Cómo ser más empáticos

Menos ego y más abrirnos a los demás

Gema Salgado

Somo sociables por naturaleza, pero estamos atrapados en el cerco del individualismo. Necesitamos conocernos interiormente para abrir nuestros corazones, buscar la empatía y el bien de todos.

Disfrutar de una vasta red de relaciones nos hace sentir más seguros y confiados ante los retos cotidianos, más felices, menos depresivos y, ojo al dato, más resistentes a las enfermedades, según se desprende de estudios como el que realizó el psicólogo Sheldon Cohen, de la Carnegie Mellon University.

Cohen pidió a hombres y mujeres que apuntasen todos sus contactos a lo largo de quince días clasificándolos en doce categorías: vecinos, padres, pareja, amigos… Después expuso a estas personas al virus del resfriado y entre quienes mantenían un círculo más pequeño de relaciones un 62% desarrollaron resfriados, frente al 35% de quienes tenían relaciones en seis o más categorías.

El estudio indicaba que una de las razones de una inmunidad mejor era que la diversidad de redes sociales introducía un "factor de bienestar" que aumentaba la capacidad del sistema inmunitario para defenderse del virus.

En otras palabras, que dieciséis familiares no nos aportarán tanto como cinco familiares, dos amigos íntimos, tres amigos menos íntimos, cuatro compañeros de trabajo y dos vecinos.

Si en el fondo sospechamos esto y si el contacto con los demás nos hace sentirnos más integrados, aceptados, valorados y amados, ¿por qué nos cuesta tanto tener unas relaciones enriquecedoras y abrir nuestro círculo vital a nuevas experiencias?

Escapar de las trampas del ego y el individualismo

A menudo, nuestras interacciones con los demás son un tira y afloja entre egoísmo y altruismo, sociabilidad e insociabilidad, competitividad y colaboración, cercanía y lejanía. Eso configura un entramado de sentimientos que a veces están mínimamente ajustados y que otras se desajustan por completo, como afirma José Antonio Marina en su libro Anatomía del miedo.

Sucede así porque formamos parte de una cultura en la que el individuo tiene más importancia que el grupo y en la que se fomenta la personalidad basada en el ego: independiente, narcisista, dominante, dura, competitiva, agresiva...

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Otras culturas, como la japonesa, dan más prioridad a la comunidad, y la personalidad tipo es dependiente, humilde, flexible, no agresiva, más considerada con el otro. Prueba de ello fue la reacción del pueblo japonés a la catástrofe de Fukushima: no hubo casos de pillaje y sí una notable abnegación.

Este patrón cultural individualista y competitivo con el que debemos manejarnos desde que nacemos en Occidente determina muchos de los factores que influyen en la construcción de nuestra identidad y forma de relacionarnos.

Si fuimos amados, reconocidos y apoyados por las figuras importantes de nuestra infancia (padres, educadores, compañeros…) y crecimos con una buena autoestima, posiblemente nos sea más fácil percibir el mundo como un entorno amable y nos atrevamos a relacionarnos sin miedo a equivocarnos. ¿Pero qué ocurre cuando no nos amamos a nosotros mismos, cuando la timidez nos inmoviliza, cuando nos sentimos menos que los demás?

¿Por qué nos relacionamos con las personas equivocadas?

Mercè Conangla y Jaume Soler explican que cuando una persona tiene unas creencias equivocadas acerca de sí misma, no se conoce bien y no sabe qué necesita y quiere, tiende a relacionarse con personas que compensan su vacío y sus zonas de inseguridad, que solucionen sus conflictos internos y estén pendientes de sus necesidades. Si la persona elegida también se siente insegura e incompleta, entonces puede instaurarse una relación "tóxica" que bloquee el desarrollo de las dos.

Un vínculo habitual cuando escasea la autoestima es la dependencia. Así, cuando la necesidad de una persona de contar con alguien que la acepte prevalece sobre la necesidad de ser respetada, es fácil que adopte un papel sumiso, en el que sigue los dictados ajenos. Otra posibilidad sería considerarse el "salvador" del otro, lo que lleva a entregarse sin medida ni recibir nada a cambio. En algún momento la balanza se desequilibra y sobreviene la frustración para ambas partes.

La posesividad es una de las grandes lacras en las relaciones personales. Consiste en creer que la otra persona nos pertenece en exclusiva, lo que rompe los principios de libertad y respeto que deben regir en cualquier relación sana.

Asimismo, existen personas que entablan con las demás relaciones mercantiles (priorizando el interés económico, social o profesional) o bien relaciones basadas en la competición o en la lucha por quién ejerce el poder. Eso suele generar la envidia o la ira más o menos consciente de quien no posee lo que el otro exhibe (un coche flamante, una pareja atractiva, dinero en abundancia…), lo cual alimenta la ansiedad y los sentimientos destructivos.

En otras ocasiones, quien ha sufrido la ruptura dolorosa de una o varias relaciones, se protege cortando por lo sano y bloquea con ello la posibilidad de establecer nuevos vínculos.

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¿Cómo somos en nuestras relaciones?

Cuando nuestro círculo vital se estrecha a veces nos podemos descubrir excesivamente orgullosos y distantes, como si de algún modo nos situásemos por encima del bien y del mal; o insignificantes, como si apenas pudiéramos aportar nada al mundo.

O tal vez el problema consista en la pereza a la hora de entablar relaciones, puesto que relacionarse significa disponerse a ofrecer y conlleva un esfuerzo y una entrega.

Observar desde el corazón cómo son las relaciones que mantenemos con nosotros mismos y los demás, viendo si son fluidas o no, es el primer paso para salir de la posición de objeto pasivo y pasar a ser sujeto activo, haciéndonos con el timón de nuestra propia vida, tal y como señala la psicoterapeuta Isabelle Filliozat en su libro Los otros y yo.

Según Isabelle, "necesitamos ser conscientes de nuestras virtudes y debilidades, aceptarnos como somos, mostrarnos a los demás sin camuflarnos, expresar nuestras emociones y aquello en lo que estamos en desacuerdo, intentando negociar y encontrar con la otra persona una solución, sintiéndonos en igualdad".

Sé tu mismo y sigue tus proyectos personales

Filliozat argumenta que este paso es más fácil cuando se tiene un proyecto personal que permita salir de la pasividad y ayude a que cada persona realice su propio camino. Puede ser útil asistir a un curso para mejorar las competencias profesionales o a un taller de crecimiento interior que motive especialmente. También es adecuado adoptar un propósito vital.

Mercè Conangla y Jaume Soler denominan "principio de autonomía personal" a este paso de objeto a sujeto, y afirman que al regirse por él es posible tener que pagar algún tributo, ya que "dejamos de ser fáciles de manipular y a veces nuestras decisiones no son comprendidas y no gustan, por lo que puede haber alguien que nos destierre de su vida por no seguir sus consignas. Pero si renunciamos a nuestro proyecto de desarrollo personal para agradar a los demás y no afrontamos los conflictos que se derivan, seremos nosotros mismos los que nos habremos condenado al destierro y eso es lo más terrible que nos puede pasar".

7 estrategias para conectar con otras personas

Una vez que adoptamos la actitud emocional correcta podemos aventurarnos hacia los demás. Para ello, puedes probar estas estrategias:

  1. Mostrar señales positivas. Los gestos, el tono de la voz, mantener la mirada en los ojos del otro y lo que dice nuestro cuerpo son señales tan importantes como las palabras al relacionarse con alguien. Cuidar el aspecto y mostrar una actitud abierta, sonriente y amable, en la que prevalezcan la atención y el respeto, abre muchas puertas.
  2. Sentirse iguales. Tratar a los demás como iguales, ni desde una posición superior ni inferior, contribuye a que tengan una visión positiva de nosotros.
  3. Invitar a casa. Limpiar la casa, ordenarla y agasajar con los mejores alimentos que podamos son señales que anuncian que los demás nos importan.
  4. Dar y saber recibir. Ofreciendo y recibiendo por igual, tanto regalos como favores, ninguna de las partes se resiente. Si uno siempre recibe puede sentirse infravalorado, mientras que el que siempre da puede sentirse no compensado.
  5. Ni muy cerca, ni muy lejos. Así como el Sol y la Tierra se mantienen a una distancia oportuna para que pueda darse la vida, es conveniente no atosigar a los amigos reclamando constantemente su presencia ni olvidarse de ellos durante largos periodos de tiempo.
  6. Hacer nuevos amigos. Las redes sociales, apuntarse a un gimnasio, a un centro excursionista, a un taller terapéutico o de cualquier otra cosa que motive, permite conocer a personas con aficiones que convergen en algún punto con las propias.
  7. Cultivar el entusiasmo y la empatía. Mostrarse entusiasta en las relaciones lleva un soplo de aire fresco a los demás. Si además somos capaces de escuchar de forma plena, apreciando no solo cómo la otra persona dice las cosas sino lo que siente, podremos ser empáticos, entendiendo qué le ocurre y ayudando con bondad y sin emitir juicios.

La bondad nos acerca a los demás

Una de las prácticas más poderosas para ampliar nuestro círculo vital, especialmente cuando reconocemos nuestra autonomía personal y dirigimos el rumbo de nuestra existencia, es la bondad. Comprender que quien tenemos delante es un ser humano igual que nosotros, que en algún momento de su vida ha sido vulnerable (ha experimentado tristeza, dolor, decepción, rabia, confusión…) y desearle salud, cariño, relaciones que lo colmen y felicidad, generará una corriente de empatía y compasión que agrandará nuestro corazón y hará que disfrutemos de amistades más profundas y auténticas.

Esta corriente positiva, siempre desde la humildad y desde la verdadera escucha y consideración hacia el otro, logrará que poco a poco la sociedad gane cada vez más una masa crítica que se rija por el bien común y el amor, ya no solo hacia sus semejantes, sino hacia todas las manifestaciones de la vida.

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