"Tras sufrir un ictus lo más difícil es aprender a gestionar las emociones negativas"

Rosa Rubio sufrió un ictus que la convirtió en un persona totalmente dependiente. Ha querido explicar su experiencia de superación física y emocional para ayudar a otras personas que puedan pasar por lo mismo.

Rosa Rubio

Rosa Rubio

De un día para otro la vida que uno ha conocido puede saltar por los aires. Es lo que le pasó a Rosa Rubio. A los 40 años tenía un buen trabajo en la banca, dos hijas pequeñas preciosas y un matrimonio estable. El ictus, esa amenaza silenciosa que es la principal causa de muerte y discapacidad entre las mujeres y la segunda en hombres, la dejó prácticamente imposibilitada. No podía andar, comer sola y, al principio, casi ni comunicarse.

Afortunadamente, con mucha fuerza de voluntad y ayuda de especialistas, consiguió salir adelante. Diez años después ha querido explicar todo ese viaje que aún dura, una auténtica montaña rusa de emociones y superación, en un libro, El poder de querer, por si sirve de guía a otras personas.

–Empecemos por el final. ¿Cómo estás hoy?
–Me veo recuperada tanto física como emocionalmente. Estoy en paz conmigo misma. He aceptado los cambios con valor, confianza y sentido del humor. Ha sido mi manera de avanzar y no quedarme anclada en la rabia y la frustración que sentí en la primera etapa después del ictus. Es fundamental aprender a gestionar e interiorizar esos sentimientos negativos que van apareciendo. Ya no soy esa superwoman que te obliga a ser la sociedad, pudiendo con todo. Debía permitirme los momentos de debilidad y frustración para progresar.

–¿En qué has cambiado?
–No soy la misma, aunque no me gusta hablar de antes y después. Yo digo que hay una Rosa preictus y otra postictus. Era una persona muy activa. Me había tirado en paracaídas, esquiaba, iba en moto... Hoy tengo limitaciones permanentes y todo eso se ha quedado atrás. Descubrí que es un error aferrarse al pasado. Intentar recuperar mi vida anterior era un sinsentido que me impedía avanzar y sanar heridas. De lo que se trata es de ilusionarse por ese después, de no perder energía ni ilusión en tratar de controlarlo todo.

–¿Cómo fue ese proceso?
–Pasé por distintas etapas. Como te decía, al principio me costó muchísimo aceptar lo que me pasaba. Muchísimo. Tenía dos niños pequeñas a las que tenía que cuidar y no podía aceptar ese cambio de roles. De repente, eran ellas las que tenían que cuidar de mí, porque yo era un bebé: no podía hablar, las piernas no me aguantaban, no me podía duchar. Y fue así hasta que acepté la enfermedad, acepté las emociones. Puedes estar un día enfadada o triste y no quiere decir que seas una persona triste. A partir de ahí, empecé a mejorar. La parte física fue más rápida, la emocional, más lenta. Te sientes muy sola.

–¿Te sentías sola, pese a estar rodeada de familia y amigos?
Asumir que eres una persona que ya no puede hacer nada es tan complicado que ni tú mismo te entiendes, y es muy difícil que las otras personas te entiendan. Me refiero a esa soledad que solo comprenden personas que puedan haber pasado por lo mismo. Son una serie de baches emocionales comunes a todos los afectados por ictus. Por eso planteo que las herramientas que yo usé pueden servir a otros.

–¿Cuál sería la herramienta básica?
–Que no pierdas la esperanza ni la ilusión. Querer no es poder, eso está claro. Ya a mis 50 años no voy a ser top model. Pero el poder de querer conseguir algo es muy valioso. Soy muy cabezota y eso me ayudó. Me dijeron primero que me iba a morir y luego que no andaría. Volví a andar. Y esa cabezonería me ha traído hasta aquí. La vida después de una crisis como la mía no tiene por qué ser peor. Es diferente.

–¿Te gustas más ahora?
–Sí, creo que soy más generosa y empática. (De hecho, los beneficios que consiga por las ventas del libro los va donar a causas sanitarias.) Mi tiempo lo disfruto muchísimo. Lo dedico a lo que quiero y a quien quiero. Ya no dejo nada para mañana. Vivo cada momento mucho más intensamente.

–Además de ir al fisio, ¿qué terapias complementarias has utilizado en la rehabilitación?
–Me ha servido mucho el chi Kung, tanto a nivel físico, para el equilibrio, como en el emocional, porque trabajas ambos aspectos. También me ayuda la meditación en casa. Y lo que me ha ido mejor es la acupuntura, sobre todo para los dolores de cabeza y la sensación de mareos, y también un poco para la parte emocional. No he dejado ninguna de ellas.

También hago sesiones de masajes craneosacrales, porque me operaron y me quitaron un trozo de hueso. Lo volvieron a colocar, pero ya no todo queda igual. E inconscientemente, desplazo mi cráneo hacia la derecha, que es mi parte fuerte. Desde entonces cada quince días necesito un masaje muy delicado con el que me ayudan a recolocando mi cabeza en su sitio.

–La vida te ha convertido en una experta en ictus ¿Crees que se conoce poco?
–Sí, y no quiero poner mi caso como ejemplo, porque es muy atípico. Tenía una malformación genética. Lo que quiero transmitir es que el ictus tiene una prevalencia enorme y no podemos quedarnos solo con que es un problema de personas mayores, fumadores o con sobrepeso. Afecta también a gente joven y de mediana edad. Hemos de aprender a detectarlo a tiempo, porque cada minuto cuenta.

El ictus corta el flujo de sangre al cerebro y las neuronas son células muy sensibles a la falta de oxígeno. Cuanto más se tarda peor es el pronóstico y hay más riesgo de secuelas. Cada hora que pasa, el cerebro envejece cuatro años.

–¿A qué crees que se debe esta falta de atención social?
–Existe una sensación de vergüenza. La enfermedad está estigmatizada, parece que si has sufrido un ictus es porque has llevado mala vida. Y no siempre es así. Es importante que se hable, que se sepan los síntomas, que pueden ser muy variados. Por supuesto dolor de cabeza o parálisis, pero también nauseas, mareos y pérdida de equilibrio. Yo lo achacaba al estrés profesional que tuve esos días. Fui al médico y no me lo detectó. Las mujeres estamos muy infradiagnosticadas con el tema ictus. Hay que tenerlo presente. Escucha a tu cuerpo, si siguen los síntomas, vuelve a insistir, no te quedes con el primer diagnóstico. La gente no sabe que el 80% de ictus son prevenibles.

–¿No insistimos por miedo a parecer hipocondríacos?
–Pues fíjate que con el tiempo me he dado cuenta de que el miedo es una emoción válida y necesaria. Permite que te anticipes y tomes precauciones. Al principio me parecía un síntoma de debilidad. Cuando sufrí el ictus se convirtió en algo constante que me dominaba, hasta que lo positivicé. Al identificarlo y analizarlo me convertí en una persona más fuerte. Hoy ya no tengo miedo a morir, pero tampoco a seguir viviendo.

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