Enganchados al consumo

¿Qué nos empuja a las compras compulsivas?

Laura Gutman

La verdadera necesidad que se esconde tras el impulso consumista no es otra que obtener el amparo y el cuidado que no recibimos durante nuestra infancia.

Somos una sociedad en la que estamos todos pendientes de lo que obtenemos, de lo que consumimos, de lo que incorporamos y, sobre todo, de las que creemos que son nuestras “necesidades”.

Es habitual que las personas modernas y urbanas tengamos como objetivos en la vida lograr un buen trabajo y ganar lo suficiente para aumentar nuestro confort. El problema es que, una vez que conseguimos comprar un objeto, anhelamos otro similar más grande y bonito. Y así se nos va la vida. ¿Por qué nos pasa esto?

¿Qué es lo que necesitamos incorporar en realidad?

Creo que tiene que ver con la calidad del maternaje que hemos recibido, y no solo me refiero a lo que nuestra mamá real ha hecho con nosotros sino a la totalidad de situaciones de amparo, cuidado y apoyo que hemos recibido –o no– durante nuestra primera infancia.

Un bebé es un ser necesitado. necesita ser cuidado, sostenido, alimentado, tocado, abrazado, amado… no hay estructuración psíquica saludable sin que esto ocurra.

La mayoría de nosotros no hemos sido satisfechos en nuestras necesidades originales porque el patriarcado, la cultura, la moda o las opiniones que circulan y que adoptamos así lo establecen. Y también a causa de la discapacidad de nuestras propias madres de prodigarnos amparo, quienes a su vez no fueron suficientemente maternadas por sus propias madres, quienes a su vez cargan con historias difíciles de soledad y desamparo.

Y así generación tras generación.

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Necesidades infantiles que no desaparecen

A veces, mientras somos bebés o niños pequeños, decidimos adaptarnos; es decir, simulamos que no necesitamos lo que necesitamos. Y logramos sobrevivir.

Esto significa que hemos relegado a algún lugar sombrío las necesidades básicas que no han sido satisfechas. Pero estas no desaparecen. La vivencia más profunda, desplazada al inconsciente, es la de seguir estando necesitados.

También nos entrenamos para estar siempre atentos a cualquier necesidad que pueda surgir, a fin de autosatisfacerla de inmediato. Este es un punto clave: la inmediatez. Así como el bebé necesita el pecho “ya”, el niño o adulto eternamente necesitado, lo que sea que necesite, lo necesita “ya”. De lo contrario, el dolor será insoportable.

Cuando somos bebés, tenemos necesidad de ‘madre’. Si no recibimos el suficiente amparo y cuidado, esa carencia queda relegada en nuestro inconsciente.

Quizá nos ayude pensar que nuestros padres son también esa clase de niños necesitados. Nos educaron seguramente con las mejores intenciones y creyendo que estaban haciendo todo lo correcto. Pero, inconscientemente, antepusieron sus propias necesidades a las de cualquier otro individuo.

Así las cosas, siendo niños, hemos aprendido a satisfacer nuestras necesidades emocionales –el contacto, la mirada del adulto, la comprensión, el diálogo y el acompañamiento en el descubrimiento del mundo externo– desplazándolas hacia objetos que podíamos “incorporar”. Al no poder incorporar “mamá”, fuimos incorporando “sustitutos”. Desesperadamente.

Compras voraces: una "patología" colectiva

La desesperación es también una cuestión central, y es que no hay término medio en la necesidad primaria. Al igual que un bebé, que se desespera en ausencia del pecho materno, todo individuo necesitado tiene la urgencia de obtener algo para calmarse.

Esta dinámica es tan frecuente que hoy nuestra vida está regulada por la adicción al consumo –desesperado– de lo que sea que podamos comprar. Los centros comerciales se han convertido en un lugar obligado, una cueva protectora donde nos sentimos bien. Todos compramos y compramos. no importa qué. Lo que importa es que hay una excitación que nos tranquiliza, nos nutre, nos frota la piel con una dulce sensación de bienestar.

El consumo desesperado es una conducta colectiva que refleja nuestra necesidad de protección, y los centros comerciales se han convertido en un refugio.

Esta modalidad de compras permanentes, y el hecho de que casi todos funcionamos con los mismos parámetros, termina siendo algo corriente. Por tanto, resulta muy difícil detectar la patología de las conductas individuales.

Todos sentimos, sobre todo cuando vamos de compras para animarnos, que existe una relación entre consumo y emociones. Todas estas conductas colectivas reflejan la necesidad de “incorporar vorazmente” lo que sea para sobrevivir y son desplazamientos de necesidades primarias que no han sido satisfechas.

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Ahora bien, esos niños necesitados se han convertido en los adultos que somos: continuamos atentos a satisfacer como sea nuestras necesidades ocultas. No importa que pertenezcan a nuestra infancia porque, para nuestra estructura psíquica, siguen siendo tan prioritarias como cuando éramos niños.

Estamos totalmente pendientes de lo que necesitamos: creemos que se trata de dinero, de ascenso social, de buen trabajo, de casa, de vacaciones, de ropa, música o electrónica. Pero no se trata de esto. Estamos huérfanos de “mamá”, pero no lo sabemos. Y no saberlo es el gran problema, porque desplazamos nuestras supuestas “necesidades” hacia objetos que, suponemos, son indispensables para vivir.

¿Cómo nos podemos dar cuenta de que es una conducta desplazada?

El consumo es una conducta compartida e invisible. Pero, ¿acaso está mal comprar aquello que necesitamos? Obviamente hay muchas cosas que sí son imprescindibles.

La pista está en comprobar si alguna vez somos capaces de “elegir” no comprar, o disminuir la cantidad de objetos, o si somos capaces de “elegir” lo que de verdad deseamos o necesitamos, sin la adrenalina que supone el hecho de estar comprando.

Con frecuencia, el objeto nos elige a nosotros. Cuando esto sucede, el hecho de comprar se convierte en una droga. Sí, el objeto “desea”, y nosotros quedamos a merced del deseo de ese “otro”. Parece inverosímil, pero es así como funciona.

Para salir de la vorágine consumista, debemos adueñarnos de nuevo de nuestras acciones y elegir con conciencia solo aquello que de verdad necesitamos.

Hagamos la prueba: intentemos definir, en medio de la vorágine de la compra, si somos nosotros quienes deseamos o si el objeto dirige nuestra acción. Tal vez constatemos que estamos sometidos y perdidos con relación a nosotros mismos, tanto como estuvimos sometidos durante nuestra infancia a los deseos de los mayores cuando nadie tomaba en cuenta lo que nos sucedía a nosotros.

Al igual que otras adicciones, las compras compulsivas nos aportan seguridad, es decir, nos aportan “mamá”. Y al hacer frente a situaciones estresantes, por ejemplo, una reunión social donde no conocemos a nadie, una junta laboral, una posibilidad de trabajo o de estudio… en fin, una situación “nueva” y fuera de la rutina cotidiana, nos amparamos en la compra compulsiva previa para soportar el estrés, así como el niño se ampara en los brazos de la madre cuando debe entrar en un lugar distinto.

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Más abrazos y menos tarjeta de crédito

Con este panorama desalentador… ¿qué capacidad emocional tenemos para dedicarnos a la crianza de un hijo con necesidades genuinas? Muy poca, obviamente. ¿Qué capacidad tenemos para ser altruistas, dedicarnos a nuestras parejas, familiares o amigos, anteponiendo las necesidades de los demás? poca. Todavía estamos ávidos de llenar nuestra hambre emocional.

Ahora bien, si nos interesa salir de los circuitos de consumo, estamos obligados a reconocer, antes que nada, nuestras discapacidades y desvalimientos primarios con conciencia, con comprensión de la propia historia vital, y no atiborrándonos de objetos nuevos.

Entonces tal vez podamos resarcirnos y estar atentos a qué necesita el otro, quién necesita algo distinto a nosotros. Y si nos resulta intolerable responder a las necesidades del otro, deberemos pedir ayuda, no para que ese otro se calme sino para calmarnos nosotros ante nuestra necesidad devoradora.

Cuanto más amparo demos a nuestros hijos pequeños, menos necesidad tendrán cuando sean mayores de resguardarse en acciones compulsivas.

El consumo adictivo refleja necesidades infantiles no satisfechas. Cuánto dinero y cuánto sufrimiento nos ahorraríamos si, sencillamente, nuestra madre nos hubiera llevado más tiempo en brazos y hubiese estado atenta a nuestros reclamos genuinos.

Y qué fácil es allanar hoy el camino de nuestros hijos, qué fácil es oírlos y alzarlos, comprendiendo que, simplemente con eso, se convertirán en mujeres y hombres saludables y seguros de sí mismos.

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