Beneficia a todos

La generosidad es un requisito para una vida abundante y feliz

Teresa Morales

Ofrecer atención o ayuda de forma desinteresada crea una onda expansiva de felicidad. No solo beneficia a los demás, sino que te conecta con tu bondad y te ayuda a superar la desconfianza y el miedo.

Ya lo dice el refrán: manos que no dais, ¿qué esperáis? La sabiduría popular recuerda de ese modo que sin generosidad no es posible disfrutar de una vida amable y abundante. Sin embargo, algunas personas argumentan su falta de solidaridad hacia los más desfavorecidos diciendo que ellas tampoco atraviesan una situación como para tirar cohetes.

En general parece más natural pedir que dar, como si solo una vez que las necesidades básicas están cubiertas (trabajo, ingresos, tiempo libre, felicidad...) fuese posible ofrecer a los demás una parte de lo que sobra. ¿Pero realmente es preciso obtener primero todo lo que uno desea para estar en condiciones de echar una mano a los demás?

¿Y si fuera cierto eso de que sin generosidad no puede experimentarse la auténtica plenitud?

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Aprender a dar y a recibir

La oración de Francisco de Asís pone en palabras una sabia aspiración: "Que no busque yo tanto ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar. Porque es dando como se recibe, olvidando como se encuentra, perdonando como se es perdonado...".

En la India, la ley del karma diría que una persona recibe en consonancia con aquello que da. Es decir, que si alguien aduce excusas para no dar algo, es muy probable que los demás le expongan, a su vez, sus propias razones por las que les resulta imposible echarle una mano.

Y al contrario: si ofrecemos una apertura y una disposición para favorecer a quien está junto a nosotros, es fácil que esa entrega retorne como el sonido de un eco. Eligiendo esa vía obtendremos abundantes motivos para sonreír. Día a día, la vida nos sorprenderá con sus dones, ya que todo el bien que ofrecemos tiende a volver a nosotros multiplicado.

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La vida te devuelve lo que le das

Gandhi dijo: "Debes convertirte en el cambio que deseas ver en el mundo". Esa máxima podría aplicarse a todos los aspectos de la vida. Si queremos obtener de los demás riqueza, demos riqueza. Si queremos obtener amabilidad, demos amabilidad. Si queremos obtener amor, demos amor.

En una sociedad donde impera la creencia de que dar sin pedir nada a cambio es absurdo, llevarlo a la práctica puede parecer una tarea de titanes. Pero en realidad resulta tan revolucionario como sencillo.

Un primer paso es concebir la vida como un espejo y entender que la imagen que la superficie refleje será la que cada uno ponga delante. ¿Acaso va a devolver el espejo una imagen de alegría, bienestar o generosidad si nos revestimos de tristeza, lamentos o egoísmo?

La actitud de apertura comienza ennuestras relaciones con los más cercanos. Puede ser útil hacerlo guiado por uno de los principios del budismo: "Actuaré en beneficio de los otros seres tanto como me sea posible".

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Trabajar la generosidad

¿Cuáles son esas actitudes con las que podemos empezar a trabajar la verdadera generosidad? Algunas resultan tan elementales como:

  • Desear el bien de las personas que nos rodean en cada momento, incluso si no las conocemos.
  • Ofrecer ayuda aunque no la pidan en situaciones en las que sabemos que esa pequeña acción puede facilitar la vida al otro, como cuando un amigo parte de viaje y necesita dejar su mascota al cuidado de alguien.
  • Cultivar la amabilidad en situaciones cotidianas con desconocidos, como ceder el turno en el supermercado, pagarle el billete del autobús al pasajero que no lleva suelto o ayudar a un conocido con la mudanza sin necesidad de que nos lo solicite.
  • Purificar las intenciones de nuestras acciones, pues muchas veces no se trata tanto de qué hacer sino de la intención con la que se actúa. Y la prioridad sería en este caso el bien ajeno. Por ejemplo, aceptar de buen talante a un invitado sorpresa en vez de tomarlo como un incordio es un ejemplo que nos recuerda aquello de no hagas a los demás aquello que no quieres para ti.
  • Priorizar la felicidad del otro por encima de la propia, teniendo presente que, como dice el Dalai Lama, "un buen corazón es la raíz y la fuente de un progreso verdadero".

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La generosidad nos hace más felices (a todos)

Todo aquello que manifestamos y pensamos genera en cierto modo una onda expansiva a nuestro alrededor que regresa a nosotros como un bumerán, teñida de las mismas vibraciones.

Lo que sembramos hoy rendirá su fruto mañana, de ahí que la solidaridad y la empatía en las relaciones sociales sean imprescindibles si deseamos sentir a diario que nuestra vida es plena y abundante en emociones y sensaciones positivas.

"Aunque parezca irónico –afirma la psicóloga Sonja Lyubomirsky en La ciencia de la felicidad (Ed. Urano) – ser amable y obrar de buen talante, incluso cuando se trata de algo desagradable o uno no espera ni recibe nada a cambio, también puede redundar en beneficio propio; porque ser generoso y estar dispuesto a compartir hace feliz a la gente".

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El doctor Dan Baker Cameron Stauth comparte esa opinión: "Hacer algo bueno es un acto agradable en sí mismo. Nos despierta el amor y nos vincula a los demás. Cuando se forma este vínculo no solo experimentamos un mejor sentimiento por la persona a la que ayudamos, sino también por todas las personas en general. Y disminuye cualquier desconfianza que hayamos podido tener", explica en su libro Lo que sabe la gente feliz (Ed. Urano).

Otros beneficios de ser generoso

Pero los beneficios para quien da van mucho más allá:

  • Genera una imagen más altruista y generosa de uno mismo, lo que aumenta la autoconfianza.
  • Más optimismo y sensación de ser útil a nivel social.
  • Promueve la empatía hacia los demás y ayuda a crear vínculos más estrechos.
  • Contribuye a difundir una imagen de amabilidad y, en consecuencia, los demás acaban correspondiendo de forma parecida.

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Romper el miedo a abrirnos a los demás

Tal como defienden los especialistas, dar genera infinitas ventajas, empezando por el hecho de que aumenta nuestra confianza y nos aporta más felicidad y plenitud. La pregunta sería: ¿por qué no lo llevamos a la práctica más a menudo? La respuesta depende de cada persona pero un denominador común suele ser el miedo, el enemigo número uno de la generosidad.

Para muchas personas relacionarse con desconocidos constituye una oportunidad de aprendizaje y enriquecimiento personal. Sin embargo, en ocasiones, otras pueden ver en "los demás" una amenaza, un competidor o un oponente del que es mejor no fiarse por si acaso. De ese modo tienden a distanciarse y aislarse por miedo a que esas otras personas les controlen, les hagan perder ciertos límites de la intimidad o les priven de algo, ya sea en sentido material o emocional.

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Es obvio que con esa desconfianza resulta muy difícil abrirse y mantener una actitud desprendida. Christopher Hansard cuenta en El arte tibetano de la serenidad (Ed. Urano) que, a menudo, nos fijamos en lo que nos distingue de los demás en vez de fijarnos en lo que tenemos en común.

"En lugar de relacionarnos con los demás con una actitud afectuosa, lo hacemos con desconfianza, hostilidad o dudas, porque en el fondo tenemos miedo… Vivimos en tiempos llenos de ansiedad, y esto significa que el miedo se está convirtiendo en una parte normal de la vida para muchas personas", dice.

Por extraño que parezca, este tipo de recelo solo se cura haciendo un acto de fe y entregándose al 100% sin cautelas. "Creer constantemente en la bondad de los demás permite transformar el miedo en serenidad. Y ante la serenidad, el miedo pierde su fuerza y evoluciona en conocimiento, amor y comprensión ", afirma Hansard.

El amor parece, si no el motor, sí el ingrediente necesario para elaborar la receta de la felicidad propia a través de ofrecer lo mejor de uno mismo a los demás en cada momento. A veces, con gestos tan simples como sonreíra los compañeros de ascensor y dar los buenos días o buenas tardes, por el mero placer de crear armonía en ese instante.

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Saber recibir también es generoso

Muchas personas se desviven por sus amigos o sus familiares y, sin embargo, cuando necesitan ayuda, levantan un muro y rechazan todo lo que venga de fuera. Con esta actitud impiden que la vida sea generosa con ellas y, lo que es peor, alimentan la tendencia a la queja al considerar que dan mucho y reciben poco a cambio.

Hemos de darnos la oportunidad de recibir. Pero, ¿cómo?

  • Acepta y agradece los elogios desinteresados: tú también te los mereces.
  • Ser receptor de ayuda ajena es una forma de potenciar que el otro desarrolle su generosidad. Permítelo.
  • Recibir es un acto de confianza en los demás y eso potencia las relaciones solidarias. Promuévelas.

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El perdón libera

¿Pero qué sucede ante una persona que nos ha ofendido o con la que hemos mantenido una discusión o nos sentimos distantes? Tal vez sean estas las situaciones en que más cuesta superar el orgullo y llegar a ser capaces de comprenderse mutuamente.

Son momentos en que hay que hacer un esfuerzo y ampliar el punto de vista, buscando una perspectiva más espiritual y menos psicológica, dado que solo podremos acercarnos a través de la aceptación y el perdón, si fuera el caso.

"En la práctica no importa si una persona se merece que la perdones. El perdón es un regalo que te ofreces a ti mismo porque al perdonar te desprendes de la carga de dolor y amargura que llevabas dentro", explica Hansard.

Una vez libre de esa ansiedad y sensación de malestar, resulta más fácil compartir. Dar y entregar felicidad, ofrecer lo que nos llena o lo que consideramos bueno para alguien con el propósito de regalarle bienestar, contribuye a que la felicidad aparezca en nuestro entorno a consecuencia de nuestras acciones.

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Todos estamos conectados

Mantener esta actitud durante un día o una semana puede parecer fácil, pero el reto consiste en saber ser generoso constantemente como una dinámica habitual en nuestra vida.

Una de las herramientas útiles para conseguirlo es ser conscientes de la interrelación de todos los seres, que se hallan conectados en una gran trama. Desde ese punto de vista no existe la individualidad como algo separado del resto, sino como una parte del engranaje total, por lo que las acciones que llevemos a la práctica con otra persona estarán siendo, en cierto sentido, acciones que nos dedicamos a nosotros mismos.

"Si hieres a tu oponente, te hieres a ti mismo", decía Morisei Ueshiba, creador del arte marcial del aikido, en su obra El arte de la paz (Ed. Kairós). Y también lo recuerda con ironía aquel adhesivo que solía verse en los coches: "Que Dios te dé aquello que deseas para mí".

Transmitir felicidad, amor y alegría hará que la vida sea más sencilla, más plena y abundante para uno mismo y para todos.

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