Entrevista a Tew Bunnag

"Con el taichí mantienes tu centro incluso en plena acción"

Tew Bunnag propone conciliar el entrenamiento físico y el espiritual en una sola actividad. Para ello, recomienda formarse en la práctica milenaria del taichí.

Tew Bunnag nació en Bangkok (Tailandia) en 1947. Comenzó desde muy joven a practicar artes marciales y en 1968 se graduó en la Universidad de Cambridge en Chino Clásico y Ciencias Económicas.

Fue discípulo del lama Chögyam Trungpa y también de Dhiravamsa, ex-abad del monasterio de budismo theravada en Gran Bretaña. Con él empezó a enseñar taichí a los occidentales, actividad que ha realizado en numerosos países.

Ha escrito excelentes obras sobre taichí, publicadas todas ellas por La Liebre de Marzo.

Conversé con él en Barcelona. Fue un encuentro muy placentero, en el que me gustó mucho la vitalidad y el brillo de su mirada, así como su capacidad para transmitir paz.

Los primeros años

–¿Cómo fue tu infancia en Inglaterra?
–Nací en una familia acomodada, mi padre era diplomático y nos trasladamos a Londres cuando yo tenía seis años. Nos acompañó mi nodriza, y su presencia marcó mi infancia: era una persona muy espiritual, fue ella la que me inició en los valores del budismo, en meditar desde niño. Pero al cabo de dos años mi padre la envió de vuelta a Tailandia, porque quería formarme como una persona que, aun conservando su origen oriental, gozara de todos los recursos de Occidente, como piensan de hecho muchas de las familias pudientes de mi país.

–¿Cómo llegaste al taichí?
–Antes de estudiar en Cambridge estuve un año en Taiwán, donde encontré por primera vez el taichí. Hubo algo que me impactó con una fuerza increíble. Yo era un joven muy frenético, impulsivo, disperso, y en el taichí descubrí algo que me ayudó a centrarme, a estar bien. Más tarde me di cuenta de que había encontrado lo que buscaba en mi vida, algo que combinaba la meditación, el arte marcial, terapia… todo en uno. Y pensé que, si me podía ayudar a mí, podía ayudar a otros.

–¿Volviste a vivir a tu país?
–Lo intenté, pero fue la época del final de la guerra de Vietnam, me decepcionó la política y estuve viajando con mi primera mujer durante siete años por Grecia, Inglaterra y otros países, formándome, porque ya había encontrado a mis primeros maestros. Hacía mi taichí, mi meditación y mientras tanto trabajaba como un inmigrante, solo para sobrevivir, porque lo que me interesaba era dedicar mi tiempo a esas prácticas sin pensar que algún día iba a compartirlas con otras personas.

–¿De qué modo conociste a tus maestros?
–Mientras estudiaba en Cambridge. Uno fue el lama tibetano Chögyam Trungpa, y el otro Dhiravamsa, abad del templo budista theravada tailandés en Inglaterra. Recibí formación de ellos y un día, después de siete años en la carretera, Dhiravamsa, que había dejado los hábitos, me invitó a ayudarle a montar un centro que combinaría las técnicas orientales (taichí, meditación, yoga...), con terapias occidentales, como la psicología junguiana y la gestalt. Me formó en el método que transmite la meditación budista integrando el taichí, que en aquella época se llamó bodywork.

En California existía el Instituto Esalen, pero en Europa en 1974 y 1975 fuimos uno de los primeros grupos que combinó ambas perspectivas. Fue muy experimental e instructivo. Acudieron muchos terapeutas, psiquiatras y personas que necesitaban este tipo de aproximación terapéutica. Trabajé con adictos que habían cortado el consumo de estupefacientes pero necesitaban superar el período de hueco, de vacío, y así aprendí a ayudar a este tipo de personas. Entonces tenía 28 años y familia. Fue un trabajo arduo.

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–¿Qué es para ti el taichí?
–El taichí es una manera de detenerse suavemente que se asocia muy bien con la meditación, dado que la meditación en el cojín puede ser muy difícil para alguien habituado a correr a todas horas. Vivimos en una época frenética, necesitamos aprender una manera de frenar, de recuperar nuestro centro, de comunicarnos con nosotros mismos.

–¿El taichí sería entonces una meditación en movimiento?
–Exacto, una combinación de quietud en el movimiento. Parece paradójico pero no lo es. Con un poco de práctica, ese silencio, ese punto de tranquilidad, permanece contigo en lo que haces, no lo pierdes.

Taichí para un cambio interior

–¿Se puede hacer taichí sin interesarse por su componente original de arte marcial?
–Sí pero sería incompleto. Y no lo digo porque la intención del taichí sea conseguir un buen luchador, sino porque su valor procede precisamente de que se trata de un arte marcial que tiene su disciplina, su precisión, a la vez que implica una iniciación constante en la noción del dar y recibir, de la línea recta y del círculo, del yin y el yang. De ahí deriva que te permita conservar tu tranquilidad, tu silencio, tu centro, incluso en plena acción.

–¿El taichí entonces permite modular nuestras reacciones?
–Por supuesto. El taichí integra tres niveles: el lenguaje marcial, el lenguaje energético y la meditación. El taichí es una disciplina interna en tanto que implica una transformación interior. Con él se aborda la paradoja de estudiar un arte marcial que tiene potencial para hacer mucho daño, y no hacerlo, aprendiendo a ir más allá de la dualidad entre el miedo y la rabia. Un arte marcial interno implica una transformación interior que permite transformar la violencia que llevamos dentro, o por lo menos explorar la posibilidad de transformarla en paz. Por eso digo a mis alumnos que si el taichí puede permitirte un momento de reflexión antes de reaccionar con violencia sería un gran éxito. Violencia no quiere decir solo pegar: puede haber violencia en tus palabras, en tu mirada, en tu pensamiento…

Sabemos que reaccionar con violencia es muy fácil, incluso con los seres queridos la violencia y el amor muchas veces van juntos. Se trata de una transformación en el nivel más profundo y se puede ver si tu entrenamiento sirve o no sirve cuando la situación o alguien te amenaza. El entrenamiento en el aspecto marcial es importante porque nos ofrece un terreno donde podemos jugar en combate y observar nuestros esquemas competitivos, nuestra actitud hacia el perder o ganar, una faceta personal que suele ser inconsciente…

"El taichí ayuda a la persona a conservar su tranquilidad, su silencio, su centro, incluso en plena acción."

–¿En qué consiste la práctica del taichí?
–Depende de los profesores. Para mí incluye la preparación, el calentamiento, conocer el lenguaje marcial, saber qué estás haciendo: cada movimiento tiene un significado marcial, no es decorativo y, además, cada movimiento tiene tres o cuatro aplicaciones. La práctica también incluye ejercicios con pareja. Toda la práctica del taichí va dirigida a conocer en qué momento dar y en qué momento recibir.

–¿Qué papel desempeña la respiración?
–Va muy ligada a los movimientos pero depende de cada profesor acentuar o no esa relación. Prefiero buscar la relajación y no intentar controlar una armonía precisa entre movimiento y respiración. Porque cuando te estás moviendo bien, relajado, la respiración se acompasa, tiene su propio ritmo de entrar en las cosas…

–¿Qué objetivos se intentan alcanzar con el taichí?
–Más que un objetivo fijo se trata de entrar en un proceso de comunicación contigo mismo, de aprender a escuchar los tres niveles o energías que fluyen dentro de ti. Uno de ellos es el nivel emocional, entender qué pasa por ejemplo cuando tienes a alguien frente a ti, en la lucha, aunque se trate de una lucha suave, y de mantener y alimentar tu conciencia en cada movimiento. Desde una perspectiva más amplia, el taichí es un proceso para conseguir la paz, lo que implica un trabajo constante de vigilar que no estemos atrapados por patrones de pensamiento, conducta o reacción que parecen protegernos.

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El taichí es amor a lo vivo

–¿Existe una actitud mental óptima para realizar taichí?
–Amor. El amor por ti, por la vida, sentir respeto por la energía que fluye dentro de ti. Conforme pasan los años haciendo taichí más aprecias todo lo que vive, todo lo que respira…

–¿Es importante realizar taichí en plena naturaleza?
–Sí. En la playa, en la montaña, se practica con los elementos, con los colores, con la textura de la tierra, con el viento… Es una celebración.

–¿Todos poseemos una aptitud innata para el taichí?
–Sí, aunque eso no quiere decir que todo el mundo tenga que hacerlo: solo si apetece.

–¿Te acuerdas de alguna experiencia concreta en tu larga carrera como profesor?
–El primer caso, siempre me refiero a ella con agradecimiento en mi corazón, fue una señora que había sobrevivido a Auschwitz. Estaba traumatizada por lo vivido y por la pérdida de su familia. No sé si un trauma tan profundo se cura, pero ella decía que gracias al taichí podía abrirse y continuar. Recuerdo muchos otros casos, por ejemplo trabajando con personas que no pensaban que podrían sobrevivir el vacío tras haber dejado la droga. Pero poco a poco pudieron cambiar su energía, limpiarse interiormente y recuperar el amor a la vida.

–¿A partir de qué momento consideras que una persona "sabe" o, como mínimo, que está empezando a disfrutar de los beneficios del taichí?
–Eso no tengo derecho a decirlo, pero percibo cambios en su mirada, en la forma de moverse, quiere aprender más... Ahora bien, eso no significa que haya milagros o que la gente se cure de sus enfermedades. Siempre digo en mis cursos que a pesar del taichí, la meditación, el yoga y otras técnicas, la vejez, la enfermedad y la muerte son inevitables. Solo que mientras tanto vives mejor, con más ternura, con más salud, con más sensibilidad, con más placer… Quien busque una pastilla milagrosa para suprimir todo lo doloroso saldría muy decepcionado. En el taichí, como en todo arte marcial, el contexto ya es de cambio, de transformación, y eso incluye aceptar la muerte como un ciclo inexorable de la vida.

Aprender sin ataduras

–¿Qué diferencia a las distintas escuelas de taichí?
–Básicamente los estilos de hacer la forma o secuencia de movimientos. En China cada familia tenía su maestro, que tal vez era un acupuntor, y elaboraba su forma de movimientos para ti, para la familia, el clan. Hoy en Occidente muchas personas comparten el taichí y han integrado sus otros saberes. Por eso la disciplina ha dejado de ser algo fijo para ser algo muy vivo. Y también han cambiado las maneras de transmitir. Por ejemplo, esa noción de maestro –con la que nunca me sentí muy a gusto– se ha transformado en compartir, en algo más auténtico, y si has integrado ejercicios de otras terapias se considera válido en la medida en que funcionen. Mi profesor en Cambrigde, el Dr. Lau, ya enseñaba de ese modo.

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Es muy importante recordar que nuestro compromiso es contribuir al bienestar de la gente, a la paz y al amor en el mundo, no ensalzar el poder personal. Lo mejor que puede hacer un profesor de taichí es escuchar, apoyar, mirar lo que hace falta. No imponer, no transmitir lo que piensa que es correcto, sino mirar lo que es verdadero y auténtico en cada uno de sus alumnos. Eso es un arte, hay que ser humilde, escuchar…

–¿Qué criterios valora para elegir una escuela de taichí?
–Fijarse en el profesor. No importa su estilo: hay que ir, mirar cómo actúa, cómo está y qué ofrece.

–¿Y al escoger un maestro?
–Lo mismo. Y tener siempre presente que un maestro es un hombre o una mujer que está en el mismo camino que tú, un ser humano con sus conflictos, problemas y contradicciones. Si un maestro se cree alguien especial, que ya no tiene que desarrollar nada, se equivoca. Es un error que se comete fácilmente, porque la gente al llegar a un grupo siempre está buscando algo y al recibir ayuda se siente agradecida; eso crea fácilmente un vínculo de dependencia. El arte de no crear ese lazo depende del profesor y del alumno. Hay muchas maneras de evitarlo: la franqueza, la honestidad, compartir. Es una trampa en ese entorno, porque el maestro sabe muchas cosas y puede ser impresionante, pero cuando sale de la sala tiene los mismos problemas que tú.

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–¿Cuáles son las principales razones por las que aconsejarías hacer taichí?
–Cuando es necesario recuperar una comunicación contigo mismo que has perdido, cuando alguien está muy disperso, con la mente demasiado cargada por su trabajo, personas con depresión, con distintos tipos de crisis… Hacer taichí es una forma de recuperación, de volver al propio cuerpo y disfrutar.

–¿Algunos de los errores más comunes del principiante?
–La prisa. Cuando alguien está en su proceso de descubrir o redescubrir su cuerpo, eso es taichí, entonces no hay prisa.

–¿Y entre los expertos?
–Quizá la vanidad. En el budismo zen se habla de conservar "la mente del principiante", de guardar esa frescura, esa curiosidad que está reñida con el aburrimiento. Para mí es muy importante sentir tu cuerpo como si fuera un instrumento musical y a ti mismo buscando la nota perfecta, que siempre te elude. Repetir es un reto, siempre insisto en que en la vida espiritual, que incluye las artes marciales, la base es la repetición.

La disciplina consiste en repetir, como en todo arte que merece la pena. No se trata de tener una inspiración una vez, sino de repetir y repetir como hacen los buenos músicos y los alfareros. La meditación es volver a sentarse en el cojín cada día sin esperar una iluminación o una experiencia intensa. Ese es un reto para mucha gente, que al no comprender la esencia de la disciplina abandona en pos de la novedad, con lo que reinicia la búsqueda una y otra vez.

Taichí para impacientes

–¿Puede practicar taichí alguien impaciente?
–Sí. Antes de la paciencia viene la impaciencia; antes del silencio, el ruido; antes de la paz, la violencia. Hay que admitirlo y respirar lo que no es y vendrá, si tienes el coraje de asumir el riesgo de estar ahí y no huir de lo incómodo.

–¿Qué repercusiones puede tener practicar taichí?
–Depende de la persona. En general mi esperanza es que, quizás, antes de reaccionar se tome un poquito más de espacio para reflexionar, para no hacer daño, por respeto a ella y a los demás. Esa es para mí la consecuencia más importante: la capacidad de no hacer, de no quedar atrapado por tu patrón de reacción, de rabia, impaciencia o lo que sea. Y eso tiene muchas más consecuencias, porque da opciones al otro. En el combate de arte marcial hacemos un ejercicio para que el cuerpo viva esas opciones de no reaccionar, de no hacer daño.

–¿En qué temas trabajas en la actualidad?
–Ahora tengo 62 años, me estoy concentrando en dos temas, uno es mi primera pasión: estoy compartiendo lo poco que sé del I Ching; el otro tema es la muerte y el morir, porque si bien siempre he trabajado en este terreno, desde hace nueve años colaboro con un hospicio en mi país que acoge a adultos y niños enfermos de sida. Aquí soy miembro de un grupo de médicos de Elche que trabaja con enfermos terminales. He ayudado a las familias y al moribundo a enfrentar la muerte, también he ayudado a los médicos y a las enfermeras a vivir esos momentos tan difíciles creando un lenguaje que puede servir a quien está pasando por ese trance, así como brindando apoyo para integrar el luto.

Tu sensibilidad, escuchar, es el trabajo del taichí; la presencia es lo más importante cuando estás acompañando.

–¿Hay algo más que te gustaría compartir con los lectores?
–Estamos en un momento histórico muy difícil, enfatizado por la crisis, pero la crisis es el síntoma de algo mucho más profundo que toca el sistema de valores y si durante la mayor parte de mi vida he creído que para vivir bien hace falta una disciplina espiritual, algo que nos permita comunicarnos con nuestro espíritu –un aspecto de nuestro ser– me parece que hoy en día es mucho más importante. Las creencias, las ideas, la misma política nos ayudan a cambiar, pero hay que vivir la transformación, no solo creer. Creer en la paz nunca nos ha ayudado, creer en Dios nunca ha impedido a la gente matarse en nombre de ese Dios.

El único camino es vivir el cambio, tenemos que abandonar los valores del consumo que nos han llevado a la deuda, tenemos que ayudar para que la gente tome conciencia de lo que realmente importa, de que aprenda a valorar su bienestar, el tesoro de su respiración, el aliento. Por eso la disciplina espiritual es tan importante en esta época. Se trata de recordar la riqueza de la simplicidad y si podemos avanzar basando la vida sobre esta simplicidad las cosas cambiarán.

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Mucha gente dice: "¡oh!, mi vida es tan complicada". Nosotros mismos hemos creado una vida tan complicada y tenemos el poder, el derecho y los recursos para simplificarla; en eso consiste la vida espiritual. Esta crisis es una pequeña ventana que refleja la locura de la vida que llevamos. El hambre en el mundo no solo es injusta sino innecesaria, y está claro que en los países en los que hay exceso es un exceso que no da satisfacción ni bienestar. El placer, la capacidad de disfrutar de la vida, no depende de lo que puedes acumular. Fundamentalmente quiero que desaparezca la pobreza de mi país y de todo el mundo, querría ver más simplicidad en el mundo.

Obras de Tew Bunnag

Todas ellas han sido publicadas por la editorial La Liebre de Marzo.

  • El arte del Tai Chi Chuan
  • Tai Chi Chuan, camino de curación
  • La esencia del Tai Chi Chuan

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