En dosis homeopáticas

Mentiras: por qué las decimos y cómo nos afectan

Víctor Amat y Bet Font

Comprender los impulsos que incitan a mentir puede enseñarnos mucho acerca de nosotros mismos.

La mentira no nos deja indiferentes, y a menudo nos descompone y desanima. Ser víctimas del embuste, vivir junto a él, causa una gran angustia. Sin embargo, ¿quién no ha mentido alguna vez? ¿Quién no lo volverá a hacer?

Como humanos estamos inmersos en una realidad donde la falsedad está siempre presente de una u otra manera: ocultamos la verdad, decimos medias mentiras aunque guarden cierta parte de verdad, contamos patrañas retorcidas para distorsionar la realidad en beneficio propio.... Pero deberíamos preguntarnos si es bueno vivir siendo siempre veraces, diciendo siempre la verdad.

¿Por qué mentimos?

Un estudio de la Universidad de Notre Dame (Indiana, Estados Unidos) afirma que mentimos una media de 11 veces por día. Eso podría significar que no somos del todo dignos de crédito. Suavizamos la verdad y a menudo evitamos afirmar cosas que sabemos que desagradan al otro. Nos cuesta discernir hasta qué punto podemos mentir y en qué lugar conviene decir la verdad, aunque sea dolorosa.

El propio Confucio predicaba la bondad de la mentira prudente cuando está orientada a evitar un mal mayor, lo que ocurre es que no siempre somos fiables al decidir cuándo es mejor faltar a la verdad por esa razón.

Cabe aceptar la falsedad como algo inherente a la personalidad, pues es difícil tener la valentía y la franqueza suficientes para afrontar la vida siendo siempre veraz. En demasiadas ocasiones las personas prefieren ocultar la verdad e incluso manipularla antes que asumirla, y así hemos desarrollado muchas maneras de mentir.

Habrá quien piense que se elude la verdad para conseguir algo y es posible que así sea: casi siempre hay un deseo oculto detrás de la falacia. En algunos casos el objetivo consiste en ser admirado, aceptado o, simplemente, tenido en cuenta. Solemos mentir para que tengan un buen concepto de nosotros o para mantener la imagen que ofrecemos. En ocasiones el embuste es una forma de autodefensa, una manera de garantizarnos que seguirán queriéndonos.

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Mentir a la pareja y a la familia

Si el engaño es una manera de seguir agradando a aquellas personas con las que vivimos, es probable que aparezca en los contextos donde el amor, el cuidado y la comunicación van siempre de la mano: la pareja y la familia.

¿Nos decimos las verdades con las personas que amamos? Podemos intentar proteger a nuestros hijos inventando falsedades, como el padre que oculta que se ha quedado en paro para no preocupar a su familia ni avergonzarse de ello. Un hijo puede, a su vez, proteger a sus padres inventándose una novia que no existe si a él le gustan los chicos. Ambos personajes están cargados de buenas intenciones, pero sospechamos que si la verdad sale a la luz no será un trago agradable para nadie.

Sabemos por experiencia que, en la vida, las mentiras resquebrajan la confianza de las personas. Por esa grieta fluye el agua de la verdad, capaz de derrumbar el muro más sólido.

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¿Siempre hay que decir la verdad?

Las mentiras creadas para que nos sigan amando en no pocas ocasiones abocan al dolor y al desamparo. Cuando la falsedad se descubre, conseguimos alejar al otro y hacerle el daño que precisamente queríamos evitar.

Además, cuando alguien cae en la trampa de su propia invención puede huir hacia delante mintiendo más y más.

De todas formas, sería ingenuo pensar que podemos vivir sin la mentira, también sería insostenible pretender que los otros siempre digan la verdad. ¿Cuántos de nosotros estamos decepcionados por haber descubierto que las personas que queríamos, o que queremos aún, nos engañaron en alguna ocasión? No es raro que una joven que supo que su padre había engañado a su madre con otra mujer desconfíe de todos los hombres considerándolos mentirosos redomados.

Y cualquier ciudadano puede vivir en una especie de paranoia al comprobar cuántas cortinas de humo y negocios velados suele tejer la clase política. La buena noticia es que podemos soportar dosis eficientes de mentiras y también mentir en dosis "homeopáticas". Como ilustra la sabiduría del taoísmo, nada es totalmente yin ni totalmente yang.

Descubrir cuál es la dosis que puede sobrellevar cada uno o su entorno fluctúa con el tiempo. ¿No supone, por ejemplo, una pequeña mentira teñirse el pelo para sentirse más atractivo para los demás?

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El autoengaño no siempre es negativo

En no pocas ocasiones una persona crea una realidad dolorosa y luego olvida que la inventó ella misma, aunque eso la lleve a amargarse la vida. Uno pudo creer que era feo o poco simpático y no darse nunca permiso para brillar. Tal vez otro consideró que no era digno de amor y no permitió que nadie lo amase. Por el contrario, el pensamiento positivo es un autoengaño que puede resultar curativo.

Alguien puede decirse a sí mismo cosas buenas en las que de entrada no cree y, con el tiempo, experimentarlas como ciertas.

Una persona puede fingirse valiente por un rato, y realizar acciones que requieren cierta valentía.

Incluso, como decía el filósofo francés Blaise Pascal: "Si uno no tuviera fe, que actúe como si la tuviera; tarde o temprano la fe llegará". Un conocido nuestro, asaltado por sus dudas acerca de la continuidad de su amor por su pareja, decidió vivir un mes como si la amara locamente. Para ambos, fue una experiencia maravillosa que salvó su matrimonio. Él sintió renacer la llama de su pasión; ella percibió cómo su pareja la cuidaba como en los mejores tiempos y pudo darle a su vez toda su ternura.

Los psicólogos conocen bien el poder de la profecía autocumplida y en ocasiones la usan con fines terapéuticos. Un ejemplo es cuando se le pide a un profesor que constate las mejoras de comportamiento de un niño que ha sido atendido en terapia: desde ese momento empieza a fijarse en las cosas que este hace mejor, en vez de prestar atención únicamente a sus errores.

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Decir la verdad es bueno para la salud (casi siempre)

Decía Alfred Adler que es posible morir o matar con la verdad, pero debemos aprender a recuperar la veracidad.

Sabemos que la verdad duele y que la mentira sostenida enferma. Se ha demostrado que las personas que dicen más la verdad están más sanas, reducen su presión arterial y calman su ansiedad.

Así pues, aumentar la honestidad es un bálsamo que puede sanar el alma del mentiroso.

Veracidad, sí, pero no al precio de herir a la otra persona exponiéndole la realidad sin tapujos o de descargar la ponzoña sobre ella. Como decía Oscar Wilde, un poco de sinceridad es peligrosa pero demasiada puede resultar fatal.

Nunca es tarde para practicar el hábito de la verdad, que como todos los hábitos requiere de cierta perseverancia.

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Aprender a no mentir

Sobre todo si te cuesta decir lo que piensas por temor al rechazo, estos consejos te pueden ayudar a empezar:

  • Entrénate. Una vez al día prueba a opinar sinceramente en un contexto de bajo riesgo. Por ejemplo: si un té o un café servido en un bar no es de nuestro gusto, podemos practicar diciéndolo. Soportar un poco de rechazo por ello facilitará estar más inmunizado la próxima vez.
  • Miente para decir la verdad. Es una técnica muy divertida: se trata de decir una pequeña mentira a una persona próxima con el objetivo de ser rechazado y evaluar su reacción.

Y recuerda: faltamos a la verdad cuando con alguna acción fingimos ser quien no somos. Para recuperar la veracidad interna el mejor sendero es el de la autoaceptación. Aceptarnos tal y como somos es el primer paso para que los demás nos reconozcan. Siendo nosotros mismos somos dignos de ser queridos.

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