Atención plena

Vivir con presencia es toda una aventura

Araceli Domínguez

Todos sabemos lo que es vivir alegre, abierto a los demás y conectado con los sentimientos. Potenciar ese estado de atención plena en lo cotidiano es todo un reto.

Vivir con presencia supone estar atentos a la frescura del momento para experimentar la claridad que proporciona una mente espaciosa y en calma. Eso permite desenvolverse de una manera fluida, aceptando la realidad tal como es, sin compartimentarla o rechazar una parte.

Todos podemos cultivar la capacidad para permanecer en ese espacio, donde el mundo se presenta amistoso y nítido, y donde el corazón se siente a gusto y se expresa con naturalidad, por encima del rumor de los pensamientos. Es importante recordar e interiorizar que ese estado de presencia no es ajeno a los quehaceres del día a día.

De hecho, para alcanzar ese bienestar interior es prioritario vivir el momento presente con plena conciencia de que ese momento es lo único que en realidad tenemos. Nos entregamos entonces a la vida con confianza, sabiendo que esta siempre nos apoya, sean cuales sean las circunstancias.

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No es fácil describir la presencia. Tal vez es más fácil sentirla. Últimamente se está popularizando el término mindfulness, acaso la práctica que más se le aproxima.

Miguel Ángel Vallejo, catedrático de psicología, describe así el mindulness: "Puede entenderse como atención y conciencia plena, presencia atenta y reflexiva. Los términos atención y conciencia hacen referencia al momento concreto y están incluidos de lleno en su significado. Plantea, por tanto, la prioridad de centrarse en el momento presente de forma activa y reflexiva. Es una opción por vivir lo que acontece en el momento actual, el aquí y el ahora, frente al vivir en la irrealidad o el soñar despierto".

No es nada nuevo. Richard Risso, un gran divulgador de la técnica del eneagrama, lo expresa de esta forma: "Las tradiciones sagradas de todo el mundo se unen para insistir en la importancia de ser testigos de nuestra transformación. Se nos llama a estar vigilantes, a observarnos y a ser conscientes de nosotros mismos y de nuestras actividades. Cuando somos capaces de advertir lo que estamos haciendo en el momento presente, de experimentar el estado actual totalmente y sin juicios, empiezan a desvanecerse las viejas pautas".

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1. Calma y entrega

Si se es capaz de sentir hondamente que nuestra presencia ya está aquí, llenando cada momento sin dejar sitio para otras cosas que ya no están o que puede que estén más adelante, es posible no solo desarrollar esa presencia, sino afianzarla en el entorno más cercano.

Estando atentos a los acontecimientos de la propia vida y devolviendo a lo cotidiano su valor básico se asienta ese estado y se fortalece el ánimo para desenvolverse con lucidez y serenidad.

De esta manera lo que parecía difícil se hace fácil y cada día, cada situación, cada instante, se mira con una perspectiva más amplia. Se vive entonces solo lo que en ese momento se nos ofrece –precisamente y no por casualidad– para explorarlo y asistirlo con atención amorosa y sin enredos. Es aquí donde uno tiene la sensación de que se muestra el sentido de la propia existencia. La maestría en el arte de vivir con presencia está en la capacidad para cooperar con calma y entrega y aceptar de manera incondicional el momento que se vive sin juzgarlo.

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2. Situaciones imprevistas que nos ponen a prueba

Cualquier persona puede experimentar la plenitud del momento aprendiendo a estar más despierta en lo que le toca, "cooperando con lo inevitable", como decía el jesuita Anthony de Mello.

La vida nos sorprende poniéndonos en situaciones que nos ayudan a tomar conciencia de nosotros mismos, que nos sirven para conocernos y valorarnos, que nos descubren a un ser capaz de disfrutar de lo cotidiano como si de algo extraordinario se tratase.

La magia sobreviene, con caricia al corazón incluida, cuando una persona se presta con disponibilidad a percibir y aceptar lo que la vida le ofrece a cada instante.

Con frecuencia se cree, en una especie de huida hacia delante, que solo es posible disfrutar o encontrar cierto consuelo imbuidos en los estímulos que vienen del exterior. Pero en ocasiones la vida nos lleva por derroteros que nos empujan a mirar hacia dentro, invitándonos a retomar lo más sencillo. Lo que en otras ocasiones podía resultar tedioso o producir rechazo ahora atrae poderosamente a la presencia.

3. Ponerse retos en el día a día

Hay personas que convierten en arte de estar presentes actividades que a otras les resultarían un engorro. Un ejemplo podría ser el bricolaje. ¿Es posible sentir felicidad al montar o crear un mueble? Pues depende de la actitud y de cómo se reaccione ante los contratiempos y los imprevistos.

Resulta instructivo observar el esmero que algunos ponen encajando estanterías con un par de herramientas. Y si en alguna fase del proceso se equivocan –¡sorpresa!– parece que aún se motivan más: buscan con curiosidad el paso en que erraron, lo subsanan y prosiguen serenos hasta acabar el trabajo. En el pasado quizá no reaccionaron así y se enojaron más de una vez a media tarea. Pero el presente siempre nos da la oportunidad de mejorar.

Pintar una vivienda también puede ser otro trabajo de presencia, que se va desarrollando plácidamente en base a los preparativos y los resultados. Se elige la pintura, se preparan los bártulos, se alisan las paredes, se protege el espacio…

Si se produce un percance no importa: se tiene la voluntad de permanecer o perseverar. Con eso basta. Fluyen brochas y rodillos, y poco a poco la superficie cambia de color. El proceso no solo ha supuesto días de estar presente en esa tarea: se ha impregnado de conciencia todo el espacio, que ahora luce renovado. Y se ha experimentado la alegría de transformar una estancia interior. Si además se ha realizado a dúo, al trabajo de presencia se le une la satisfacción de saber que alguien está a tu lado para compartir manchas, cansancio y risas.

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Preparar la comida –ese don de la naturaleza– también puede ser un ejercicio de atención máxima. Podemos retirar las hojas de una lechuga con sumo cuidado sintiendo que están vivas, lavarlas con ayuda del agua, cortarlas con los dedos y dar gracias a la planta por esa tersura y todas las cosas buenas que nos ofrece. Apio, zanahoria, tomate, rábanos, semillas de sésamo… también pueden recibir nuestro reconocimiento mientras pasan a formar parte de la ensalada diaria o los saboreamos con tranquilidad y atención.

4. La familia nos ayuda a vivir el presente

Los hijos son otro buen barómetro para medir el grado de presencia. Si por la mañana se les despierta con ternura es más fácil que se manifieste la alegría. ¿Quién desea, en esos momentos, estar con la cabeza o el cuerpo en otro lado?

Los niños nos sacan de nuestro ensimismamiento con su petición constante de presencia. Nos enseñan sin palabras a vivir el instante.Y agradecen más que nadie que estemos y que seamos, sin necesidad de hacer. Junto a ellos es más fácil dejar de lado las zozobras cotidianas para disfrutar plenamente de ellos mientras crecen. De ese modo se contribuye también a enraizarlos aún más en el instante y a fortalecerlos para que puedan vivir su vida con la mayor apertura posible.

En la época actual la crisis económica lleva a que se reagrupen en una sola casa miembros de hasta cuatro generaciones de una misma familia. Se trata de una buena oportunidad para practicar la presencia consciente y de intentar mejorar el tipo de relación que tal vez se instauró en el pasado.

Pero no es preciso mudarse para que la vida familiar fluya mejor, porque la convivencia pone a prueba a diario la capacidad de cada uno (padres e hijos) para sacar lo mejor de sí superando automatismos y egoísmos. Es beneficioso percibir lo que nos une a los demás con el corazón, reconocer su derecho a la libertad y vivir con agradecimiento. Cuando surjan distracciones o contratiempos siempre es posible retornar a la base, a la presencia amorosa, que aligera las cargas e incluso las deshace.

La vida se muestra generosa: se diría que nos pone en situaciones que parecen repetirse y nos ofrecen así la posibilidad de responder de una manera más constructiva. Practicando la presencia en lo más básico, incluso en situaciones que a veces se han rechazado, el desenlace puede variar. Surge entonces un bienestar interior que quizás antes se había buscado fuera.

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5. Empezar el día prestando atención

El trabajo para reencontrarse con la serenidad que habita en el interior es diario y comienza justo al levantarse. Prestar atención al despertar sin anticipar lo que puede deparar la jornada es un modo de favorecer la presencia ya de buena mañana y trabajar para que cada instante se llene de ella.

Jack Kornfield afirma que cada día hay mucho que ordenar y trabajar, tanto fuera como dentro de uno mismo.

Percibir esa conexión en cuanto emprendemos el día ayuda a estar en el mundo lúcido y sereno, a intentar no dejar frentes abiertos y a minimizar el daño que podamos hacer a los demás. De propina quizá atisbemos algo del milagro que es esta vida, en la que cada instante es también una oportunidad para sentirse conectado a algo más grande que uno mismo, sea la naturaleza, el universo, la familia, la divinidad o, simplemente, el resto de seres humanos.

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6. Respiración consciente

Pueden aprovecharse los momentos de poca actividad para inspirar y exhalar el aire suavemente, a poder ser el de los espacios abiertos, respetando la cadencia respiratoria y observando si en cierto modo ese aire se abre camino hacia el corazón. Con la práctica se despiertan sensaciones nuevas. Atentos al vacío silencioso se detecta la pequeñez y renace la espontaneidad.

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