La poderosa industria estética

El cuerpo diseñado: cánones estéticos frente a belleza real

Llorenç Guilera. Profesor de Psicología básica, evolutiva y de la educación en la UAB.

El esfuerzo por conseguir un cuerpo "perfecto" puede dañar la autoestima. Podemos evitarlo recordando lo subjetivo que es lo bello y reivindicando otra mirada.

A pesar del deseo o la ilusión de algunos estetas, no existe un canon universal de belleza. Los cánones con vocación universal han chocado y chocarán siempre con la heterogeneidad de las diferencias individuales de las personas y con las mutaciones culturales de las sociedades.

Como afirma Umberto Eco: “La belleza nunca ha sido algo único e inmutable”.

Por poner un ejemplo: hace unas décadas, el que una mujer midiera más de 1,80 metros se percibía como un defecto en nuestro país. Actualmente, aquella misma chica sería una potencial candidata a modelo de pasarela.

¿De qué depende nuestra idea de belleza?

Sentir que un determinado cuerpo es bello es una percepción subjetiva que depende de tres condicionantes: la selección natural, la estimulación hormonal y los estereotipos culturales.

La interacción de estos tres condicionantes nos puede llevar a percibir a una persona que nos atrae fuertemente como la más bella y deseable del mundo, aunque es posible que nos quedemos solos en esta apreciación según cuál sea el factor dominante en nuestra elección.

Belleza y selección natural

La percepción de la belleza corporal depende en primer lugar de la biología; del instinto de conservación de la especie grabado por herencia en los genes.

La psicóloga social Judith Langlois, de la Universidad de Texas, ha demostrado que ya desde los primeros meses de nuestra vida nos atrae la simetría facial de nuestros interlocutores.

Rechazamos la asimetría porque puede significar desnutrición, enfermedad o genes defectuosos. Nancy Etcoff, psicóloga evolutiva de la Harvard Medical School, cree que obedecemos en primer lugar al impulso instintivo de preservar los buenos genes.

La biología evolutiva muestra que las características extremas tienden a desaparecer a favor de los promedios. Los pájaros de alas demasiado largas o demasiado cortas perecen con mayor frecuencia en las tormentas. Los mamíferos que nacen demasiado pequeños o demasiado grandes tienen menos probabilidades de sobrevivir.

“Nuestra extrema sensibilidad a la belleza está gobernada por circuitos en el cerebro modelados por la selección natural”, afirma Etcoff.

Según esta científica, nos sentimos atraídos por la piel suave y tersa, por el pelo brillante y fuerte, por la simetría, por las curvas en las caderas femeninas, por una espalda ancha en el hombre, porque las identificamos como señales de salud, “porque a lo largo de la evolución quienes se percataban de esos signos y se apareaban con sus portadores tenían más éxito reproductivo. Y todos nosotros somos sus descendientes”.

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Belleza y atracción sexual

El segundo condicionante del detector de belleza es el impulso sexual.

El mandato biológico de la reproducción de la especie se materializa en las hormonas de distinto signo que en la pubertad se vierten con intensidad creciente en el torrente sanguíneo y estimulan el deseo de copular.

Los niveles altos de hormonas hacen que nos olvidemos de los cánones culturales vigentes y de las cualidades de la persona y nos dejemos llevar por la pura atracción.

Belleza y sociedad: intereses económicos y valores morales

Interaccionando con estos dos impulsos interviene el tercer ingrediente: el componente cultural, los estereotipos marcados por la civilización y sociedad concreta; los cánones aceptados (consciente o inconscientemente) por la mayoría y rechazados en rebeldía por una minoría. Los valores que imponen pueden variar enormemente en función de cada país, época y grupo social, pero están al servicio de las clases dominantes.

No hay nada en la cultura, según el científico social Karl Polanyi, que sea ajeno a la economía, y los cánones de belleza no son una excepción. Están basados en el culto a la sexualidad, especialmente en el modelo femenino, porque en el sistema capitalista el sexo es percibido como un signo de poder, es decir, una vía de acceso al dinero, la influencia y la prosperidad.

La escritora Naomi Wolf denuncia la imposición mediática de un modelo de mujer inalcanzable como arma de dominación de los hombres sobre las mujeres. Las encuestas muestran que un gran porcentaje de las mujeres se encuentra a disgusto con su imagen corporal y que en un pequeño pero significativo porcentaje estarían dispuestas a tomar medidas drásticas aunque afectaran a su salud.

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El sociólogo Jean Baudrillard afirma que el capitalismo ha convertido la belleza en un importante valor de venta. Una serie de industrias (moda, farmacéuticas, cirugía, gimnasios...) han utilizado los medios de comunicación para imponer la entelequia de cuerpos perfectos a fin de explotar económicamente a los seres humanos: han “redefinido” el cuerpo como un ente ideal en el que las personas deseen “invertir” sin tregua movidas por su narcisismo.

En la sociedad actual, el cuerpo y la manera de vestirlo y adornarlo se han convertido en el escaparate de nuestro estilo de vida y de nuestro estatus social.

Los antropólogos consideran que el hombre ha actuado sobre su cuerpo como objeto de diseño desde el Paleolítico; para impresionar a sus enemigos y alejar a sus depredadores; para atraer al sexo contrario; para marcar diferencias entre iguales: los pies de loto de las mujeres chinas, la dilatación de las orejas de los masáis, la cintura de avispa de mitad del siglo XIX...

Pero bajo el imperio de los medios audiovisuales, las personas son ante todo su imagen. Como dice Mercedes Salgado, directora de la Escuela de Artes y Técnicas de la Moda de Barcelona: “Las nuevas tecnologías adquieren un poder hipnótico al potenciar un componente sensorial de la imagen y anestesiar los restantes sentidos. (...) El cuerpo se ha convertido en el centro de un trabajo basado en el ejercicio, la dieta, el maquillaje y la cirugía estética. Un cuerpo que debe ser revisado, transformado, manipulado”.

¿Cómo evitar la frustración ante los imposibles estándares corporales?

La industria de la belleza nos muestra unos modelos artificiales, que pasan a ser los “naturales”, construidos con dietas y sacrificios, retoque fotográfico y bisturí. Los cuerpos que nos pintan como ideales poseen sensualidad y sexualidad remarcadas pero no sufren, no sienten, no tienen necesidades fisiológicas, no huelen, no excretan, no enferman y, por supuesto, no envejecen...

Para acercarse al ideal vigente, las personas pendientes de su atractivo actúan con lo que tienen a su alcance: maquillaje, peluquería, tatuajes, piercings, vestidos y complementos, dietas, cremas, píldoras, hormonas, gimnasia, deportes, cirugía plástica... Es el cuerpo intervenido artificialmente, el cuerpo de diseño.

Para conseguir el ideal establecido, el cuerpo es castigado y mortificado hasta caer en enfermedades como la anorexia, la bulimia o la depresión.

En España, siete de cada mil habitantes recurren a la cirugía estética. Por orden de preferencia, las intervenciones favoritas son: inyecciones de bótox, liposucción, aumento de senos, párpados, abdominoplastia y rinoplastia.

Los cuerpos que aparecen en la mayoría de los anuncios publicitarios y en prácticamente la totalidad de las películas, pertenecen a una minoría de personas moldeadas según los actuales cánones de belleza. Raramente los hallaremos en la vida cotidiana. Responder a los estándares actuales es una meta inalcanzable para la inmensa mayoría de los cuerpos reales, fracaso que provoca frustración y desengaño y ataca directamente la autoestima.

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¿Cómo podemos contrarrestar el imperio mediático frustrante y perjudicial de la belleza irreal? La respuesta es clara: haciendo pedagogía sobre el concepto de belleza.

Recuperando el significado de la belleza real, la que se basa en la percepción subjetiva y personal, en la atracción instintiva sexual, pero también en la atracción por la personalidad y las cualidades del ser que suscita nuestras ansias de amar y ser amado.

La belleza es como el color: no es una cualidad intrínseca de los objetos. Está en la mirada del perceptor y, por lo tanto, depende de la luz con que se ilumina la mirada. Si iluminamos con amor, la belleza está garantizada.

Tratemos nuestros cuerpos como objetos que merecen ser cuidados y embellecidos, pero no dejemos que los demás nos traten como objetos. Cambiemos el “Te amo porque veo tu belleza” por el “Veo tu belleza porque te amo”.

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