Ancianidad, memoria y sabiduría

Aprender a envejecer: la antepenúltima prueba de la sabiduría

Ignacio Abella

Al igual que el árbol viejo, un hombre o una mujer viejos se inclinan, se encogen, resisten… Y continúan dando frutos hasta el final. Es la antepenúltima prueba de sabiduría a la que nos enfrentamos: aprender a envejecer y reencontrar los infinitos caminos de regreso a la vida, a la calma, al propio cuerpo, al bosque.

Es la antepenúltima prueba de sabiduría: aprender a envejecer y reconocerse en los momentos eternos de amor o inspiración. La aceptación de la vejez y de la muerte son las asignaturas más difíciles. Los mortales tenemos el sueño de la inmortalidad, pero como el poeta William Blake nos recuerda en sus Proverbios del Infierno: “La Eternidad está enamorada de los frutos del tiempo”.

Es así como caemos en la cuenta, especialmente en este invierno que acorta día a día las horas de luz, que somos lo que somos a causa de la memoria, pero también del olvido contra el que luchamos con uñas y dientes hasta el punto final.

Perduramos a través de genes y memes, de los árboles plantados, las canciones cantadas y los cuentos narrados.

Cada palabra y cada gesto cuentan y existe una inmortalidad poética que no radica en la pervivencia a través de la efímera fama, sino en la capacidad de burlar al propio tiempo y sentirse joven hasta el fin.

Aunque en el plano físico la vida es una montaña que asciende y desciende, con un punto álgido y una decadencia, en el plano espiritual estamos en el centro mismo del tiempo, y en la medida en que lo comprendemos o no, podemos vivir como el anciano sabio o como el viejo amargado. Más que nunca, en la vejez y el invierno buscamos arboledas centenarias que se ramifican como las dendritas de un cerebro, nos acogen y envuelven y nos impulsan a reencontrar los infinitos caminos de regreso a la vida.

Ancianidad, memoria y sabiduría

Cuentan los antiguos códices irlandeses que hubo un tiempo en que Irlanda estaba dividida en cuatro provincias y había un rey supremo que gobernaba toda la hermosa isla desde su mismo centro, el ombligo de Tara.

Un día, la tribu de los Ui Nelly acudió a la corte pidiendo que se restablecieran sus territorios. Alegaban que en los últimos tiempos el dominio real de Tara se había extendido a costa de ellos. Gobernaba a la sazón el rey Diarmat y, después de escuchar las quejas de los Ui Nelly con atención, no quiso pronunciarse sin escuchar el consejo de otros más ancianos y sabios.

  • Convocó así a Fiachra, el viejo patriarca, el cual, después de escuchar las quejas de los Ui Nelly con atención, no quiso pronunciarse sin escuchar el consejo de otros más sabios y ancianos.
  • Llamó a Cennfaelad, por aquella época arzobispo de Irlanda, el cual, después de escuchar las quejas de los Ui Nelly con atención, no quiso pronunciarse sin escuchar el consejo de otros más sabios y ancianos. Reclamó así la presencia de los cinco decanos de Irlanda, que, reunidos en grave consejo, evitaron a su vez pronunciarse sin oír antes el consejo del druida Fintan.
  • Fintan, el único superviviente del diluvio universal, acudió a la llamada del rey rodeado por un enorme cortejo.

Eran todas las generaciones de sus descendientes, que ocuparon sus lugares en aquella magna asamblea a la que asistían todos los habitantes de Irlanda.

El rey se puso en pie y le dio la bienvenida pidiéndole que tomara el asiento del juez.

Pero Fintan rehusó sentarse hasta conocer la naturaleza de la pregunta y aseguró que estaba seguro de ser bien recibido “como el hijo tiene la certeza de la bienvenida que le dará su madrina, y mi madrina es esta isla en la que estáis, Irlanda”. Entonces, viéndolo tan anciano, el rey rogó al venerable druida que mostrara que conservaba intactas su memoria y sabiduría.

Se hizo un silencio tan clamoroso que hasta los pájaros y el viento parecieron detenerse a escuchar, y la voz profunda de Fintan comenzó a relatar su historia: “Un día, caminaba por un bosque al oeste del Munster y recogí una baya roja de tejo que sembré en el jardín de mi casa. Allí germinó y creció hasta que se hizo tan alto como yo.

Entonces lo trasplanté al prado cercano y creció, hasta que cien guerreros podían refugiarse bajo su copa del viento y de la lluvia, del frío y del calor. Vivimos juntos durante años incontables, hasta que un día el árbol, de puro viejo, murió.

Lo corté y con su madera hice siete toneles, siete barricas, siete barriles, siete barreños, siete herradas, siete jarros y siete tazas.

Usé mucho, mucho tiempo aquellos recipientes de tejo hasta que envejecieron tanto que se deshicieron. Cuando quise rehacerlos, solo pude construir una barrica de los toneles, un barril de las barricas, un barreño de los barriles, una herrada de los barreños, un jarro de las herradas, una taza de los jarros y un dedal de las tazas. Pero ha pasado tanto tiempo que hoy no debe de quedar de todos ellos más que el polvo y ¡quién sabe dónde habrá ido a parar!”.

A continuación, el druida Fintan resolvió el litigio contando cómo se habían establecido en una remota época las fronteras del reino de Irlanda y cómo debían administrarse. Pero esa es otra historia que seguramente contaremos algún día en algún otro lugar.

Por el momento, nos interesa señalar que hubo un tiempo en el que la ancianidad era un valor en sí misma y los viejos tótems, como el tejo, el árbol más longevo del continente, eran emblema de la discreción y la sabiduría, de la tradición.

Hasta no hace mucho, el “viejo” ha sido en el mundo rural una verdadera institución.

Encarnaba ese conocimiento acumulado durante generaciones que se tardaba toda una vida en transmitir y resultaba crucial para vivir en sintonía con la naturaleza y sus ritmos, con el territorio y la comunidad.

El viejo Fintan representa así la memoria viva de Irlanda, es el guardián de la sabiduría de la tribu y la comarca que habita, el cordón umbilical que une pasado, presente y futuro…

Hoy, los abuelos y sus saberes quedan con rapidez obsoletos en una sociedad cada vez más urbana y tecnológica, que alarga la vida, pero reduce la pensión y la influencia social del anciano. El abuelo ha dejado incluso de cumplir su irreemplazable función de abuelo, para hacer las veces de padre forzoso.

Recobrar el prestigio de la ancianidad

La “eterna juventud” a la que aspira nuestra era está condenada a un Alzheimer colectivo, causado por el menosprecio de la memoria que nos sostiene y de la tradición que nos une a la Tierra. Por eso, es preciso recobrar las funciones y el prestigio de la ancianidad en todas sus dimensiones, porque es indispensable la referencia de lo que ellos son y lo que nos cuentan para crecer de forma saludable.

Es útil pensar, asimismo, qué queremos ser de mayores. Sin duda, cada cual tiene su tiempo y ritmo de maduración y su ideal de vejez, pero hay que preguntarse si crecemos en humildad o en prepotencia, en sosiego o avidez, si nos hacemos más sabios y dignos o nos vamos convirtiendo en uno de esos viejos egoístas, desconfiados y patéticos; si cultivamos la ternura y la sensibilidad y somos capaces de aprender y enseñar a vivir en sintonía con la Abuela Tierra.

En su libro Relatos de poder, Carlos Castaneda nos muestra los “caminos con corazón” y habla del drama de una existencia vacía y estéril: “Hombres para los que toda una vida fue como una tarde de domingo, esta tarde les dejó tan solo el recuerdo del tedio y de pequeñas molestias, y de pronto se acabó, de pronto era de noche”. Pero el mismo autor desvela el antídoto secreto, que no es otro que el amor incondicional a la Tierra que nos permite enraizar de manera íntima y profunda.

“Solamente si uno ama a esta Tierra con pasión inflexible –explica Castaneda por boca de Don Juan–, puede uno librarse de la tristeza. Un guerrero siempre está alegre, porque su amor es inalterable y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala cosas inconcebibles. […] Sin un cariño constante por el ser que nos da asilo, la soledad es desolación.”

Mi amigo Amable, que a sus 93 años sigue plantando árboles como si fuera a vivir para siempre, expresaba el otro día su soledad sin desolación con una frase lapidaria, como todas las suyas: “Yo ya no tengo a quien preguntar nada”.

Los que sabían más que él se fueron y somos muchos los que nos acercamos para preguntar y aprender de este “último indígena europeo” testigo de una antigua cultura.

A su lado nos damos cuenta de que a los padres, a los mayores, hay que vivirlos ahora; cuando se van, surgen todas las preguntas que ya nunca podrán responder y el cariño que ya no podrá manifestarse. Para los que no creemos en reencarnaciones, fantasmas, infiernos o paraísos, quizá especialmente para nosotros, existe un más allá que nos impulsa a aprender, enseñar y gozar de manera apasionada.

El anciano que supo envejecer continúa “plantando árboles” que no serán para él; ha aprendido a destilar lo superfluo y a escoger y propagar las semillas de lo esencial; a ser más flexible y tolerante a la vez que riguroso; a dejar de intentar cambiar a los otros y al mundo y contentarse con aportar un granito de arena.

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