Haz las paces contigo

Cómo ser imperfectamente felices

Sentirse imperfecto suele ser motivo de sufrimiento. Pero la vida y el arte requieren esa imperfección para existir. ¿Cómo asumir nuestros fallos y defectos?

Cuando estamos en medio de un paisaje exuberante y variado todo a nuestro alrededor se muestra como si estuviera poseído de secretas armonías: los troncos rugosos en cuyo interior discurre la savia, las hojas que transparentan la luz del sol y la aprovechan para iniciar el ciclo de la vida, los insectos que ayudan a convertir los desechos en materia orgánica fértil, el dulce o grave canto de aves que apenas si logramos ver unos segundos, las huellas que han dejado pequeños mamíferos que viven agazapados...

Todo se integra en el paisaje de una manera que podemos calificar de perfecta. Pero si nos acercamos con nuestras más potentes herramientas –el conocimiento y la tecnología– el todo armonioso se va disgregando y vemos fuerzas caóticas detrás de esa eclosión de diversidad. Hasta las piedras están en proceso de transformación sin dejar de ser perfectas por ello.

Tanta variedad, perfecta en sí misma por la manera en que se ha enhebrado hasta formar un conjunto, un ecosistema, convive en un equilibrio inestable y es fruto de una anomalía, una imperfección a la que debemos la vida: la replicación imperfecta del ADN, que impide que existan dos seres iguales.

Gracias a ella, y a la fuerza selectiva y creadora de la evolución, podemos sentarnos en un tronco y contemplar lo que nos rodea como si fuera un lienzo armónico. Si el código genético se replicara sin error estaríamos en algún limbo pero, desde luego, no aquí.

Los errores son imprescindibles para que haya vida.

La creatividad y el arte evolucionan desde la imperfección

Algo no muy diferente ocurre con el gran arte. Cualquier pintura de los últimos años de Velázquez, por ejemplo, se muestra ante nosotros como una obra perfecta. Todo casa con todo, sin que se transparenten las dificultades o las dudas del artista cuando las creó. ¿Acaso no las tuvo?

Por supuesto que sí. Sus obras sometidas a rayos X muestran las correcciones en el dibujo, y al mirarlas de cerca contemplamos la fina capa de pinceladas ligeras que se suceden y superponen, con una maestría tan grande que parece que acuden todas instintivamente al lugar adecuado, como las manos de un masajista experto. Sin embargo, algunas de ellas corrigen a otras de manera casi imperceptible; son como notas disonantes acopladas a una melodía que mejora con ellas.

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Mejor ferpecta que perfecta

Nada de eso vemos si nos apartamos del lienzo un par de metros. Ante nuestros ojos solo aparece el perfecto teatro de la vida de Las Meninas o la perfecta conciliación de mito y mundo palpable en La fábula de Aracné (Las hilanderas).

Nos falta, para hacernos una idea más apropiada de la obra, ver los genes imperfectos del proceso creativo.

El escritor holandés Janwillem van de Wetering decía que todo lo que sabía de la elegancia de la imperfección lo había aprendido de un hermoso plato de porcelana adquirido en Kyoto.

Tenía los bordes desportillados, aunque era nuevo, para que luciera así su mensaje: la utilidad no está supeditada a la perfección. Eso responde a la estética zen denominada wabi-sabi, que encuentra la belleza en objetos imperfectos, ligados a la naturaleza.

Las cosas wabi-sabi conservan la calidez y la sencillez de los procesos naturales y mantienen un aire de melancolía y armonía. Es una estética que no busca soluciones universales, sino personales, y no pretende una belleza grandiosa o indestructible, sino que representa las cosas en evolución desde o hacia la nada.

¿Qué hay detrás del perfeccionismo? Estereotipos y necesidad de control

Como vemos, la vida obra a partir de las imperfecciones y la creación artística igual. Sin embargo, en la vida de cada uno la imperfección parece ser una lacra.

Estamos tan abocados a la eficacia sin mácula, a los objetivos cumplidos al cien por cien, a obrar sin dudas... que reconocer las limitaciones y lo azaroso es casi una declaración de incompetencia o culpabilidad.

Se nos repite que hemos de buscar la "excelencia" en lo que hacemos, palabra que suena en nuestros oídos como la nota que hay que obtener a final de curso; y se nos dice de muchas formas que hemos de parecernos, no ya a nuestros padres, sino a estereotipos de perfección, vacuos e irreales, como el de la supermujer o el del triunfador, u otros tantos modelos que nos encorsetan y que solo generan frustración en quienes los interiorizan.

Esas construcciones sociales echan raíces en la mente como formas ideales de ser y de comportarse, y adquieren tal fuerza que son seguramente el origen de comportamientos perfeccionistas insanos, cada vez más frecuentes entre nosotros. Es el caso de:

  • Quienes llevan su cuerpo a extremos físicos para tener el peso idealizado y son ciegos a la imagen enferma que devuelve el espejo y que todos ven (anorexia)
  • Los adictos a la cirugía plástica que entran una y otra vez en el quirófano para cambiar un centímetro de su nariz, hinchar los labios, darle carne a los glúteos... o se inyectan sustancias extrañas en las arrugas para que desaparezcan y acaban perdiendo cualquier expresión en el rostro
  • Los que hacen de la vida sana no un camino de disfrute y salud, sino un código de hierro de prohibiciones (ortorexia)
  • Los que se pasan horas y horas en el gimnasio haciendo pesas o flexiones para conseguir un músculo de más (vigorexia)...

En la obsesión por la perfección hay algo de exhibición y de reto personal, dos características propias de un tiempo como el nuestro, que ha llevado la competencia a todos los órdenes de la vida y que ha hecho de la exposición ante los demás casi una filosofía de vida.

Pero no solo eso. En esa pulsión hay algo también que caracteriza a nuestra civilización: el afán de control, de poseer la realidad y modelarla a la propia satisfacción, lo que es una prueba de la inseguridad que maniata a nuestras sociedades masificadas y tecnificadas, dependientes en casi todo de "protocolos de actuación" que pretenden hacer previsible cualquier acontecer.

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Algo parecido a lo que les ocurre a las personas enganchadas al perfeccionismo, incapaces de dejar que la vida fluya tal cual es y que pretenden dominarla con todo tipo de obsesiones. En vano, claro, porque la realidad siempre acaba desbordando los cauces que se le ponen.

Por eso se puede decir que no hay perfeccionismo feliz, como no hay sociedad a salvo de todo: no hay forma de encapsular la realidad a la única y propia conveniencia.

Se puede pensar que las anteriores son neurosis perfeccionistas, y así es; en algunos casos incluso pueden ser causa o síntoma de enfermedades psíquicas o psicosomáticas, como la depresión, la ansiedad, la fibromialgia y otras parecidas, que se están convirtiendo en un enorme problema de salud pública.

Estas son las más evidentes, pero no es algo propio únicamente de personalidades predispuestas psicológica o biológicamente a un comportamiento obsesivo, patológico. Hoy es común escuchar frases como: "Quiero que la boda salga perfecta", "Quiero tener un cuerpo perfecto", "Las vacaciones han sido perfectas", "Tiene unos hijos perfectos", "Su casa es perfecta"...

Puede ser un abuso del lenguaje, pero no por eso deja de ser significativo porque estas frases traslucen una frustración evidente.

"Mi vida –vienen decir los que así se expresan– no es gran cosa, pero al menos esto (lo que sea) quiero que sea perfecto...". Sin embargo, el día de la boda puede llover y el tío del novio puede hacer el ridículo desinhibido por alguna copa de más; el hotel de las vacaciones se parecerá en la práctica poco o nada al de la foto que muestra el folleto; los niños perfectos pueden ser mañana adultos tristes... ¿Quién sabe?

Los peligros de aspirar a la perfección

El problema no está en lo que ocurra, sino en esas irreales expectativas de perfección que ponemos, porque en nuestras vidas todo obra de manera más parecida a la replicación imperfecta del ADN que a la asepsia clónica en la que parecemos soñar.

«A» no lleva necesariamente a «Z», por mucho que nos empeñemos en creerlo así. Por eso, está bien prepararse para lo mejor, pero con la suficiente distancia como para aceptar las imperfecciones de la vida y, si se puede, sacar provecho de ellas.

En todo caso, queda en el aire la pregunta: ¿por qué nos cuesta tanto aceptar la imperfección del mundo y de la vida?

Sabemos que los mayores desastres del siglo pasado fueron provocados por la aspiración a la sociedad perfecta de algunas ideologías: los nazis quisieron una sociedad racialmente pura y los comunistas soviéticos o los camboyanos una sociedad uniforme, sin contradicciones. El resultado fueron unas sociedades infernales y decenas de millones de muertes.

Algo parecido ocurre con esa aspiración personal a la perfección por encima de todo. El afán de superarse a toda costa, mejorar como sea, ser más eficaces, acercarse a un molde ideal... conduce fácilmente hacia el abismo personal si se ha cifrado en ello la propia realización, cuando no la misma felicidad.

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Porque, como afirma en sus memorias la centenaria Rita Levi-Montalcini, superviviente del Holocausto, premio Nobel de Química y con una vida tan rica en experiencias que apabulla a casi cualquiera: "La razón es hija de la imperfección. Y es la imperfección, no la perfección, la que se encuentra en la base de la actuación humana".

A una conclusión parecida llegó Montaigne unos siglos antes, en un tiempo de guerras sin fin entre ortodoxias religiosas que buscaban traer a la Tierra la perfección de un orden divino.

En una dovela de su biblioteca había colocado la frase del Eclesiastés: "Dios hizo al hombre de sombra y un exceso de luz lo aniquila", y en sus Ensayos anima a disfrutar de la vida tal cual es, tal como transcurre, con su imperfección, con nuestras imperfecciones y con su finitud.

Naturalmente, eso no quiere decir que debemos pasar por la vida como un molusco: donde nos deja la marea, ahí nos quedamos. Todo lo contrario.

Hay infinidad de cosas para mejorar, la tarea es casi imposible; pero la imperfección es una palanca para la acción: nos impulsa a mejorar en lo posible, tanto en lo personal como en lo común o en lo público. Y al mismo tiempo nos protege de la decepción y el victimismo, donde la perfección actúa como una fuerza paralizante.

Esa labor debería realizarse desde una conciencia compasiva con uno mismo y los demás, sin neurosis perfeccionistas que son la antesala del malestar y la enfermedad.

Gandhi decía que, puesto que era imperfecto, "necesitaba la tolerancia y la bondad de los demás". Y como era imperfecto, debía tolerar los defectos del mundo hasta que pudiera encontrar un modo de ponerles remedio.

Tal vez la mejor metáfora para ejemplificar lo que diferencia la imperfección de la perfección nos la da la música. Hoy la técnica consigue sonidos digitales impecables, inmaculados, y a ella se aferran quienes buscan la perfección en sus composiciones. Pero nada ha podido sustituir a la magia y fuerza de la actuación en vivo.

Puede haber notas disonantes durante el concierto, entradas tardías, fallos puntuales de sonido o de luz, mil avatares... Pero cuando la música es buena y el público la disfruta, es como si una corriente eléctrica recorriera el escenario y alcanzara a todos los que participan en el acontecimiento.

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Al igual que en el paisaje que describía al principio, todo se muestra armonioso, aunque por dentro corran imperfecciones que el conocimiento y la tecnología detectan. Pero que no impiden disfrutar del momento porque se integran en él como si formaran parte del mismo.

Por eso se puede decir que las imperfecciones aumentan el goce. Son, sencillamente, más humanas.

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El perfeccionista tiene un problema: una vida perfecta es imposible, por mucho que hoy se nos venda esa idea.

El profesor de Harvard Tal Ben-Shahar parte de esta constatación y propone olvidarse del perfeccionismo y apuntarse al "optimalismo". ¿Cómo conseguir esa transformación?

Estos son algunos de los principios que recomienda:

  • "Suficientemente bueno" es un lema más estimulante que perseguir una magnificencia imposible.
  • Ser compasivo empezando por uno mismo.
  • Aceptar el sufrimiento y el dolor como partes ineludibles de la vida, y no rehuirlos, porque solo de ese modo es factible superarlos.
  • Acoger el fracaso como una posibilidad, porque solo así se asume el riesgo y es posible afrontarlo.
  • En el amor es preferible reconocer que la pareja es imperfecta, al igual que uno mismo.

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