Tu memoria se ocupa de ello

Tu cerebro es más optimista de lo que crees

Beatriz Barco

Nuestro cerebro no almacena información al azar. La memoria es creativa y adaptativa. Gracias a ella, los seres humanos somos optimistas por naturaleza.

Si echamos la vista atrás para hacer una lista de las cosas que más y mejor recordamos de nuestra vida, probablemente todas estarán relacionadas con experiencias que nos han conmovido emocionalmente.

Recordaremos momentos especiales: los abrazos y las palabras amorosas de nuestros padres, nuestro primer beso enamorado, el momento en que conocimos a nuestra pareja o el nacimiento de nuestros hijos. Naturalmente, también podremos apuntar recuerdos dolorosos, como la muerte de un ser querido o algún momento en el que nos sentimos especialmente solos y desamparados.

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Por otra parte, si alguien nos pregunta dónde estábamos el día en que cayeron las Torres Gemelas de Nueva York o el día en que murió Lady Di, tampoco nos costará mucho recordarlo. Y es que, aunque ambos acontecimientos no tuvieron una repercusión personal en la vida de la mayoría de nosotros, sí nos sorprendieron y nos perturbaron psicológicamente y dejaron una huella en nuestra memoria.

Recordamos claramente el vestido que llevábamos ese día tan especial de hace muchos años y, en cambio, tenemos que esforzarnos para recordar qué cenamos ayer.

¿Cómo selecciona recuerdos nuestro cerebro?

El psicólogo Michael Gazzaniga, de la Universidad de California, es un estudioso de la mente humana que ha investigado nuestra manera de recordar. Gazzaniga define dos características para que una experiencia cualquiera sea almacenada en nuestra memoria: recordamos aquellos hechos que nos emocionan y también aquellos que nos sorprenden.

Así pues, lo que nos ha conmovido y lo inesperado estarán presentes cuando pretendamos evocar nuestro pasado. Y, teniendo en cuenta que nuestra mente no es más ni menos que una inconmensurable red de conexiones eléctricas entre miles de millones de células llamadas neuronas, podemos concluir que solamente lo que excita especialmente a estas células produce una huella indeleble en nuestros circuitos neuronales.

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La intensidad de lo que vivimos es, por tanto, lo que perdura en el tiempo. Cuanto más intensa es nuestra experiencia, más probable será que podamos rememorarla posteriormente. Esto explicaría por qué, con el paso de toda una vida, las personas ancianas relatan con gran lujo de detalles recuerdos de su infancia y su adolescencia, años en que todo era experimentado por primera vez y, por tanto, vivido muy intensamente.

Sin embargo, las últimas investigaciones acerca de nuestra actividad cerebral en los momentos en los que recordamos están revelando que, cuando ejercitamos la memoria, no solamente recordamos acontecimientos pasados sino que también inventamos ciertos aspectos.

Nuestra mente recuerda los hechos principales e inventa los detalles

Daniel L. Schacter, psicólogo de la Universidad de Harvard, ha centrado su trayectoria profesional en el estudio de las bases biológicas de la memoria y ha descubierto que, cada vez que recordamos, modificamos nuestro recuerdo, es decir, creamos variaciones del recuerdo inicial. Así pues, parece ser que nuestro cerebro está “programado” para recordar solamente los hechos principales y que, en cambio, los detalles no los recuerda tan bien, por lo que nos los inventamos de forma inconsciente cada vez que echamos la vista atrás.

En su libro Los siete pecados de la memoria (Ed. Ariel), el doctor Schacter da a conocer numerosos experimentos que han demostrado hasta qué punto tenemos una memoria creativa:

  • Una de las tendencias más habituales es asignar un recuerdo a una fuente incorrecta. Por ejemplo, pensamos que un amigo nos dijo algo, cuando en realidad nos enteramos de ello por la televisión, un fenómeno que sucede con mayor frecuencia de la que creemos.
  • Otras veces ocurre que construimos recuerdos a partir de influencias externas, adoptando como propias experiencias que no lo son; es decir, interiorizamos algo que nos ha explicado alguien y, al cabo de un tiempo, creemos que nos ha sucedido a nosotros.

Algunas personas podrían argumentar que existen recuerdos recurrentes que no podemos olvidar y que somos capaces de explicar con todo lujo de detalles, como, por ejemplo, los de aquellos acontecimientos desagradables. Pero, en realidad, nuestro cerebro sí que olvida muchas de estas experiencias; lo que sucede es que nos permite conservar el recuerdo de aquellas vivencias que nos han resultado útiles, es decir, que nos han servido para aprender algo. Y es que nuestra memoria sabe qué es lo que nos conviene recordar.

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Llegados a este punto, nos podríamos preguntar lo siguiente: si nuestra memoria es tan inteligente, ¿por qué comete tantos errores y nos cambia los recuerdos? La ciencia está buscando una respuesta definitiva a esta cuestión, y ya existen teorías al respecto.

La memoria es práctica, creativa y adaptativa, nos ayuda a imaginar el futuro

Ya hemos visto que el cerebro es muy bueno a la hora de recordar los datos importantes y que le cuesta más almacenar los detalles, pero esta forma de recordar, más que un fallo de nuestra mente, podría tener una finalidad adaptativa: al almacenar únicamente lo esencial de una experiencia vivida, economizamos energía y evitamos abarrotar la memoria con detalles triviales. Y precisamente estos son los detalles que nos inventamos inconscientemente cuando ejercemos la actividad consciente de recordar.

Pero, además, esta capacidad de añadir detalles que no estaban en el recuerdo inicial también tiene una función práctica, ya que nos ejercita para imaginar el futuro. Es decir, que si no inventásemos el pasado a partir de pequeños retazos de nuestros recuerdos, seríamos incapaces de inventarnos el futuro, de imaginar.

Esta teoría se basa en evidencias científicas gracias a las novedosas técnicas de neuroimagen, que permiten ver qué zonas del cerebro se activan cuando se llevan a cabo determinadas actividades.

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Los experimentos llevados a cabo por el neurocientífico Yadin Dudai y la profesora de humanidades e investigadora de la memoria Mary Carruthers han demostrado que algunas regiones neuronales se ponen en funcionamiento tanto cuando reconstruimos eventos del pasado como cuando imaginamos situaciones que todavía no se han producido; en otras palabras, podemos afirmar que recordar e imaginar es, hasta cierto punto, lo mismo.

Este hecho explicaría, por ejemplo, por qué muchos pacientes con amnesia –personas que han olvidado su pasado– son también incapaces de hacer planes de futuro.

Tendemos al optimismo: imaginamos que el futuro será mejor que el pasado

Gracias a esta capacidad de recrear detalles en el pasado y en el futuro, podemos también ser optimistas. Según el psicólogo Daniel L. Schacter, la mayoría de las personas somos optimistas, ya que, cuando nos preguntan sobre nuestras expectativas de vida, solemos pensar que nos van a pasar más acontecimientos positivos que negativos.

Por otra parte, la fisiología nos dice que el optimismo es bueno para la salud. Las personas más optimistas son psicológicamente más equilibradas y tienden a gestionar mejor el estrés, por lo que es probable que sus sistemas de defensa ante infecciones sean más fuertes y estén mejor equipados para la supervivencia.

Tali Sharot, investigadora del departamento de psicología de la Universidad de Nueva York, llevó a cabo un experimento para medir la actividad cerebral de dieciocho adolescentes, con el fin de determinar hasta qué punto eran optimistas y qué zonas de la mente estaban implicadas en esta cualidad puramente humana. Se pidió a los estudiantes que imaginaran que les pasaban cosas buenas y cosas malas en el futuro. Posteriormente, tenían que indicar el grado de emoción con el que vivían estas situaciones hipotéticas.

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La doctora Sharot concluyó que la mayoría de los chicos creían que los acontecimientos positivos estaban mucho más próximos en el tiempo que los negativos, que eran visualizados como menos importantes y desdibujados, localizados en un futuro lejano y poco relevante. Y, además, los estudiantes se mostraban convencidos de que los acontecimientos positivos que estaban por llegar eran mucho más importantes que los que ya habían vivido y recordaban agradablemente. El futuro, por tanto, resultaba para ellos siempre mejor que el pasado.

Esta investigación corrobora lo que la mayoría de nosotros solemos pensar en relación con nuestra vida: la máxima de que “lo bueno está por llegar” parece que se cumple, pues tendemos a creer que las cosas irán a mejor.

De hecho, esta investigación demostró además que, a nivel biológico, existen mecanismos que nos incitan a pensar así.

El cerebro genera emociones gratificantes para los pensamientos positivos

Cuando los adolescentes del estudio pensaban en experiencias negativas, las zonas del cerebro encargadas de regular las emociones se inhibían; es decir, la mente se ocupaba de eliminar ese tipo de pensamientos pesimistas. Y, por el contrario, cuando esos mismos jóvenes se imaginaban acontecimientos positivos, esas mismas áreas cerebrales se coordinaban y se activaban para generar emociones agradables. Es por ello por lo que, con estos datos en la mano, podemos concluir que nuestra mente nos induce a ser optimistas.

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Desde un punto de vista evolutivo, y teniendo en cuenta que los humanos nos hemos desarrollado en un terreno inhóspito, el hecho de ser optimistas puede haber sido clave en la supervivencia de nuestra especie. Y es que la colaboración entre los distintos miembros del grupo y la inteligencia tuvieron que resultar imprescindibles, puesto que nuestras condiciones físicas no eran extraordinarias y una actitud derrotista tampoco habría ayudado demasiado ante las situaciones difíciles.

Desde un punto de vista evolutivo, la memoria ha ayudado a nuestra supervivencia como especie.

Imaginémonos, por un momento, a nuestros antepasados apesadumbrados y asustados por todos los peligros que les amenazaban en la sabana africana, conscientes de lo poco prometedor que era su futuro. Con esa visión pesimista, les hubiese faltado la energía y el compromiso necesarios para salir adelante y luchar por su vida. En cambio, unos antepasados optimistas, confiados en sus capacidades y en la promesa de un futuro mejor, tendrían muchas más posibilidades de luchar y vencer las dificultades,
como, de hecho, así ocurrió.

Por todo ello, deberíamos estar agradecidos a nuestro cerebro optimista por ser capaz de imaginar futuros prometedores para nosotros, pero también por recordar mejor aquello bueno que ha habido en nuestro pasado, dejando de lado las malas experiencias que, a buen seguro, todos hemos vivido. Sin este cerebro inventor, creativo y optimista, muy probablemente no estaríamos ahora aquí.

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