudar temporalmente en un desequilibrio grave, pero en general no solucionan el problema. Es mucho más eficaz aprender a cuidarse y conocer cómo actúa la mente mediante la simple observación.

"Los fármacos en general no solucionan los problemas. Es más eficaz aprender a cuidarse y conocer cómo actúa la mente."

–¿Propone aplicar la meditación al proceso terapéutico?
–Meditar no lo soluciona todo: hay personas muy neuróticas para las que meditar puede ser incluso contraproducente. Pero en general puede ser muy útil.

A algunos psicólogos les da miedo la meditación o el budismo porque malinterpretan la enseñanza de vaciarse de uno mismo: creen que el objetivo es debilitar el ego. Un psicólogo, por ejemplo, decía: "La psicología occidental hace que alguien que cree no ser nadie se crea alguien, mientras que la psicología budista hace que quien se cree alguien se dé cuenta de que no es nadie". Esto es muy ocurrente, pero erróneo.

Para el budismo, las personas neuróticas se preocupan demasiado por sí mismas y lo que necesitan es abrirse y conectar más con los demás, no aprender a convertirse en alguien: eso significaría separarse aún más de los demás. Existen experiencias de vacío en las que pareces desaparecer, pero se trata solo de estados temporales en los que tomas conciencia de que tu identidad es flexible, resiliente y que depende de tus circunstancias.

Esto es muy distinto de creer que no eres nadie; al contrario, te sientes mucho más conectado contigo mismo y con el mundo.

"Las personas neuróticas se preocupan demasiado por sí mismas y lo que necesitan es abrirse y conectar más con los demás."

Comprender que formamos parte de un todo

–¿Por qué considera que el estudio del cerebro no es la vía más adecuada para conocer la mente?
–El budismo se lleva bien con la psicología clínica pero no tanto con la empírica, tan influida por la neurociencia y la farmacología. El budismo es empírico, pero no comparte el dogma de que el cerebro produce la mente.

Para el budismo el cerebro es producto de la mente: resulta de la existencia de seres humanos que en vidas anteriores han ido desarrollando mayor altruismo, empatía y sensibilidad.

–Si el cerebro es producto de la mente, ¿de dónde viene la mente?
–La mente siempre ha estado ahí y seguirá ahí. No tiene un principio. La ausencia de principio del universo es uno de los principios del budismo.

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–Habla de la mente como si fuera una mente única y común a todos…
–Desde el punto de vista de la iluminación budista, sí se puede entender que hay una sola mente. Pero eso no está reñido con el hecho de que las personas sientan su individualidad. El sufrimiento aparece cuando ese sentimiento de separación es exagerado.

Tomar conciencia de la unicidad del universo es parte del proceso de iluminación, pero no pasa por negar la individualidad del otro. El budismo defiende la no-dualidad, que no es lo mismo que la unicidad en sentido amplio.

–¿De qué modo ayuda comprender esa no-dualidad?
–Se tiende a creer que la iluminación consiste solo en sentir profundamente la unicidad, y esa experiencia es importante, pero la iluminación, para ser completa, tiene que ir más allá: a la vez que se experimenta la unicidad se ha de integrar un nuevo tipo de individualidad abierta a la otredad, a la individualidad de los demás.

Esto potencia la compasión y empuja a ayudar a quienes se sienten alienados y sufren, para que se den cuenta de que en realidad las cosas están bien, de que no están separados del mundo y de que no hay que temerlo ni luchar contra él, sino disfrutarlo.

"A la vez que se experimenta la unicidad se ha de integrar un nuevo tipo de individualidad abierta a la otredad, a la individualidad de los demás."

–Esto me recuerda en parte al clásico de autoayuda Yo estoy bien, tú estás bien…
–Muchas psicoterapias trabajan bien esta idea, pero algunas, y no digo que sea este el caso, la simplifican. Decirle a alguien que piense en positivo y que así estará bien sirve de bien poco. Algunas personas se conectan con el lado oscuro de la vida y se sienten atrapadas en algo profundo que requiere ir más allá.

Es cierto que en el fondo todo está bien, pero hacer cierto tipo de trabajo es importante. Todo está bien a un nivel profundo, pero no es algo de lo que nadie pueda ocuparse; está en tu naturaleza. Y es a partir de ese estar bien profundo desde el que puedes trabajar y desentrañar tus complejidades.

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Una visión optimista de la vida

–¿El sufrimiento viene de no comprender la realidad?
–Viene de la ignorancia. Cuando comprendes la realidad estás en el nirvana, porque eres libre. Por eso, la ciencia es el principal cometido del budismo. La botánica, la medicina, la nutrición… estaban muy desarrolladas en la India antigua. Observando la realidad los budistas vieron que la mente es el elemento que más influye en la salud, la vida y la sociedad.

El problema es que se han convertido en dogma ideas como que todo lo que existe es materia, que la mente es producto del cerebro o que cuando mueres no eres nada. Desde esta perspectiva darwinista el mundo no tiene sentido: todo es fruto de la casualidad y la arbitrariedad.

–El budismo se considera una filosofía optimista…
–Sí, porque Buda descubrió que la realidad del mundo es el nirvana. A veces se cree que el nirvana está fuera de este mundo. Pero no es así. No hay un "tú" y "yo" absolutos, una esencia que seas tú y otra que sea yo que nos separen. Y la sabiduría reside en trascender la ilusión de que somos seres independientes y darse cuenta de que todo es luz clara, energía, de que todos fluimos en un gran océano.

"A veces se cree que el nirvana está fuera de este mundo. Pero no es así. Buda descubrió que la realidad del mundo es el nirvana."

Meditación y altruismo

–¿Qué preguntas debemos hacernos para avanzar hacia ese grado de conciencia?
–Hay que empezar por buscarse a uno mismo. Puedes pensar que eres tú y que aparte está todo lo demás. Pero obsérvate con atención y pregúntate: y yo, ¿dónde estoy?

Quienes meditan comprueban que el sentido de identidad se disuelve: la desaparición del yo resulta de buscarlo y no encontrarlo. Cuando te das cuenta, se produce la iluminación. Ahora bien, es un proceso lleno de trampas y requiere mucha concentración, porque te buscas en tu interior cuando en realidad estás fuera: eres "ese que busca".

Se podría decir que la meditación es como un taladro: mantiene la naturaleza analítica de la mente fija en un punto para ir abriendo un orificio y llegar a la realidad oculta en las profundidades del ser.

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–¿Cómo puede ayudar en ese proceso de crecimiento la relación con los demás?
–Nos ayuda el altruismo. Las personas más infelices son las que más se centran en sí mismas. Al centrarse en los demás, uno deja de evaluarlo todo en función de sí mismo: si esto me duele, si salgo ganando, si lo mío es mejor… En el momento en que uno se pregunta en qué medida es feliz o le gusta o disgusta algo, la mente empieza a comparar y eso genera insatisfacción.

"Las personas más infelices son las que más se centran en sí mismas. Al centrarse en los demás, uno deja de evaluarlo todo en función de sí mismo."

–¿Y cómo se cultiva esa clase de generosidad?
La generosidad es la mejor manera de relacionarse con lo material, porque implica desapegarse de ello. Cuando uno se aferra a lo material, es fácil que tema perderlo, que sienta que no tiene suficiente o se compare con otros; en cambio, si uno se pregunta qué puede hacer por los demás, deja que lo material fluya a través de sí y esa es una de las mayores fuentes de felicidad.

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–En su libro La vida infinita (Ed. La Llave) invita a abrirse a la realidad de una vida infinita. ¿Por qué habría que creer en ella?
–Creer en la vida infinita no es fácil. Lleva su tiempo. Ahora bien, todo el mundo cree en el principio de la energía que no se crea ni se destruye, sino que se transforma. Si nos fijamos en la naturaleza, todo es continuidad: la planta muere, se siembra la semilla y crece una nueva. No hay un final definitivo. ¿Por qué habría de ser diferente la conciencia?

Hay que pensar críticamente, poner a prueba las propias creencias. La energía se transforma, y la mente es una energía sutil: ¿por qué debería ser lo único que desaparece? Si pudiera llegar a ser nada, ahora mismo tampoco sería nada. ¿acaso se trata solo del cerebro, que nos hace pensar que la mente existe?

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