Castigo físico

La única bofetada a tiempo es la que no se da

Carlos González

Jamás permitiríamos que un adulto pegase a un niño... salvo si es su hijo. Cachetes, azotes... El castigo físico es violencia, es abuso, y es inaceptable.

Cachetes.

Cachetes a los niños, se entiende. No hace falta decirlo, porque, ¿a quién más se iba a dar un cachete? ¿Cachetes a los taxistas, a los camareros, a los cónyuges, a los detenidos, a los estudiantes universitarios, a los clientes? ¡Claro que no!

Las bofetadas siempre son para los niños. No para todos los niños, claro. Las bofetadas son para los hijos o para los alumnos. Jamás permitiríamos que otro adulto, un desconocido, pegase a un niño.

Solo a los padres y a los maestros, precisamente las personas en las que el niño más confía – las que tienen la obligación moral y legal de protegerle–, les consentimos que peguen a los pequeños.

Una bofetada “a tiempo”, por supuesto. ¿A tiempo de evitar que el niño se despeñe por la senda del vicio y el delito? A tiempo, pienso yo más bien, de poderle pegar la bofetada sin peligro.

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Sin peligro de que nos la devuelva, como bien podría ocurrir a los 15 años, cuando muchos ya son más altos y fuertes que sus padres. Sin peligro de que nos mire con asombro o con reproche, de que nos pregunte: “Pero, papá, mamá, ¿qué haces?”, como bien podría ocurrir a los 10 años, incluso antes, cuando algunos ya tienen más sentido común y más estatura moral que sus padres.

Porque si algo distingue a los partidarios de la bofetada es su valentía: valentía para enfrentarse ellos solos, desarmados, a terribles niños de dos años, a pequeños tiranos de cuatro años. Valentía para reconocer que, ante una conducta inapropiada por parte de un niño pequeño, no se les ocurre más respuesta que un bofetón.

¿Cómo puede haber debate?

Hace ya muchos años me llamaron de una emisora de radio. El Parlamento español estaba debatiendo la ley que prohibiría a los padres pegar a los hijos y querían invitar a alguien a favor y a alguien en contra de las bofetadas. “Pero no vais a encontrar a nadie a favor”, les dije, sorprendido.

Ya sé que hay mucha gente que está a favor de las bofetadas. Pero, ¿hay alguien con un cierto nivel para ir a un debate en la radio (algún educador, psicólogo, pediatra, filósofo…) que esté a favor de pegar a los niños y que no se avergüence de decirlo en público?

Yo ingenuamente pensaba que no. Pero para mi asombro, sí, había una psicóloga que defendía la conveniencia y utilidad de abofetear a los niños.

Lo más increíble fueron las llamadas del público. Yo esperaba escuchar situaciones extremas; no sé, “mi hijo de 15 años abusó de una niña de 12, y le di un bofetón”, o “mi hija y sus amigos acosaron durante semanas a otro niño, y le di un bofetón”.

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Tales bofetones no los hubiera aprobado porque, desde luego, pegar a un niño no me parece un método útil de enseñarle que no debe ejercer la violencia. Pero quizá lo habría entendido. Quizá habría comprendido el error de un padre que pierde los nervios ante un problema grave y actúa sin pensar. Pero los que llamaban a la radio no se enfrentaban a problemas ni remotamente parecidos. Se justificaban con argumentos muy pobres: “Que de qué otra manera puedes explicarle a una niña que no hay que tirar papeles por la calle”, “Que qué otra cosa puedes hacer si el niño pone los pies en el sofá”...

Es gente que considera que tirar papeles es incívico, pero pegar a los niños, no. Gente que prefiere tener limpio el sofá a la conciencia. No hay nada de épico o trágico en esas bofetadas; solo la fea, grotesca, patética banalidad del mal. Que ensucie el sofá no se acepta, pero pegar a los hijos sí.

Prohibir pegar a los niños reduce la violencia entre los adolescentes

Hace unos meses, el British Medical Journal publicó un amplio estudio sobre la relación que existe entre la prohibición de las bofetadas y las peleas que se producen entre adolescentes.

El trabajo consistió en analizar datos sobre más de 400.000 adolescentes encuestados en 88 países diferentes.

  • En 30 está prohibido pegar a los niños, tanto en casa como en la escuela (incluye España, Alemania, Suecia, Bolivia, Túnez, Mongolia...).
  • En 38 países está prohibido pegar, pero solo en la escuela (Estados Unidos, Italia, El Salvador, Zambia...).
  • En 20 es legal pegar en casa y en la escuela (ninguno de ellos es europeo).

Lo más resaltable de los datos obtenidos es que se pudo observar que en los países en los que está prohibido pegar, los adolescentes se pelean menos entre ellos. ¿Es una relación causal? Imposible saberlo.

Puede ocurrir justo lo contrario: son las sociedades más pacíficas las que han prohibido las bofetadas. En todo caso, parece claro que la prohibición del castigo físico no ha producido la oleada de jóvenes salvajes y sin límites que anunciaban algunos agoreros.

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Y está bien que se investiguen estas cosas. Pero, ¿acaso cuando se hacen leyes contra la violencia machista o contra los atracos a bancos nos preguntaríamos si ahora las mujeres se pelean menos, o si los banqueros se roban menos entre sí? No, nos preguntaríamos si las leyes fueron efectivas, si ha habido menos violencia machista y menos atracos.

No pretendemos que cambien las víctimas: son los agresores los que tienen que cambiar. Que la violencia entre adolescentes disminuya es un interesante e inesperado beneficio. Pero hay que tener claro que el objetivo de la ley no era disminuir las peleas entre adolescentes, sino la violencia de los padres y los maestros sobre los niños.

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