Sinceridad, comunicación y apertura

7 sugerencias para mejorar la vida sexual en pareja

Begoña Odriozola

A veces la sexualidad va sobre ruedas, pero otras el sexo puede convertirse en una tarea doméstica casi ingrata. ¿Cómo romper la inercia y volver a disfrutar?

Mejorar la vida sexual es un deseo casi universal en los seres humanos. Las razones son múltiples.

Hay quien alberga una visión idealizada y reduccionista de la sexualidad, forjada a partir de la imagen que transmiten el cine y los medios de comunicación, sin ir más lejos.

Otros, presos de sus inseguridades, acaso imaginan que cualquier persona lo hace o lo recibe mejor que ellos; harían indagaciones para comprobar sus ideas pero ¿cómo hablar de eso sin vergüenza?

También hay quienes, en el empeño por ser amantes perfectos, dejan que su cuerpo se colapse y el placer quede bloqueado. No hay exigencia elevada sin frustración intensa.

Porque el sexo depende esencialmente del cerebro, para mejorar la propia sexualidad hay que arreglar primero la cabeza.

La autoexigencia es enemiga del deseo. Y a ella conducen muchas situaciones comunes: el afán por gustar o estar a la altura, la tendencia a impresionar o seducir, el temor a que el otro busque fuera lo que no halla en casa…

Estas y otras circunstancias, siendo legítimas y respetables, implican una situación de no aceptación del cuerpo y de uno mismo, una búsqueda de reconocimiento exterior, un estar más pendiente de las necesidades ajenas que de las propias. Quien las vive suele albergar por tanto miedos y complejos.

Olvidaos de mejorar: se trata de explorar

Despertar el deseo y mejorar la capacidad para disfrutar de la sexualidad es, sobre todo, una cuestión de actitud, de crear las condiciones adecuadas para que aquello que es natural se produzca.

Se trata de recuperar esa actitud más fresca del explorador, del que juega con el propio cuerpo y el del otro sin esperar más que el simple compartir ternura, afecto, pasión, caricias... como si no hubiese nada más. Porque solo así puede surgir la sorpresa, el valor añadido.

Nada puede lograrse en este terreno a través de la lucha directa. Al deseo se le halla cuando se entra por la puerta de atrás.

Las elecciones referentes a con quién se comparte la intimidad deberían ser previas al juego sexual. Una vez en este solo cabe el cuerpo, la sensación, la emoción; no hay lugar para objetivos, análisis de técnicas ni manuales de instrucciones.

La sexualidad tiene que ver sobre todo con la propia capacidad de jugar, de estar abierto a los sentidos, de sentirse a gusto en la propia piel, de ser dueño del cuerpo y de las decisiones.

Los complejos, las inhibiciones, los tabús y los condicionamientos sociales pueden interferir en la natural y biológica expresión de la sexualidad y del deseo.

Por ello, mejorar la vida sexual tiene más que ver con quitarse lastres de encima y recuperar la naturalidad perdida que con aprender complejas técnicas amatorias o arruinarse en lencería.

¡Sería fantástico que, antes del amor, todos pudiésemos vaciar la mente de pensamientos destructivos!

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Al cuerpo se le bloquea desde la cabeza. Mitos, prejuicios y tópicos transmitidos socialmente junto con las propias inseguridades y temores coartan y bloquean la expresión libre y natural de la sexualidad.

De hecho, podría afirmarse que, sin ellos, las consultas de los sexólogos quedarían casi vacías y se ahorraría mucho sufrimiento personal y de pareja.

Las ideas preconcebidas suponen un obstáculo: "Lo natural es el coito, lo demás, conductas sustitutivas", "Las fantasías no son buena señal", "El hombre siempre está dispuesto, salvo que la mujer no le atraiga", "La satisfacción de la mujer depende del tamaño del pene y de lo buen amante que sea el hombre"...

A esos mitos o enemigos exteriores se añaden las obsesiones, los complejos y las exigencias, es decir, los enemigos internos: "La encontrará pequeña", "Si no logro que tenga un orgasmo, me dejará", "Creo que no le hago disfrutar", "Con este cuerpo no puedo gustarle"...

Al sexo no hay que otorgarle una trascendencia excesiva ni tampoco minimizar su importancia.

Para recuperar la seguridad y el control que permiten abrirse al placer y vivir la sexualidad con libertad resulta conveniente:

  • Acceder a información sexual veraz y científicamente contrastada. Es bueno cuestionar las creencias personales respecto a la sexualidad. Existen libros que ayudan a sortear obstáculos y recuperar esa mirada limpia de prejuicios que nunca debió haberse perdido.
  • Superar complejos. Cada persona tiene derecho a ser como es y a gozar de su cuerpo tenga la forma que tenga. Luchar contra uno mismo no mejora nada y amarga la existencia.
  • Dejar de compararse con los demás. No es cierto que para ser aceptado es preciso encajar con los cánones estéticos de la sociedad o las expectativas ajenas. De hecho ocurre lo contrario: son los complejos y la amargura interior los que le restan a una persona el atractivo social y sexual.
  • Sacar el mayor partido a uno mismo. Los complejos no se superan solo a base de pensamientos. Es bueno animarse a experimentar, a ir más allá. Hay que preguntarse: "si no tuviera este complejo, ¿qué haría que no hago? ¿Hay algo que me impida hacerlo a pesar de tener ese complejo?" ¡Y hacerlo!
  • Arriesgarse. En la intimidad hay que permitirse no solo experimentar, probar o pedir, sino también tropezar, sentirse ridículo, tener dudas… La sexualidad no es diferente al resto de la experiencia humana.
  • Darse permiso para sentir, para estar desnudo física y psicológicamente ante la propia pareja, para aceptar las reacciones del cuerpo ante el placer.
  • Escuchar las propias necesidades, aprender a respetarlas, a aceptarlas y a expresarlas es el primer paso para vivir la sexualidad con plenitud.
  • Aprender a diferenciar los pensamientos útiles de las ideas absurdas o destructivas que son producto de la inseguridad y el miedo. No es realista esperar que desaparezcan; la clave consiste en no creérselas. Hay que permitirse gozar incluso con ese ruido interior, dejando, simplemente, que los pensamientos transiten sin aferrarse a ellos ni rechazarlos.

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Abrirse a los estímulos para disfrutar más en pareja

Una vez liberados o atenuados los aspectos que bloqueen, abrirse a los estímulos sensoriales y sexuales contribuye a alimentar el deseo y, con él, la sexualidad.

A nivel personal, cuidar y estimular el cuerpo –masajes, spas, ejercicio...–, experimentar con los sentidos –olores, sabores, sonidos, imágenes...–, exponerse a estímulos de mayor contenido erótico, como lecturas o películas incitantes por ejemplo, resulta de gran ayuda.

Cuando se está en pareja conviene no olvidar que es imprescindible cuidar la relación, asegurarse de que no se pierden los espacios comunes y los momentos de diversión; ¡no hay nada más erótico que la risa!

Hay quien se regala una visita a alguna juguetería sexual y se permite explorar, reír… Usar esos artículos solo o en pareja enriquece la sexualidad y le otorga esa chispa que siempre es bienvenida.

Aceptar las fantasías (y, si os apetece, compartirlas)

Las fantasías surgen de manera natural pero también pueden ser convocadas para potenciar el deseo, aumentar el atractivo de la propia pareja, regular el nivel de excitación durante la relación o dar una salida a los deseos más íntimos.

Tener fantasías o permitírselas no implica que se desee ponerlas en práctica. Justamente para eso sirven: para hacer en la imaginación lo que uno no puede o no desea hacer en la vida real.

Algunas fantasías pueden ser compartidas con la pareja para ser integradas en el juego común.

Otras, quizá si la pareja es muy sensible, podrían ser malinterpretadas o despertar temores infundados. Sería el caso, por ejemplo, de una fantasía con un compañero de trabajo o con el bombero que… vive en el edificio contiguo.

En todo caso, el hecho de que se den es señal de salud sexual.

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Explorarse para dejarse conocer

Históricamente denostada, la masturbación favorece el autoconocimiento, la salud sexual y la compenetración en pareja.

Entre todas, sobresalen dos ventajas:

  • Es un modo eficaz de explorar el cuerpo, de habitarlo, de descubrir las claves del propio placer, para poder dar pistas de ello a la otra persona.
  • Permite acoplar diferentes niveles de deseo sexual en pareja. No puede ser que uno siempre se contenga o el otro siempre se fuerce. Cuando uno no desea implicarse a fondo quizá pueda estimular al otro, o mirar cómo lo hace o saber que lo hace…

No es cierto que una pareja que se quiere y que disfruta de su sexualidad deba desterrar la masturbación. Al contrario, compartir la intimidad a ese nivel demuestra una gran confianza y unión.

Demostrar el deseo

Todas las personas necesitamos sentirnos únicas y especiales, sentirnos deseadas intensamente por el otro. No hay nada que estimule más el deseo que esto.

Si alguien lo siente, es bueno expresarlo con intensidad porque eso encenderá el deseo en el otro y, a través de su reacción, se avivará el propio.

En la cama se activan, en mayor medida, las partes de nuestro cerebro más ancestrales –las más ligadas a la supervivencia–. Cuando una persona se deja guiar por ellas, la preocupación por mejorar la vida sexual se desvanece.

7 claves para mejorar la comunicación sexual

Los silencios, los dobles sentidos, los deseos no expresados... todo ello merma el potencial para disfrutar de la sexualidad. En esta esfera, mejorar la comunicación ayuda a prevenir errores y a alcanzar las metas deseadas.

He aquí siete claves para conseguirlo:

  • Hambre de descubrimiento. Algo de la actitud del primer día debería conservarse aunque hayan pasado años: ese afán por observar y descubrir al otro, por dejarse conocer y expresar los propios deseos con gracia pero sin ambages.
  • Nadie es adivino ni ha nacido experto en tu cuerpo. Es responsabilidad de cada uno expresar las propias necesidades y deseos. Acercar la mano a aquella zona que la anhela, retirarla cuando ya se tiene suficiente, un «sí, sigue» incitante…
  • En la cama, nada puede darse por sentado. Lo que funcionó ayer o con otra persona, está hoy por descubrir y por comprobar. En el terreno sexual, cada persona es diferente y cada momento también. Lo que hoy hace vibrar, mañana no suscita reacción alguna o apetece menos.
  • Preguntar es la única clave para saber qué es lo que la otra persona desea o necesita en un momento dado. No se trata de interrogar ni de pasar un test de funcionamiento sexual. Ensayar formas más insinuantes de hacerlo puede ser un buen comienzo: "¿Quieres que te lama la espalda hasta cansarme?".
  • Estar atento a las respuestas del cuerpo de la pareja a las caricias, a sus expresiones verbales, a los sonidos que emite… Esta es también una poderosa vía para conocerse y acoplarse mejor.
  • Mostrarse expresivo ayuda a dejarse conocer. No se trata de hacer teatro pero sí de permitirse suspirar, gemir, reír, de manifestar de algún modo que una caricia particular resulta especialmente placentera.
  • Más allá del amor, hablar cariñosamente de lo que más gustó, de aquel momento en que aumentó el ritmo, de aquella presión firme que hacía enloquecer…

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