Entrevista a Lola Raigón

"Los alimentos bio ahorran en salud"

Ana Montes, periodista
Ana Montes

periodista

Yvette Moya
Yvette Moya-Angeler

periosista especializada en salud

María Dolores Raigón defiende con cercanía y buen humor las bondades de la producción ecológica. Y lo hace con el respaldo de su currículum: es ingeniera agrónoma y catedrática e investigadora sobre agricultura ecológica.

Doctora ingeniera agrónoma y catedrática de Edafología y Química Agrícola de la Universidad Politécnica de Valencia, Lola Raigón acaba de publicar Manual de la Nutrición Ecológica. De la molécula al plato (Ed. SEAE). Dice que el libro, de más de 700 páginas, le ha dado "mucho trabajo, pero del gratificante". Entre otras cosas, en el libro se aborda, entre otros asuntos, el precio de los alimentos bio.

–¿Es más caro comer alimentos ecológicos?
–Yo distingo entre valor y precio. Comer ecológico tiene un valor: ayudas al medio ambiente, contribuyes a tu salud y apoyas a los agricultores y ganaderos de tu zona. Pero los alimentos ecológicos también tienen su precio, en el que repercuten unos costes indirectos cuantificables que no tienen los convencionales.

–¿Qué costes?
–Por ejemplo, en cualquier eslabón de la cadena ecológica hay que pagar para demostrar que se está cumpliendo las normas y conseguir el sello que avala que el alimento es ecológico. Son costes a los que obliga el sistema.

–Entonces, son más caros.
–Me parece que los que tienen un precio abusivo son los convencionales. Hay que tener en cuenta que por cada euro que se gasta en alimentos convencionales hay que invertir otro en subsanar los problemas ambientales derivados de su producción, y otro euro en solucionar los problemas de salud que nos causan.

Es un coste que no queda reflejado en el precio, pero que pagamos de nuestros bolsillos. Además, un alimento ecológico suele llevar menos agua, así que es más rico en nutrientes y en sabor.

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–El consumo de alimentos bio no deja de crecer, pero los precios no bajan.
–La demanda crece, es cierto. Y también la producción. Esto ha permitido que los precios se puedan mantener estables. Pero las cosas están cambiando. Durante el confinamiento por la COVID-19 de la primavera pasada el consumo de alimentos ecológicos se disparó.

–¿Cómo se explica?
–Ante una crisis redefinimos las prioridades. Con la llegada de la COVID-19 le hemos visto las orejas al lobo, como ya ocurrió en la crisis de 2008.

–¿Quién compra ecológico en España?
–El perfil medio del consumidor es alguien de 35 años que tiene un niño o más. El nacimiento de un bebé produce cambios en el consumo familiar, como también la aparición de una enfermedad.

–Los alimentos limpios son una necesidad para mantener la salud.
–Por eso el alimento ecológico tiene que ser el producto que prevalezca, porque no podemos seguir con niveles tan altos de cáncer, obesidad y diabetes tipo 2, ni con tantas enfermedades cardiovasculares. El 75% de las enfermedades del siglo XXI están relacionadas con la ingesta de alimentos. Deberían estar libres de pesticidas. Comer ecológico no es ni de hippies ni de pijos, es un derecho: estos alimentos tienen que ser accesibles para toda la población.

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–¿Hay pruebas científicas sobre las propiedades saludables de los alimentos ecológicos?
–No me voy a remitir a mis estudios, sino a los NutriNet-Santé, que ofrecen evidencias tremendas, sobre todo en relación con la prevención del cáncer.

–La agricultura ecológica, además, ¿es científica?
–Sí, ¡no somos cavernícolas! Hay científicos y técnicos que trabajamos día a día en introducir técnicas sostenibles acordes con las normativas vigentes y que ponemos la ciencia al servicio de esta agricultura sostenible, en absoluto arcaica.

–¿Tienen las mismas garantías los productos ecológicos cultivados en España, Argentina o China?
–Todos cumplen la normativa porque se chequea que la concentración de plaguicidas sea cero, pero no se entra a controlar si ese alimento ha sido recolectado en condiciones de esclavitud o se ha devastado un bosque. Además, hay parámetros como la calidad del aire o del agua más difíciles de controlar.

–¿El auge de la agricultura ecológica provoca algún problema?
–Que algunos lo vean solo como una oportunidad de negocio y se metan cumpliendo los mínimos de la normativa, sin ninguna sensibilidad. Es lo que llamamos la "convencionalización de la agricultura ecológica". Al margen de la normativa hay parámetros, prácticas cotidianas, que dependen del compromiso personal del agricultor, así que habrá que seguir el problema de cerca, por si hace falta un segundo etiquetado más riguroso.

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