Cómo criar adultos íntegros y solidarios

3 pasos para educar en valores a los niños

Jorge Bucay

Conseguir que los hijos e hijas lleguen a ser personas adultas sanas, felices es responsabilidad de todos los miembros de la familia. Por el camino, debemos acompañarles y mostrarles, dando ejemplo, los valores que les acompañaran de por vida.

En el camino del bienestar y de la conquista de una saludable manera de vivir, el rol de la familia es imprescindible.

Los valores morales y éticos de las personas se diluyen en la misma medida en que se descuida el lugar y la importancia de la estructura familiar.

Esta devaluación de la institución base de la sociedad no es ajena al desmedido privilegio que se le concede a lo económico y a lo material. ¿Cómo revertir la situación para conseguir transmitir otros valores a los hijos?

1. Acompañar a nuestros hijos en su desarrollo

Empecemos por la conveniencia de compartir con nuestros hijos su proceso de desarrollo, entendiendo ese camino como una tarea de toda la familia y no solo como una actividad de los más pequeños.

Obviamente, esta modalidad educativa depende de una decisión que solo se puede tomar en pareja y que se vuelve más y más eficaz cuanto antes se ponga en acción.

  • No se trata, claro, de evitar la responsabilidad parental ni de compartirla con los hijos; se trata de pensar en lo que es mejor para todos, especialmente para los hombres y mujeres que ellos serán en el futuro.
  • Criar y educar a un hijo o una hija es ponerse en función de ellos, tanto para satisfacer un deseo posible como para frustrar una pretensión inconveniente o peligrosa, tanto para acompañar como para dejarlos avanzar solos en su beneficio, tratando de hacerlos sentirse amados, valiosos, capaces, únicos y maravillosos.

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  • Formarlo implica, pues, especial pero no únicamente, ayudarlo a que incorpore una escala de valores que le permita ser una persona íntegra más que un vecino exitoso, alguien capaz de sembrar y cosechar el amor de los demás, un ser que sea capaz de compartir lo que tiene sin dudarlo y de recibir lo que otros le dan sin culpa.

2. Dar ejemplo a nuestros hijos

Sigo creyendo que el ser humano es bondadoso por naturaleza, pero sostengo que la solidaridad no nace con nosotros. Se aprende, se enseña, se educa y se contagia.

Los terapeutas decimos, quizás exageradamente, que tendemos a tratar a los demás como nos tratamos a nosotros mismos y que nos tratamos de la misma manera en que hemos sido tratados; es decir, que tratamos a los otros con el mismo amor, con el mismo rencor o con la misma indiferencia con la que nos han tratado.

Somos capaces de comprender y tratar a otros –para bien y para mal– de la misma manera en que hemos visto a nuestros padres, maestros y hermanos tratar y comprender la situación de los demás.

Hemos hablado muchas veces en este espacio del valor de la comunicación, especialmente de aquella que va más allá de las palabras, y hemos compartido los descubrimientos de las ciencias de la conducta que demuestran que más del 75% de todo lo que decimos se transmite por gestos, silencios y actitudes; cómo no comprender entonces la delicada tarea parental a la hora de transmitir esos valores.

Se educa con sanos conceptos, con muchos cuidados y buena alimentación; pero, sobre todo, se educa con el ejemplo.

3. Entender que educar es un desafío familiar

Muchas son las situaciones, tanto placenteras como complicadas, que compartimos hombres y mujeres en el camino de aprender a vivir de manera comprometida y fecunda nuestras vidas. Una de las más trascendentes es la del proyecto familiar y la decisión de tener descendencia.

La mayoría de las veces esa maravillosa turbulencia de responsabilidades nos sorprende en pareja; es decir, junto a la persona con la que pensamos compartir nuestra vida, y esta coincidencia en tiempo, espacio y finalidad parece disminuir nuestro miedo y animarnos a confiar en que podremos superar el desafío.

Sin embargo, pronto comprobamos que lo que cada uno siente en esa situación está sumamente condicionado por nuestro género, nuestra educación, las tradiciones y la historia real de nuestra familia de origen.

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Cada miembro de la pareja deberá, a solas, comprender estos condicionantes y decidir qué hace con lo que todos –parientes y ajenos– parecen esperar de ellos.

Antiguamente esperaba de la mujer que fuera la responsable de la nutrición, del cuidado y de satisfacer las necesidades afectivas del recién llegado. Y del hombre, que fuera el proveedor inagotable, el que imponía normas o establecía los límites y el que cuidaba de la seguridad familiar.

Los hijos siguen teniendo básicamente las mismas necesidades, deseos y urgencias que hace cien años; y, para satisfacer muchos de ellos, sigue siendo fundamental que alguien se ocupe de los niños responsable, continua y amorosamente.

Pero con la profundización de los cambios sociales, laborales y psicológicos, con la llegada de las nuevas familias y estructuras familiares, es obvio que estos perfiles estructurados y rígidos ya no se sostienen. Sobre todo si se quiere cumplir adecuadamente con la mayor de las tareas: traer al mundo individuos que lleguen a ser adultos comprometidos y responsables.

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