Salud ambiental

El silencio es una medicina para el cerebro

Elisabet Riera

La ausencia de ruido ambiental crea nuevas células cerebrales, mejora la memoria, tiene un potente efecto antiestrés y beneficia a nuestro estado emocional.

El silencio es un bien cada vez más preciado. Tanto que se ha convertido en un atractivo turístico que se equipara al de otros recursos más convencionales, como las posibilidades de ocio o la oferta gastronómica.

En Finlandia lo saben bien. En 2010, un comité de expertos se reunió para generar ideas para la promoción de su país. Querían una "marca", algo que los singularizara respecto al resto del mundo. Pensaron en cuáles eran los valores únicos que podían ofrecer, y surgió tras mucho debatir… el silencio.

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El silencio es un recurso natural, igual que el agua pura o las setas silvestres. El problema es que cada vez es más escaso, y por eso la gente está dispuesta a pagar por él.

Tienen un éxito indiscutible los retiros de silencio y meditación, los hoteles en árboles o los omnipresentes auriculares, que más veces de las que creemos no se usan para escuchar música sino para aislarse del ruido.

Incluso un fabricante de relojes finlandeses ha adoptado el eslogan: "Hecho a mano en el silencio finlandés". El silencio vende, y por tanto, significa que tiene algo que necesitamos y deseamos instintivamente, por muy intangible que pueda parecer. ¿Qué es?

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Trece millones de europeos padecen trastornos del sueño. El ruido ambiental, sobre todo el del tráfico, es una importante causa de este trastorno, y tiene numerosas consecuencias negativas sobre la salud.

Pero lo más asombroso es que sus efectos no son solo preventivos, sino que estar expuesto al silencio puede revertir ciertas enfermedades, especialmente las que afectan al cerebro.

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¿Qué nos dice la ciencia sobre el ruido?

Los primeros estudios científicos sobre el tema, en los años sesenta del siglo pasado, se centraron en los efectos del ruido, no en los del silencio y, de hecho, el silencio solo se convirtió en protagonista "por accidente".

El doctor Luciano Bernardi realizó en 2006 un estudio de los efectos fisiológicos de la música. Analizaba la respuesta de dos docenas de participantes a seis piezas de música y halló que los impactos podían leerse directamente como cambios en la presión sanguínea, presencia de dióxido de carbono en sangre e irrigación en el cerebro.

Con casi todos los tipos de música se experimentaban estos efectos, parecidos a los de la excitación, lo que no es de extrañar debido a que escuchar música requiere estar alerta y atento. Hasta aquí, todo bastante previsible.

Pero lo que Bernardi no se esperaba eran los drásticos efectos que midió en los intervalos entre canción y canción, en los cortes de silencio. De hecho, las pausas de dos minutos se mostraron mucho más relajantes fisiológicamente que cualquiera de las músicas "relajantes".

Experiencias posteriores, como la de Michael Wehr, de la Universidad de Oregón, demostraron que este efecto se multiplica por el contraste entre sonido y silencio, y que nuestro córtex auditivo dispone de una red de neuronas que se activan cuando comienza el silencio, igual que disponemos de otras –que ya habían sido estudiadas profusamente– que se activan cuando oímos un ruido súbito.

La conclusión fue que el silencio tiene igual peso y efecto sobre el cerebro que el sonido. Esto abrió la puerta a investigaciones centradas en el silencio, de un modo similar a las que hasta entonces se habían hecho sobre el ruido.

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La estimulación cerebral de los sonidos

En 2013, Imke Kirste, bióloga regenerativa de la Universidad de Duke, expuso a cuatro grupos de ratones a varios estímulos auditivos:

  • Música
  • Sonidos de ratones bebé
  • Ruido neutro
  • Silencio

Esperaba que los sonidos de las crías de ratón, como forma de comunicación, aceleraran el desarrollo de nuevas células cerebrales. Pero resultó que, aunque todos los sonidos tenían efectos neurológicos a corto plazo, ninguno tenía un efecto duradero.

Sin embargo, y para sorpresa de Kirste, dos horas de silencio al día provocaron en los ratones un desarrollo celular en el hipocampo, la zona del cerebro relacionada con la memoria e involucrada en los sentidos.

La total ausencia de sonido actuaba como estímulo de un modo más potente que la estimulación sonora, tal vez por lo extraño de ese fenómeno en el medio natural. Esto suponía un estímulo adaptativo para el cerebro de los roedores.

Es apresurado trasladar estas conclusiones a humanos, pero dado que enfermedades como la demencia o la depresión se han asociado a un descenso en los niveles de neurogénesis en el hipocampo, el hallazgo podría tener aplicaciones esperanzadoras.

Si pudiera establecerse un puente entre silencio y neurogénesis en humanos quizá los neurólogos podrían darle un uso terapéutico al silencio.

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Silencio mental, un reset muy necesario

Otros efectos del silencio sobre el cerebro se deben a que actúa como un "reset". La mayor parte de la energía que consume el cerebro se invierte en labores inconscientes que están siempre funcionando en segundo plano. Solo cuando nos quedamos en silencio somos conscientes de ellas:

  • El cerebro sigue canturreando una canción que escuchábamos por la radio.
  • Repite una conversación que acabamos de tener, o que incluso tuvimos hace mucho tiempo.

Son sonidos que escuchamos internamente sin que provengan de ninguna fuente exterior; el cerebro los recrea porque previamente los ha transformado en información interior. Todo este tipo de operaciones de transformación y archivo se realiza sin tregua y requiere mucha más energía que efectuar cualquier operación matemática o trabajo mental consciente.

Cuando el cerebro está en "modo pausa" (sin perseguir un objetivo, flotando, "en babia" o durmiendo), es cuando lleva a cabo esta integración entre el conocimiento consciente y el inconsciente que nos permite crear nuestra identidad individual y buscar nuestra manera de estar en el mundo. El silencio mental es, pues, la piedra angular para la autoconciencia y la reflexión. ¿Qué es la meditación si no eso?

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La meditación, un espacio interior libre de ruidos

Los experimentos neurocientíficos con meditadores expertos, realizados con aparatos de imagen como la tomografía computerizada, donde se pueden ver las reacciones y funcionamiento de sus cerebros, han demostrado una mayor frecuencia de base de ondas alfa, relacionadas con los estados de calma y relajación (en contraste con las ondas beta, que son las que están mayoritariamente activas durante la vigilia).

Vistos estos datos, el papel del silencio va más allá de una simple herramienta de prevención o terapéutica y adquiere una dimensión emocional y espiritual, pues valores como la empatía, la generosidad, el perdón o la gratitud serían impensables sin esa autoconciencia que solo puede procurar un cerebro en paz, libre de "ruidos" externos.

¿Es este el motivo de que el silencio se haya convertido en un bien escaso y deseado, hasta convertirse en un reclamo turístico? Tal vez no sea el paisaje virgen los que necesitamos reencontrar, sino un paisaje interior poblado de esos valores hoy tan escasos como el propio silencio en medio de una ciudad ajetreada y consumista.

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