Terapias aversivas

4 películas que muestran el peligro de una psiquiatría mal ejercida

Claudia Truzzoli. Psicóloga y psicoanalista

Internamiento, electrochoques, lobotomías… En el pasado, la psiquiatría fue empleada para controlar a los individuos disidentes. Algunas películas nos recuerdan cómo la psiquiatría mal ejercida puede resultar peligrosa.

Hace solo unas décadas el conservadurismo social encontró en la psiquiatría un arma mucho más poderosa que la represión policial para neutralizar a los enemigos del establishment y que dejaran de ser subversivos para el orden imperante.

En el siglo XIX, por ejemplo, se internaba en manicomios a quienes resultaban molestos a la sociedad. Con las mujeres, bastaba la solicitud del marido o de un familiar para que fueran internadas y libradas a su suerte –entonces no existían terapias dinámicas que buscaran un sentido a los malestares, y menos una escucha personalizada de quienes eran consideradas “locas”–.

Primero eran las camisas de fuerza para controlar los arrebatos de ira, seguidas de las medicaciones tranquilizantes. Pero si el descontrol iba en aumento y persistía, el electrochoque resultaba un medio eficaz para rebajar su energía vital.

Si esto no funcionaba, quedaba la lobotomía: la extirpación de un lóbulo cerebral que desconectara a la víctima de sus emociones.

En el pasado, la psiquiatría fue empleada para controlar a los individuos disidentes. Son prácticas desaparecidas hace años, pero la sobremedicación forzosa, el diagnóstico previo a la escucha y las terapias aversivas son usados por algunos psiquiatras en la actualidad. Algunas películas nos muestran los peligros de la psiquiatría mal ejercida.

"Frances" (1982)

En Frances, una película de 1982, interpretada por Jessica Lange y basada en una historia real, la protagonista fue acusada de pervertida, comunista y degenerada por desafiar el pensamiento único de su época.

Su madre, ante la imposibilidad de dominarla, logró internar a su hija en un sanatorio mental, donde empezó su caída al infierno. Finalmente, una lobotomía la convirtió en un ser conformista y resignado a defender todo lo que había criticado.

Este caso real se presentó como un ejemplo del poder de la psiquiatría para normalizar a una persona asocial.

El mundo ganó una adaptada, pero perdió una mente brillante y un talento excepcional.

Nadie puede negar que existen casos de desequilibrio emocional que necesitan medicación para controlar los excesos agresivos, que pueden ser peligrosos incluso para la persona que los tiene, y los buenos psiquiatras se ocupan de ello.

La crítica es contra la creencia de que es suficiente con atender las causas médicas para curar el desequilibrio, sin atender a las circunstancias de la vida y al germen de racionalidad presente en todo loco o loca, que aumenta su violencia cuando no es escuchado.

Es importante valorar las circunstancias sociales para buscar la causa de la locura.

Las mujeres que desafiaban las convenciones sociales de su época perdían todo tipo de sostén afectivo, eran denigradas y abandonadas a su suerte y no podían ser reconocidas de una manera digna por su entorno.

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Estos factores eran suficientemente poderosos para desencadenar una gravísima depresión, o una furia incontenible, como en el de Frances, que se negaba a pactar nada que implicara una renuncia a sus legítimas aspiraciones.

Las instituciones psiquiátricas querían pacientes sumisos a quienes controlar con la medicación pertinente, a falta de saber qué hacer con ellos.

Escuchar su padecimiento psíquico era impensable por que eran descalificados de antemano, despojados de su humanidad y de la cuota de sensatez que tiene toda persona, por desequilibrada que esté.

"Alguien voló sobre el nido del cuco" (1975)

Es otro buen ejemplo de violencia psiquiátrica. El personaje asocial que Jack Nicholson interpreta es ingresado en un manicomio y pronto descubre la crueldad con que el personal atiende a los enfermos, especialmente una enfermera que disfruta con el sufrimiento que inflige a los pacientes.

El protagonista es el único que intenta ayudarles, devolviéndoles ilusión y dignidad, lo que no es tolerado por la institución, que lo somete a castigos, electrochoques y, finalmente, a una lobotomía que lo despoja de su humanidad.

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"El intercambio" (2008)

Otro factor que genera enfermedad: el goce del poder del psiquiatra, que le hace sentir como un ataque personal cualquier cuestionamiento de su saber, despertándole una hostilidad vengativa contra su paciente.

No hace mucho, podía satisfacer su venganza castigando al enfermo con descargas eléctricas si se sentía desafiado. Un discurso psiquiátrico que reduce la etiología del malestar a cuestiones químicas, despreciando la razón que da sentido a las emociones, genera violencia cuando el paciente es privado de su libertad, internado sin posibilidad de protestar.

En otras épocas, no muy lejanas, la policía podía pedir el ingreso en una institución psiquiátrica de las personas que les resultaran molestas o desafiantes, sin que el ingreso estuviera avalado por un examen psiquiátrico.

Ese es el caso de El intercambio, un filme basado en un hecho real, en el que Angelina Jolie interpreta a una madre a cuyo hijo han secuestrado. Sola, se enfrenta al departamento de Justicia de Los Ángeles, que la obliga a aceptar a un hijo que no es el suyo para demostrar públicamente la eficacia policial. Acaba en un centro psiquiátrico, junto a otras mujeres llevadas como ella por orden de la policía.

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"La naranja mecánica" (1971)

Podemos suponer que las prácticas psiquiátricas ya no funcionan de modo tan brutal, sin embargo, cuando un diagnóstico de locura es previo a la escucha de un paciente, deja a este sin escapatoria. Cuando el criterio biologista sigue presente en la psiquiatría clásica, se siguen aplicando terapias aversivas para, por ejemplo, neutralizara un sádico.

En La naranja mecánica, una película de Stanley Kubrick, al joven sádico le anulan la posibilidad de matar y violar, aunque sigue soñando con hacerlo.

En estos casos extremos de peligrosidad social, la psiquiatría debería reconocer lo peligroso que es el furor curandis sin límites, que proporciona argumentos para cambiar el cumplimiento de la pena y liberar a sujetos cuyos goces son inmodificables y peligrosos.

Sin llegar a esos extremos, si lo que pretenden es cambiar los impulsos, hay prácticas que pueden generar mucha violencia cuando el experto se erige en figura de saber incuestionado que, convencido de la verdad de la teoría que sostiene, intenta imponerla de forma generalizada.

Toda interpretación impuesta a un sujeto, en nombre de un saber teórico, que no tenga en cuenta la particularidad de quien habla, genera violencia.

Un buen hacer terapéutico supone dejar en suspenso el saber teórico y aprender de la singularidad de cada sujeto, adaptar la teoría a la persona y no al revés.Y en el caso de la psiquiatría, además, reservar la medicación para cuando sea estrictamente necesaria, pues de otro modo se oscurecen los recursos a los que puede acceder una persona para afrontar sus pesares y saber soportarlos.

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