Causas ocultas

¿Estrés? Su origen pueden ser emociones reprimidas o traumas

Xavier Serrano. Psicólogo, sexólogo y psicoterapeuta caracteroanalítico.

Las emociones reprimidas durante la infancia o haber vivido una situación traumática puede llevarnos a sufrir un estrés crónico que nos agote. Actuar sobre esos factores nos ayudará a tomar las riendas de nuestra vida.

Dar salida a emociones reprimidas puede desbloquear situaciones de estrés crónico, que nos enferma y nos agota, y capacitarnos para volver a gestionar nuestra vida. El origen puede estar en una falta de comunicación afectiva en la infancia o un trauma vivido.

Como explicó Hans Selye, médico pionero en investigar este tema, “una persona se encuentra sometida a estrés cuando la dosis acumulada supera su umbral óptimo de adaptación y su organismo empieza a manifestar señales de agotamiento."

La fecha de aparición de esa fatiga de adaptación es variable, y depende tanto del perfil psicológico de la persona como de la suma y de la frecuencia de las adaptaciones vividas.

El mismo agente estresor provoca una respuesta distinta en diferentes sujetos.

Para diferenciar el nivel positivo de activación que toda persona necesita para funcionar (estrés) de aquel que pasa a ser patológico en función del ritmo, la historia y las particularidades de cada persona, denominó a este último distrés.

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El distrés no viene generado por el desgaste fruto de una acumulación de circunstancias a las que no se puede hacer frente de una forma armónica y rítmica, sino por un impacto traumático concreto.

Por ejemplo, un accidente de tráfico, un atraco o una experiencia bélica, o bien, por una situación que genera miedo e impotencia y se mantiene durante un tiempo, como en el caso del acoso escolar o los abusos sexuales infantiles.

La imposibilidad de actuar ante esa dinámica de violencia pone en marcha el “sistema de inhibición de la acción” descrito por el neurofisiólogo francés Henry Laborit y provoca una reacción biosistémica de tal índole, que, a medio o largo plazo, según Laborit, “si no se evita, conduce a un agotamiento del organismo en su totalidad, produciendo las llamadas enfermedades de la civilización: depresión, úlceras, hipertensión, enfermedades autoinmunes e, incluso, cáncer”.

Emociones reprimidas que nos enferman

Marta quería hacer una psicoterapia porque su médico había dictaminado que las alteraciones en sus analíticas y el sufrimiento emocional que padecía se debían a que estaba “estresada”. Acababa de cumplir 38 años, vivía con su marido y sus dos hijas, y desde hacía unos meses se sentía cada vez más fatigada, irritada, desamparada.

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Sufría episodios de taquicardia, diarrea y mareos. Dormía mal, inquieta y con pesadillas, y su deseo sexual casi había desaparecido. En poco tiempo había triplicado su consumo de tabaco.

Le parecía que su mente estaba vacía: era incapaz de concentrarse y tomar decisiones.

Durante la evaluación inicial, constatamos la existencia de factores que podían estar influyendo en su situación (los llamados estresores): el fallecimiento de su madre cuatro meses atrás después de un prolongado sufrimiento; la reestructuración en su empresa, que auguraba una considerable reducción de su salario y, quizá, el despido; y tener que afrontar sola la atención a sus hijas, de doce y ocho años, ya que su marido viajaba con frecuencia a causa de su nuevo trabajo.

En el caso de Marta, hay que destacar que tenía una forma muy marcada de interiorizar la realidad y los conflictos, determinada por su rasgo de carácter masoquista. Su tendencia a la queja, su actitud de victimismo y resignación ante situaciones vitales que la hacían sentirse inferior a los demás, era una característica crónica de su personalidad, que se agudizó hasta el punto de influir en ese proceso de distrés.

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Tras realizar un análisis de esa actitud caracterial, la utilización de herramientas neuromusculares para canalizar sus emociones reprimidas –miedo y rabia–, relajar su musculatura profunda y modular su respiración consiguieron que Marta mejorara en unos pocos meses. Se sentía de nuevo alegre, confiada, serena, motivada y con capacidad para gestionar su vida cotidiana.

El trauma como origen del estrés

Juan tenía veintiocho años, y antes de venir a nuestro centro se había sometido a diversos tratamientos psicofarmacológicos y psicológicos para intentar paliar la depresión que le había sido diagnosticada a los catorce años: incapaz de realizar cualquier actividad, se había encerrado en casa, negándose a ir a la escuela.

Este episodio remitió, pero se volvió a repetir al poco de llegar al instituto, cuando dejó definitivamente los estudios y volvió a pasar la mayor parte del tiempo en casa, una actitud que se había mantenido, en mayor o menor medida, hasta hacía pocos meses.

Si bien acusaba el acoso escolar que había vivido en forma de burlas, insultos y marginación, sus mecanismos de defensa le habían hecho olvidar los abusos sexuales y las vejaciones a las que fue sometido repetidamente por un grupo de compañeros durante años hasta que un día, por fin, había tenido el valor de negarse a ir a clase.

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Durante el proceso psicoterapéutico de Juan utilizamos técnicas psicocorporales y de “desprogramación” que se emplean actualmente en las llamadas terapias de trauma, así como en la vegetoterapia caracteroanalítica desarrollada por el psicoanalista y neurosiquiatra vienés Wilhelm Reich hacia 1940.

Comenzado el proceso clínico, en cuanto detectamos en su evaluación inicial que la depresión y las actitudes fóbicas que sufría podían ser consecuencia de un trastorno de estrés postraumático (TEPT), esos recuerdos y sus consecuentes emociones afloraron paulatinamente al emplear las herramientas terapéuticas en un ambiente de aceptación y empatía.

En unos meses empezó a mejorar y ya era capaz de ir abordando, poco a poco, una actividad social y profesional, alejando así el fantasma de su anunciada cronicidad psicopatológica.

Conectarnos con la vida para para vencer el distrés

El desenlace de la historia de Juan nos muestra claramente que, si se hubieran conocido y tomado las medidas preventivas y de intervención psicosocial pertinentes durante la infancia y la adolescencia, todos esos años de sufrimiento podrían haberse evitado.

También hubieran sido muy efectivas en el caso de Marta, ya que habrían logrado frenar el desarrollo progresivo de un rasgo de carácter masoquista, rasgo que está siempre vinculado a una educación compulsiva y a unas relaciones familiares donde escasea el afecto directo y la comunicación emocional.

En definitiva, la prevención del distrés pasa por recuperar unas relaciones con el bebé y el niño ecológicas y humanizadas, tanto en el ámbito familiar como en el educativo.

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Conéctate con el ritmo de la vida

El placer y la alegría son las herramientas fundamentales para regular el estrés y vencer el distrés. Dos emociones que han de impregnar nuestra vida desde los primeros años.

  • Disfrutar del camino. Desarrollar desde la infancia actividades creativas y lúdicas donde la motivación, la alegría y el ritmo funcional con el que se realizan prevalezcan sobre el objetivo que se quiere alcanzar.
  • Tomar conciencia del ciclo vital en la dinámica de todas aquellas actividades cotidianas que facilitan tanto la asimilación o la carga (nutrición, descanso, estudio, afectos, meditación) como la expansión o la descarga (trabajo creativo, expresión corporal y emocional, rutina peristáltica, sexualidad).
  • Colaborar con otros. Frecuentar colectivos basados en la cooperación, la solidaridad y el apoyo mutuo entre iguales es de gran ayuda para superar la sensación de impotencia y la actitud de resignación vital, base emocional de las depresiones psíquicas y orgánicas.
  • Cuidar la confianza. Es importante mantener una corriente abierta de comunicación emocional con los más jóvenes en un clima de confianza que los invite a transmitirnos naturalmente sus conflictos o sus miedos.

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