El bucle del miedo

¡No huyas! Evitar situaciones no siempre es lo mejor

Bet Font y Víctor Amat

Eludir ciertas situaciones que nos provocan temor o ansiedad puede brindar alivio inmediato, pero no siempre es la mejor opción: perdemos confianza y alimentamos nuestros miedos.

Si hay algo que verdaderamente distingue al hombre de los otros seres vivos es una capacidad innata para complicarse la vida. Es difícil hallar un solo animal que pudiendo hacer lo fácil haga lo difícil.

En cambio el ser humano ha demostrado ser muy creativo a la hora de generar situaciones y laberintos psicológicos que, en muchos casos, se acaban convirtiendo en callejones sin salida. Y en el humano arte de amargarse la vida, quizá la técnica más sofisticada y dañina sea la que consiste en no enfrentarse a lo que tememos, con lo que al evitar así un problema se crea otro mayor.

Todos hemos vivido experiencias a las que nos enfrentamos con poco éxito o en las que la derrota fue tan dolorosa que decidimos no abordarlas de nuevo.

La más pequeña de las menudencias puede mutar en un dragón incontrolable cuando alguien se acostumbra a evitarla. Pero no siempre somos conscientes de que el mero hecho de eludir una situación temida una y otra vez puede conducirnos al infortunio y a la pérdida de confianza.

Cada vez que optamos por la evitación, esta nos devuelve una imagen de nosotros mismos herida y debilitada.

Por ello, cuando la vida nos vuelve a poner frente a situaciones parecidas, no es solo el recuerdo de nuestro pasado lo que nos duele, sino el temor a fracasar en el futuro.

Qué pasa cuando no afrontamos nuestros miedos

Una escena típica de las películas de miedo es aquella en que un personaje oye un ruido y en vez de huir decide investigar, lo que por lo general le cuesta la vida. La escena nos parece absurda, puesto que el sentido común dicta todo lo contrario: si temes algo, evítalo.

¿Por qué pasar un mal rato? ¿Por qué arriesgarse a no estar a la altura y a descubrir que no eres aquello que creías ser? No resulta agradable percibir que la vida se nos resiste, por eso nos apartamos de lo que nos produce dolor, sufrimiento o incertidumbre.

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El problema es que, de persistir en ello, la aparente salvación es solo temporal y la confianza en uno mismo queda malherida. Y e que, como decía Honoré de Balzac: "La renuncia es un suicidio cotidiano".

O expresado de otra manera, el método de la evitación perpetúa y empeora nuestro miedo, ya que al perder la confianza en nosotros mismos nuestra energía es cada vez menor, mientras que lo que nos atemoriza se hace cada vez más grande.

Cuando hablamos de la necesidad de afrontar lo temido no hace falta recurrir a acciones grandilocuentes o retos heroicos. Basta con reconocer la cantidad de decisiones, acciones y cambios que aplazamos por miedo a no ser capaces de abordarlos con éxito.

¿Qué hace que posterguemos mejorar nuestros hábitos dietéticos? ¿O aclarar con alguien una cuestión personal que nos preocupa? ¿Por qué cuesta tanto estudiar con antelación en vez de esperar a última hora? Con todo esto, no es extraño que desarrollemos teorías para tranquilizarnos, lo que puede conducir al más perverso de los engaños: el autoengaño.

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El síndrome del todo o nada

Muchas de las personas que nos consultan nos presentan un dilema común que les hace sufrir. Lo llamamos el "síndrome del todo o nada". Se trata de una disimulada manera de evitar aquello que se teme.

"Mañana empezaré la dieta, iré a Pilates, seré más organizado, haré un planning y me pondré manos a la obra...". Este planteamiento, que parece muy racional en principio, suele esconder la imagen mental de "ser perfecto" o "hacerlo perfecto".

El problema es que la persona, ante el gran trabajo y esfuerzo que tendrá que afrontar, se ve en un aprieto: ser perfecto será tan costoso que quizá no valga la pena esforzarse. Y piensa: "¿Para qué empezar?, ¡seguramente fracasaré!". Con lo que ese prometido mañana nunca acaba de llegar.

La postergación es una forma sutil de evitación. Si descubrimos que estamos posponiendo las cosas una y otra vez puede ser útil detenerse a pensar qué es lo que estamos temiendo. El temor y la evitación se potencian entre sí.

El filósofo y psicoterapeuta Bernardo Ortín suele contar en sus talleres que el miedo es un fantasma muy bien educado. Si le decimos: "No, ahora no, por favor", él aguarda, respetuoso, tan solo para presentarse más grande y temible la próxima vez. Nuestra renuncia alimenta el miedo y lo hace crecer, a veces hasta límites insostenibles. Cuando eso ocurre la persona puede caer en el pozo de la angustia.

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Cuando la ayuda no ayuda

La cuadratura del círculo de la evitación llega con los ayudantes bienintencionados en quienes descargamos parte de la responsabilidad de afrontar nuestros miedos. "Solo conduzco si él me acompaña" o "puedo hacerlo pero tomo medicación antes de ir" son frases que suelen oírse con frecuencia.

Algunas personas, por ejemplo, solo salen de casa tras asegurarse de que llevan una pastilla consigo. Esto facilita en un primer momento afrontar determinadas situaciones pero, cuidado, porque cuando solo se puede afrontar lo que da miedo si se recibe esa ayuda, se podría estar alimentando la propia incapacidad.

Un ansiolítico ayuda a encarar una reunión estresante. Parece que funciona. El medicamento envía un mensaje directo al inconsciente: "Yo te calmo". Pero también le susurra: "Tú solo no podrías. Dependes de mí". ¿Cuál de esos dos mensajes cala más hondo? ¿"Te calmo" o "Tú no puedes"?

La amante esposa que siempre acompaña al marido que teme conducir desde que sufrió un percance le sugiere dos mensajes. El primero es: "Te acompaño porque te quiero"; pero el segundo podría ser letal: "Solo, no puedes".

¿Eso quiere decir que no podemos recibir asistencia o medicación? Claro que podemos, a condición de que se trate de una ayuda temporal, no permanente.

Hay que estar alerta para ser conscientes de cuándo esas ayudas son la única manera de afrontar una situación, pues ahí está presente la evitación: la persona renuncia a hacerlo sola.

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Trampas en las que es fácil caer

Otra manera de caer en la trampa de la evitación consiste en tratar de buscar respuestas y certezas a la incertidumbre que genera el miedo. Ante la duda, una persona busca toda la información posible antes de actuar, pues cree que si no lo piensa lo suficiente podría incurrir en un error fatal.

Busca algo que le garantice que estará cien por cien segura. Pero la búsqueda de la seguridad es la mejor amiga de la evitación. "Si supiera seguro que" es lo que suele decir quien evita enfrentar una situación.

Es habitual intentar conjurar el miedo a través del pensamiento. Cuando las dudas crecen pueden desbocarse: "Viajar en avión es peligroso, prefiero no volar"; "Me agobia la gente, así que mejor no salgo". Refugiarse en casa puede ser una solución, pero también ahí acechan los peligros: caídas fortuitas, mareos, ataques de corazón, intrusos... todo cabe en la imaginación, con lo que la persona cada vez renuncia a más cosas.

Si el miedo aumenta con él crece nuestra indefensión. Podemos caer en comportamientos absurdos a fin de evitar el dolor o aquello que pensamos que nos aportará sufrimiento o dificultades. Para ilustrarlo, Paul Watzlawick, creador de lo que hoy se conoce como Terapia Breve, solía contar la historia del hombre que espantaba elefantes dando una palmada cada pocos segundos.

Cuando fue interrogado por el motivo de tan extraño proceder, respondió: "Lo hago para ahuyentar elefantes". "¿Elefantes? ¡Pero si aquí no hay ninguno!"; a lo que replicó: "¿Lo ve? ¡Funciona!". El hombre de la historia cree estar seguro porque ha logrado evitar una situación no deseada, sin comprender que precisamente ese exceso de control evitativo es lo que hace la situación insostenible.

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Cómo salir del círculo vicioso de la evitación

Renunciar a ciertas acciones genera seguridad, pero también puede empobrecernos. Existen actitudes más constructivas:

  • Date cuenta de que estás evitando. ¿Por temor a algo estás dejando de hacer cosas que antes hacías? ¿Hay algo que suscita tu curiosidad y que te gustaría hacer?
  • Revisa la cuestión. El hecho de renunciar, ¿te ha ayudado a mejorar ese asunto a medio o largo plazo? Esa evitación, ¿aumenta o disminuye tu autoestima? Haz una lista de cosas que evitas y ordénala según el esfuerzo que suponga afrontarlas.
  • Una buena idea es empezar a hacer una de las cosas de esa lista cada semana, empezando por lo más sencillo. El objetivo no es hacerlo bien, simplemente es hacerlo. De hecho, hacer algo medio mal es preferible a no hacerlo.
  • Premiamos los intentos, no los éxitos. Eso implica que podemos fragmentar una tarea en una serie de pequeños pasos. Por ejemplo, si quiero ordenar un cuarto caótico puedo empezar por hacer la cama. Si quiero empezar a ir al gimnasio, un primer paso es preparar la bolsa y presentarse en la puerta del edificio sin necesidad de entrar.
  • Si tienes muchas dudas y no te das cuenta de que en el fondo son un modo de evitar, puedes elegir algún asunto sencillo y decidir a cara o cruz. Cuando hay muchas opciones –y el tema no es muy relevante–, usar un dado es una buena solución: sus 6 caras permiten numerar las opciones. Simplemente se sigue lo que el azar proponga.
  • Recuerda que "nadie nace maestro", de modo que solo afrontando y aprendiendo se llega a conseguir lo que se desea. Cuentan que un turista le preguntó a un neoyorquino cómo se llegaba a la sala de conciertos del Carnegie Hall. A lo que este respondió: "¡Practicando!".

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  • Acepta el miedo al fracaso. Como hemos podido comprobar, tras la evitación se oculta el pánico a fracasar o a no conseguir lo que se quiere. En las relaciones, por ejemplo, el temor a ser rechazado o abandonado puede ser lo que impide afrontar las dificultades. Tras esa cortina de miedo, dudamos y nos preguntamos cómo hacer algo, intentando asegurarnos de que todo irá bien. A veces, buscando la manera perfecta de realizar algo, pensamos y pensamos obsesivamente, lo que genera un agotamiento que impide avanzar.

    Ese estancamiento es una alambicada manera de seguir evitando... lo que nos debilita aún más. Detrás de la evitación subyace una lógica bien sencilla y humana: "Ya que no lo haré bien, mejor no lo hago".

Tenemos la fantasía de poder realizar cualquier cosa de manera exitosa. Poder conducir tranquilo cuando uno es un manojo de nervios, aparentar calma en una situación estresante, ser valiente en una situación que cohíbe...

  • Participar es lo importante. En todas estas circunstancias, y en muchas otras, sentir que no estaremos a la altura imaginada puede hacer que arrojemos la toalla incluso antes de empezar, sin darnos cuenta de que a veces, para alcanzar la propia estima, basta con participar.

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Vivir y experimentar te da fuerza

Hoy tenemos que aprender a vencer; mañana ya venceremos. O como dijo la escritora Mary Anne Evans: "Nadie se gradúa en el arte de la vida sin haber fracasado". ¿Qué evitamos? Tomemos conciencia de una vez por todas de las cosas que dejamos de afrontar y démonos cuenta de cuáles son nuestros fantasmas.

Decidir poner punto y final a la evitación es un trabajo que, sin duda, nos reportará grandes beneficios. Hemos de recordar que si el círculo de la evitación nos debilita y merma nuestra estima, empezar a afrontar lo temido, incluso con pequeñísimos pasos, tiene el efecto contrario.

Hacer cosas que habíamos dejado de realizar es un bálsamo para la autoestima y probar otras que generan cierto recelo puede convertirse en una experiencia sanadora.

Preguntémonos: ¿qué mínima cosa podría empezar a ensayar hoy mismo? Si lo que lleva a evitar determinada empresa es el miedo a no tener éxito, la propuesta terapéutica sería: "Hazlo, no intentes acertar, que no te importe demasiado si no sale bien del todo".

Tal vez se trate de asistir a unas clases de baile y darse permiso para hacerlo regular. O permitirse afrontar una situación con nerviosismo o sin mucha experiencia. Pensar en que vamos a hacer algo bien a la primera es una ilusión absurda.

Veamos, pues, el miedo como una invitación para experimentar y ampliar de ese modo nuestra manera de vivir, disfrutando también de los aprendizajes que, como tesoros extraordinarios, se ocultan tras los errores.

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