Desarrollo personal

Aceptarnos tal como somos

Sergio Huguet

Sentirse a gusto en la propia piel no significa esconder aquello que nos incomoda, sino tener la valentía de mirar de frente todos los rasgos de nuestra personalidad y aceptarlos. Solo desde este punto de partida podremos caminar por la vida en paz y abiertos a todo lo que nos ofrece.

Ser persona lleva asociada la capacidad de tener conciencia acerca de la diferencia existente entre lo que somos y lo que pensamos que deberíamos ser, entre cómo nos comportamos y cómo creemos que deberíamos hacerlo, incluso entre lo que sentimos y lo que intuimos que sería correcto sentir.

Pero el verdadero problema de fondo que nos impide sentirnos reconciliados con nosotros mismos no se halla en este sentimiento de incoherencia personal. Se encuentra, más bien, en la particular estrategia que utilizamos cuando intentamos resolver dicha incoherencia, es decir, cuando construimos muros internos para mantener a raya aquellos aspectos de nuestra personalidad con los que tenemos un conflicto.

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Dado que no podemos deshacernos de estos rasgos indeseados, acabamos rechazándolos y tratando de mantenerlos encerrados. Pero esta estrategia de negación y eliminación no es precisamente el mejor camino hacia la armonía con uno mismo.

Por qué ​construimos muros

Si nos tomamos la molestia de mirarlo con detenimiento, nos daremos cuenta de que las personas levantamos grandes muros en lugar de tender sólidos puentes entre nosotros. Esta forma de comportarnos con nuestro prójimo es un reflejo de cómo lo hacemos con nosotros mismos.

Para entender cómo es esto de levantar muros en el interior de una persona, os contaré la experiencia de uno de mis pacientes, al que llamaremos Borja.

Cuando Borja acudió por primera vez a mi consulta, presentaba un problema de inhibición y timidez muy acentuado y angustiante para él.

Me comentó que estaba muy preocupado porque, tras haber iniciado una amistad con una compañera de su curso de inglés, habían quedado para dar una vuelta ese fin de semana. Estaba convencido de que en el momento en que estuvieran a solas y ella comprobara que era tan tímido, no querría volver a salir con él.

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Repetía una y otra vez que la cita sería un fiasco y le preocupaba tener que verse con ella después en clase. Borja estaba a punto de tirar la toalla. Pensó en darle a su compañera alguna disculpa que le ayudara a salir del paso y no asistir a la cita, pero la muchacha le atraía demasiado como para perder esa oportunidad. No podía soportar la idea de que Claudia, así se llamaba ella, lo viera comportarse de forma cohibida y tímida. Quería sentirse y mostrarse seguro ante ella.

Necesitaba tener la certeza de que nada de lo que él fantaseaba que podría ocurrirle –que lo percibiera nervioso, sin saber qué decir, aburrido y patoso en la relación– iba a sucederle.

Pero lo cierto es que cuanto más deseaba sentirse resuelto en ese encuentro, más convencido estaba de que no sabría mostrarse seguro. Borja había decidido levantar un muro en torno a su timidez y su nerviosismo, y no quería, por nada del mundo, que sus sentimientos traspasaran ese muro.

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Trataba de confinar una parte de sí mismo a un ostracismo psicológico con el fin de que no pudiera traicionarle en el momento menos deseado. Pero también sabía que, por muy altas que fueran las paredes del muro con las que intentaba ocultar su timidez, nada le garantizaba que sus cimientos no se tambaleasen y dejaran al descubierto, frente a los ojos de Claudia, todas las miserias que él trataba de ocultar.

Tirar los muros y tender puentes

Borja me preguntó muy angustiado qué podía hacer. Esperaba de mí alguna técnica o estrategia que le permitiera mantener bien distantes y controlados durante la cita esos sentimientos que tanto le avergonzaban. Le contesté que la mejor estrategia que podía mantener era derribar esos muros que con tanto afán trataba de levantar y que se permitiera mostrarse ante la chica con franqueza y transparencia, tal como se sintiese en aquel momento. Si se sentía tímido y nervioso, pues que se mostrara de esa forma; incluso, si en algún momento le parecía oportuno, le podía explicar a ella cómo se sentía.

Ante mi respuesta, Borja me replicó, con un cierto mal humor:“¡Sí, hombre! Vengo aquí para que me ayudes a ser más seguro y a controlar mejor mis sentimientos, y tú me pides que me muestre ante ella como me sienta en ese momento”.

Le mostré a Borja el error de su planteamiento: “No debes confundir el hecho de aceptar incondicionalmente tu experiencia (tu timidez, tu nerviosismo) con resignarte a ser víctima de estos sentimientos que tanto te hacen sufrir. La aceptación no tiene nada que ver con la resignación. Es un acto de valor, de respeto hacia ti mismo y de esperanza para encontrar el cambio que tanto anhelas”.

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Le expliqué a Borja que, por la vía de tratar de eliminar una parte de nuestra persona, de nuestra experiencia, de nuestro psiquismo, lo que conseguimos es justamente el efecto contrario: hacemos mucho más fuerte ese aspecto indeseable. Por todo ello, es necesario que cada uno de nosotros aprenda primero a reconciliarse consigo mismo si desea reconciliarse con los demás, con el mundo, con la vida. Y, para ello, necesitamos desarrollar una actitud de aceptación incondicional hacia todos y cada uno de los aspectos que nos conforman.

Más que levantar muros de contención que no hacen más que dividirnos internamente, necesitamos tender puentes de comprensión con todas y cada una de las facetas de nuestro ser. Así pues, si queremos limpiar el mundo, primero hay que comenzar por barrer la propia casa. Ya lo expresó el filósofo Confucio en el siglo iv a. C.: “Si no estamos reconciliados y en paz con nosotros mismos, no podemos reconciliarnos con otros y guiarlos en la búsqueda de la paz”.

Dejar de rechazarnos para reconciliarnos con nosotros mismos

Al igual que Borja, todos hemos sentido la tentación de enclaustrar tras un muro psicológico algún aspecto de nuestra personalidad que no considerábamos adecuado. Nos permitimos el lujo de establecer fronteras en nuestro psiquismo y normas según las cuales establecemos qué aspectos de nuestro ser son adecuados para la vida y cuáles no, qué sentimientos son dignos y cuáles no, qué pensamientos son aceptables y cuáles no... Y no nos damos cuenta de que el único sentimiento indigno que albergamos en nuestro corazón bien pudiera ser el que nos lleva a rechazarnos a nosotros mismos.

Solamente si aceptamos nuestro carácter en su totalidad, podremos manifestar una actitud de fuerte compromiso con nosotros mismos, y eso nos permitirá sentirnos internamente reconciliados.

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Esta actitud implica dar cabida enteramente, con la mente y el corazón, a todos nuestros aspectos personales, incluso a aquellos que, en principio, pudieran resultarnos desagradables. Y es que estos aspectos también existen y forman parte de nosotros, razón por la cual debemos manifestarles un respeto profundo.

Es necesario establecer puentes de comprensión con todas y cada una de las facetas de nuestra persona, ya que con el rechazo solo conseguiremos abocarnos a un sufrimiento estéril.

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