Entrevista Alain de Botton

"Podemos disfrutar con nuestro trabajo"

Beatriz Barco

Alain de Botton considera que el trabajo puede darnos grandes satisfacciones como la sensación de estar haciendo algo importante para las vidas de los demás o de haber hecho algo por dejar un planeta un poco más sano, más ordenado o más razonable de lo que era al principio.

Junto a otros académicos, psicólogos y escritores, Alain de Botton ofrece cursos y seminarios sobre los cinco grandes temas del día a día: el amor, la política, el trabajo, la familia y el ocio. Pretende descubrir una variedad de ideas procedentes de la filosofía, la psicología, la literatura o el arte que pueden ayudar a las personas a pensar mejor y a ser más felices en su cotidianidad.

–En su libro The Pleasures and Sorrows of Work, usted afirma que el trabajo puede incluso dar sentido a nuestras vidas. ¿De qué forma es capaz de hacerlo?
–Una de las grandes fuentes de satisfacción que da el trabajo es la sensación de estar haciendo algo importante para las vidas de los demás y que, de algún modo, al final de la jornada, hemos dejado un planeta un poco más sano, más ordenado, más razonable de lo que era al principio. No me refiero a cambios enormes; la diferencia puede consistir meramente en lijar la barandilla de una escalera, eliminar los chirridos de una puerta o recuperar el equipaje perdido de alguien.

Para muchas personas, ir a trabajar solo es una manera de hacer frente a las facturas...

En líneas generales, existen dos filosofías del trabajo. La primera corresponde al punto de vista de la clase trabajadora, que considera el trabajo como un recurso económico principalmente. Se trabaja para proveer a la familia y a uno mismo. No se vive para el trabajo. Se trabaja pensando en el fin de semana y en el tiempo libre, y los compañeros de trabajo no tienen por qué ser necesariamente amigos.

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–¿Y el otro punto de vista?
–Ve el trabajo como algo esencial para tener una vida satisfecha. Este es el punto de vista de la clase media, que considera el trabajo de importancia vital para la realización personal y el desarrollo de la creatividad. Aun así, durante miles de años, el trabajo se ha considerado una carga pesada e inevitable... Sí, que había que hacer tan rápido como fuera posible y de la que uno escapaba con la imaginación, a través del alcohol o de la intoxicación religiosa.

Aristóteles fue el primero en afirmar que nadie podía ser libre si estaba obligado a ganarse la vida.

Tener un trabajo era similar a la esclavitud y arruinaba cualquier posibilidad de grandeza. La cristiandad añadió a este análisis la conclusión aún más sombría de que la miseria del trabajo era una consecuencia inevitable de los pecados de Adán y Eva.

–Entonces ¿existen diferencias culturales y religiosas en relación con el trabajo?
–Tradicionalmente, el dogma católico ha reservado la definición de trabajo noble para designar el que llevaban a cabo los curas en su servicio a Dios, y había relegado el trabajo práctico y comercial a una amplia categoría de base desconectada de cualquier virtud cristiana. El protestantismo, en cambio, ha intentado redimir el valor de las tareas diarias afirmando que muchas actividades sin aparente importancia pueden, de hecho, capacitar a quienes las realizan a mostrar la calidad de su alma.

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–¿De qué manera?
–En esta concepción protestante, barrer el patio y ordenar el armario de la ropa estaban relacionados íntimamente con los temas más significativos de la existencia. La humildad, la sabiduría, el respeto y la amabilidad podían practicarse en una tienda tan sinceramente como en un monasterio.

–¿En qué momento se empezó a tener un concepto más positivo del trabajo?
–La valoración optimista del trabajo no surgió hasta el siglo XVIII, la época de los grandes filósofos burgueses. Benjamin Franklin argumentó, por vez primera, que la vida laboral de una persona podía situarse en el centro de su ambición de felicidad. Fue en ese siglo cuando se formaron nuestras ideas modernas acerca del trabajo, al mismo tiempo que tomaban forma nuestros planteamientos modernos acerca del amor y del matrimonio.

–Lugares tan prosaicos como unos almacenes de mercancías tienen, para usted, una parte de belleza que puede inspirarnos para reflexionar...
–El mundo está lleno de almacenes y de fábricas, aunque al hombre de la calle le pasen inadvertidos. No es solamente porque sean difíciles de localizar o estén señalizados con prohibiciones. Algunas de las iglesias de Venecia están igual de escondidas y no por ello dejan de ser frecuentadas.

Lo que los hace invisibles es un prejuicio injustificado que consideraría extraño manifestar sentimientos demasiado intensos de admiración hacia un depósito de gas o una fábrica de papel, o, en general, hacia cualquier otro aspecto del mundo laboral.

En un ensayo titulado The Poet, publicado en 1844, el escritor estadounidense Ralph Waldo Emerson se lamentaba de la definición tan estrecha de belleza suscrita por sus contemporáneos, que tendían a reservar el término únicamente para los paisajes bucólicos. En cambio, Emerson, que escribía en los albores de la era industrial y había observado con interés la proliferación de ferrocarriles, almacenes, canales y fábricas, deseaba que hubiera un espacio también para otras formas de belleza.

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–La gran promesa del mundo moderno fue que seríamos capaces de trabajar menos horas. Sin embargo, parece haber sucedido lo contrario...
–La vida no es menos competitiva ni tiene menos peligros ahora que en tiempos de gran pobreza. Esta es la paradoja de la modernidad. ¿Dónde ha ido a parar la libertad, el dinero y el tiempo necesarios para poder contemplar tranquilamente el cielo de los atardeceres? La respuesta está en el hecho de que, en una situación de mercado libre, podemos hacer comparaciones directas entre distintos productores, y esta competencia nos fuerza a todos a ir más rápido si no queremos arriesgarnos a la extinción. El resultado es una gran riqueza combinada con un gran miedo y con una sensación de que se nos ha escamoteado la tierra prometida.

–Compara la importancia del trabajo con la del amor, y explica que nuestra actitud hacia estas dos esferas de nuestra existencia ha evolucionado de forma paralela. ¿Qué quiere decir esto exactamente?
–En la época premoderna, todo el mundo asumía que no se podía estar enamorado y casado a la vez: el matrimonio era algo que uno hacía por razones puramente comerciales, para dejar en herencia la granja familiar o para asegurar la continuidad dinástica. Las cosas ya iban bien si se mantenía una tibia amistad con la esposa. Mientras tanto, el amor era algo que uno hacía con un amante, de modo extraoficial, y con un placer desligado de las responsabilidades de la crianza de los hijos.

Sin embargo, los nuevos filósofos del amor argumentaron que uno podía aspirar realmente a casarse con la persona amada, en vez de mantener con ella solo una relación. A esta insólita idea se añadió la noción, todavía más peculiar, de que uno podía trabajar por dinero a la vez que para realizar sus sueños. Esta idea reemplazó la presunción de que el trabajo diario servía meramente para hacerse cargo de los gastos.

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–¿Y cree que el trabajo y el amor tienen la misma importancia para nosotros?
–Creo que sí. Somos los herederos de esas dos creencias tan ambiciosas: que se puede estar enamorado y casado, y que se puede disfrutar con el trabajo.

–Su obra más reciente se titula Los placeres y las penas del trabajo. ¿En qué se concretan esos placeres?
–Aunque creemos que la razón de ser del trabajo tiene que ver sobre todo con ganar dinero, a menudo esto solo es una excusa para hacer otras cosas: levantarse por la mañana, charlar en la cocina de la oficina...

El trabajo nos distrae, nos mantiene alejados de nuestras ansiedades inconmensurables, centrados en unas metas relativamente pequeñas que están a nuestro alcance.

Cuando damos la máxima importancia a una cita prevista o nos afanamos en preparar un Power Point, y no pensamos mucho en el propósito general, tal vez estamos poniendo en práctica una singular sabiduría de la oficina.

–¿Qué pasaría si ya no necesitáramos trabajar para sobrevivir?
–Las clases medias –millones de personas en todo el mundo– ya no trabajan por la supervivencia sino por la satisfacción y el estatus. Pero esto no quita que la lucha sea menos importante; es decir, que seguiremos trabajando y no nos iremos de vacaciones perpetuas…

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