Testimonios

Viajes conscientes que te cambian la vida

Jordi Jarque

A veces la persona que vuelve de un viaje es distinta de la que partió. Salir del mundo habitual amplía nuestras perspectivas y brinda nuevas experiencias vitales.

Habrás visto cientos de veces Nueva York en escenas de películas: estrechas callejuelas de Chinatown en Manhatann (ahora van usurpando el territorio al Little Italy), taxis amarillos (aún ruedan los viejos Ford Crown Victoria, aunque el año pasado vi bastantes menos) sin apenas amortiguación cruzando a toda pastilla calles con el asfalto irregular, jóvenes musculados con el torso descubierto en el barrio del Bronx (te aseguro que perderse por esta zona al atardecer en un coche de alquiler porque el navegador se te ha estropeado estimula la presión sanguínea a niveles insospechados, como me pasó al cruzarme con algún que otro jovenzuelo cargando con una gigantesca serpiente sobre sus hombros).

Una cosa es verlo en una pantalla o leerlo en estas páginas y otra cosa es vivirlo y sentirlo en los poros de la piel.

Pero en mi juventud yo creía que daba igual, que con los detalles compartidos por terceras personas era suficiente para que el alma se impregnase de los matices del mundo y aprendiera lo que tuviera que aprender. ¿Para qué viajar a Israel, India, Islandia o Estados Unidos si ya veo lo que sucede a través de la tele o Internet?

Si, además, ya entonces practicaba meditación de forma regular, ¿qué mayor viaje que el interior? No había viaje exterior comparable, así que ¿para qué viajar?

Cuando viajar te cambia por dentro

Dorin Visotsky tiene ahora 27 años y volvió cambiada de su viaje a Laos. Esta joven israelí está afincada en Barcelona desde los 21 años. Ha viajado a Egipto, Tailandia y algunos países de Europa. Pero en Laos encontró un pequeño tesoro.

Por primera vez en su vida se topó con niños que vivían sin miedo, ella que ha crecido en un territorio y una época en que la violencia latente y explícita invadía la esperanza de la población palestina e israelí.

"Fue en Vang Vieng, un encanto de pueblecito cerca de un pequeño lago donde los niños se acercan a ti sin ningún recelo. Venían conmigo arriba y abajo, jugaban, cantaban. Increíble. Y no eran la excepción. Es la manera de ser de allí. Yo creía que eso no existía en este mundo y eso me ha vuelto más confiada".

Algunos amigos le dicen que se ha vuelto incluso demasiada confiada. Pero ella asegura que desde entonces vive más tranquila, menos tensa. "Es como si hubiera podido exorcizar mis miedos". Es lo que tiene viajar.

Hay quienes creen que para afrontar los miedos es suficiente con meditar. Hay una película que refleja este pequeño dilema. En Samsara, dirigida por Pan Nalin, el protagonista (Thasi) pasó tres años de su vida en estado de trance meditativo en una cueva del Himalaya. Creyó que este viaje interior era el viaje en mayúsculas. Los demás monjes del templo también creyeron que estaban ya delante de un santo.

Pero cuando el joven lama se reincorporó a las rutinas de la vida en el monasterio descubrió ruborizado sus impulsos sexuales. Sintió cosas que no había sentido al descubrir la mirada de Pema, una bella chica de un poblado cercano. Su viaje interno aislado del mundo adolecía del viaje también externo donde los otros nos confrontan, abren puertas a sensaciones que desconocíamos y ofrecen la posibilidad de afrontar miedos y complejos, como el caso de Dorin.

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Volver del viaje siendo una persona diferente

Conocer otros mundos puede convertirse en un viaje iniciático en el que dejas una huella y te deja una huella. Así lo entiende Dídac Sánchez-Costa, un joven sociólogo que ha recorrido medio mundo (Estados Unidos, Canadá, América Latina, Europa, Marruecos…) durante algunos años.

También tiene claro que viajar es una actitud que te cambia. "Es como un viaje iniciático", asegura. Viajando se ha sentido como creador de su propia vida, de sus propias circunstancias.

Tal vez resulte más fácil romper los condicionamientos psicológicos y mentales estructurados a través de la familia y el entorno cuando uno se aleja del territorio donde ha crecido. Lejos de tu centro que te conforma obtienes una nueva mirada de ti mismo. Incluso puede ser catártico y cambiarte, al menos en algunos aspectos.

"Y eso lo puedes hacer mejor desde un lugar fuera de tu sociedad. Viajar a otros lugares te permite entender mejor tu propia sociedad y a ti mismo". Pero lo que le ha sorprendido más es que el impacto más fuerte se produce al volver. Dice que no te reconoces, eres otro. Ya no tienes tanto miedo de aceptar y modificar incluso la manera de pensar. Te das cuenta de que has cambiado y de que lo has hecho en un lugar lejano.

"Yo salí de Barcelona siendo ateo y he vuelto aceptando que hay otras realidades, que hay cosas trascendentes más allá de nuestra capacidad de comprensión. Como Neo en la película Matrix, me tragué la pastilla roja en lugar de la azul, lo que implica perder tu anterior identidad, tu vida anterior y todo lo que había conocido antes, y ya no pude volver atrás".

Nueva expansión de conciencia. Más miedos confrontados. Uno vuelve cambiado. Lo nota uno mismo pero también lo notan los demás, y te lo hacen saber. Eres menos de tu territorio y más de todos. Y con la que está cayendo parece que cada vez surge más la necesidad de otras miradas. Tal vez sea el espíritu de los tiempos.

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Turismo espiritual

Y el turismo espiritual no para de crecer. Un caso muy llamativo es el de Brasilia, la capital de Brasil inaugurada en 1960. Esta ciudad es hoy Patrimonio de la Humanidad. Más de dos mil grupos enmarcados bajo el concepto de nuevas religiosidades la definen como la Ciudad Mística o capital del Tercer Milenio.

Tanto es así que el templo más visitado de la ciudad es el de la Buena Voluntad, un templo ecuménico. Cerca de ahí, a 230 km de la capital, se encuentra el pueblecito de Alto Paraíso, donde algunos gurús sitúan el chakra cardiaco del planeta (se supone que la Tierra tiene siete chakras que se corresponden con los siete del organismo humano, pero no logran ponerse de acuerdo sobre dónde se encuentran estos siete). ç

En cualquier caso esta región concentra un gran número de buscadores místicos individuales que vienen de todo el mundo. ¿Realmente les cambiará viajar hacia ahí o hacia cualquier lugar que se considere sagrado? Depende.

Según los seis millones de peregrinos que entran cada año en La Meca (en Arabia Saudí) para visitar la ciudad en la que nació Mahoma, sí. Para los musulmanes, la peregrinación tiene grandes virtudes y bendiciones y aseguran que quien la realiza vuelve puro, limpio. Los judíos tampoco dejan de viajar.

Ferran Bel, que presidió la Red de Juderías de España Caminos de Sefarad, constata que cada vez hay más turistas judíos que visitan las ciudades con judería. En España hay 23. No sé si para ellos será también un viaje iniciático, pero la búsqueda de la tierra prometida y su salida de Egipto hace unos miles de años, atravesando el desierto y el mar Rojo, no deja de ser considerado un símbolo de las etapas en la progresión espiritual de cada uno.

Algo parecido ocurre con el cristianismo y el Camino de Santiago, que no acaba en Santiago de Compostela sino en Finisterre según aseguran los más inquietos. Aunque llegados a Finisterre (fin de la tierra), no está tan claro que sea el fin del viaje.

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Viajando se aprende y te cambia el punto de vista

Al menos para mí Finisterre no fue el fin del viaje porque crucé al otro lado del Atlántico, donde visité Nueva York, uno de los símbolos del capitalismo salvaje de nuestra cultura occidental, y también volví cambiado. Como también volví cambiado cuando visité Israel, una de las zonas más emblemáticas del nacimiento de nuestra cultura occidental.

Curiosa paradoja, que yo siendo hijo de Occidente nacido en Barcelona, haya cambiado mi visión sobre actitudes y costumbres tras sumergirme en ambas zonas del mundo. En Nueva York me sentí incómodo al descubrir que no me parecía tan mal que sus habitantes tuvieran el derecho a poseer armas para defender sus propiedades, yo que me considero un defensor acérrimo del pacifismo.

Tomé conciencia de ello sobre todo al deambular por las calles de Tappan, un pequeño pueblecito de apenas siete mil habitantes, uno de los feudos de la masonería, a pocos kilómetros al norte de Nueva York. Se respiraba seguridad al pasear entre sus casas esparcidas entre bosques y campos verdes. Ahí casi nadie se atreve a entrar en propiedad ajena. Cuando relato esta experiencia en Barcelona, hay amigos que aseguran que ya no soy tan pacifista.

También me ven cambiado cuando les explico las vivencias íntimas en mi viaje a Israel. Allí quise conocer el kibutz Metzer en la frontera con Cisjordania. Se trata de una pequeña comunidad que ha sido referente de la buena convivencia entre israelíes y palestinos. Allí conocí otros miedos derivados del fanatismo religioso, del cual reniegan la mayoría de israelíes y palestinos con los que hablé.

Los habitantes de la tierra prometida quieren vivir tranquilos y en paz, excepto unos pocos que solo parecen capaces de respetar el poder de la fuerza. Así que ahora me parece bien tomar ciertas precauciones para intentar proteger el mundo que te rodea. Asusta un poco contemplarse a uno mismo desde esa perspectiva.

Tras recorrer Nueva York e Israel, ¿soy ahora menos pacifista? ¿Cómo integrar esta vivencia? Mi maestro de aikido explica que realmente solo se puede ser bondadoso cuando, teniendo la capacidad de destruir, decides no hacerlo, a diferencia de quien no lo hace porque no puede.

Tal vez esta aparente contradicción pertenezca al ámbito de la conquista del libre albedrío. No sé, en mi próximo viaje tal vez tenga que ir a Japón, cuna del aikido, pero a lo mejor ni me reconocen cuando vuelva

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