Entrevista a Claudio Naranjo

"El sentido de la vida es crecer y dar fruto"

La obra de Claudio Naranjo ahonda tanto en lo individual como en lo colectivo y abarca desde clásicos de la psicoterapia hasta reflexiones sobre nuestro modelo social.

Cohabitó el mundo con Gurdjieff y Ouspensky, de quienes heredó, a través de Óscar Ichazo, el conocimiento del eneagrama; fue discípulo y heredero deFritz Perls, fundador de la Gestalt; y de Idries Shah, Suleiman Dede, Swami Muktananda, Thartang Tulku Rinpoche... En su libro Sanar la civilización, nos ofrece su visión del mundo y de la búsqueda espiritual.

–¿Cómo anda de esperanzas para sanar la civilización?
–A quien piensa que el mundo tiene arreglo se le ve hoy como un Quijote. Por suerte, el desarrollo humano va parejo a la esperanza, y yo la tengo. La psicoterapia ya no piensa que los seres humanos somos esencialmente caníbales y asesinos, como aseguraba Freud. El florecimiento de las terapias humanistas y transpersonales del siglo XX ha dejado claro que la destructividad humana puede sanarse si las personas ponen cierto empeño en su desarrollo interior.

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–Entonces, ¿dónde está la raíz de nuestros males?
–En la hegemonía de la mente patriarcal. Y ni siquiera me refiero al grave dominio de los hombres sobre las mujeres, que nos perjudica a todos. El verdadero problema radica en una visión del mundo que impone la razón, la jerarquía y la violencia en todos los ámbitos de la vida, desde las relaciones personales y profesionales hasta la escuela. Esa manera de pensar torpedea la convivencia y la libertad.

–Así, para sanar la civilización...
–Como individuos, tenemos que recuperar nuestro instinto y nuestra proximidad a los demás, permitiendo, al mismo tiempo, que circule la inteligencia sin que oscurezca el resto de las cosas. Así como los niños y las mujeres han sido anulados por la mente patriarcal, también nosotros hemos aplastado a la mujer y al niño interiores. El cerebro intelectual ha desarrollado un régimen policial interno que se correspondería, más o menos, con el superego freudiano. Nuestro proceso de maduración pasa por ir dándonos cuenta de que, para funcionar bien, no necesitamos ese régimen interno.

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Necesitamos es una sociedad más cooperativa y, al mismo tiempo, más anárquica. Paralelamente, debemos dar espacio a algunas normas un tanto tiránicas, las justas para delimitar un marco que se ocupe del bien común.

La salida no está en cambiar el patriarcado por un matriarcado, sino en equilibrar individual y socialmente a los tres miembros de nuestra familia interior: padre, madre e hijo.

Además de nuestro ego, ¿convivimos con una familia interior? Somos seres tricerebrados: el cerebro reptiliano, el más antiguo, controla el sistema motor, el eros y los instintos; el sistema límbico o mamífero regula en parte las emociones; y el neocórtex es responsable del intelecto. Aquí vemos esa trinidad entre el padre (intelecto), la madre (emoción) y el hijo (instinto), y también una correspondencia con los tres amores clásicos: la filia o amor admirativo corresponde al amor paterno; el ágape o amor compasivo y tierno corresponde al materno, y el eros corresponde a la orientación instintiva hacia el placer de nuestro niño interior.

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–¿Hay relación entre esta trinidad y las distintas eras del hombre?
–En el tiempo de las diosas madres del Neolítico, la humanidad puso su acento en el desarrollo del amor materno. Antes, en el Paleolítico, los cazadores-recolectores vivieron una época del instinto, un filiarcado que privilegiaba el eros.

Durante el patriarcado, que hace unos seis mil años acabó con el culto a la diosa, hemos puesto el acento en la filia, el amor a la autoridad, al espíritu.

Pero esta forma de amor está depauperada. Se han pervertido demasiado esos ideales. Necesitamos, pues, una sociedad donde estén en equilibrio la anarquía del eros, la democracia cooperativa del matriarcado y la autoridad patriarcal. Un orden heterárquico que quizá podríamos comenzar a experimentar en pequeñas comunidades.

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–Gurdjieff y Tótila Albert ya señalaron que el camino interior pasa por esa unidad trinitaria.
–En Relatos de Belcebú a su nieto, Gurdjieff cuenta que los males y sin sabores de los terrícolas tienen su origen en la incapacidad de unificar sus tres cerebros −y esa es la base de la neurosis u oscurecimiento óntico–. Más tarde, Tótila Albert también me habló de esta trinidad sin saber de Gurdjieff. A Gurdjieff no lo llegué a conocer personalmente; Tótila, en cambio, fue mi primer maestro. No procedía de ninguna escuela espiritual. Fue “partido por un rayo”, por así decirlo, como les ocurre a cierta clase de chamanes mexicanos: los aspirantes son iniciados por los chamanes más viejos, que les enseñan los gajes del oficio; pero la transformación esencial es inducida por esa descarga.

–¿Y a usted “le partió un rayo” en algún momento de su vida?
Podríamos decir que sí, que me “partió un rayo” tras la muerte de mi único hijo. Sucedió cuando tenía11años, en un accidente de tráfico. Nada me había tocado tan profundamente hasta entonces. Lloré incesantemente durante un mes. Fue un despertar al amor con retraso: quería a mi hijo, pero a medias; había postergado ese amor hacia él frente a otras cosas que me parecían más urgentes.

Solo ante su ausencia me di cuenta de cuánto lo quería. Y decidí que ya no viviría para nada que no pudiera medirse con la muerte. De este modo, mi vida se hizo más esencial.

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–Y entonces encontró a Óscar Ichazo,ese misterioso chamán.
–Ichazo representó el encuentro con una tradición que anhelaba: la fuente de la enseñanza de Gurdjieff, la misteriosa escuela de Sarmung, situada en algún lugar remoto de Oriente Medio. Sin embargo, la primera impresión con Ichazo no fue buena, me pareció un charlatán. Le pregunté: “¿Debo ser tu discípulo aunque te vea como un mentiroso y manipulador?”. Él sonrió y dijo: “Claudio, en esta escuela no se necesita una devoción profunda. Es una senda espiritual muy científica. Me juzgarás por los frutos, y los verás pronto”. Entonces me hizo una propuesta muy especial: me mandó al desierto durante 40 días.

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–¿Y qué ocurrió en ese retiro?
–Pasé aquellos días meditando y recibí una transmisión directa de conocimiento de una forma que sería difícil de explicar. Sentí que todo lo que había conocido en los libros sagrados era una sombra ante aquella experiencia. A la vuelta, Ichazo sintió que el tratamiento aún no estaba completo y me sometió a un proceso de expulsión del grupo por megalomaniaco. Fue algo así como un teatro sagrado en el que cortó el cordón umbilical con él. No solo hoy, también mientras ocurría, comprendí que esa expulsión fue un regalo. Tras ella, organicé una primera versión del Programa sat en California.

–¿Cómo podemos iniciar nuestra travesía por el desierto, para desarrollar un espíritu de búsqueda?
–Buscar buenas influencias, por ejemplo, maestros y benefactores que te enriquezcan. Sirve la meditación, leer libros inspiradores, el servicio y, especialmente, la entrega: el ishvara pranidan o disolución en lo divino. Otra manera de comenzar la búsqueda es entender que no somos nuestro pensamiento, sino que este es un carrusel, una máquina de la que nos hemos enamorado de forma narcisista.

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–¿Pasa lo mismo con las emociones? ¿Son un carrusel?
–El que conoce un poco su mente y sus emociones se va desencantando de ellas, así como los niños se cansan de sus juguetes. El desarrollo espiritual tiene mucho que ver con esa relativa renuncia. Avanzamos en el camino cuando nos damos cuenta de que el sentido de la vida no está en pensar cosas bellas, ni en la intensidad de las pasiones.

–¿Qué buscamos exactamente al iniciar un camino interior?
–Cuando se inicia una búsqueda espiritual no se puede nombrar lo que se busca. Si lo identificamos como amor, gloria, fortuna o Dios, nos alejamos de lo esencial, que no se puede concretar. Solo al fructificar la búsqueda nos damos cuenta de qué es lo que andábamos buscando. Un buscador subió al Himalaya para encontrar a un ermitaño: “Maestro, ¿cuál es el sentido de la vida?”. El ermitaño respondió: “El sentido de la vida es una mata de tomate”. ¡Qué decepción se llevó el buscador! Pero el ermitaño tenía razón: lo que más se parece al sentido de la vida es una planta que florece y madura. El sentido de la vida es crecer y dar fruto.

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