Entrevista a André Compte-Sponville

"Prefiero la verdad a la felicidad"

Paco Valero

El filósofo y autor de libros como La felicidad, desesperadamente habla sobre la esperanza y la sabiduría, y el papel de la filosofía para alcanzarlas.

André Comte-Sponville es un filósofo que habla al común de las personas sobre temas como en qué consiste la felicidad, la relación entre espiritualidad y religión o el vínculo entre conocimiento y verdad. Y lo hace con rigor y amenidad, buscando la sencillez y la claridad en la exposición, como en su día hicieron los grandes maestros a los que ha dedicado amplios estudios, como Epicuro, Montaigne y Spinoza.

Además es un conferenciante que llena auditorios con personas ávidas por escucharle; un hombre que se define como ateo y racionalista, pero que ha profundizado en la experiencia espiritual y la filosofía práctica y que, al igual que los filósofos ilustrados, no duda en intervenir en los asuntos públicos.

André Comte-Sponville ha reflexionado sobre la vida a través de sus extensas lecturas y de su propia experiencia y que tiene mucho que decir. Pocos salen indiferentes de sus libros y conferencias.

–¿A qué atribuye el éxito de sus libros en España?
–Al hecho, primero, de que la filosofía, cuando se expone claramente, es lo más interesante que hay en el mundo. Y después a que los lectores sienten que en mis libros hay mucho trabajo y una gran sinceridad. La conjunción de las dos cosas no es frecuente. Y tratándose de España, imagino que el éxito se debe mucho a la calidad de la labor de mis traductores y editores: ¡aprovecho la ocasión para darles las gracias!

Espiritualidad frente a religión: semejanzas y diferencias

–Se define como racionalista y ateo, pero dice haber tenido experiencias espirituales ("sentimiento oceánico") y habla de la felicidad, algo que sorprende a algunos...
–Peor para ellos. Los materialistas, racionalistas y ateos no tienen menos espíritu que otros. ¿Por qué iban a interesarse menos que los demás por la vida espiritual? El espíritu, para un materialista, es el cerebro. Pero un cerebro capaz de habitar el infinito y de ser feliz o desgraciado.

¿Qué es la espiritualidad? Es la relación de nuestra finitud con lo infinito, la relación de nuestra temporalidad con la eternidad, la relación de nuestra relatividad con lo absoluto. Solo el cerebro, a mi parecer, es capaz de ello. Sería una lástima utilizarlo únicamente para tareas subalternas.

En cuanto al "sentimiento oceánico" (una expresión que tomé de Freud, quien la había tomado de Romain Rolland), es sentirse uno con la naturaleza, como la ola o una gota de agua en el océano. ¡No tiene nada que ver con la religión! El materialista puede fundirse como nadie con la naturaleza porque se sabe materia como ella.

–Dice que la filosofía debe tomar el relevo de la religión, pero sin libros sagrados. ¿La voluntad de conocer puede suplir la necesidad de creer?
–Sí, al menos entre los que aman la verdad por encima del propio confort, entre los que ponen la lucidez por encima de la necesidad de ser consolados o tranquilizados. A los demás la religión puede ayudarles, ¡y desde luego no está a punto de desaparecer! Por otra parte, hay muchos creyentes inteligentes y agradables, incluso admirables, como hay ateos idiotas o desagradables. Mi objetivo no es suprimir la religión, sino simplemente explicar que podemos pasar de ella.

–Lo contrario de rezar es reír, según usted. ¿Viviríamos mejor sin religiones?
–Depende de las personas. La fe de los otros no me molesta. Simplemente, a mí, que fui creyente hasta los 17 o 18 años, me parece que vivo mejor desde que no tengo religión. En todo esto no ha habido ningún drama, al contrario.

Cuando lo pienso, lo que recuerdo es una frase de Jules Renard en su Diario: "¡Al fin solo!" ¡Qué libertad de pronto, qué ligereza, qué descanso! ¿Una mirada omnisciente no es acaso lo más pesado que hay? ¿Es una mirada amorosa? ¡Razón de más! ¿A quién le gustaría vivir toda la vida bajo la mirada de su madre? ¿Quién la soportaría si ella lo supiera todo? Perdí la fe, bien pudiera ser, por amor a la soledad y a la sencillez.

"Viví la pérdida de la fe más como una liberación que como un duelo."

–Afirma que no hay que confundir religión con espiritualidad. ¿De qué tipo de espiritualidad habla?
–La espiritualidad, en su sentido más amplio, es la vida del espíritu (spiritus, en latín). La religión es una forma de espiritualidad, pero solo una forma. Los creyentes no tienen el monopolio del espíritu ni, por tanto, de la vida espiritual.

Llamo "espiritualidad" a la parte de nuestra vida interior que se abre a lo ilimitado: la que está en relación con lo infinito, la eternidad, lo absoluto. Es nuestra puerta de entrada al ser y al misterio. Mire el cielo estrellado: usted está en medio del infinito, en medio de la eternidad, de lo absoluto, en medio del misterio y de la evidencia, en el centro de todo. Es una experiencia espiritual. O bien practique la meditación sentado, silencioso y sin objeto alguno (el zazen de los japoneses). Es también una experiencia espiritual, o un ejercicio espiritual, y no necesitamos ser budistas para eso: basta con estar atento, silencioso, inmóvil...

Artículo relacionado

Andre Comte-Sponville

"La felicidad es creer que la alegría es posible"

La espiritualidad es la vida del espíritu cuando este no está embrutecido por el trabajo o la diversión. Es algo que culmina en la mística, que es una experiencia de eternidad, pero aquí y ahora. Vea si no a Spinoza: "Sentimos y experimentamos que somos eternos", decía. No que lo seremos, después de la muerte; en lo que Spinoza no creía de ninguna manera, ni yo, sino que lo somos, aquí y ahora.

¿En qué se distingue esta espiritualidad de las espiritualidades religiosas? En que no tiene necesidad de ningún dios, de ninguna trascendencia, de ninguna vida después de la muerte. Es una espiritualidad de la inmanencia. Ya estamos en el Reino: la eternidad es ahora. ¿Por ser ateo debería renunciar a esta dimensión de la existencia? ¡Sería una locura! Por ser ateo no voy a castrar mi alma. Porque no crea en dios no voy a renunciar a vivir la eternidad disponible.

¿Puede ayudar la filosofía a ser más felices?

–La filosofía del "saber vivir" y los psicofármacos están en auge. ¿Un síntoma del malestar de los tiempos?
–Sí, sin duda. Pero también es un signo de la condición humana. Nuestro cerebro está programado, por la evolución natural, para asegurar la transmisión de los genes, y por tanto para la preservación de la especie, y no para darnos felicidad. Por eso siempre tenemos necesidad de la filosofía, y a veces de los medicamentos...

–¿No pensar demasiado es una receta de felicidad?
–Se trata de pensar mejor para vivir mejor. Eso es la filosofía. ¡Pero nunca he dicho que es algo que tenga éxito siempre! La inteligencia nunca ha sido suficiente para alcanzar la felicidad. El mayor filósofo del mundo puede ser un desgraciado. Lo que busca la filosofía es otra cosa: es una felicidad inteligente, o una inteligencia feliz.

Y añado que no pienso en una determinada idea porque me hace feliz, sino porque me parece verdadera. La verdad, para un filósofo, es más importante que la felicidad. Vale más una verdadera tristeza que una falsa alegría. Aunque lo mejor, sin duda, es una verdadera alegría. Porque eso supone una verdad, y por tanto un conocimiento, y una reflexión sobre esa verdad. La filosofía no es una sabiduría más, sino una reflexión de los saberes disponibles. En cuanto a los que prefieren el confort del olvido, de la diversión o de la ilusión, la filosofía no es para ellos.

"Vale más una verdadera tristeza que una falsa alegría. Aunque lo mejor, sin duda, es una verdadera alegría."

–"No deseo una sabiduría que me haga indiferente a la salud de mis hijos", es una frase suya. ¿Qué les faltaba a Rousseau, Marx o Dostoyevski y otros sabios que mostraron indiferencia por el dolor de los más próximos?
–No recuerdo haber escrito o dicho esa frase, pero se corresponde con algo que pienso. No voy a juzgar a Rousseau, Marx o Dostoyevski. ¿Amaron a sus hijos menos que yo? En todo caso, no les impidió tener corazón y genio. El amor que sentimos hoy por nuestros hijos es un hecho histórico. Mi amigo, el filósofo y ensayista Luc Ferry, insiste a menudo: la generalización del matrimonio por amor, que es algo históricamente reciente, otorga a la vida afectiva, y especialmente al amor que se siente por los hijos, una importancia mucho mayor. Si Rousseau hubiera nacido dos siglos más tarde no habría abandonado a sus hijos, sin duda.

Artículo relacionado

/patricia-churchland-cerebro-moral-neurofilosofía

"La primera expresión de la moral es cuidar a los demás, empezando por los hijos"

La esperanza y el deseo: actuar para cambiar el mundo

–La esperanza acarrea desilusión o frustración. ¿Pero cómo se lo explicaría a quien solo tiene la esperanza de que algún día su vida mejorará?
–Esperar es desear sin saber, sin poder, sin gozar. Sin embargo, siempre hay esperanza, porque, como dijo Spinoza, "el deseo es la esencia mismo del hombre", y porque siempre hay en nosotros un resto de ignorancia, de impotencia, de frustración. No se trata, ¡de ninguna manera!, de prohibir la esperanza.

Se trata más bien de aumentar nuestro conocimiento, nuestro poder, nuestra capacidad de goce. Decía Alain (Émile-Auguste Chartier): "El sabio es sabio no por tener menos locura, sino por tener más sabiduría". ¡No se limite a vivir de la esperanza! Aprenda mejor a disfrutar y a alegrarse. ¡Aprenda a pensar, actuar, amar!

–El día que dejemos de desear se acabará la humanidad, dice en sus libros. ¿Por qué es tan importante mantener esta llama ardiendo?
–Porque, y perdone que me repita o que repita a Spinoza, "el deseo es la esencia misma del hombre". Si no hay deseo, no hay humanidad: no habría más que robots o zombies. No se trata en absoluto de erradicar el deseo, como a veces se puede creer. Se trata de educarlo, de iluminarlo, de transformarlo. ¿Cómo? Aprendiendo a desear más lo que está cerca que lo que no lo está (es decir, amar antes que esperar), y lo que depende de nosotros en vez de lo que no depende (es decir, querer, y por tanto actuar, antes que esperar). Sabiduría del amor, sabiduría de la acción: las dos no son más que una, que es la sabiduría misma.

–Imaginamos a los filósofos encerrados en su torre de marfil, aunque Spinoza pulía lentes para ganarse la vida y Montaigne fue alcalde de Burdeos y cultivaba su jardín. ¿Hasta qué punto es importante implicarse en el mundo?
–El mundo es nuestro lugar: aquí hemos de vivir, pensar, amar, ¡actuar! No se puede ser feliz estando solo ni aislado de los demás. ¡No podemos pasarnos la vida mirándonos el ombligo o el alma! Es mejor actuar, junto con otros, para combatir lo peor (la violencia, la opresión, la injusticia…) e instaurar, siempre que sea posible, alguna mejora.

Vivir el presente de manera inteligente

–Hoy el mundo parece tensado por dos extremos: el presentismo (todo empieza y acaba en el presente) y el nihilismo. ¿A qué cree que obedecen?
–Todos los sabios lo han dicho: se trata de vivir el presente, pues es lo único que tenemos. Pero nos equivocamos cuando confundimos "vivir el presente" y "vivir el instante"

  • El presente incluye el recuerdo presente del pasado (la memoria) y la imaginación presente del futuro (el proyecto, el programa, el sueño…). Vivir el presente es de sabios.
  • Vivir en el instante sería amputarse la inteligencia, la memoria, la voluntad, los sueños o ilusiones. ¡Ni hablar!

En cuanto al nihilismo, es no creer en nada, no tener valores, ni reglas, ni principios, ni ideales. Es más parecido al "presentismo" que al fanatismo. Son dos peligros simétricos, y los dos hay que combatirlos. Lo peor que podría ocurrirnos es que en nuestros países nada se opusiera al fanatismo de unos y al nihilismo de otros. Para combatirlos es importante que nos mantengamos fieles a nuestros valores laicos y democráticos.

–La filosofía, ha dicho, carece de importancia. ¿Qué la tiene entonces?
–Nada tiene mayor importancia que la vida misma. Y la filosofía solo vale mientras se ponga a su servicio.

Artículo relacionado

terapia filosofica asesoramiento

Terapia filosófica para una vida más plena

–Asocia los momentos de felicidad a momentos de gran simplicidad, no de éxtasis ni de nada extraordinario. Pero la vida de la mayor parte de la gente es muy sencilla y no por eso es feliz. ¿Cuál es la diferencia?
–No, la vida de la mayoría no es simple, al menos no en el sentido que yo le doy a esa palabra. Se pasan la vida comparando lo que es su vida con lo que debería ser, oponiendo lo real a lo ideal, el presente al pasado o al futuro, su ego con el de los demás... Eso no es simplicidad, sino dualidad. No se lo reprocho –soy como ellos–. Pero sé por mi experiencia que los momentos más felices los he vivido cuando las comparaciones y las oposiciones quedaban momentáneamente suspendidas: porque solo había lo real, eso era todo.

"Los momentos felices son aquellos en los que no esperamos nada, porque el presente se basta para colmarnos."

–La alegre desesperanza. Esa es su receta para la vida. ¿Podría explicarla?
–Para empezar hay que constatar que, si Dios no existe, hay algo de desesperante en la condición humana. Sobre eso, Pascal, Kant y Kierkegaard tienen razón: un ateo lúcido no puede huir del todo de la desesperación. El error ha sido confundir la desesperanza con la desdicha, ¡cuando no es lo mismo! De la misma forma que esperanza no es sinónimo de felicidad, sino más bien lo contrario. Los padres que han visto morir a sus hijos lo saben: nunca habían esperado nada tanto como que sus hijos sanasen, y jamás fueron tan desgraciados...

"No hay esperanza sin temor ni temor sin esperanza", decía Spinoza. Si tienes esperanza, puedes ser decepcionado. Si tienes miedo, deseas la tranquilidad. Esperanza y temor no se oponen, como creemos a menudo, sino que son las dos caras de una misma moneda: no obtenemos una sin la otra. Por eso, según Spinoza, el sabio se esfuerza en ser "menos dependiente de la esperanza y del temor". Eso es la serenidad. Es la felicidad.

Solo esperamos lo que no tenemos: si esperamos la felicidad es porque no somos felices. Y los momentos felices, a la inversa, son precisamente aquellos en los que no esperamos nada, porque el presente se basta para colmarnos. El deseo es la esencia del ser humano, pero hay tres formas principales de deseo: la esperanza, la voluntad y el amor. Esperamos lo que no depende de nosotros; queremos lo que depende de nosotros. Solo esperamos lo que no es o está; y amamos lo que es o está. Esto indica el camino y el objetivo: una filosofía de la lucidez, una sabiduría del amor y de la acción. Lo decía antes y no puedo más que repetirme: se trata de esperar un poco menos, y de amar y actuar un poco más.

Conociendo más a fondo a la persona tras la firma: ¿cómo es André Compte-Sponville?

–Muchos de sus lectores le consideran un sabio, aunque usted insiste en que no lo es...
–Los que me consideran un sabio confunden mis libros, que es lo que conocen, con mi vida real, que ellos imaginan. Por temperamento, soy un ansioso con tendencia a la melancolía, o un melancólico con un fuerte componente de ansiedad. Por eso necesito tanto filosofar: para encontrar la vida soportable, ¡e incluso amable!

Mis amigos saben que soy más bien un compañero alegre y estimulante. Pero la angustia y la melancolía siempre están ahí, como una base permanente. Me siento próximo, en ese sentido, a Woody Allen, o mejor a Lucrecio o Montaigne. Una vez dicho esto, cabe decir que los lectores, como la gente, dan demasiada importancia a la sabiduría. ¡No aprecio a mis mejores amigos porque son más sabios o felices que los demás! Sino porque son sinceros, divertidos, cariñosos, generosos, inteligentes, sensibles… ¿Qué es la sabiduría? El máximo de felicidad con el máximo de lucidez.

Para la lucidez estoy bastante bien dotado, pero otra cosa es la felicidad. La alcanzo, desde luego, cuando todo va más o menos bien. Pero cuando se presenta la desgracia estoy tan desnudo como cualquiera. Acabo por aceptarla, y es una forma de sabiduría, una sabiduría de las que llamo "de segundo rango", una sabiduría a lo Montaigne: ¡una sabiduría para los que no son sabios! El fin no es amar la felicidad (cualquier filósofo es capaz de ello), sino amar la vida, feliz o desgraciada, sabia o no, y ninguna lo es enteramente. Digo a menudo que la sabiduría no es más que un ideal, y que también conviene aprender a desaprenderlo. No es más que el sueño de un filósofo. La sabiduría no existe: hay sabios, todos diferentes, ¡y ninguno seguramente cree en la sabiduría! Sobre este punto al menos, me acerqué a una forma de sabiduría, lo que da en parte razón, a pesar de todo, a los lectores que evocaba usted en la pregunta.

Artículo relacionado

la-escuela-de-la-vida-aprender-ser-mas-sabios

Escuela de la vida: cómo volvernos cada vez más sabios

–Permítame para terminar una serie de preguntas rápidas y personales. ¿Qué es lo que más le repugna?
–La violencia, el odio, el desprecio.

–¿Y lo que más envidia?
–El amor, la sexualidad, la sencillez.

–¿Cuál es su mayor deseo?
–Que mis hijos sean felices.

–¿Qué le produce más placer?
–Hacer el amor.

–¿Qué le gustaría ver desaparecer?
–El sufrimiento de los niños.

–¿Qué le ofende más?
–Por mucho que busco, no veo qué...

–¿Y lo que le produce una mayor vergüenza...?
–Nada.

–¿Qué es lo que más ama?
–Mis hijos. Mi compañera. El amor. La verdad.

Bibliografía de André Comte-Sponville

En 1998 dejó sus conferencias en la Sorbona para dedicarse ante todo a escribir. Se ha ganado un público lector en todo el mundo, incluido nuestro país, donde se publican una tras otra todas sus obras, entre las que podemos destacar:

  • El capitalismo, ¿es moral? (Paidós, 2004)
  • La vida humana (Paidós, 2007)
  • El amor, la soledad (Paidós, 2008)
  • La felicidad, desesperadamente (Paidós, 2009)
  • Pequeño tratado de las grandes virtudes (Paidós, 2009)
  • El alma del ateísmo: introducción a una espiritualidad sin Dios (Paidós, 2009)
  • Tratado de la desesperanza y la felicidad (A. Machado, 2010)
  • Sobre el cuerpo (Paidós, 2010).

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de cuerpomente?