Educación parental

A ser padres también se aprende

Cristina Sáez

Educar es un reto tan gratificante como difícil e incierto. Los padres deben expresar su amor por los hijos en su comportamiento, generando una interacción fructífera.

Raquel no sabe qué hacer. De repente, Gonzalo, de dos años y medio, ha cogido un berrinche en medio del restaurante. Ha intentado preguntarle qué le pasa, pero el niño no responde. Ha tratado de calmarlo, abrazándolo y diciéndole palabras tranquilizadoras, pero el pequeño está rabioso e intenta zafarse de ella.

¿Cómo debe actuar? ¿Amenaza con castigarlo si no para? ¿Mete al niño en el carrito y se va a toda prisa? ¿Se enfada y le riñe? ¿Intenta distraerlo?

Raquel se siente desbordada y nota las miradas del resto de comensales. Poco a poco la angustia y el desconcierto crecen en ella.

Las dudas de los padres

Educar es, seguramente, la tarea más compleja a que nos enfrentamos. Al nacer, el cerebro de un niño es un conjunto de neuronas y tejidos prestos para absorber todo cuanto le demos. Y de nosotros, como padres, dependerá durante muchos años para aprender a hablar, regular sus emociones, comportarse, establecer vínculos con otras personas, ser feliz.

"Educar es un lujo, un proceso dinámico entre padres e hijos, muy bello y enriquecedor, que dura toda una vida, y que exige que, en cada etapa, unos y otros debamos adaptarnos. El ingrediente esencial es el amor", asegura Javier Urra, activista educativo, psicólogo y pedagogo.

Los padres quieren hacerlo lo mejor posible, darles a sus niños herramientas para que se enfrenten a la vida, contribuir a que sean personas completas. Si el niño se comporta bien y obedece, todo va como la seda.

Pero cuando el pequeño no atiende a razones, se desentiende o se rebela, los padres pueden llegar a sentirse frustrados, incapaces de controlar a sus hijos, debatiéndose entre el enojo y la tristeza. Es fácil que se sientan responsables e incluso culpables por sus actuaciones y que duden de su capacidad para educarles.

Un nuevo modelo de educación

Hasta hace unas pocas generaciones educar consistía básicamente en cubrir las necesidades básicas del niño. Educaban los padres y también los abuelos, que acostumbraban a estar en casa. Ahora, no obstante, las circunstancias y los tiempos han cambiado.

Estamos sumamente preocupados por la educación de nuestros hijos, leemos libros, asistimos a charlas, buscamos información sobre qué hacer si pasa esto o aquello. Además, hoy en día no solo educan los padres, también lo hacen la escuela, los amigos, la televisión o internet.

"La sociedad es muy compleja, los padres reciben mensajes contradictorios sobre lo que es más conveniente hacer en cada situación. Y eso hace que se sientan asustados y tengan cierto complejo de culpabilidad, sobre todo las madres, más aún si trabaja", cuenta José Antonio Marina, fundador de la Universidad de Padres donde pedagogos y psicólogos explican qué les ocurre a los hijos en cada etapa, aconsejan a los padres qué aspectos trabajar con ellos y cómo abordar ciertas situaciones.

Herramientas educativas: amor, exigencia y diálogo

Para Marina, los padres y madres tienen tres grandes recursos a los que acudir continuamente y que funcionan como poderosas herramientas educativas en todas las etapas de la vida del hijo: la ternura, la exigencia y la comunicación.

"Es muy importante no solo amar a los hijos, sino transmitirles continuamente que eso es incondicional: hagan lo que hagan, los vamos a querer muchísimo siempre", señala Cristina Gutiérrez, al frente de La Granja, una casaescuela de naturaleza para niños y una fundación para la educación. Ese amor debe impregnar todas las decisiones y acciones.

La exigencia y el establecimiento de límites son otro de los ingredientes fundamentales en educación. Para Javier Urra, los padres han de ser conscientes de que no son simples colegas o amigos de sus hijos, sino unos educadores que brindan soporte y amor incondicional. Desde pequeños, los niños necesitan normas que regulen su mundo para sentirse seguros, y estas deben ser adecuadas para su edad.

Las repeticiones y los rituales organizan la realidad de los niños y permiten fijar aprendizajes y conductas. También son una buena herramienta de los padres para incentivar determinadas acciones. Es esencial mantener esos límites con actitud firme, algo nada fácil para algunos padres, que en ocasiones pueden sentirse inseguros o incluso culpables, lo que les lleva a rectificar o a ofrecer contrapartidas al niño si este se siente mal.

"Firmeza no autoritaria, pero sí amorosa. Sin rastro de rabia o de tensión", aconseja Constanza González, psicóloga clínica.

Por lo tanto, si un niño pega a sus amigos en el parque, hay que ser consecuentes y mantenerse firmes: "No volveremos a ir al parque hasta que recapacites, porque ningún niño va a querer jugar contigo si pegas". Y nada de rebajas. El niño debe responsabilizarse por sus actos.

Aunque no exista pleno acuerdo, porque en ocasiones no es posible, la firmeza a la hora de tomar decisiones y de poner límites ha de conllevar coherencia, tanto por parte del padre que la toma como entre la pareja. Si una hija se niega a recoger su cuarto y, por no discutir, lo hace un adulto, no adquirirá el hábito de hacerlo ella. Y si recibe un castigo pero este no se mantiene o el otro cónyuge se lo perdona, poco se va a conseguir.

El niño no debe recibir mensajes contradictorios de los progenitores.

"Los niños se frustran cuando no tienen lo que desean, pero el papel de los padres es darles lo que necesitan, no lo que desean. Como progenitores eso implica pasar por muchos sentimientos de culpa y frustración, que habrá que aceptar y asumir, porque las cosas no suelen salir bien a la primera. Lo más importante es no tirar la toalla, no dimitir de la tarea de ‘padres’, sino seguir intentándolo, hasta que por fin nos salga", añade la psicóloga infantil Carme Balagué.

La comunicación padres-hijos: compartir de verdad

Un gran recurso pedagógico de que disponen los padres es la comunicación, la palabra. Conviene hablar mucho con los hijos desde edades muy tempranas, explicarles por qué tienen que hacer tal o cual cosa; en suma, razonar.

"Aunque en ocasiones nos parezca que no nos van a entender o que no sirve de nada, tenemos que realizar ese esfuerzo, para que desde pequeños capten la importancia de la palabra", señala José Antonio Marina.

Para poder establecer un diálogo fluido con los hijos hay que sentar las bases propicias y rescatar tiempo, ternura y espacios, ingredientes esenciales para la comunicación.

Algunas ideas para mejorar nuestra comunicación padres-hijos son:

  • Escucharlos. De entrada es preciso aprender a escucharlos de forma generosa y empática, sin juzgarlos, tomando en consideración sus emociones y mostrando respeto. Prestar atención a lo que el niño dice y cómo resulta esencial, aunque parezcan cosas sin importancia, puesto que para él la tienen.
    Por ejemplo, si llega del colegio llorando porque no le han invitado a una fiesta de cumpleaños, para él eso supone una tragedia, como lo sería para un adulto quedarse en el paro.
  • Atender a sus sentimientos. Envolver con ternura las palabras favorece una buena sintonía. Conviene ver qué emociones generan en él nuestras palabras y actos. El niño necesita sentirse comprendido y que sus padres se den cuenta de lo mal que lo puede estar pasando en lugar de quitarle importancia al hecho.
  • Paciencia. Es necesario dejar al niño el tiempo que necesite para expresar lo que siente, sin meterle prisas ni tratar de interpretar sus palabras, solo escuchándolo. Asimismo es preciso mantener la atención cuando habla, sin hacer otras cosas ni cambiar de tema.
  • Frases abiertas. En ocasiones, las preguntas no son la mejor manera de iniciar una conversación; suelen resultar más útiles las frases abiertas. En vez de preguntar directamente "¿qué te ocurre?", se puede optar por "hoy te veo algo alicaído". De esta forma el niño no lo percibe como un interrogatorio, sino como una invitación a expresarse.
  • Mostrar curiosidad. Para incentivar que el niño nos cuente cosas, es muy aconsejable mostrar una curiosidad sincera por su mundo, por los temas que le interesan, por sus amigos, por las cosas que hace.

Conciencia emocional para educar mejor

Educar no es un proceso sencillo, por lo que es totalmente normal que en ocasiones los padres se sientan desbordados, sin saber cómo actuar, que necesiten tiempo para ellos, que experimenten frustración tras poner en práctica soluciones que no han funcionado.

"Lo importante es ver qué hacemos con esa frustración que sentimos. ¿Se la trasladamos al niño y a la relación que hemos establecido con él o, por el contrario, tomamos conciencia de ese sentimiento, lo admitimos, y dejamos que pase y se vaya?" –señala la psicóloga Constanza González–.

"Ese proceso de observación de las propias emociones hay que hacerlo desde la curiosidad, sin experimentar juicios de valor, ni sentirse mal, ni pensando que somos malos padres o que no lo sabemos hacer".

Se trata de que los padres aprendan a ver qué les hace sentir el comportamiento de su hijo, qué estimula en ellos. Cuando un niño llora de rabia en un supermercado, por ejemplo, y se le da inmediatamente lo que quiere para acabar con esa engorrosa situación, se le está demostrando que esa conducta es válida para lograr sus deseos.

Por tanto, es preciso aprender a relacionarse con lo que el niño moviliza en nosotros y también con lo que nosotros movemos en él. Eso lleva a saber reconocer cuáles son nuestros límites y también cuáles son los del niño.

"No se trata de reaccionar ante lo que el niño hace, sino de actuar de la manera que creamos más adecuada, después de valorar qué necesita recibir nuestro hijo y qué no", indica la terapeuta infantil Carme Balagué. De hecho, según esta psicóloga infantil, no es tan importante qué decisión se toma en cada momento sino desde dónde se toma: "¿Desde la rabia, el malestar, el enfado ante la situación? O, por el contrario, desde la responsabilidad y el derecho de ser padres?".

Hay que detenerse, tomarse un tiempo para respirar, ver qué ocurre, valorar la situación y qué necesita el niño, y saber si se lo podemos dar en ese momento.

Aceptar la imperfección

"Durante el desayuno un niño puede coger una pataleta y arrojar la comida al suelo, justo cuando hay que salir de casa con los minutos contados para llegar a la escuela. En ese momento no hay tiempo para entrar en razonamientos ni para explicarle al niño nada. Conviene, pues, ser prácticos y no perder la calma –señala Balagué–. Ya lo haremos mejor la próxima vez, no pasa nada. Tampoco hay que obsesionarse con hacerlo perfecto en cada ocasión. Simplemente ser conscientes de qué se hace y por qué".

No hay ninguna estrategia infalible. Conviene ser compasivo con uno mismo y aceptar que, hagamos lo que hagamos, algo va a faltar siempre.

Como los padres quieren tanto a los hijos, intentan evitar que padezcan. "Es una tendencia natural. No queremos ver sufrir a nadie que amamos", señala Constanza González, psicóloga clínica, quien recuerda que "el sufrimiento y la equivocación son inevitables y forman parte de la vida".

Equivocarse es parte de la experiencia. De hecho a menudo es así como aprendemos, tras caer en repetidas ocasiones y levantarnos. Y no podemos hacerlo a partir de la experiencia de los otros. Los padres sienten miedo de que sus hijos puedan sufrir y viven ese proceso de aprendizaje como una fuente de frustración.

"La cosa se complica si aparece el sentimiento de culpa, que les empuja a compensar y ceder para no frustrar más al niño", afirma la terapeuta infantil Carme Balagué.

"Hacemos las cosas lo mejor posible sabiendo que habrá momentos de duda, fracasos, pasos atrás. Pero es que el ser humano no es perfecto, ni debe intentar serlo –asegura Javier Urra–. Disfrutemos de ser padres y de nuestros hijos. Apoyemos a sus profesores, conozcamos a sus amigos, practiquemos deporte con ellos, pongámosle sentido del humor a todo, relativicemos los problemas. Tener un hijo es una experiencia maravillosa y la mayoría de nosotros los educamos estupendamente. La prueba es que son personas encantadoras".

No existen los padres perfectos pero sí podemos ser los mejores padres que nuestros hijos puedan tener.

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