Cómo compartir y abrirse a los demás para vivir con más felicidad

Al compartir no solo somos generosos sino que promovemos un intercambio enriquecedor que implica también recibir lo que nos pueden aportar otros. La colaboración está en la base de la vida.

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Lo que queda de nosotros después de una vida es lo que hemos podido compartir, o sea, lo que legamos a los demás. Lo que uno vive solo para sí mismo no deja huella.

Sin embargo, atreverse a compartir implica salir del círculo cerrado de uno mismo para llegar al otro y a las personas introvertidas o muy reservadas puede costarles permitir que otros accedan a su mundo.

Vale la pena propiciar los momentos de contacto con los demás. Son ocasiones que a veces se escatiman por comodidad o por la propia inercia de la rutina, pero que suelen merecer el esfuerzo.

Las posibles pequeñas renuncias personales que puedan conllevar se compensan con la posibilidad de sorpresas y descubrimientos, y con la capacidad de transformación implícita en cada encuentro con el otro.

Compartir con otros quizá sea más fácil de lo que pensamos: no solo a través de palabras sino sobre todo de emociones, desde la voluntad de darse a los demás, de permitirles entrar en nuestra vida tanto como de atrevernos a entrar en la de ellos y a sentir lo que ellos. Puede tratarse quizás tan solo de un café con un amigo. ¿Qué podemos compartir y cómo?

Formas fáciles de compartir y abrirse a los demás

Compartir genera comunicación, riqueza, vida. En palabras del fundador de la psicología analítica, Carl Jung: "El encuentro entre dos personalidades es como el contacto entre dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman."

Algunas situaciones propician el placer que se halla en el hecho de vivir algo en común:

  • 1. Conversar. Compartir risas, dudas, vivencias, preocupaciones, afectos o secretos sienta las bases de un relación de intimidad y conexión con otras personas. Mediante la conversación, uno puede llegar a sentirse completo por una «comunicación de interioridades».
  • 2. Compartir mesa. Una comida o una taza de té alrededor de una misma mesa crean un clima favorable para compartir. Además, la costumbre de comer de una misma fuente, que pervive en otras culturas y todavía en la nuestra aunque ya solo vinculada a determinados platos, consigue hermanar a los comensales. Ocurre con las migas andaluzas y también con las ensaladas.
  • 3. Probar. Ceder a los gustos de los demás depara muchas sorpresas. Probar el deporte que le gusta a otro, leer el libro que nos recomienda, dejarle elegir restaurante... En algún momento hay que saber decir que sí a lo que los demás quieren compartir con nosotros.
  • 4. Viajar. El vínculo que se crea con los compañeros de viaje o las personas, con las que uno se encuentra en el camino son fuertes. Lejos del hogar, de las rutinas y obligaciones, somos más receptivos.
  • 5. Con desconocidos. Compartir tiempo o pertenencias con gente que no se conoce pero que nos necesita es un gesto solidario gratificante. Ocasiones no faltan.
  • 6. Compartir el silencio. No tiene por qué ser incómodo. Al contrario, experimentar el silencio en compañía puede ser una forma de sentir al lado a las personas a las que se quiere y de ahondar en el sentimiento de intimidad que las une.

Compartir la felicidad

Cuando recibimos una buena noticia, corremos inmediatamente a comunicarla. Si nos entusiasma una película o un libro, no dejamos de recomendarlos.

Y frente a un paisaje sobrecogedor o en un momento bello nos gusta tener a alguien querido a nuestro lado, como si no nos bastara nuestra propia felicidad, como si el sentimiento pidiera abrirse a otros y creciera en su presencia.

En ocasiones, incluso, no es solo que esa felicidad se multiplique al vivirla acompañado, sino que solo es posible, solo se da de forma completa, si es compartida.

¿Por qué esta inclinación humana a dirigirse hacia el otro, a pedir la presencia del otro?

Somos seres gregarios, como otros animales, pero no estrictamente por una cuestión de eficiencia y de supervivencia, no solo por un impulso sexual de sociabilidad.

Una de las acepciones del verbo compartir es "participar", es decir tomar parte de algo -solo parte y no todo- e implicarse en una acción conjunta, como cuando uno compra una participación de un décimo de Navidad.

La imagen típica de los ganadores de la Lotería es justamente paradigmática de este significado de compartir: nunca se trata de personas aisladas, es siempre una fiesta colectiva en la que se hace difícil distinguir quiénes han ganado y quiénes simplemente se han sumado a la celebración, a veces incluso con mayor entusiasmo.

La felicidad no se restringe, pues, a unos pocos afortunados sino que se extiende casi de forma unánime a todo el país y es realmente sincera.

El disfrute compartido, en este sentido, sería la emoción opuesta a la envidia, dado que, al contrario de lo que suele creerse, la envidia no consiste en querer tener lo que tiene el otro, sino en desear que el otro no tenga lo que nosotros tampoco tenemos.

Compartir celebraciones

Nuestra propia casa puede ser un escenario especialmente apropiado para compartir. Hay algo muy hermoso en acoger a otros, cocinar para ellos y cuidarlos para que se sientan a gusto.

Tanto como en adoptar el papel de invitado y permitirse esos cuidados sin oponer resistencia. Porque la entrega del anfitrión solo tiene sentido en tanto que los invitados la reciben.

Para que se pueda compartir, se necesita por igual la presencia de unos y de otros: alguien debe dar pero también otros deben recibir.

En celebraciones donde cada uno aporta algo, se genera también esa atmósfera de acercamiento, puesto que los que participan se ven implicados y forman parte evidente de un mismo todo.

Los antiguos griegos, que hicieron de la hospitalidad una de sus divisas, utilizaban el término eranos para designar específicamente a esas comidas frugales en común, celebraciones compartidas a las que cada uno contribuía con una parte.

Tal vez ése sea uno de los secretos de la vida: la suma constructiva de las aportaciones de todas las personas es la que hace posibles muchos logros.

Compartir nuestros pesares

Probablemente sintamos la necesidad profunda de escapar de nuestra soledad y de trascender la propia vida individual. Anhelamos compartir, participar de las vidas de otros tanto como que otros lo hagan de la nuestra.

Sin embargo, en la misma medida en que necesitamos al otro muchas veces nos resistimos a salir a su encuentro, a entregarnos por completo. El culto a la individualidad es hoy tan fuerte que se producen sentimientos ambivalentes en ese sentido.

A veces la soledad o el silencio se imponen como una necesidad personal que hay que respetar. Y por otra parte está la intimidad, que uno tiene el derecho de preservar.

Pero abrirse a los demás resulta aconsejable desde muchos puntos de vista y tiene un efecto liberador que lo hace todo más tolerable, menos grave.

Incluso cuando una revelación puede resultar dolorosa o herir a otras personas, deshacerse de ella alivia una carga seguramente demasiado pesada para uno solo y permite hacer frente a la realidad. Otras veces, más allá del apoyo, la opinión de otros nos señala una nueva dirección en la que mirar.

Existe una paradoja en nuestra sociedad: todo apunta a una vida compartida (en familia, en pareja, con amigos, con compañeros de trabajo...) pero con la independencia y la privacidad como valores supremos.

Se tiende a formar personas capaces de no necesitar a nadie, más que cooperantes. Crecen los hogares unipersonales y también el fenómeno de los singles, solteros a la búsqueda de oportunidades para relacionarse, que desean la intimidad y la conexión con una persona especial pero que temen renunciar a una autonomía y autosuficiencia que viven como una conquista.

Sobre esta ambigüedad que tanta angustia causa, el Dalai Lama escribió en su libro El arte de la felicidad (Ed. Grijalbo): "Centramos toda nuestra energía en encontrar a esa persona que pueda curar nuestra soledad y que, sin embargo, intensifique nuestra ilusión de seguir siendo independientes".

Existe una soledad profunda, de la que no podemos liberarnos del todo por lo que nuestra experiencia vital tiene de intransferible. Hay tantas cosas que no podemos o no sabemos explicar pero que sentimos.

Los escritores saben bien de ese esfuerzo por buscar palabras para lo inefable. Solo en tanto consigan hacer accesible su mundo podrán compartirlo con sus lectores en la intimidad.

Compartir experiencias ajenas

Compartir es un acto de amor, porque uno da lo más precioso que tiene, aquello que está vivo en él: alegría, interés, comprensión, conocimientos, humor, tristeza...

Se atribuye al escritor argentino Jorge Luis Borges la frase: "Solo es nuestro lo que damos", que él relacionaba con su idea del perdón, en la que estaba interesado.

Le resultaba curioso que "per/donar" (algo que se da, es decir que en cierto modo se comparte) tuviera la misma construcción en castellano que en inglés: "for/give" (para dar).

Es decir, que el perdón sería una forma de compartir la culpa: en lugar de un culpable y una víctima, crearía un vínculo en el que ambos papeles estarían distribuidos.

Compartir implica, pues, tanto dar como recibir. No en términos de rendimiento y beneficio, sino de una forma desinteresada, invitando a los demás a participar de uno mismo y olvidándose de uno mismo para poder participar de los demás.

La experiencia ajena forma parte de la vida hasta tal punto de que se hace imposible distinguir entre lo que es de uno y lo que le han dado los otros.

Ese constante dar y recibir es lo que hace que todo (conocimientos, riqueza, favores...) circule y se vaya redistribuyendo de una forma que, al menos teóricamente, debería tender al equilibrio. Como recoge el dicho popular: "hoy por ti, mañana por mí".

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El problema surge cuando este ir y venir se interrumpe en uno de los dos sentidos. Como ocurre con el dinero, lo que no circula acaba por languidecer: debe fluir para crecer y crear cosas.

Lo habitual es que, en un ejercicio de egoísmo, uno esté más dispuesto a recibir que a dar.

Sin embargo, algunas personas se sienten más cómodas dando que recibiendo, lo que en principio parece más generoso pero puede ocultar también cierto afán de poder o control: dejar que sean los otros quienes den implica confiar en ellos y asumir que los demás pueden aportarnos mucho.

Compartir exige cierta generosidad pero funciona más bien como una corriente alterna, en la que la electricidad que invierte periódicamente su sentido.

Uno pues, debería ser capaz de interpretar tanto el papel de donante como el de receptor, porque la experiencia de dar a cambio de nada es tan enriquecedora como la de recibir a cambio de nada.

Igual que nos gusta regalar o ser amables sin esperar que nos correspondan, porque la grandeza del gesto radica en que no exige respuesta, también deberíamos ser capaces de aceptar lo que nos ofrecen sin sentirnos en deuda.

Superar esa lógica, ese mecanismo de reciprocidad automática permite dar pleno sentido al acto de compartir. El verdadero intercambio puede darse en términos más amplios y que tal vez ni sospechemos.

Compartir vivencias comunes

Cuando compartimos, en ese intercambio nace un espacio común, que no es solo de uno y de otros, sino más bien un poco de todos. Se crea así un vínculo más o menos sutil, más o menos profundo entre esas personas.

Porque por un momento viven a la vez, incluso si cada una lo hace a su manera; y porque un pedazo de sus vidas queda "atrapado" en las de otros. Por algún motivo que quizá no comprendamos del todo, esos lazos son los que van dando cuerpo a la vida, la van amplificando.

Por ejemplo, los viajes producen encuentros de una rara intensidad. Los paisajes pueden ser muy bellos, las culturas muy interesantes, pero casi siempre, en nuestros recuerdos, lo que cuenta es con quién estuvimos. Nos importan las personas: las que viajaban con nosotros, las que conocimos, las que nos ayudaron espontáneamente...

A veces nos olvidamos de que podemos relacionarnos con otros porque a todos nos une un sustrato humano común, más allá de las diferencias secundarias. Acercarse a los demás desde esa perspectiva, en vez de con una actitud defensiva, facilita el intercambio y la comunicación.

El miedo y la inseguridad están hasta tal punto arraigados en nuestro interior que creemos que si nos exponemos demasiado a los demás les estamos proporcionando información valiosa para invadirnos, controlarnos y hacernos daño.

Preferimos acotar más y más parcelas de intimidad para alejarnos de esa vulnerabilidad.

De forma paralela, hemos llegado a sentir también que dando lo que es importante para nosotros estamos renunciando a ello, cuando en realidad al compartir solo lo extendemos a los demás, les hacemos partícipes de lo que vivimos.

Y como dijo Saint-Exupéry: "El amor es la única cosa que crece cuando se reparte". Lo mejor que hemos conseguido como especie humana ha sido, sin duda, fruto de la colaboración.

Lo que vivimos junto a otros gana en riqueza, en matices y en puntos de vista, o simplemente en intensidad.

Al ofrecer algo a los demás, dejamos de sentir apego por lo que creíamos de propiedad exclusiva y experimentamos cierta liberación. Como la propia palabra indica (compartir, "partir con otros"), no se trata de deshacerse de algo por completo, sino solo en parte, para participar de él con otros.

Al dar, se hace evidente que se tenía algo que compartir, seguramente más de lo que se creía. Puede que en cierto sentido algunas cosas solo se tengan cuando se dan.

Cuando damos estamos en condiciones de recibir lo que otros también tienen para darnos. Y no solo eso: en el mismo gesto de dar se está recibiendo.

Libros sobre la importancia del intercambio

  • Gratitud; Lousie L. Hay. Ed. Urano
  • Cómo ganar amigos; Dale Carnegie. Ed. Edhasa.

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