Neurociencia

Así funciona la sonrisa a nivel neurocientífico

Salvador Nos-Barberá

Sonreír no es algo innato, se aprende a los pocos días después del nacimiento, pero es un acto de comunicación que nos acompañará toda nuestra vida

Una sonrisa puede ser solo de dos tipos (desde el punto de vista neurológico): verdadera o forzada.

¿Cómo funciona la risa en términos neurocientíficos?

En las sonrisas verdaderas, fruto de reacciones espontáneas emocionales, se ponen en juego áreas como la corteza temporal prefrontal, los ganglios basales y el hipotálamo.

En cambio, la sonrisa forzada o voluntaria está mediada por vías inhibitorias relacionadas con la corteza premotora y la corteza motora.

La sonrisa aparece por la tracción y contracción de ni más ni menos que 17 músculos faciales.

Puede ir acompañada de la emisión de un sonido y de una variación en la cadencia de la respiración producidos por la activación de otros músculos faciales, laríngeos y respiratorios, especialmente implicados en la espiración.

Sonrisas desde los primeros días

En los primeros días el bebé no sonríe y cuando lo hace se trata en realidad de una mueca involuntaria y no de una respuesta a un estímulo. Son sonrisas en fase de “pruebas”.

La sonrisa del bebé, como su cuerpo, evolucionará rápidamente.

Si el llanto llama la atención de los padres y les mantiene cerca, la sonrisa es una recompensa para los padres, para estimular su atención hacia él.

La sonrisa aparece, pues, mucho antes que la comunicación hablada y permanecerá durante toda la vida.

Hacia la segunda mitad de la primera semana puede aparecer una sonrisa fugaz que se irá repitiendo en las semanas posteriores del primer mes.

A partir de ahí, el bebé puede sonreír a cualquier adulto que se comunique así con él. Sonríe y devuelve la sonrisa.

Alrededor de los seis meses es mucho más selectivo y ya no sonríe a extraños, sino solo a los “suyos”.

El bebé se divierte sonriendo y riendo, produce endorfinas que, como a los adultos, le hacen sentir bien.

Cómo nos unen las emociones

Podemos salir de situaciones embarazosas simplemente al reírnos, accediendo al sistema evolutivo más antiguo que nos ayuda a mantener vínculos sociales y a regular emociones que nos hacen sentir mejor.

Somos mucho más propensos a sonreír si estamos con otra persona que si estamos solos, y sonreímos más cuando podemos ver y oír a alguien aunque no sea en persona.

Además, responde a un patrón de contagio: la sonrisa se suele devolver con otra sonrisa o con otra expresión de afecto como un abrazo o un beso según el contexto y la relación.

La capacidad de esbozar una sonrisa amable ayuda a la cohesión social de grupo y no es exclusiva del ser humano. Este comportamiento ha sido ampliamente descrito en otros primates y mamíferos.

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