Los inicios del yoga

Los silencios de Jordi Colomer

Gaspar Hernández

Jordi Colomer introdujo el yoga en España cuando lo más exótico que se practicaba era el judo. Hoy es un maestro de maestros que nos invita a fluir en lugar de coleccionar quehaceres.

Jordi Colomer (Barcelona, 1929) fue uno de los introductores del yoga en España, hace más de cuatro décadas. Por aquel entonces, el yoga no estaba de moda, ni mucho menos.

“La gente confundía el yoga con el judo”, afirma Colomer, que organizó y presidió el primer y segundo congreso nacional de yoga en España y que, desde 1967, ha formado decenas de promociones de profesores. ¿Y cómo empezó todo? Con una máquina de escribir.

De la tensión a la libertad

Colomer ejercía de abogado desde hacía 20 años cuando, un día, en pleno ataque de ira, lanzó una máquina de escribir contra la pared de su despacho. La máquina quedó destrozada, y Colomer comprendió que en su vida tenían que cambiar muchas cosas.

“Empecé por ir a la consulta de un médico. Mi tensión nerviosa era demasiado fuerte y parecía que me autoalimentaba con ella. El psiquiatra que me atendió fue el que me dijo: 'haga yoga'. ¡Menudo problema en aquella época! Fue un camino difícil; por eso llegó a ser fructífero.”

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Le pido a Colomer que se dirija a aquella persona que siente miedo de hacer un cambio importante en su vida, como el que hizo él. Me responde: “No hay que tener miedo, la práctica le conducirá a una libertad interior que le permitirá disfrutar de la vida plenamente; y seguro que el miedo desaparece. A veces es difícil este cambio, pero todo lo que cuesta es gratificante”.

Pero, ¿y nuestra seguridad económica? “El dinero no representa nada ante los beneficios que se consiguen.” Colomer ganaba mucho más dinero ejerciendo de abogado que de profesor de yoga. Un hombre austero, que va a pie a la escuela que dirige en Barcelona, Ananda Yoga Instituto, después de tomarse el único café que se permite durante el día.

Hay que adaptarse al ritmo biológico

Su barba es algodonosa, polar. Un brillo enérgico, de una fuerza a veces tormentosa, aparece en su mirada mientras habla. El yoga sirve para equilibrar mente, cuerpo y respiración. Para sentirse mejor en todos los sentidos. Colomer, después de más 40 años de práctica, es un joven de casi 90 años que ha aprendido a crear distancia ante los hechos que se le presentan en la vida, de manera que no acumula tensiones ni en su cuerpo ni en su mente.

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“La ecuanimidad”, dice, “es ver las cosas tal y como son y reaccionar adecuadamente en cada situación”. Y llegamos al estrés... Colomer habla de un mal estrés, que llena las consultas de psicólogos y médicos. Su antídoto contra el estrés se resume en una frase: “No pongas en una hora lo que no cabe”.

Según el profesor Colomer, el mundo se divide en dos tipos de personas: tortugas o caballos. Hay quien quiere ser tortuga cuando en el fondo es caballo, y al revés: “En cuanto vivas tu ritmo de un modo distinto al que posees, acabarás por acumular estrés y las consecuencias pueden ser funestas, y no exagero. Si miramos a nuestro alrededor, observaremos que la mayor parte de la gente va a un ritmo biológico que no es el suyo”.

El poder del silencio

Para Jordi hay muchas clases de silencio. “Cuando se pone el sol, la naturaleza se calla ante tanta maravilla. El viento deja de soplar, los pájaros enmudecen. Cuando meditamos, el espacio que se produce entre el pensamiento que se va y el que surge es silencio. Cuando dos personas se abrazan y comunican su energía y respiración, también surge el silencio. Durante el orgasmo hay un gran silencio. La mente no actúa, quizá sorprendida ante el fenómeno.”

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Una cura de silencio

Jordi Colomer, que también valora el silencio que surge después de la repetición continuada de un mantra, intenta vivir el silencio interior no solamente en la práctica sentada, sino en momentos puntuales, durante el día, practicando la atención plena, para ser consciente de lo que ocurre a su alrededor. “Se trata de no pasar por la vida, sino de vivirla.” Y tener presente que el éxito reside en la práctica por la propia práctica, es decir, vivir el presente sin buscar nada.

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